domingo, 8 de mayo de 2022

SÁNCHEZ Y PEGASUS

(Publicado en Diario16 el 4 de mayo de 2022)

Si hay gente capaz de hackear impunemente el teléfono móvil del presidente del Gobierno de España, la segunda autoridad del Estado después del rey, ¿qué no estarán haciendo con los datos personales y la intimidad de cada uno de nosotros, sufridos españolitos de a pie? Más vale no pensarlo. Lamentablemente, el caso Pegasus viene a confirmar la progresiva y alarmante degradación de nuestra joven democracia, tanto que estamos a un paso de caer en la tecnodictadura de la máquina, en plan Gran Hermano, y de un ejército de oscuros espías/funcionarios que se saben al dedillo la vida privada de políticos y ciudadanos. Y mira que nos los avisó Orwell.

Ya no cabe ninguna duda, el modelo autocrático/autoritario, con su guerra cultural, ha ganado la partida a las democracias liberales, que hoy por hoy han entrado en franca decadencia y corren serio riesgo de liquidación. Lo militar se impone en todo el mundo, la seguridad gana terreno a la libertad, el espionaje se propaga sin control y los tiranos populistas son encumbrados con plenos poderes. Los Le Pen, Orbán, Johnson, Salvini, Abascal y otros personajes del “fascismo democrático” –un oxímoron que me viene al pelo para definir el nazismo perfectamente integrado en el Estado de derecho hasta fagocitarlo pero sin acabar con él porque no le interesa– son los gurús del nuevo sistema en ciernes, del nuevo desorden mundial sustentado en el ultraliberalismo salvaje, la ideología totalitaria, las cloacas estatales y la represión de las libertades. España camina claramente hacia ese modelo autoritario y retro en el que los derechos ceden y el espionaje emerge como arma legítima del juego político. Aquí el Gobierno espía a los independentistas, Marruecos y la CIA espían a Pedro Sánchez y al Polisario, el CNI espía lo que puede y lo que le dejan, las grandes empresas y corporaciones espían a los ciudadanos con fines comerciales y Putin nos espía a todos erigiéndose como gran Leviatán u omnímodo dictador planetario bien pertrechado tras sus ejércitos de hackers especializados en la guerra híbrida. Una época, la de los derechos humanos y los nobles valores de la Ilustración, se cierra definitiva y dramáticamente; se abre otra era de la historia de la humanidad mucho más oscura, tenebrosa, inquietante.

La prueba fehaciente de que la democracia española degenera por momentos, dando señales de rápida putrefacción, la tenemos en la actitud que está adoptando Sánchez frente al escándalo Pegasus. Él, como víctima directa del espionaje, debería dar un puñetazo encima de la mesa y ponerse a la cabeza de los demócratas que exigen luz y taquígrafos para que quienes están detrás de estas prácticas criminales sean desenmascarados y paguen por sus delitos. Sin embargo, lejos de tomar decisiones drásticas contra los que planean acabar con la democracia a golpe de virus informático, bloquea la comisión parlamentaria de investigación, se esconde detrás de Félix Bolaños y Margarita Robles, guarda silencio y reza para que el Gobierno de coalición no le explote entre las manos dando lugar a elecciones anticipadas. Gabriel Rufián, que puede ser muchas cosas, pero nunca va de farol, ya le ha advertido que está jugando con fuego: “Pegasus no solo se puede cargar la legislatura, se puede cargar la democracia”. Y no exagera ni un ápice.

Entonces, si el asunto es de la máxima gravedad, ¿por qué titubea el presidente? Ayer, PSOE, PP, Vox y Ciudadanos votaban en contra de la comisión de investigación por el espionaje contra soberanistas catalanes y ministros del Gobierno, entre ellos el propio Sánchez. Al mismo tiempo, la Junta de Portavoces del Congreso de los Diputados aprobaba con los votos del PP, Vox y los grupos nacionalistas que el premier socialista comparezca en Pleno para dar las explicaciones oportunas sobre el turbio affaire que rodea al programa Pegasus. El colmo del surrealismo es que el partido de Abascal votó a favor de la comparecencia solicitada por, ni más ni menos, que EH Bildu. O sea que el líder ultra también se pliega, cuando le conviene, a las exigencias de los “herederos de ETA”, como él mismo suele decir. Cuidado Santi, que por ahí se empieza a perder patriotismo, populismo y votos.

De la vertiginosa jornada de ayer queda la decepcionante sensación de que Sánchez tendrá que ir al Parlamento poco menos que a rastras, a regañadientes y maniatado por unos y por otros. Un grave error de Moncloa. El patetismo en el que está cayendo el Gobierno con el asunto Pegasus roza lo grotesco. La ciudadanía ya percibe el fuerte olor a cloaca que desprende el episodio y lo que es mucho peor: empieza a constatar que el presidente quiere escurrir el bulto porque tiene mucho que ocultar y porque el chantaje (de Marruecos, de la CIA, del Mosad, de Putin o de quien quiera que le haya jaqueado el móvil robándole 2,6 gigas de datos personales) empieza a surtir efecto. Un presidente secuestrado por poderes “externos” sería la peor noticia en este momento.

Para rematar el desastre político, el CNI filtraba ayer a diversos medios de comunicación el malestar de la plantilla después de que el Ejecutivo de coalición haya aireado, por medio de Bolaños, los graves fallos en la seguridad nacional que han permitido el hackeo del smartphone presidencial. Desde hace tiempo, Sánchez tiene encabronados a todos los sectores profesionales del país (siguiendo los pasos de Macron el odiado), y solo le faltaba ponerse a los espías, la última guardia pretoriana que le quedaba en la soledad de palacio, en su contra. Si es cierto que el Gobierno no tiene nada que ocultar porque también se ha convertido en una víctima directa de Pegasus, ¿no hubiese sido más sano y eficaz abrir una investigación de oficio, con todas las de la ley y liderando el bloque de los demócratas frente al PP y la extrema derecha? La gestión de este asunto está siendo desastrosa, una ceremonia de la confusión con demasiado patadón y balones fuera. Da la sensación de que la araña ha quedado atrapada en su propia tela. Y lo peor de todo es que el escándalo no ha hecho más que empezar. 

