jueves, 5 de septiembre de 2019

LA TORMENTA PERFECTA


(Publicado en Diario16 el 2 de septiembre de 2019)

Una tormenta económica perfecta que podría terminar de dar la puntilla al capitalismo, tal como lo conocemos hoy, se está formando en estos momentos. Pocos expertos dudan ya de que nos encontramos ante la antesala de una nueva crisis económica global, como demuestra el hecho de que las grandes economías mundiales están experimentando un “decrecimiento” preocupante. A este escenario, que ya se auguró en el 2017, hemos llegado por tres factores principales: la ralentización del comercio exterior, el exceso de deuda y el temor a una subida del tipo de interés, según el último informe de OBS Business School, la primera escuela de negocios online en España. Sin embargo, y pese a que en este caso el epicentro del huracán no está en la burbuja inmobiliaria y las hipotecas subprime, existen otros condicionantes que nos abocan irremediablemente a una recesión cuyas consecuencias son todavía impredecibles:

Tensiones entre Estados Unidos y China

Uno de los puntos más importantes que hacen predecir una crisis inminente, según el citado informe. La guerra comercial declarada por Donald Trump al gigante asiático está haciendo mucho daño a la estabilidad global, provocando “graves restricciones al comercio”, como la subida de aranceles. Cómo afectarán estas decisiones políticas “crean una incertidumbre económica que pone en peligro a la economía mundial”, añade OBS.

El Brexit

La última decisión del primer ministro Boris Johnson de cerrar el Parlamento británico y llegar hasta el final en un Brexit duro y sin acuerdo con Bruselas ha supuesto un auténtico terremoto para las grandes economías. La posible salida del Reino Unido de la Unión Europea por cuestiones ideológicas (las implantadas por un grupo de políticos ultranacionalistas atados a sus prejuicios xenófobos) tendrá consecuencias negativas para todos a nivel económico: depreciación de la libra, mayores costes de importación y exportación debido a los nuevos aranceles y un aumento de la inflación.

Los populismos

El fenómeno populista emerge tras la crisis económica de la última década, y su denominador común es el rechazo directo a la Unión Europea. “Esto supone una grave desestabilización al proceso europeo y debilita una economía que apenas ha podido emerger de la recuperación de la crisis del 2008”, asegura OBS. Sin duda, los gobiernos de extrema derecha, con sus filosofías autárquicas y violentas solo contribuyen a empeorar la situación de precariedad de las economías mundiales.

Montañas de deuda

“La deuda hizo estallar la crisis del 2008 y gracias a acumular más deuda, salimos de ella. Parece que, de alguna forma, la economía esté enganchada a la crisis o que dependa excesivamente de burbujas crediticias. Lo cierto es que generamos demasiada deuda, y en lugar de reducirse ha aumentado y esa misma deuda es ahora el riesgo de una nueva crisis”, explica el estudio elaborado por los analistas de la escuela de negocios on line OBS.

Subidas del tipo de interés

Otro elemento que está íntimamente relacionado con la deuda es el tipo de interés. Una grave amenaza para la economía actual sería una subida desproporcionada, medida que se sabe que tarde o temprano “se tendrá que aplicar para volver a la normalización. ¿Hasta dónde pueden los bancos centrales subir los tipos de interés sin poner en riesgo el sistema? ¿Y cuánto pueden subir los tipos de interés sin poner en peligro la deuda pública?”

Posibles escenarios

Si bien el 2017 se presentó “prometedor y lleno de esperanza”, según OBS, las cifras del 2018 arrojan índices de ralentización que junto con un panorama complejo “no hacen prever años de bonanza”. La crisis y la recesión están servidas, aunque con matices nuevos respecto al crack del 2008 que podrían dar lugar a tres escenarios distintos, según el informe de los economistas de OBS. El primero, el menos malo, nos propone un futuro de desaceleración y normalización, pero sin caer en una crisis financiera. El segundo sería el que confirma una futura crisis financiera, pero para la cual estamos preparados con una economía sólida y robusta para poder enfrentarnos a ella de un modo diferente al del 2008. “Y un último escenario, en el que no veremos una crisis simultánea ni uniforme, sino que serán más bien ciclos de crisis y recuperación que auguran la ruina del capitalismo global”.

