jueves, 30 de marzo de 2023

EL CRACK

(Publicado en Diario16 el 15 de marzo de 2023)

A Marx le debemos el concepto de “crisis cíclicas”, un término que viene a designar el episodio terminal de cada una de las fases del capitalismo moderno. Según el filósofo de Tréveris, las economías de libre mercado tienen sus momentos de crecimiento y de estancamiento, depresión, hundimiento o recesión. La última parada siempre es la pobreza de las masas. De alguna manera, el capitalismo es como un Leviatán que se da el gran atracón, con reparto de beneficios para los cuatro de siempre, y que indefectiblemente termina regurgitando y enfermo. Ahora nos encontramos al comienzo de uno de esos vómitos recurrentes.

La noticia del colapso del Silicon Valley Bank, una entidad financiera que hasta ayer la conocían cuatro banqueros y pare usted de contar, ha desatado el pánico general en los mercados de todo el mundo, en las Bolsas, en las empresas, en los gobiernos de uno y otro signo, en la prensa económica y en toda la sociedad. De buenas a primeras en el bar ya no se habla de otra cosa que de esa misteriosa entidad que se ha venido abajo sin saberse muy bien por qué, si por falta de liquidez, por la subida de los tipos de interés, por los dichosos bitcoins o criptomonedas, por la especulación de las startups o multinacionales tecnológicas o por qué demonios. El ciudadano medio, ese que trabaja, vive y paga sus impuestos, ajeno a los hilos del poder que se mueven por allá arriba, asiste perplejo a los negros nubarrones que se ciernen sobre su cabeza diciéndose a sí mismo, con resignación, aquello de “otra vez no, por favor”. Y empieza a sospechar, con toda la lógica, que esto de las “crisis cíclicas” de las que hablaba Marx no está del todo claro y que tiene que haber un plan secreto trazado por algo o alguien –quizá por unas élites, esos “capitalistas desalmados” que a menudo denuncia Unidas Podemos con razón– para organizar la fiesta salvaje del dólar, hacer caja y terminar de resacón cada poco tiempo.

Si echamos la vista atrás entenderemos que tenemos motivos suficientes para convertirnos en conspiranoicos financieros. En lo que va de siglo (aún no hemos cumplido un tercio del mismo) ya hemos pasado por tres crisis monumentales: la de 2008, una crisis del ladrillo originada por el descalabro de Lehman Brothers y las hipotecas subprime que en España explotó en forma de burbuja inmobiliaria y descalabro de las cajas de ahorro; la de 2020 en forma de pandemia y caos sanitario (esta no está suficientemente aclarada y hasta organismos internacionales de prestigio especulan ya con la idea de que el virus pudiera salir de un laboratorio de Wuhan, apuntando a la guerra bacteriológica entre superpotencias por la hegemonía del nuevo orden mundial); y, cuando todavía no nos habíamos recuperado del misterioso bicho que dejó la economía global totalmente arruinada, la crisis del gas de 2022 originada por la invasión rusa de Ucrania (otro acontecimiento cósmico que no se puede atribuir solo a la locura expansionista de un autócrata como Putin, sino que, como en todo conflicto armado, hay unas causas económicas, unos factores, una serie de cosas en la que no vamos a entrar ahora porque nos desviaría de la idea central de esta columna).

Quiere uno decir que esto de las crisis cíclicas de las que nos avisaba Marx empieza a cantar mucho, a oler demasiado a chamusquina y a tocarnos las narices a dos manos. Antes, las crisis del capitalismo se espaciaban en el tiempo, tardaban décadas y hasta siglos en producirse y parecían mucho más naturales, mucho más dialécticas y explicables. Ahora no. Ahora las crisis se nos vienen encima unas detrás de otras, en torrente o aluvión, en plan bestia y sin solución de continuidad. Todavía no nos hemos recuperado de un crack cuando ya nos ha llegado otro. Y así no se puede vivir. La sensación que queda es que debe haber algunos poderes fácticos bastante siniestros en las altas esferas (ya da igual si en el Club Bilderberg, en Wall Street, en el G20 o dónde), que están ansiosos por acelerar la bioquímica del dinero mundial para poder repartir beneficios cuanto antes. Esa gente ansiosa de codicia, impaciente por el negocio de la especulación, ya no puede esperar veinte, treinta o cincuenta años para darle al “clink clink” de la palanca en la caja registradora. Y ni siquiera disimulan. Aprietan el botón nuclear del terremoto económico, con descaro, y crack que te crio.

Entre la recesión del 29 que condujo al ascenso de los fascismos con la consiguiente Segunda Guerra Mundial y la crisis del petróleo de 1973 pasaron unos cuantos años. Ahora, entre desplome y desplome no le da tiempo a uno ni a respirar. El siglo XX fue la época de la velocidad; el XXI va a ser la edad de lo cuántico y todo, hasta el inmenso desfalco globalizante con el que unos fulanos nos roban la cartera cíclicamente, ocurre en un abrir y cerrar de ojos, sin que nos dé tiempo a racionalizar y a encontrar los antecedentes y las causas reales del cataclismo. Nadie, ni el economista más avezado premiado con el Nobel, es capaz de explicar esta sucesión de sobresaltos cada poco tiempo ni qué pasará mañana.

“Hemos subido los precios una burrada; si no, hubiera sido un desastre”, asegura Juan Roig cuando se le pregunta por los abusos en la cesta de la compra. Produce estupor ver cómo el presidente de Mercadona confiesa abiertamente que a este Leviatán capitalista ya no hay quien lo embride y regule, ni siquiera tasando los precios de los alimentos de primera necesidad por orden gubernamental, de modo que hemos pasado de la ley de la oferta y la demanda a la ley de la jungla.

Es evidente que la explicación clásica de Marx ya no nos sirve. Aquello de que el incremento constante de la producción satura el mercado, disminuye los precios y acaba paralizando la propia cadena productiva es un marco teórico superado en el contexto globalizador monopolístico de hoy (digan lo que digan los defensores acérrimos del ultraliberalismo salvaje, todo está en manos de cuatro corporaciones que mueven el cotarro y marcan los tiempos). Lo demás, Joe Biden haciendo el papelón para tranquilizar a los norteamericanos y convencerles de que sus ahorros están seguros, no es más que parte del teatrillo. El crack del Silicon Valley Bank no ha hecho más que comenzar y ya están pensando en el siguiente. Aterrador.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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