Viñeta: Alejandro Becares

LA CIBERGUERRA

(Publicado en Diario16 el 3 de mayo de 2022)

Quienes le conocieron dicen que Rubalcaba no usaba smartphones porque estaba convencido de que eran cacharros altamente inseguros. Don Alfredo no usaba teléfonos inteligentes. Él era el inteligente. Hoy toda Europa tiembla tras el estallido de la guerra cibernética total. Macron, Sánchez, Merkel, Johnson… Ministros, eurodiputados, diplomáticos, funcionarios… La nómina de presuntos espiados crece día a día. “Pero, ¿quién está detrás de Pegasus?”, se preguntan unos alarmados. “¡La democracia está en peligro!”, exclaman otros aterrados. La neurosis del espionaje se extiende por todas las cancillerías, nadie se siente a salvo, la paranoia es más contagiosa que el peor de los virus.

Ahora, por fin, Bruselas empieza a tomarse en serio el problema y anuncia comisiones de investigación a diestro y siniestro. A buenas horas. Las instituciones europeas llevan años sufriendo ataques hackers, intrusiones malware, bloqueos en sus sistemas de seguridad más sensibles y vulnerables. Acciones que pueden acabar colapsando un país. Por lo visto, nadie hizo nada ante la más seria de las amenazas. Durante décadas, los espías informáticos (muchos de ellos al servicio de Putin) se han paseado como Pedro por su casa por los servidores de la Unión Europea, de la Casa Blanca, del Pentágono y hasta de la NASA. Hay quien cree que los piratas informáticos han llegado a tener en sus manos incluso el botón del maletín nuclear.

España, cuyo escudo informático defensivo es tan endeble como un muro de nata, también viene sufriendo estas intromisiones de la nueva guerra de guerrillas tecnológica. Se sospecha que los hombres de Putin, los cerebritos del KGB, han bloqueado y puesto patas arriba, y no en una ocasión sino varias veces, todos los servidores habidos y por haber. Se han colado en los ordenadores de los ministerios de Trabajo y Seguridad Social, han violado los protocolos de seguridad de Defensa, hasta han hackeado los archivos de la Policía. Nada que funcione con chips, cables y comunicaciones vía satélite se les resiste.

Los gobernantes occidentales habían vendido a sus ciudadanos el cuento de que todo estaba bajo control. Han tratado de convencernos de que esto de la ciberguerra era cosa de los traviesos muchachos antisistema de Anonymous, de unos gamberros conspiranoicos con unas cervezas de más, de unos introvertidos adolescentes con sudadera, capucha y granos en la cara muy adictos a la PlayStation y a vivir en un garaje. Aficionados antisociales enganchados al ordenador que no tenían nada mejor que hacer el sábado noche que ver webs porno y andar hurgando en las entrañas de los gobiernos para desencriptar la sopa de letras de los códigos nucleares. Nada más lejos. Ahora comprobamos con estupor que nos enfrentamos a auténticos terroristas del espionaje virtual al servicio de siniestros intereses políticos, un ejército de hackers mucho más poderoso que los tanques rusos embarrancados en Ucrania.

Lo de Pegasus huele que atufa a un nuevo frente abierto de esta Tercera Guerra Mundial en la que estamos metidos hasta el cuello, aunque no lo queramos asumir. La “guerra híbrida”, como dicen los sesudos analistas y expertos en seguridad internacional. Una forma de entender el conflicto bélico en la que todo vale: la insurgencia o rebelión popular, los virus propagados de forma intencionada, el terrorismo internacional, la desestabilización política, la propagación del odio, el bulo y la desinformación en las redes sociales, la batalla comercial, el lawfare u ofensiva judicial, el pucherazo electoral a distancia y la inmigración descontrolada como arma de destrucción masiva entre estados enemigos. En el mundo globalizado, el aleteo de una mariposa provoca un terremoto al otro lado del mundo; un periodista que publica una noticia en cualquier parte del planeta es capaz de derribar un lejano Gobierno de la noche a la mañana. Que se lo pregunten si no a los colegas de The New Yorker que han destapado el Catalangate sin necesidad de haber pisado Cataluña, ni tener pajolera idea de quién es Carles Puigdemont, ni de saber por qué demonios el mundo indepe coloca el retrato de los Borbones boca abajo desde la batalla de Almansa de 1707.

El empleo de las nuevas tecnologías para acabar con un país es una forma más de la guerra moderna, de esta extraña y distópica guerra híbrida de todos contra todos en la que se encuentra inmersa la humanidad. “Nos preocupa mucho, no solo ahora que han espiado el teléfono del presidente, también antes”, se defiende el ministro Bolaños. Falso, rotundamente falso. Hasta anteayer, todo esto del ciberespionaje les parecía cosa de las novelas de Tom Clancy o John le Carré. No invirtieron suficiente dinero para tapar los agujeros y brechas en la seguridad nacional, se relajaron y se olvidaron de las reformas necesarias. Por pereza, lo delegaron todo en los viejos espías del CNI, un organismo que ya sabemos cómo funciona (si es que funciona, porque ese mundo es tan hermético y secreto que nadie sabe lo que pasa realmente allí dentro). Los servicios de inteligencia deberían ser el último bastión para garantizar la seguridad de los ciudadanos y se ha convertido en un gueto cerrado y oscuro que está consiguiendo precisamente todo lo contrario: comprometernos a todos y tenernos constantemente en vilo.