Viñeta: El Koko Parrilla

EN CASO DE ELECCIONES, LA IZQUIERDA GANA, LA DERECHA PIERDE


(Publicado en Diario16 el 2 de septiembre de 2019)

Nadie quiere elecciones, pero la derecha menos. En el acto público que Pablo Casado protagonizó ayer domingo en Ávila, el líder del Partido Popular dejó meridianamente claro que el compromiso de su partido, pase lo que pase, es estabilidad y desbloqueo: “Si Sánchez nos quiere llevar a elecciones, que todo el mundo sepa que el PP desbloqueará la situación, como siempre ha hecho”. Y añadió: “Yo no sé si va a haber elecciones generales, pero para que no quede ninguna duda, el PP no quiere elecciones generales”, aunque a su juicio, esa posibilidad “reforzaría estratégicamente” la posición de los populares.
Mucho se ha hablado en las últimas semanas de este agitado verano político sobre lo negativo que sería para la izquierda ir de nuevo a las urnas. La opinión general es poco menos que de ellas saldría un Casado triunfante con un Santiago Abascal de ministro del Interior, a la manera de Matteo Salvini. Nada más lejos de la realidad demoscópica. Los últimos sondeos no predicen que a PSOE y a Unidas Podemos les vaya a ir tan mal con una repetición electoral el 10 de noviembre. Según la reciente encuesta de Sigma Dos para El Mundo (que no es precisamente una receta precocinada por el polémico gastrónomo estadístico Tezanos), el PSOE aumentaría su ventaja de manera sustancial –del 28,7 al 33,4 por ciento de los votos, es decir, de 123 a 145 diputados− mientras, contra lo que pueda parecer, Unidas Podemos apenas sufriría desgaste: algo menos de un punto, quedando en alrededor de 40 escaños. Es decir, la suma de los dos partidos podría alcanzar la mayoría absoluta, superándose así la parálisis institucional y abriéndose por fin la puerta a un Gobierno estable.
Si la encuesta de El Mundo es una trampa para desmovilizar a la izquierda es algo que no sabemos, pero en principio todo apunta a que tanto el electorado de Pedro Sánchez como el de Pablo Iglesias sigue mostrándose firme y sólido. Se infiere que, pese al fiasco de los últimos dos meses, los votantes de izquierda tienen claro que su papeleta seguirá siendo la misma que el pasado mes de abril y en principio la nefasta negociación que han llevado a cabo PSOE y Podemos no pasaría factura, de momento, en forma de un aumento de la abstención. Más bien al contrario, la gestión de Ciudadanos, un partido que ha revelado su auténtico rostro derechista con sus pactos infames con Vox y sus purgas en el ala moderada, sí podría suponer un trasvase de votos desde la formación naranja hacia el PSOE. Eso lo sabe bien Iván Redondo, el estratega de la comunicación en Ferraz, que a buen seguro ya tiene sus propios sondeos y lecturas de la situación actual del país.
Es cierto que en caso de repetición de los comicios el PP de Casado recuperaría algunas posiciones respecto al batacazo del mes de abril, pero el líder popular sabe que el partido está en construcción y que unas elecciones ahora para crecer apenas tres puntos y un puñado de diputados no sería un buen negocio si la izquierda no solo resiste sino que estaría en condiciones de ganar y gobernar. De ahí que el sucesor de Mariano Rajoy no quiera elecciones ni en pintura.
Este escenario político explicaría por qué ni PSOE ni Podemos parecen estar nerviosos ante los negros vaticinios de los analistas y tertulianos, aquello del “vértigo” y el “abismo abriéndose a los pies” en el caso de que fracasen las negociaciones para formar un Gobierno de coalición u otro monocolor socialista con apoyo de la formación morada y el país sea llamado a votar de nuevo. Es cierto que el hastío, la desafección y el cansancio empiezan a cundir en la ciudadanía, pero no es menos cierto que existe un fuerte temor arraigado en la sociedad a que la ultraderecha pueda alcanzar el poder. Quizá por eso la abstención no sea tan fuerte como predicen algunos.
De momento, lo único cierto es que pese al pesimismo general que parece invadirlo todo, tanto Sánchez como Iglesias siguen teniendo la sartén por el mango y cuentan con varias cartas en la manga para salir de esta diabólica partida de póker −interminable y cabalística−, en la que parece haberse instalado el país. Así, si la posibilidad del Gobierno de coalición con una vicepresidencia y tres ministerios para Podemos parece alejarse cada día que pasa, la oferta programática con la que el PSOE podría hacer importantes concesiones al partido de Iglesias a cambio de la investidura puede ir ganando puntos a partir de hoy, justo cuando se inicia el nuevo curso político. De momento mañana martes el presidente en funciones presentará su propuesta de programa de Gobierno, un documento muy definido con 300 medidas abierto “a aportaciones de Podemos que no supongan alteraciones inasumibles para el PSOE”, según informa Europa Press. La siguiente parada será el próximo 9 de septiembre, cuando tendrá lugar un encuentro crucial entre Sánchez e Iglesias. En esa entrevista, las cartas quedarán boca arriba de una vez por todas y sabremos exactamente a qué está jugando cada partido.
De cualquier manera, los vientos siguen siendo favorables para Sánchez, que sin duda sería el más beneficiado por unas nuevas elecciones, mientras que el gran damnificado sería Ciudadanos y por consiguiente Albert Rivera, ese candidato que se autoproclamó líder de la derecha española hace apenas un par de meses y que hoy cotiza a la baja. Por cierto, no ha dado señales de vida en todo el verano. Un silencio harto elocuente.

