lunes, 13 de marzo de 2023

EL RACISTA DEL ESTADIO


(Publicado en Diario16 el 2 de marzo de 2023)

El Gobierno, a través de la Comisión contra la Violencia, ha impuesto una multa de 4.000 euros y 12 meses fuera de los estadios deportivos al hombre que profirió insultos racistas contra el jugador del Real Madrid Vinicius Jr. Por una vez la Policía hizo bien su trabajo, la Administración se lo tomó en serio y la ley se cumplió como es debido. No es demasiada victoria en comparación con los ejércitos racistas que se congregan cada domingo en los campos de fútbol de todo el país. Pero algo es algo.

El caso de este aficionado socio del Mallorca (por llamarlo de alguna manera), fue especialmente sangrante. Gritó “mono” en un lance del juego y volvió a repetir “Vinicius, eres un mono” ante la impotencia del jugador brasileño, que tiene que sufrir los ataques xenófobos cada partido. Fue una escena despreciable, sangrante, que una democracia avanzada como la nuestra no podía tolerar.

La Comisión contra la Violencia debería intervenir más y con la misma contundencia contra esos adeptos del Ku Klux Klan futbolístico que se dedican a hostigar, perseguir y humillar a los jugadores negros de nuestra Liga Profesional. El fútbol es el mejor termómetro de las neurosis de nuestra sociedad contemporánea. Un país donde avanza el fascismo es un país con un público futbolero intolerante, fanático y xenófobo.

La nazificación de nuestro deporte no es un fenómeno nuevo. Ha sido un largo proceso que comenzó con los ultras, bien armados, financiados y protegidos por no pocos presidentes de clubes grandes y pequeños. Desde hace décadas, todo cacique del balompié, todo capo populista del gol, se ha preocupado de contar con su personal guardia pretoriana o de corps. Desde los tiempos de Gil y Gil y Mendoza, pasando por Núñez y los Boixos Nois, la violencia y el racismo han ido de la mano al partido del domingo. Pandilleros, bandas organizadas, delincuentes, matones profesionales, terroristas de baja intensidad y nazis de nuevo cuño se han cobijado bajo la bandera, el escudo y los colores de su equipo, con la aquiescencia y bendición de los presidentes de turno, nuevos señores feudales de puro en la boca que han movido sus peones ultras desde el palco. A veces hasta les ponían el autocar para que montaran la bronca y la reyerta contra la afición del equipo rival antes del derbi de la temporada. De cuando en cuando la Policía desplegaba una redada en alguna peña y se llevaba unas cuantas navajas, bates de béisbol, panfletos y algún que otro ejemplar del Mein Kampf.

Poco a poco nos acostumbramos a la presencia de aquellos muchachos nazificados, los toleramos, los terminamos viendo como parte del paisaje y el paisanaje de los estadios. Qué más daba si a cambio eran ellos los que llevaban en volandas al equipo cada vez que tocaba remontar. Fue un grave error que hoy pagamos caro. En lugar de luchar con todas las armas del Estado de derecho se les permitió cualquier cosa como a los niños mimados del fútbol que eran hasta que la perniciosa filosofía ultra terminó por contaminar las gradas. En lugar de una afición limpia y alegre, los asientos se llenaron de bazofia totalitaria.

Hoy, cualquier padre de familia que quiere llevar a sus hijos al partido sabe que tendrá que exponerlos a una buena dosis de fascismo y a los gritos del racista de turno que echa espuma por la boca, como un perro rabioso, cada vez que un jugador negro se acerca a la banda. Este tipo es de los que piensan necesariamente que los inmigrantes están hechos para la patera y para ser enterrados en los cementerios marinos de Meloni, no para que les den balones de oro, que esos solo se los merecen los “españoles de bien”, que diría Feijóo. Hay violencia en esa conducta, claro que la hay, y también frustración personal, complejo de fracasado y algo de envidia porque un africano gana la pasta que el racista no podrá acumular ni viviendo diez vidas.

Ahora que vemos cómo el nazismo crece en toda España, ahora que comprobamos cómo partidos neofascistas hacen política en el Parlamento con entera libertad, debidamente blanqueados e institucionalizados, entendemos que de aquellos movimientos organizados estos lobos solitarios que abundan en la selva futbolística de nuestra Primera División. Con el tiempo el supremacismo hitleriano ha cuajado en una suerte de nuevo trumpismo individualista y libertario socialmente aceptado y el energúmeno se siente tan fuerte, tan sobrado, tan impune, que se permite el lujo de pagar una entrada, en primera fila, solo para vejar a una persona por el color de su piel.

El fútbol es la única religión que no tiene ateos, dijo Eduardo Galeano. Pero hemos llegado a un punto en que el fútbol es sobre todo política, expresión de las vomitivas ideologías que intoxican Occidente y pista abierta para el racismo dominguero de una legión de frustrados psicóticos cada vez más nutrida. El racista ha tomado el estadio, cada vez son más, y sueñan con ver al nuevo Franco entregándole la Copa del Generalísimo al capitán del Real Madrid, con un estadio reconvertido en centro de detención de marxistas, como hacía Pinochet, y con unos graderíos para blancos y otros para negros (unos en el frente norte, otros en el sur) consumándose así un execrable apartheid futbolístico. No hay que bajar la guardia ni dejar de librar esta terrible guerra civil contra el intolerante segregacionista. Si cada vez que suena un grito de “mono” en un terreno de juego se calca al indeseable con cuatro mil pavos y el destierro de por vida de las canchas, habremos dado un gran paso hacia una humanidad algo mejor. Que vayan tomando nota Rubiales y Tebas.

Ilustración: Artsenal

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