Lo peor de todo, ahora que estalla la crisis, es que las preguntas sin respuestas se acumulan encima de la mesa. Seguimos sin saber si el CNI utilizaba el programa Pegasus para espiar independentistas, cuánto tiempo trabajó con esta herramienta intrusiva y si se usaba bajo mandamiento judicial; seguimos sin que nadie nos explique para qué nuestro Gobierno compró este poderoso spyware creado por la firma israelí NSO, o sea la gente próxima al Mosad; y sobre todo seguimos sin que nadie nos aclare por qué el PSOE, a esta hora, sopesa votar en contra de una comisión parlamentaria de investigación mientras su socio en el Ejecutivo de coalición, Unidas Podemos, la reclama con insistencia. Los socialistas argumentan que prefieren esperar a las explicaciones de la directora del CNI, Paz Esteban López, en la comisión de secretos oficiales. Poco o nada debemos esperar de esa comparecencia. Nada que pueda afectar a la seguridad del Estado será revelado en esa ni en cualquier otra comisión. En España, cuando los servicios de inteligencia se meten por medio siempre se acaba echando tierra encima. El pueblo español lleva desde 1981 pidiendo las cintas secretas del Cesid sobre el 23F y ahí nos hemos quedado, con las ganas de saber qué pasó. Solo a través de investigaciones periodísticas, de historiadores y novelistas hemos podido conocer que el tejerazo fue la consecuencia del proceso de nazificación o fascistización del Ejército español. Curiosamente, un fenómeno que hoy, alentado por el auge de la extrema derecha, vuelve a repetirse tristemente y al que nadie presta la debida atención.  

Solo hay una forma de sanear nuestra enferma democracia: luz y taquígrafos. Llegar hasta el fondo del turbio asunto Catalangate. Dimisiones, juicio a los responsables de las escuchas ilegales (caso de que los haya) y limpieza en profundidad de las cloacas. No vemos otra manera de acabar con este cáncer. Pegasus cabalga sin control, las democracias occidentales tiemblan. Estamos en guerra contra un enemigo invisible. La mano negra de Putin, gran símbolo de las autocracias totalitarias, se presiente en todas partes.

ESPÍAS EN MONCLOA

(Publicado en Diario16 el 3 de mayo de 2022)

A esta hora alguien, una persona física, un gobierno extranjero o una multinacional, maneja más de dos gigas y medio de información privada sobre Pedro Sánchez. El dato es como para echarse a temblar. Quien haya logrado colocar la “pulga” de Pegasus en el teléfono móvil del presidente del Gobierno sabía lo que se hacía. Ahora no solo tiene secuestrado al líder socialista, también a la democracia española, a la nación entera. Si entre el material sustraído hay información sensible que pueda poner en apuros a Sánchez el chantaje está servido. Sin duda, los hackers pondrán precio a los archivos, documentos, imágenes y audios que PS tuviese almacenados en su móvil contaminado desde hace un año. No cabe duda, podemos estar a las puertas de una crisis política monumental.

¿Pero de qué tipo de chantaje estamos hablando? Depende. Si los ladrones son ciberdelincuentes de una compleja trama internacional organizada probablemente pedirán dinero a cambio del material sustraído. Y no serán cuatro perras. Si detrás del golpe hay espías mercenarios, la buena reputación del presidente puede tener los días contados. Y si la operación ha sido orquestada por los servicios de inteligencia de un gobierno extranjero, véase la Rusia de Putin o el Marruecos del sátrapa Mohamed VI, la cuestión adquiere tintes todavía más dramáticos, ya que podría verse seriamente comprometida la seguridad nacional, o sea la seguridad de todos y cada uno de nosotros. Es lo que tiene este mundo súpertecnologizado que hemos construido, que las vidas de millones de españoles dependen del wasap del presidente.

De cualquier manera, no parece que el teléfono inteligente más importante de España gozara de la protección que se supone debería tener. Un año con el virus Pegasus transmitiendo datos a los hackers, a destajo, es algo que escapa a toda lógica. ¿Dónde estaban los especialistas en delitos tecnológicos del Centro Nacional de Inteligencia? ¿Cómo puede ser que el propio presidente no ordenara una revisión diaria y a conciencia de su terminal telefónico para asegurarse de que no le habían colocado una incómoda “pulga”, tal como parece que ha sucedido? ¿Acaso no estaba Moncloa sobre aviso después de que relevantes personalidades mundiales como Obama, Macron, Merkel y Boris Johnson, entre otros, hayan sufrido ataques similares? Son preguntas que se hace cualquier ciudadano con sentido común y sin mayores conocimientos de informática.

De momento, y a expensas de que se aclare el suceso, la conclusión que debemos extraer de este turbio affaire que traerá cola es que si los archivos privados del teléfono móvil presidencial andan por ahí sueltos, perdidos y sin control, tenemos motivos más que suficientes para no dormir tranquilos por la noche. Más tarde o más temprano aparecerá algún titular escandaloso, propio de cloaca, en algún medio de comunicación de la caverna. Ya lo hicieron antes con otros políticos como Pablo Iglesias, a quien unos espías chuscos, eso sí, muy patrióticos, quisieron desacreditar y arruinarle la vida con el móvil robado a su asesora Dina Bousselham. ¿Se acuerdan de aquel feo asunto? Una persecución implacable que no llegó a nada en los tribunales pero que sirvió para desestabilizar al Gobierno de coalición.