Ilustración: Artsenal

MÁR

(Publicado en Diario16 el 30 de agosto de 2019)

Miguel Ángel Rodríguez, antiguo secretario de Estado de Comunicación de Aznar, es desde el pasado mes de enero asesor de Isabel Díaz Ayuso, la recientemente investida presidenta de la Comunidad de Madrid. Hacía tiempo que Rodríguez no se dejaba ver por los escenarios del poder pero por lo visto ha vuelto. Al final, toda cabra tira al monte y como ningún político puede estar dos semanas seguidas metido en su casa sin hacer nada, pasando el mono del anonimato, el bueno de Miguel Ángel ha decidido regresar a las trincheras, esta vez en el frente de Madrid.
Por lo visto MÁR, uno de los muchos restos del aznarismo que se perdieron en las procelosas aguas del tiempo, debe haber pensado que el mundo no puede seguir girando sin sus brillantes e imprescindibles ideas. Y al final Pablo Casado le ha dado el carguete de ayudante de cámara de la reina castiza. Según publica la prensa, todo el discurso ultraliberal de Ayuso sale de la cabeza de Rodríguez. Ahora se entiende todo.
Casado ha rescatado el traje viejo de MÁR del armario de la historia, lo ha desempolvado convenientemente, lo ha aireado un poco para quitarle las polillas y lo ha presentado como el hombre que necesitan Madrid y su presidenta, sobre todo su presidenta, que no es Margaret Thatcher precisamente y está falta de un tutor. Rodríguez es la mente pensante de Díaz Ayuso, el demiurgo barbudo en la sombra, el gran hacedor del pensamiento político que ella va repitiendo después, de pe a pa, como una buena catequista que lee la Carta de San Pablo a los Corintios en misa de doce. Sin embargo, pese a que Rodríguez llegaba con la vitola de extriunfador, de hombre victorioso de Aznar, Ayuso no ha conseguido ganar las elecciones autonómicas. De hecho, Ángel Gabilondo pasó por encima de ella y el PP dejó de ser el partido más votado por los madrileños por primera vez en 28 años. Solo el pacto infame del trifachito, sumando los votos de populares, Ciudadanos y Vox, la han aupado a la Presidencia de la Comunidad de Madrid.
Rodríguez siempre ha sido un provocador incorregible que ha vivido de la polémica, del cinismo y la demagogia. Tras la caída del imperio español aznarista y su salida de la política se hizo tertuliano de televisión. Y ahí empezó su temporada en el infierno, que diría Rimbaud. En 2011 fue condenado por un juzgado de Madrid como autor de un “delito continuado de injurias grave realizado con publicidad” contra el médico Luis Montes, a quien MÁR llamó “nazi” por el caso de las supuestas sedaciones irregulares en el Hospital de Leganés. Dos años después, en 2013, fue arrestado por conducir borracho. Al parecer la lio parda tras provocar un choque contra tres vehículos que estaban estacionados en el distrito de Retiro −cuadruplicaba la tasa de alcohol permitida− y aunque pidió perdón por su “mal ejemplo al volante” su imagen quedó seriamente dañada y ya nunca más fue el mismo.
Hoy Rodríguez es uno de los políticos más activos en las redes sociales (lo cual no es decir demasiado en su favor) y bajo su nombre de guerra “MÁR” son sonadas sus trifulcas tuiteras con trols, haters y otras peligrosas especies digitales, haciendo bueno aquello de “que hablen de uno, aunque sea mal”. El gran gurú de la comunicación de Aznar se dedica, entre otras cosas, a perder el tiempo enviando mensajes al mundo con el pajarito azul. “Creo que Telemadrid está ya preparando el reportaje de los niños famélicos, hambrientos, abandonados y desnutridos que deambulan solos por las calles de Madrid desde que gobierna el PP”, ha sido su última grosera boutade. Poco antes ya la había tenido con un periodista al que dijo: “¿Es usted sindicalista de CC.OO a sueldo de Telemadrid por no hacer nada cada día, ni cada semana, ni cada mes? Oiga, no moleste”.
MÁR se resiste a pensar que su momento ya pasó, que se ha quedado antiguo en un par de años, y que hoy otros ultras mucho más jóvenes y duros que él (la muchachada escuadrista de Vox) son las estrellas del circo. Sin embargo, el hombre ha conseguido sobrevivir, sacar la cabeza tras su naufragio personal y político, lo cual tiene su mérito, y ahora, como asesor, le escribe los sermones del domingo a la discreta presidenta. Ya se notó la mano de un negro en el discurso de investidura que Díaz Ayuso impartió en la Asamblea regional. Aquello tan grandilocuente y chirriante de que “con el PP Madrid seguirá siendo una región con altas cotas de libertad y progreso social” no pudo haber salido de ella, sino de alguien con el colesterol de la demagogia delirante muy disparado. Algo nos dijo entonces que detrás de la muñeca bien vestida estaba el ventrílocuo. Ahora ya sabemos quién es el tramoyista de Isabel.

BORIS

(Publicado en Diario16 el 30 de agosto de 2019)

En el Reino Unido hay quien dice que el primer ministro, Boris Johnson, ha dado un golpe de Estado. Quizá sea una exageración en un país acostumbrado a la paz burguesa y a la estabilidad política sin sobresaltos. Pero su decisión de cerrar el Parlamento durante cinco semanas para salvar un Brexit duro sin acuerdo –con el refrendo de la reina Isabel II– es una medida que ha conmocionado a la opinión pública de una de las democracias más antiguas y consolidadas del mundo. Habría que remontarse a los tiempos de Carlos I de Inglaterra para encontrar un episodio similar en la historia del Reino Unido. En aquella ocasión el monarca disolvió el Parlamento en 1629 y gobernó sin él durante los siguientes once años.
El derecho de disolución de los Parlamentos proviene precisamente del sistema parlamentario británico y cada democracia lo regula en sus constituciones de una forma particular. En general, puede decirse que rara vez se utiliza (siempre en casos muy tasados) de modo que tiene un carácter excepcional y siempre asociado a circunstancias de especial relevancia. En España, por ejemplo, las legislaturas duran cuatro años, y transcurrido ese plazo el rey disuelve las Cortes Generales para convocar nuevas elecciones. También se cierra el Parlamento en caso de moción de censura, cuando ninguno de los candidatos a la Presidencia del Gobierno obtiene la investidura del Congreso (en ese supuesto el rey tiene que decretar la disolución de la Cámara Baja y del Senado) y cuando se declara el Estado de alarma, excepción y/o sitio en todo o en parte del territorio nacional. Es decir, en nuestro país ni siquiera el rey podría decidir por sí mismo la clausura de las Cortes, ni tampoco negarse a firmar el decreto de disolución cuando sea requerido para ello por el presidente del Gobierno o por el presidente del Congreso de los Diputados. Nuestra Constitución quiso ser garantista para que el Jefe del Estado no pudiera atribuirse la facultad de disolver el Parlamento, algo propio de monarquías absolutas y de dictaduras. De modo que si Santiago Abascal, líder del partido ultra Vox, está teniendo tentaciones de seguir los pasos de Johnson ya puede ir abandonando la idea.
En general puede decirse que la disolución es un instrumento para arreglar los conflictos que surgen entre el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo. Se articula como un arma del Gobierno en sus relaciones con las Cámaras y para contrarrestar la influencia del Parlamento. La mayoría parlamentaria sabe que en caso de denegar la confianza al Ejecutivo y provocar su caída este puede replicar disolviendo las Cámaras y convocando nuevas elecciones, en las que esos parlamentarios tendrán que afrontar el riesgo de perder su escaño. En última instancia se le da la palabra al pueblo para que dirima el conflicto surgido entre ambos poderes: los electores ratificarán en las urnas al Gobierno o provocarán su sustitución en caso contrario.
De cualquier forma, la disolución del Parlamento fue un privilegio que ostentaban algunos monarcas del Antiguo Régimen y que utilizaban como medio de deshacerse de un Parlamento hostil, como ocurrió en Inglaterra en 1629. De ahí que todo aquel político que pretenda aplicar esa drástica medida en un régimen constitucional se arriesga a ser considerado un absolutista, un antidemócrata o sencillamente un dictador. Quizá sea esa la pretensión de Boris Johnson, más si se tiene en cuenta que el cierre del Parlamento se considera una especie de triquiñuela, un juego sucio amparado en una interpretación espuria de la leyes constitucionales. No cabe duda de que Johnson se está aprovechando de que el Reino Unido no posee una Constitución escrita y de que la interpretación de las normas fundamentales suele generar controversia.