Uno cree que el futuro de Pedro Sánchez, y lo que quede de legislatura, podría estar marcado por este turbio episodio de Pegasus. Y no solo porque los independentistas están que trinan tras conocerse que han sido espiados (ya amenazan con romper con el Gobierno), sino porque llegados a este punto nadie sabe, salvo el presidente, qué demonios había en el terminal jaqueado. Puestos a especular, podríamos lanzar algunas hipótesis sobre la trascendencia del material desvalijado; a fin de cuentas todos los analistas lo hacen en el periodismo de hoy, así que nosotros no íbamos a ser menos.

Seamos optimistas y pensemos que en la galería de imágenes del smartphone presidencial no había nada importante ni diferente a lo que pueda guardar cualquier españolito honrado y de a pie. Solo cosas triviales, intrascendentes, como las fotografías de Sánchez con Zelenski durante su viaje relámpago a Ucrania; los pasados posados con Angela Merkel (a la que Sánchez tenía encandilada y cada vez que iba a Alemania o a Bruselas se traía un nuevo paquete de ayudas); el abrazo para el recuerdo con el propio Iglesias cuando se firmó el Gobierno de coalición (cómo hemos cambiado); alguna foto reenviada por Macron, que es un exhibicionista y le da por ir descamisado y mostrando su pecho lobo en las campañas electorales contra Le Pen; y quizá algún que otro selfi a los mandos del Falcon con las gafas de sol en plan Top Gun. Nada del otro jueves ni comprometedor. Todo lo más algunos montajes sarcásticos de esos que circulan por las redes sociales y que a todos nos terminan llegando por vía de algún amigo cachondo, en este caso Echenique, que es un guasón y no para de tuitear. Memes del moderado y centrista Núñez Feijóo envuelto en la bandera del pollo como un nuevo Caudillo gallego; memes de Ayuso como la libertad de Delacroix guiando a los hosteleros; memes del macho Abascal subido a una carroza del Orgullo, en plan reinona de España, o de la Familia Addams voxista con Rocío Monasterio en el papel de Morticia, Ortega Smith como Lurch El Largo y Jorge Buxadé emulando a Tío Fétido. En fin, gilipolleces varias que no dan para un chantaje con el que derrocar a un Gobierno.

Crucemos pues los dedos para que lo que haya caído en poder de los hackers sean puras frivolidades, simples banalidades, absurdeces sin importancia como las que todos llevamos en el teléfono para entretenernos en el metro, en el autobús o en la oficina y que no le interesan a ningún espía, ni a la oposición, ni a un país enemigo (ni siquiera al Kremlin o a Mohamed VI). Porque la otra hipótesis –que Sánchez tuviese guardadas en el móvil grabaciones de alto secreto, documentos de alta seguridad nacional, planos y audios altamente sensibles–, resulta aterradora por lo que tendría de letal para Moncloa y para la nación. Así que mucho cuidadín con la tontería de Pegasus, poderoso caballo alado capaz de derribar gobiernos. Por cierto, a Margarita Robles solo le han sustraído 9 megas, una miseria de datos. Por no tener, esta mujer no tiene ni un mal meme de Junqueras. Qué aburrida.

Ilustración: Artsenal

EL TELÉFONO DEL PRESIDENTE

 

(Publicado en Diario16 el 2 de mayo de 2022)

Los teléfonos móviles de Pedro Sánchez y Margarita Robles fueron pinchados por el programa Pegasus. El ministro de Presidencia, Félix Bolaños, ha convocado una rueda de prensa en día festivo (2 de mayo) para dar cuenta de unos “hechos de enorme gravedad”, mucho más teniendo en cuenta que el smartphone del presidente del Gobierno ha podido estar intervenido durante un año y que los hackers le han robado varios gigabytes de memoria, o sea, hasta las fotografías de la primera comunión.

De confirmarse el suceso, solo cabrían dos hipótesis explicativas: o estamos ante un ataque informático externo solo al alcance de los servicios secretos de un país extranjero (también de una gran multinacional) o el espionaje a Moncloa ha sido planeado desde dentro, es decir, desde los propios servicios secretos españoles.

En el primero de los supuestos, el Gobierno habría sido víctima de un complot internacional. No sería la primera vez que ocurre. Angela Merkel fue espiada y líderes europeos como Macron o Boris Johnson también han sufrido el acoso de las “pulgas” informáticas, aunque no lo hayan confesado oficialmente. No hace falta ser un avezado analista militar para entender quiénes son los posibles candidatos que podrían estar detrás de la amenaza: Rusia, Estados Unidos, Marruecos o el propio Israel. Los servicios de inteligencia de Moscú son los más poderosos del mundo y Putin siempre se ha mostrado interesado en desestabilizar la política interna española, mucho más después del estallido del procés de independencia en Cataluña y de la guerra en Ucrania, en la que nuestro país, no lo olvidemos, se ha implicado de lleno mediante el envío de material armamentístico a la resistencia ucraniana. Por tanto, no descartemos que el paranoico exagente del KGB haya vuelto a las andadas recordando sus viejos tiempos de la Guerra Fría. Putin es un nostálgico exacerbado y ya se sabe que todo exceso de nostalgia conduce a la melancolía y a la depresión, que en este caso se traduce en una recaída en el viejo vicio del micrófono oculto.

Estados Unidos podría ser otra mano que mece la cuna, sobre todo teniendo en cuenta que Joe Biden no se lleva con Sánchez, al que considera un peligroso rojo bolivariano (por eso le hace la cobra en las cumbres de la OTAN). Desde este punto de vista, la CIA podría no andar demasiado lejos. Recuérdese que el escándalo Pegasus fue aireado por primera vez por The New Yorker, una revista norteamericana que tiene más de suplemento cultural que de publicación política. En este asunto, como en casi todos, el contexto resulta determinante y la reciente crisis entre España y Marruecos (con el Polisario por medio) puede que tenga algo que ver. Es evidente que el Tío Sam posee sumo interés en saber qué está ocurriendo en la siempre inestable confluencia geoestratégica entre la puerta española del sur europeo y el norte de África. La región se ha convertido en uno de los puntos calientes del planeta, un polvorín, no solo por el trasiego yihadista y el terrorismo internacional sino porque por ahí pasa buena parte del tráfico de drogas mundial y las mafias de la inmigración ilegal. A Washington le interesa, y mucho, poner la oreja, estar al tanto de todo lo que ocurra en nuestro país y más concretamente todo lo que Pedro Sánchez esté pensando hacer en la zona. La hipótesis de que el espionaje viene del Pentágono no es descabellada por mucho que España y USA sean países aliados y socios en la OTAN.