El pequeño dictador
El provocador, populista, irreverente y berlusconiano primer ministro es “uno de los arquitectos de la catástrofe del Brexit”, según titula la prensa de las islas estos días, un hombre con ínfulas de tirano cuyas decisiones empiezan a aterrorizar a millones de británicos. El inventor del ‘Boris show’ sale a escándalo por semana, como cuando la policía tuvo que acudir a su casa para mediar en una disputa conyugal con su mujer que fue grabada por sus vecinos y publicada por un diario de tirada nacional. Disfruta comportándose como un pequeño dictador en la línea de Trump, Bolsonaro o Salvini y puede decirse que la democracia le desagrada y el parlamentarismo le molesta.
Ahora bien, ¿es legal su decisión de cerrar el Parlamento británico? Al dar la orden de clausurar el curso político para reabrirlo en octubre con un nuevo programa de Gobierno, Johnson no ha hecho más que activar un mecanismo previsto en la ley. Sin embargo, el delicado momento que ha elegido para ponerlo en marcha y la inusual duración de la suspensión ha alimentado las sospechas de que el primer ministro intenta debilitar al poder Legislativo en una coyuntura de gran crisis nacional, como es la situación de inestabilidad política y económica generada por la posible salida del Reino Unido de la UE.
Por otra parte, también queda en entredicho el papel de la reina Isabel II. Numerosos expertos consideran que la jefa del Estado estaba obligada a cumplir con el mandato de Johnson y no podía hacer otra cosa. Otros opinan que la decisión de cerrar el Parlamento puede ser recurrida en los tribunales pese a la sanción real.
Con todo, los diputados del Parlamento británico contarán con cerca de quince sesiones para intentar hacer descarrilar los planes autocráticos de Johnson: al menos una semana de actividad en septiembre y más de dos en octubre. La oposición, que espera colaborar con algunos conservadores críticos con el primer ministro, disponen aún de dos opciones para frenar a Johnson en su intento de aplicar un Brexit duro sin acuerdo con la Unión Europea: presentar una moción de censura (algo que puede llevar a cabo el líder de la oposición, el laborista Jeremy Corbyn, aunque para que prospere sería necesario el voto de algunos diputados conservadores “rebeldes” contra su jefe) o bien intentar tramitar una ley que impida una salida de la zona euro sin acuerdo. No pocos analistas creen que más tarde o más temprano se terminará produciendo una rebelión entre los conservadores para derrocar a Johnson y evitar así sus disparatas decisiones más propias de gobernantes totalitarios que del líder de una democracia centenaria como la británica. En Escocia ya se ha abierto un proceso para tratar de revertir el cierre del Parlamento, mientras que la empresaria y activista Gina Miller ha pedido una revisión judicial urgente. La cuestión podría llegar al Tribunal Supremo del país.
De momento el pintoresco primer ministro insiste en que romperá los lazos con la UE el 31 de octubre, haya o no llegado a un acuerdo con Bruselas. Todo hace prever que la batalla política y legal entre euroescépticos y europeístas con la supervivencia misma de la democracia en juego no ha hecho más que empezar en el Reino Unido. Cabe esperar que la medida adoptada por Johnson provocará fuertes protestas ciudadanas en los próximos días. De hecho, cientos de personas ya han salido a la calle para decirle no a su primer ministro. Los británicos (quién lo iba a decir) van a tener que movilizarse para salvar el sistema de derechos y libertades fundamentales que ha perdurado durante siglos. Ni siquiera Churchill, que empeñó su vida en la lucha contra el fascismo, pudo llegar a imaginar tal cosa.