Inevitablemente, la sospecha de la CIA conduce a Marruecos, el gran escudero estadounidense en África. En los últimos dos años las relaciones entre Madrid y Rabat se han deteriorado al extremo, hasta el punto de que ambos gobiernos llegaron a romper relaciones después de que a Mohamed VI le entrara un ataque de cuernos cuando España decidió dar acogida y hospitalización a Brahim Gali, el gran enemigo marroquí del Frente Polisario. Fue entonces cuando el monarca alauí abrió la frontera y una avalancha de espaldas mojadas se precipitó sobre la verja de la playa del Tarajal. Tras meses de alto voltaje en los que incluso se llegó a hablar de conflicto abierto por la soberanía de Ceuta y Melilla, la situación no se ha normalizado hasta hace unos días, cuando Pedro Sánchez ha decidido aceptar el plan marroquí para la autonomía del Sáhara, una claudicación impuesta por Washington con la que el Gobierno español reduce a papel mojado todas las resoluciones de la ONU sobre el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui. Resulta difícil creer que un país en vías de desarrollo como Marruecos pueda pinchar el teléfono del presidente español, pero todo puede ocurrir en esta realidad distópica en la que nos han metido. De ser así, de confirmarse semejante brecha en la seguridad nacional, deberían saltar todas las alarmas, ya que colocaría a España a la altura de una república bananera. Ya sabemos que este es el país de la chapuza nacional y no se puede descartar nada.

La segunda línea de investigación, la que apunta a que el espionaje a Sánchez y a Robles venga de dentro, de los propios aparatos del Estado, resulta todavía más inquietante. Aquí ya no estaríamos hablando de graves fallos en los servicios de inteligencia impropios de un Estado moderno y avanzado sino de un nuevo caso de cloacas, de espías con licencia para matar y de elementos incontrolados que en lugar de trabajar al servicio del Estado estarían trabajando para derrocar a un Gobierno. Es decir, una siniestra trama contra la democracia, de manera que ya podemos empezar a sospechar quién está detrás: los poderes fácticos fascistas de toda la vida.

Por experiencia sabemos que, desde 1978, en nuestras fuerzas de seguridad pululan grupos salvajes, sicarios en la sombra que trabajan con su propio código ético, mercenarios al margen de la ley y de la autoridad judicial. Ahí están casos como el GAL, la guerra sucia contra ETA, los fondos reservados, la policía patriótica, el comisario Villarejo y tantos tristes episodios de nuestra historia reciente. Por lo visto, Sánchez no ha querido o no ha sabido desinfectar esos sucios albañales del Estado. O en palabras de Rufián: si no limpias tus cloacas, no te quejes de que las ratas te muerden. Por eso esta vez los independentistas (masivamente espiados por Pegasus) tienen buena parte de razón al sentirse víctimas de una caza de brujas. Mucho más cuando Margarita Robles, desde su escaño de las Cortes, llegó a sugerir que el mundo indepe se merecía ser espiado por malos españoles, lo que motivó los aplausos y vítores de la extrema derecha de Vox. Otra mancha en la hoja de servicios de la belicosa teniente O’Neil doña Margarita. Ahora Esquerra, Junts y la CUP hablan de cortina de humo para convertir a los verdugos en víctimas y a Sánchez en cazador cazado. Todos ellos creen que las explicaciones del Gobierno “no cuelan” y que solo tratan de desviar la atención del escandaloso episodio de vigilancia a la disidencia catalana. Lo único cierto es que, a fecha de hoy y pese a la polvareda política, va a resultar casi imposible saber quién le ha metido la pulga, el virus, o lo que sea, al presidente socialista. Pegasus es un Gran Hermano tan perfecto que no deja ni huella.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera

LA CABEZA DE DOÑA MARGARITA

(Publicado en Diario16 el 29 de abril de 2022)

Margarita Robles es la ministra más cuestionada del Gobierno Sánchez. A su atolondrada gestión de la guerra de Ucrania (en los primeros días de la crisis envió fragatas a la zona de combate antes que los propios norteamericanos) se une ahora su nefasta gestión del escándalo Pegasus, una trama de espionaje a 63 cargos independentistas catalanes. El feo y complejo asunto no sería plato de buen gusto ni siquiera para el ministro más experimentado, pero Robles se ha ido metiendo poco a poco, ella solita, en el lodazal. La gota que colmó el vaso cayó el miércoles cuando, en vísperas de la votación más importante de la legislatura en el Congreso de los Diputados –el trámite del decreto anticrisis que debe sentar las bases de la economía de guerra en los próximos meses–, a la ministra de Defensa no se le ocurrió mejor idea que arremeter contra los partidos independentistas, entre ellos Esquerra Republicana de Cataluña, uno de los socios preferentes del Gobierno cuyo apoyo resultaba trascendental para sacar adelante la nueva legislación. El decreto contempla medidas tan urgentes y necesarias como el control del precio del gas, la gasolina y la luz y un programa de préstamos ICO por importe de 10.000 millones de euros para los sectores más afectados por la recesión, véase la agricultura, la ganadería y la pesca. Había mucho en juego, tanto como la economía de millones de españoles.

Pues en ese contexto de máxima tensión, Robles decidió lanzar su histórica diatriba contra el soberanismo. “Qué tiene que hacer un Estado o un Gobierno cuando se vulnera la Constitución, cuando alguien declara la independencia, corta las vías públicas o está teniendo relaciones con dirigentes políticos de un país que está invadiendo Ucrania. Les viene bien aparecer como víctimas, pero no les he oído nunca defender los principios básicos del Estado de derecho y los derechos y libertades de todos los ciudadanos”, alegó Robles en una declaración que sonó a justificación del espionaje sin control mediante el misterioso Pegasus, un programa de escuchas supuestamente empleado por el CNI. Tal como era de esperar, los diputados soberanistas catalanes se llevaron las manos a la cabeza, acusaron a Robles de mantener un discurso ultranacionalista más propio de Vox que del PSOE y anunciaron que al día siguiente (ayer para el lector) votarían un rotundo “no” al decreto anticrisis, no solo por la “pasividad” del Gobierno a la hora de depurar responsabilidades en los servicios de inteligencia (“rodar cabezas”, como dice Echenique) sino por lo que consideraron una provocación de la titular de Defensa. El propio Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra en el Congreso, calificó de “burradas” las cosas que dijo la ministra y le sugirió que “pida la entrada en el PP”. Demoledor.

Obviamente –no hacía falta ser un avezado analista para verlo–, doña Margarita se acababa de pegar un tiro en el pie, aunque más bien se lo había pegado al propio Gobierno, que unas horas después se jugaba el futuro de la legislatura y del país. De cara a la galería, Sánchez respaldó a su ministra frente a quienes pedían con insistencia su dimisión por el turbio caso del espionaje, pero es más que probable que de puertas para adentro, en privado, haya habido llamada a capítulo, tirón de orejas y reprimenda por la nefasta gestión de la crisis Pegasus. Entendemos que así ha sido porque, tras ser abordado por los periodistas que querían saber si respaldaba a la titular de Defensa, el presidente se limitó a soltar un lacónico y frío: “Eso por supuesto”. Y hasta ahí. Ni una palabra más. Ni un solo párrafo adicional de agradecimiento o cariño o para ensalzar la virtudes y habilidades políticas de su colaboradora de gabinete. Un escueto “eso por supuesto” y punto. Acto seguido, Sánchez pasó a otra cosa, sin entrar en más detalles sobre la polémica pese a que el Gobierno se encontraba ante la crisis más morrocotuda desde la formación de la coalición gubernamental, lo cual ya es decir teniendo en cuenta que las relaciones entre PSOE y Podemos han transitado entre el enfrentamiento abierto y la convulsión al borde de la ruptura, o sea, rollo Pimpinela pero con facas y a muerte.

Ayer, Sánchez logró salvar, in extremis, su decreto anticrisis. La bomba Pegasus estuvo a punto a hacer descarrilar el paquete de medidas para tiempos de guerra (176 escaños, es decir, un aprobado raspado regalado por Bildu y gracias). De haber sido rechazado el decreto, el panorama para el Gobierno hubiese sido más bien oscuro tirando a negro. Sin apenas apoyos parlamentarios y con las calles rebosantes de manifestantes, de camioneros protestando por el precio de la gasolina y de indignados hartos de la inflación y de no poder llegar a final de mes, la sombra de las elecciones anticipadas hubiese planeado peligrosamente sobre Moncloa. El presidente ha logrado salvar otra bola de partido (la segunda, la primera fue la reforma laboral que salió milagrosamente adelante gracias a un diputado del PP que suele hacerse un lío con el voto telemático). No obstante, nuestras fuentes en Moncloa (algunas nos quedan todavía) nos dicen que Margarita Robles está siendo fuertemente criticada no solo por el ala podemita del Ejecutivo de coalición (muy irritada por los últimos acontecimientos) sino también por los suyos de la parte socialista. Aunque parece que las aguas vuelven a su cauce, la ministra Robles sale seriamente tocada de este envite y no nos extrañaría nada que Sánchez la dejara caer en una de sus remodelaciones ministeriales por sorpresa. Con lo fácil que le hubiese resultado a doña Margarita decir que Pegasus es cosa de los tribunales o incluso recurrir al socorrido no comment o al “no puedo entrar a valorar asuntos de seguridad nacional”. Quiso quedar como la más patriota de los patriotas y casi se carga el Gobierno. Y esta es la señora que tiene en sus manos los asuntos de la guerra con Putin. Que Dios nos coja confesados.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL ERROR DE RUFIÁN

(Publicado en Diario16 el 28 de abril de 2022)

El Gobierno de coalición ha salvado, sobre la bocina y por la mínima, su plan anticrisis. Al final Bildu y el BNG han dado los apoyos necesarios mientras que el PP ha votado en contra. El partido de Feijóo no se diferencia demasiado del que dirigió aquel Pablo Casado siempre filibustero, antisistema y rupturista. Hoy, el Ejecutivo progresista se jugaba a todo o nada no solo su futuro en la legislatura, también el destino del país. Necesitaba más que nunca esos ansiados 176 escaños para sacar adelante su nuevo programa para tiempos de guerra. En medio de una crisis galopante a causa de la pandemia, con la invasión de Putin recrudeciéndose por momentos y la extrema derecha seduciendo a los ciudadanos en toda Europa, era un buen momento para sumarse a un gran pacto de Estado capaz de resucitar la economía y rescatar a millones de españoles que sufren los estragos de la diabólica coyuntura internacional. Unos y otros, los que han antepuesto sus intereses partidistas y los que han hecho un ejercicio de responsabilidad por el bien común, han quedado retratados para la posteridad.