SHOW AYUSISTA


(Publicado en Diario16 el 29 de agosto de 2019)

La novicia presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha empezado a vender su reino de color de rosa, su cuento de hadas, su próximo paraíso fiscal en la Tierra. En las últimas horas, la lideresa ha puesto en marcha una gran campaña de marketing para maquillar un poco la maltrecha sanidad madrileña, esa que ofrece a los pacientes vendajes sucios y ropa de cama manchada de orina y heces. Según la presidenta del “trifachito” castizo −que ha posado entre selfis y retratos con los sufridos usuarios del hospital de Guadarrama− “tenemos una sanidad que ya es una de las mejores del mundo, pública, gratuita, universal, humanizada y de gran calidad”. Además (cómo iba ella a dejar pasar la oportunidad de darse importancia), en su visita al centro sanitario Ayuso se ha dejado fotografiar con los solitarios abuelitos y sufridores enfermos, una escena conmovedora que detrás esconde una burda maniobra propagandística de manual. Allí estaba la chica, sonriente, feliz, tendiendo su mano cálida, afable y solidaria a todo aquel que la necesitaba, mostrándose como una abnegada nueva Teresa de Calcuta, como una enfermera de raza y de trinchera capaz de enfundarse la bata blanca y bajarse a los quirófanos con una jeringuilla para hacer frente, con riesgo para su vida si es preciso, a la peligrosa listeria que causa estragos en la población española.
No sabemos a quién pretende engañar Díaz Ayuso con esta grosera operación de imagen, ya que no hay un solo madrileño que no sepa a estas alturas que la sanidad pública ya no está en manos de los ciudadanos, sino de unos fulanos púnicos de la empresa privada que lo controlan todo, desde el catering (habría que empezar a llamarlo rancho malo hospitalario) hasta las aspirinas pasando por los ascensores de Urgencias. Madrid es esa comunidad autónoma donde el ratio de camas por cada mil habitantes se ha reducido a 0,15 frente al 0,35 del conjunto del país; donde más de medio millón de pacientes colapsan las listas de espera; y donde el gasto sanitario per cápita se ha reducido un 8,46%, quedando por debajo de la media nacional: 1.254 euros en Madrid frente a 1.370 euros en el resto del país.
Poco queda de aquella sanidad humanizada y de gran calidad de la que habla la entusiasta y cándida presidenta, que pretende pintar una sanidad pública que sencillamente ya no existe. Eso sí, leyendo entre líneas entre las cosas que va diciendo la señora presidenta, podemos deducir el maquiavélico plan que tiene preparado para los centros de salud y hospitales regionales. “Seguiremos garantizando la libertad de elección de hospital, centro y profesional sanitario y llevaremos a cabo –ha destacado– el plan de inversión que nos va a permitir modernizar los siete grandes hospitales de Madrid”. Es decir, traduciendo del siempre eufemístico y oscuro lenguaje ultraliberal que practica la lideresa al román paladino, más desvío de pacientes a los centros sanitarios privados (con el consiguiente gasto para los usuarios), menos plazas de médicos y enfermeros funcionarios y más suelo público y más poder para la sanidad privada. En definitiva, más privatizaciones de unidades y servicios clínicos básicos para la salud de las personas, que a fin de cuentas es donde pretende llegar Díaz Ayuso. Ella no lo dice abiertamente porque tiene mala prensa, pero lo que realmente le pone a la presidenta es vender hasta la última piedra de la hasta hace poco emblemática y puntera sanidad española (hoy una auténtica ruina merced a las políticas de Garrido, Aguirre, Gallardón y otros chicos del montón). Hoy la sanidad pública madrileña es un Titanic medio hundido donde las plantillas de médicos y enfermeros –esquilmadas por la masificación y la falta de inversiones– pelean cada día por dar una asistencia médica de calidad, cuando lo normal es que solo puedan ofrecer a sus pacientes cinco minutos de consulta de miseria. Eso sí, Díaz Ayuso ha destacado que el maravilloso hospital de Guadarrama permitirá que los ingresados puedan recibir a sus mascotas. Se nota que trabajar para Pecas, el perro de Aguirre, le ha dejado huella.

Ilustración: Artsenal

RIVERA, EL ABSENTISTA DEL VERANO


(Publicado en Diario16 el 29 de agosto de 2019)

Todo el mundo recuerda aquel inolvidable debate electoral televisivo, cuando Albert Rivera, llegado su gran momento del minuto de oro, crecido y creyéndose ya presidente del Gobierno de España, soltó su célebre interpelación retórica a los espectadores tratando de convencerlos para que le dieran el voto: “¿Lo oyen? Es el silencio. El silencio que nos heló la sangre a millones de españoles cuando los separatistas quisieron romper nuestro país en Cataluña”. Pues bien, podría decirse que este verano Rivera se ha convertido en el paradigma del mutismo, en la metáfora de la mudez, en el silencio mismo personificado.
El líder de Ciudadanos ha estado missing, desaparecido en combate, como en la película aquella, y nadie sabe qué ha sido de él mientras PSOE y Podemos seguían tirándose las sillas y las mesas de playa a la cabeza. Rivera ha estado perdido (no solo, ya que según la prensa del folletín Malú lo ha acompañado en su escapada constante de los paparazzi) y cabe deducir que ha hecho dejación de funciones. Y es que, por lo que se va viendo, a Rivera España le viene grande y quizá por eso se da por dimitido.
Mientras la fiel escudera del líder naranja, Inés Arrimadas, salía a escena de vez en cuando para darle un toque de atención a Sánchez y afearle que se hubiera tomado unos días de vacaciones en Doñana, curiosamente Rivera se ausentaba gravemente de los problemas del país, de la parálisis institucional, de los incendios en Gran Canaria, de la epidemia de tercermundismo que es la peste de la listeria y en general de todo. Siguiendo la mejor tradición de los grandes hombres de la derecha patria que dejan abandonada a España en momentos críticos para irse a los toros, de caza o a un spa (eso sí lo lleva en su ADN político) Rivera se ha acogido al viejo dicho español del “ahí os quedáis, que yo me piro” y se ha largado a la montaña o a alguna isla desierta. A Rivera uno se lo imagina como aquellos náufragos harapientos de Forges que se escondían tras una palmera mientras reflexionaban sobre la vida y asistían a los problemas del país desde lejos. Qué mejor comparación para el eterno aspirante a presidente que un perdido, un hundido, alguien que ha caído súbitamente de un barco que hace aguas como es Ciudadanos. El buque corsario de Cs, muy tocado, se va a pique y mientras sus tripulantes (el contramaestre Toni Roldán, el piloto Valls, el vigía Nart y otros) saltan por la borda y gritan aquello de “sálvese quien pueda”, Rivera se esconde, calla y se transmuta él mismo en el silencio al que apelaba para atacar a Sánchez.
Nadie sabe dónde ha estado metido Albert todo este tiempo. Quizá se ha ido de bolos veraniegos con el grupo de Malú (disfrazado de tatuado roquero y haciéndose pasar por el batería) o quizá haya caído al mar Mediterráneo desde algún crucero y haya tenido que tirar de brazos, nadar duro para salvar la vida, como uno de esos pobres migrantes del Open Arms que son rechazados por apestados. De ser así, a buen seguro que Rivera habrá rezado para que no lo encuentre una patrullera degenerada de Salvini, ya que con la piel tostada por el sol y la ropa desaliñada bien podría ser tomado por un africano más y conducido a un centro de internamiento. Eso explicaría muchas cosas. Eso explicaría la repentina desaparición, la ausencia, la inexplicable evasión de Rivera. También que solo se haya comunicado con el mundo mediante sus tuits, errantes mensajes en una botella.
Ahora los chicos de la prensa madrileña dicen que el jefe de la formación naranja tiene previsto reaparecer hoy en el Congreso de los Diputados tras varias semanas dado por perdido. Hoy lo veremos materializarse con su impecable traje azul falangito, la camisa bien planchá y el rostro perfectamente afeitado, como corresponde a un español limpio y aseado. Un perfecto maniquí mudo y silencioso con la cartera bajo el brazo donde llevará todos los insultos posibles contra el presidente en funciones, la historia de la “banda de Sánchez” y algún que otro truquillo televisivo muy efectista. Pero todos en el hemiciclo se preguntarán: ¿dónde demonios se había metido Rivera?