El plan que se debatía hoy en el Congreso de los Diputados no solo era positivo para el país, sino imprescindible para evitar una quiebra social. Ayudas contra la subida del precio de los carburantes, subvenciones agrícolas, pesqueras y ganaderas, créditos ICO por valor de 10.000 millones euros para reactivar a los sectores más afectados y una prórroga a la rebaja del IVA en la factura de la luz son propuestas más que meritorias que no deberían encontrar el rechazo de ninguna fuerza política responsable. Pero el PP, el supuesto nuevo PP de Feijóo, ha vuelto a decepcionar una vez más. Del principal partido conservador se esperaba un cambio de rumbo, un viraje desde la demagogia trumpista en que cayó Casado a la realpolitik. Muchos esperaban que los populares, siquiera por un momento, aparcaran su política de bloqueo sistemático y parálisis por puro electoralismo para dar un aval a la iniciativa del Gobierno, que en definitiva era el aval a mejoras en la calidad de vida de los trabajadores españoles. Sin embargo, cada vez está más claro que el Partido Popular ya solo vota lo que vote Vox. Feijóo, el presunto centrista Feijóo, el supuesto hombre de Estado Feijóo, sigue en las mismas. El complejo que sienten los populares ante los ultras parece incurable.

Lo del PP lo tenemos asumido, no podemos esperar nada de ese partido que se ha entregado al nuevo fascismo posmoderno. Pero lo de Esquerra Republicana de Cataluña duele. Un grupo político que se llama a sí mismo socialista, un aliado habitual del Gobierno en programas sociales, no puede, no debe, mercadear con el futuro de millones de personas. Los republicanos están indignados con el caso Pegasus, el escándalo de espionaje contra 63 cargos del independentismo catalán. Y tienen toda la razón en su enfado monumental. Ahora bien, hoy no tocaba hablar de eso. ¿Qué tiene que ver un asunto de cloacas del Estado que debe dirimirse en comisión parlamentaria y en sede judicial con el bienestar económico del pueblo? Cuéntele usted a un camionero, señor Rufián, que las familias de los transportistas no van a tener derecho a unas ayudas al carburante por una historia de espías del CNI que ni les va ni les viene y que suena a mala novela negra para las tertulias de unas élites políticas, de una casta, de un establishment que medra por ahí arriba en las altas esferas de la democracia. No lo entenderá. Es más, probablemente no lo perdonará y terminará votando a la extrema derecha. Y así va cuajando el nuevo nazismo 2.0, a base de errores de una izquierda desnortada y enfrascada en cuestiones que no sirven para que las clases humildes puedan llevar un plato de lentejas a casa.

De alguna manera, tras estallar el caso Pegasus, el Rufián socialista volvió a evaporarse, una vez más, dando paso al Rufián nacionalista. Hasta ahí llegó el supuesto izquierdismo del brillante parlamentario catalán. Al dirigente republicano no se le puede negar su valía y su talla política (su chiste de ayer sobre el PP, “son ustedes de centro, de centro penitenciario”, es sencillamente sublime). Pero hay algo que con demasiada frecuencia le pierde para la causa de la maltrecha izquierda europea: sigue fallándole el internacionalismo al que ha renunciado (una cualidad esencial en alguien que se considera socialista). Lo cual le lleva a confundir al enemigo principal, que no es el malvado Gran Hermano del Estado español que nos espía a todos, sino el gran capital, ya sea el Íbex 35 o la burguesía puigdemontista de Canaletas. Rufián sigue viendo el mundo convulso del siglo XXI desde su ombligo chovinista y territorial, desde el faro decimonónico de su terruño en Santa Coloma de Gramanet, del que parece no haber salido todavía, y eso que es un hombre viajado, leído y cosmopolita. Todo ello nos lleva a la misma conclusión de siempre (y mira que se lo hemos explicado aquí muchas veces): el nacionalismo irredento es absolutamente incompatible con la izquierda internacional porque, de una forma o de otra, siempre deviene en una suerte de aislacionismo endogámico, identitario, provincial, y en un egoísmo patriótico que termina por confundir el plan original, que no es otro que la lucha de clases y la derrota de las injusticias provocadas por el ultraliberalismo salvaje.

Entendemos que Margarita Robles no se lo ha puesto fácil a Rufián para votar sí. El alegato de ayer de la ministra de Defensa (“¿qué tiene que hacer un Estado cuando alguien vulnera la Constitución y declara la independencia”) fue más propio de 2017 que de 2022, un error mayúsculo en el peor momento. Si lo que pretendía el Gobierno era recabar los apoyos de Esquerra al plan anticrisis, horas antes del decisivo debate parlamentario, consiguió precisamente todo lo contrario. A doña Margarita deberían atarla en corto en Moncloa porque da la sensación de que su ardor guerrero, con esto de la guerra de Ucrania, la hace venirse arriba con demasiada frecuencia. Hasta los diputados de Vox aplaudieron su intervención. Con eso está todo dicho. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL VINO

(Publicado en Diario16 el 28 de abril de 2022)

El Gobierno ha tenido que salir a desmentir que esté pensando en prohibir el vino y la cerveza en los menús del día del país. Durante toda la tarde de ayer había circulado el bulo de que Pedro Sánchez tenía previsto declarar la ley seca, como en el Chicago de los violentos años veinte, y el falso rumor se extendió como la pólvora en las redes sociales. Una rebelión popular de defensores de la bebida se estaba gestando como la peor de las tempestades (“¡todos a la calle a defender nuestro rioja!”, decía un tuitero sin duda cayetano) y Moncloa se apresuró a cortar la movida de raíz. A última hora, una nota de prensa emitida por Sanidad aclaraba que el Consejo Interterritorial no piensa prohibir los buenos caldos en bares y mesones, solo dar consejos, recomendaciones o sugerencias para que se sustituya el vino y la rubia por el agua del grifo, que es más sana y no cría ranas. Y ahí ha quedado la cosa. Cada cual podrá seguir dándole al bebercio cuándo y cómo estime oportuno.