Ilustración: Artsenal

LAS MONARQUÍAS CADUCAS


(Publicado en Diario16 el 29 de agosto de 2019)

“El príncipe Andrés sabe lo que ha hecho y espero que lo aclare”. Así de contundente se ha despachado esta mañana Virginia Giuffre, una de las mujeres que reclaman justicia en el proceso contra Jeffrey Epstein por presuntos abusos y explotación sexual. Cada día que pasa parecen más estrechas y evidentes las conexiones del heredero al trono británico con el magnate financiero acusado de ser “un depredador” y “un traficante de menores”, tal como lo ha calificado la prensa internacional.
Lo curioso del asunto es que Epstein apareció ahorcado hace unos días en su celda del Centro Correccional Metropolitano de Manhattan, llevándose consigo buena parte de los secretos del caso, mientras la Oficina del Forense de la Ciudad de Nueva York terminó dictaminando “muerte por suicidio”. Todo lo que se va sabiendo sobre Epstein y su sórdida historia resulta sospechoso, oscuro, inquietante. Y mucho más después de que se haya abierto una investigación para esclarecer la supuesta relación de amistad del millonario con el heredero a la corona del Reino Unido.
No es la primera vez que Virginia Giuffre acusa al hijo de Isabel II. El príncipe Andrés ha negado los hechos en varias ocasiones pero ha salido a la luz pública una serie de documentos comprometedores que lo ponen en una situación extremadamente delicada. Así, el duque de York ha sido señalado como responsable de diversos supuestos abusos sexuales contra varias mujeres en la mansión de Epstein en Manhattan.
Sin embargo, y aunque  la denunciante ya ha contado su historia en los medios de comunicación y durante una audiencia extraordinaria ante un juez de Nueva York, existe el riesgo de que la Justicia dé carpetazo al sumario tras el suicidio del magante norteamericano, lo que supondría una sentencia absolutoria anticipada para el heredero, que se libraría finalmente de una investigación.
Una vez más nos encontramos ante un caso de corruptelas en el seno de una dinastía europea, en este caso la británica, que cada vez se va pareciendo más a aquella familia depravada de los Tudor con el promiscuo Enrique VIII a la cabeza. Los reyes no tienen sangre azul, solo ADN, basura desoxirribonucleica, como todo mortal, y los crímenes monárquicos se van acumulando generación tras generación sin que la Justicia intervenga aplicando la ley. Hoy los latrocinios de palacio se conocen porque hay democracia, prensa libre, Parlamentos, y la podredumbre que brota de la institución monárquica se derrama en el telediario de las tres. La batalla de la información está ganada, también la de la libertad de expresión, pero de una forma o de otra sigue sin hacerse justicia en un extraño privilegio feudal mientras el rey, sea el que sea y del país que se trate, siempre es amparado por un manto de silencio.
Y no es que no haya habido ocasiones para procesar a los monarcas de los caducos linajes europeos. Ya sabemos lo que ha sido del caso Corinna y la sombra de las comisiones del AVE a la Meca que planea sobre el hoy convaleciente rey emérito Juan Carlos. En Suecia, un empresario pagó los gastos de la lujosa luna de miel de la heredera al trono, lo que provocó la denuncia por corrupción de unos ciudadanos contra Victoria de Suecia y su marido. En Bélgica el príncipe Laurent se vio envuelto en otro asunto sucio tras conocerse que había amueblado su palacete con fondos de la sufrida Marina belga. Y en Holanda la Casa Real protagonizó uno de los escándalos más sonados cuando el marido de la reina Juliana y padre de la reina Beatriz, el consorte Bernardo, fue acusado por una compañía aeronáutica de soborno en el cobro de un millón de dólares por sus gestiones para que el Ejército holandés comprara aviones de caza, según El Plural.
Pese a que de una forma o de otra todas las casas reales europeas se han visto enfangadas en casos de corrupción, de momento ninguno de sus miembros ha pasado por un tribunal, ni siquiera en Inglaterra, país que presume de ser una de las democracias más antiguas y serias del mundo. Curiosamente, a fecha de hoy solo hay un caso de insigne integrante de una Casa Real que se haya sentado en el banquillo de los acusados para responder de sus delitos: nuestro conocido duque de Palma, Iñaki Urdangarin. Lo cual debería hacernos pensar que quizá, a fin de cuentas, nuestra democracia no esté tan degradada como se suele decir.
Hoy es Virginia Giuffre, una mujer valiente −una de esas víctimas inocentes a las que Epstein, con sus acosos de sátiro sexual, “robó sus sueños y su inocencia”−, la que ha tenido el valor de tirar de la manta ante un tribunal de Manhattan. Otra palada más de tierra sobre las caducas, elitistas y sospechosas monarquías europeas que se tambalean como olmos viejos carcomidos por el tiempo y los vicios humanos.

Ilustración: Artsenal