Sin duda, los bots de Santi Abascal y los tuits de Isabel Díaz Ayuso habían vuelto a trabajar a destajo en tareas de desinformación para transmitir la sensación de que el Gobierno comunista preparaba un decretazo contra el vino. Nada más lejos. Nadie va a prohibir el morapio y la birra, en primer lugar porque hacerlo sería inconstitucional; en segundo término porque ello supondría la ruina de uno de los sectores económicos más potentes de nuestro país (no tiene ningún sentido proscribir un producto del que se hacen grandes campañas publicitarias en el extranjero); y por último, y más importante, porque eso sería el harakiri definitivo del Gobierno, la convocatoria de elecciones anticipadas y la victoria total de las derechas con Abascal como ministro del Interior de Feijóo y más arriba todavía. En una de estas el PP nos coloca al Caudillo de Bilbao de jefe del Estado, a fin de cuentas a Vox le sobra la monarquía tanto como las comunidades autónomas.

Ahora bien, aclarado el desmentido, cabe preguntarse quién ha sido el lumbreras al que se la ocurrido la brillante idea de tocar el tema del vino en un momento tan delicado, con la calle hirviendo por el descontento social. ¿Acaso ha estado Alberto Garzón moviendo al lobby vegetariano para liarla parda como ya lo hiciese con el asunto de la carne de macrogranja? No parece, ya que esta vez la idea parte del Ministerio de Sanidad, no de Consumo, es decir, del ala socialista, no de la podemita. ¿Puede ser que estemos ante una ocurrencia de Pedro Sánchez, que ya gobierna en plan presidencialista? Tampoco parece plausible, ya que el jefe del Ejecutivo anda enfrascado en asuntos internacionales de mayor enjundia, como evitar la Tercera Guerra Mundial y paliar los efectos de la decisión de Putin de cortarle el grifo del gas a los europeos. El premier socialista ni tiene tiempo para experimentos con gaseosa y tintorro ni es tan tonto como para meterse en ese jardín. Si muchos españoles ya lo ven como el Macron español, odiándolo a muerte, imagínense ustedes que se pone a quitarle el vaso de vino al pueblo. Se arma la marimorena, una Vicalvarada, un 36, y lo sacan a gorrazos de Moncloa.

A esta hora, se desconoce quién ha tenido la infeliz idea de incluir este debate estéril e inoportuno en la agenda de asuntos de Estado. ¿Es que la izquierda todavía no ha aprendido que unas elecciones se ganan con poquito, dando una tapa y una caña, sin más programa electoral, tal como hizo Ayuso en las pasadas autonómicas madrileñas? ¿Aún estamos así? Aquello fue un batacazo histórico y vino a demostrar que al electorado de hoy, poco exigente con la política, no se le convence con las nobles ideas y principios de un ilustrado azañista como Ángel Gabilondo, sino prometiendo mucha libertad, fiesta, toros, circo y una buena cogorza dominguera capaz de hacer olvidar los problemas de la vida, que no son pocos. Aquellos comicios los ganó la niña de Chamberí movilizando a su ejército de fieles hosteleros enfurecidos e indignados, pero por lo visto el Gobierno aún no se ha enterado de qué va esto. “Que me toquen el vino es como que me toquen a la madre”, advertía ayer un airado hostelero antisanchista en un programa de televisión de la máxima audiencia. Con eso está dicho todo. Así que Pedrín cuidadín, que la cosa viene calentita y no está el horno para bollos.

En este país mísero y estoico, el vino y la caña son dos pilares fundamentales de la democracia con el mismo rango en importancia que el derecho a la igualdad o a la libertad de expresión. En un mundo en convulsión, en medio del sindiós de la pandemia (ya tenemos encima la séptima ola) y a las puertas de la Tercera Guerra Mundial, quitarle la copita de vino al español no solo sería un error fatal sino un vacile y una falta de respeto al personal. Las recientes elecciones francesas han venido a demostrar que la izquierda está en franca decadencia y que la democracia ya es cosa de dos: de la derecha clásica y de los nazis. Si hemos llegado a ese punto es precisamente porque el socialismo ha metido en el cajón el viejo manual de Marx y lo ha sustituido por moderneces, por ideas extravagantes como la bicicleta, la prohibición del chuletón, el huerto ecológico y la guerra contra el vino. Mientras tanto, los obreros del extrarradio de Marsella (también de Vallecas) se van con Le Pen y Abascal, que les ofrecen poder adquisitivo, jubilación a los 60 y una vida de ricos.

Si nos quitan el oro rojo del vino o el oro amarillo de la cañita fresca, espumosa y bien tirada, sustituyéndolos por un insulso vaso de agua del grifo lleno de cal mortífera para el riñón, ¿qué nos quedaría a los españoles que estamos a la intemperie? ¿Cómo soportar la crisis, el paro, la inflación, los salarios de mierda, el virus pertinaz, el pánico nuclear, la plaga de golfos comisionistas que se lo llevan muerto, el subidón de la gasolina y otras tragedias globales insoportables? El vino es la quintaesencia de la cultura española mediterránea y dionisíaca, el colocón dulce y barato y el argumento para socializar, evadirse y seguir viviendo. Prohibirlo por paternalismo sanitario estatal sería un grave error porque cada uno se mata como quiere. Que se deje Sánchez de experimentos políticos y que se dedique a la izquierda real, a reforzar la Sanidad que está echa unos zorros, a subirle los impuestos a los ricos y a recuperar derechos de los trabajadores. Así que venga una cañita bien fría. O dos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy