Al señor Francisco Granados, después de que lo hayan trincado de marrón con una cuenta sospechosa en Suiza, solo se le ha ocurrido decir que piensa dejar su acta de senador porque ya está "hastiado de apretar el botón del escaño". Lo cual que además de butronero, es desahogado el hombre. No le bastaba con habérselo levantado a capazos, no le bastaba con haberse llevado hasta los leones de las Cortes, sino que encima tenía que restregarle al pueblo, por la cara, por la face, que ha sido un instalado, un acomodado, un vividor. Solo le ha faltado decir "me lo he llevado sin pegar ni chapa, qué pasa", para darle más rabia al indignado personal. De modo que el señor Granados se limitaba a apretar el botón cuando se lo decían sus jefes y a colocar pasta en Suiza muy ufanamente. Un mudo cremallera total con un dedo hiperactivo que no paraba de darle al botón, o sea. El señor Granados es el ejemplo más granado de lo que ha sido la politica en España en los últimos años de gansterismo político. Gente mecánica que iba apretando el botón por orden del partido; cenadores (más que senadores) que cenaban caviar suizo tras una jornada de aburrido botón de ocho a dos; dedos nerviosos que le iban dando al botón como quien le da a la tecla de la caja registradora, clink, clink, caja. A uno, que un político como Granados se haya levantado tropecientos mil en Suiza ya no le sorprende nada y hasta le va dando un poco igual. En España todos tenían un botón ganancial que con solo apretarlo daba un carguete en Génova o un padrino o abría una cuenta rápida en Suiza. El botones de Génova tenía un botón, el chófer tenía un botón, el tesorero tenía un botón y hasta el perro de Rajoy tenía su botón. Aquí, el que más y el que menos tenía un botón bien comunicado con la sucia Suiza. Aquí todos tenían su particular botón, moneda de hierro de los traidores, todos menos los pardillos ciudadanos, que ponían su escaso dinero algo más cerca, en Hacienda mayormente, o sea en manos de El Guindos y Montorito bravo. Loli Cospedal ha confesado en un plató que en el PP hay intrigas, pero lo que hay seguramente es demasiado gorrón, sablista o parásito pegado todo el rato al botón. Uno cree que esta epidemia de botón contagioso y fácil que ha sufrido nuestra estuprada democracia se reduce a algo tan sencillo como aquella vieja tonadilla que nos cantaban nuestras abuelas: "Debajo un botón, ton, ton/ que encontró Martín, tin, tin/ había un ratón, ton, ton/ ay que chiquitín, tin, tin". Sustitúyase Martín por Marianín y ratón por ladrón y ¡voilà!, ya tenemos la solución a la misteriosa adivinanza. Así que a estos boys del PP, de tanto apretar el botón burócrata, sin sentido, es que se les ha quedado el dedo rígido, acalambrado, tieso, y luego pasa lo que pasa, que a Bárcenas se le dispara el dedo corazón en forma de peineta cuando va por los aeropuertos fugaces del mundo. Fue Borges quien dijo aquello de que la democracia es un abuso de la estadística, aunque más bien sea un abuso del botón. Un botón parlamentario que cifre mucho parné es una mina de oro, un Potosí, el resorte de un puente levadizo hacia la jubilación suiza. Pero cuidado, que también es algo muy peligroso, tóxico, adictivo, y puedes quedarte enganchado a la droga del botón, que es que uno no puede dejar de darle al botón tonto día y noche, porque cuanto más botón más pastorrón. Por cierto, Rajoy aún no ha dicho ni media sobre el tema. Pues para muestra un botón.
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Treinta mil africanos esperan tras los montes para saltar la valla de Ceuta, que es como el muro de Adriano, solo que con picoletos de Soria vigilando en las garitas en lugar de legionarios del Imperio Romano. Nada ha cambiado en estos últimos dos mil años, salvo que los fieros pictos ahora son africanos teñidos de lodo y de hambre. Los bárbaros se agolpan a las puertas de Occidente mientras Europa, la boba y codiciosa Europa, se divierte con los bailarines de hielo que hacen mariconadas florales en los ridículos juegos de Sochi. El limes de España está a punto de saltar por los aires pero nadie, ni en Madrid ni en la UE, parece dispuesto a mover un solo dedo para evitar la avalancha humana, el genocidio humano. Los muertos nadan playa abajo, ojos saltones, vientres hinchados, cuerpos desnudos; las negras de las pateras arrojan a sus bebés por la borda; y los niños se dejan la piel en las concertinas, espinas de acero. Es África que se nos viene encima como un inmenso alud sahariano, como una tempestad de hambre y arena mientras el ministro Fernández Díaz balbucea como un papagayo sobre los derechos humanos. Es el infierno africano que empuja y empuja como un útero sangriento que más pronto que tarde parirá guerreros dispuestos a arrasar Bruselas como Atila arrasó Roma. La guerra no es más que el eco sangriento del hambre. Los náugrafos ya ni siquiera tienen para una patera mafiosa (una patera es un crucero de lujo para un subsahariano) y se lanzan por miles a la tumba del mar, a pecho descubierto, a la desesperada. Mejor una muerte rápida y digna entre olas y rocas que una agonía de guerra, hambre y sida. Los que no perecen ahogados llegan a la costa extenuados, agotados, rendidos, pero ya no hay una mísera manta y un café caliente para ellos (los recortes merkelianos es que llegan a todas partes) sino policías que no se mojan las botas por un negrata, pelotazos de goma y una celda llena de cucarachas. Ahora que Rajoy se ha cargado la Justicia universal ningún africano podrá denunciarlo por crímenes de lesa humanidad. Es que no da puntada sin hilo este gallego. Uno no sabe si esto es Oriente contra Occidente, la Edad Media contra la Era Microsoft, la lucha de clases entre continentes o la choza de adobe contra el Bundesbank. El hambre del mundo es eterna, todo lo vence el hombre menos el hambre, decía Séneca, y las palabras se agotan como fuegos de artificio ante ese niño que atraviesa el desierto, solo y aterrado, huyendo de los morteros de Siria. Parece que a Wall Street no le cuadra el sobrante de tribus neolíticas y unos cuantos millones tienen que morir para que cuatro mangantes puedan seguir tirando con su caviar del Volga y sus putas esclavas/eslavas. Son los juegos del hambre, ahora que está tan de moda ese nuevo novelón barato. El holocausto judío no fue nada comparado con la tragedia de África. Si esto no es nazismo que baje Dios y lo vea.
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San Valentín, ese día en que todos nos ponemos muy melifluos, nos viene, como no, de una tradición anglosajona, o sea como aquello de Papá Noel solo que con ramos de flores y tangas sorpresa en lugar de la barba postiza, el cojín metido en la panza y el absurdo ho, ho, ho. Es decir, un invento más del puritanismo mercantil victoriano. Uno no sabía muy bien qué pintaba San Valentín en todo este embrollo del amor hasta que leyó en la wiki que fueron los nórdicos quienes marcaron el día en rojo al ver cómo se emparejaban los primeros pajaritos. Qué escena más bucólica y pastoril. De pájaros, pajaritos y pajarracos sabemos mucho en España, pero ésta pretende ser una columna alimenticia sobre el amor, no sobre Urdangarín, que es un atleta del amor y por eso va empalmado todo el día. Del amor se puede decir aquello de que todos hablan de él pero nadie lo ha visto en realidad, así que el amor es como Dios, una cuestión de fe, algo sagrado a lo que se puede rendir culto toda la vida o algo que se traiciona unas cuantas veces al día, mayormente con la vecina/o del quinto. Los griegos celebraban el día del amor con sus bacanales en honor a Eros hasta que llegó el cristianismo y cambió al travieso diosecillo olímpico por el sosaina de San Valentín, que andaba casando gente a escondidas del emperador Claudio, todo el santo día casando gente, qué manía con casar, lo cual era tanto como matar el amor, porque todo el mundo sabe que el matrimonio es el peor afrodiasiaco que existe. Dicho sea de paso, San Valentín tiene un nombre tan remilgado que no pone nada, baja toda la líbido, oyes, por lo que hubiera sido mejor para la conservación del amor mantener al libertino Eros, el 14 de febrero, como santo de la cosa. San Valentín no solo es cursi, sino lo que es aún peor, tiene efluvios franquistas, véase aquellas chicas de la Cruz Roja que iban por la Gran Vía poniendo cachondo al españolito que no se comía un colín. Hoy AR y Susana, reinas de la telemugre mañanera, han dado falsos reportajes sobre San Valentín, pero acto seguido llegan los de Durex y Control con sus lubricantes y estimuladores para fogosos y gourmets (llegar juntos ya es posible) van al tema y se acabó el inocente amor. Hoy ya casi no se habla de amor, sino más bien del portal ése, eDarling, para solteros exigentes, solteros que al final solo piensan en follar. Como el amor se ha hecho más rápido, más cómodo y más seguro, sin sorpresas ni riesgos, pues se acude a una agencia matrimonial por Internet y te dan una muñeca hinchable a la carta o un maromo con ojos azules como Paul Newman, que escribía unos versos fabulosos incendiados de amor para su segunda mujer. Pese a que seguimos celebrando San Valentín con mucho consumo, mucha rosa tonta y mucho anuncio de perfumes y tías en bragas, lo cierto es que la cosa del amor (el amor o es platónico o no es) se está devaluando bastante, y ya todos ligan con todos, en comuna o red social, en tríos o cuartetos, a través del facebook, del tuiter o del wasap, maldita tecnología que ha matado el amor único y lo ha hecho múltiple, frío, digital, cibernético, matemático. Internet ha acabado con la aventura dolorosa, incierta y febril del amor, con los cafés con amenaza de plantón a media tarde, con los besos fracasados bajo la lluvia. Hoy, cuando llegan al cielo de la cama, ya todo misterio está chateado, ya todo secreto está revelado, ya todo está dicho. En un beso sabrás lo que he callado, decía Neruda. Aquello sí que era amor.
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La última esperanza de la democracia española es un señor bajito, gris y con muy mala leche. Se llama Castro, el juez Castro, y ha dado una azotaina judicial en toda regla a la niña del Rey, que por lo visto estaba demasiado suelta, mimada, consentida. Resulta que la infanta siempre ha hecho lo que le ha dado la real gana, que si unas reformillas en su palacete por aquí, que si unas fiestas, unos viajes y unas clases de salsa y merengue por allá, que si unos libritos de Harry Potter por la face. "Noos, hija Noos", le ha dicho el juez Castro por fin, parándole los pies y exigiéndole recibos, facturas, cosas. Después de más de treinta años de feliz Monarquía, alguien tenía que levantar las milenarias alfombras de Zarzuela, mayormente para espolvorear los misterios que había debajo, por airearlas un poco, y ése es el hombre de moda, o sea Castro. A la derecha mediática y sus pirañas informativas (véase Marhuenda, Anson, Federico and company) les ha faltado tiempo para lanzarse vorazmente sobre el magistrado, al que acusan de ser un juez estrella, como si Castro no buscara otra cosa que salir en las páginas del Hola. Llaman juez estrella al que sencillamente cumple con su cometido, como juró en su día sobre la Constitución, que es la Biblia de la democracia, demostrando así que la Justicia no solo debe perseguir a robagallinas y mecheras. Garzón, Elpidio y Castro, entre otros, son nombres valientes que pasarán con letras de oro a la Historia de España. El país siempre estará en deuda con ellos porque un buen día se atrevieron a traspasar la delgada línea roja, ésa que el señorito traza en la tierra usurpada, con una navaja, echándole un escupitajo al pobre, para que se joda, como dijo Andreíta Fabra, otra sucesora del caciquismo hispano. Castro no tiene pinta de ser una estrella de nada, sino más bien un funcionario de provincias con sobrepeso montado en una Vespa que por la mañana naufraga en un océano de carpetas y archivos, en un pantano de casos atrasados y expedientes sin resolver, mientras que por la tarde lleva al cine a su señora. Castro, si es una estrella de algo, será por haber batido el récord Guinness de folios que ha generado el bochornoso y vergonzante caso Urdangarín. Dicen que tuvo que pagarse un ordenador de su propio bolsillo porque el ministerio no se dignaba a comprarle uno. Dicen que es capaz de recordar en qué estantería, en qué carpeta, en qué tomo está aquella prueba crucial que puede enviar a un delincuente a prisión. Dicen que es trabajador y profesional hasta la extenuación, incorruptible más allá del valor, honrado hasta lo imposible. Para la Historia quedará su interrogatorio duro y directo a la Infanta, que sin duda esperaba un trato de señora mucho más acorde con su alcurnia y solo pudo defenderse como una raterilla de tres al cuarto, o sea con el manido "no me consta", "no lo recuerdo", "lo hice por amor a mi chorbo". En esta España de vendidos, corruptos, fanáticos, navajeros y trabucaires que un hombre quiera cumplir con su deber de hacer justicia es la excusa perfecta para hundirlo. Un país que no respeta y protege a sus jueces está condenado a regresar a la jungla. No me extrañaría que le abrieran expediente con la excusa de cualquier chorrada, por haber fumado un pitillo en el despacho, por haberse dejado abierto el grifo del lavabo, por haber echado un ojo al partido de Copa entre juicio y juicio, por haberse tomado un gin tonic con la abogada de Manos Limpias. Seguro que a estas horas sus enemigos en la sombra ya están buscándole las cosquillas o algún renuncio para meterle un paquete de 30 años de inhabilitación y mandarlo al panteón, con los mártires San Baltasar y San Elpidio. Al cementerio de los hombres justos y honrados, o sea.
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Novecientos millones de personas vieron por televisión la boda de Cristina y otros tantos esperan ver mañana a la princesa en su paseíllo humillante, ominoso, tudoriano, hacia el cadalso judicial. Joder, cómo ha cambiado el cuento. Ese paseíllo histórico se ha convertido en el centro de todos los debates y tertulias, en una cuestión nacional, y ayer vi a Mariñas y a Karmele repartiéndose estopa duramente a cuenta del paseíllo. Unos exigen que la infanta baje por la cuesta a pelo, a pecho descubierto, para que el pueblo pueda lapidarla y despellejarla a gusto y placer, mientras que otros piensan que no sería necesario un linchamiento callejero. Eso es lo que ha sido España durante cinco siglos: dos bandos irreconciliables y una reina tan amada como odiada en medio de la contienda. Que la Infanta haga el paseíllo a pinrel, en coche blindado, en carriola o en cuadriga egipcia debería ser lo de menos y uno no sabe a cuento de qué viene tanto coñazo con el dichoso paseíllo. Lo que de verdad supone un paseíllo adelante en nuestra bisoña democracia es que una princesa de España entrará por primera vez en un juzgado, que se sentará ante el juez Castro y ante el retrato del Rey (Juan Carlos moverá los ojos vigilantes como en los cuadros de los castillos encantados) y explicará lo que hasta ahora no ha explicado. Que aclare qué ha hecho con la paga semanal que le daba su papá, que aclare tanto chalé de Pedralbes con decoración japonesa y tanto viaje por países exóticos. Urdangarín ya pasó por el trago del paseíllo embutido en su enfermo gabán, como un aristócrata de otra época, como un barón demacrado, viejo, arruinado. La Historia dirá algún día si fue el Rey quien arrojó los despojos de su yerno a las fauces de los periodistas. Sea como fuere, lo del paseíllo es una tradición española que nos trae muy malos recuerdos. A los rojos se les daba el dulce paseíllo en la noche de la fría Guerra Civil y luego a dormir a la cuneta. El paseíllo de los toreros antes de la corrida, entre luces de sangre, tintorro malo, pasodobles y gritos de olé tu madre, también debería ser una costumbre atávico/hispánica a desterrar. Y qué decir de los pasacalles o las procesiones de Semana Santa: un paseíllo funesto tras otro con señores del Ku-Klux-Klan metiendo miedo por ahí. De modo que deberíamos empezar por dejar de celebrar los paseíllos, cosa tan española como nociva, atrasada, primitiva. Los talibanes afganos, cuando quieren castigar a una adúltera, primero le dan el tranquilo paseíllo por el pueblo y luego dejan caer unas cuantas piedras sin importancia sobre ella. A Ana Bolena le dieron el paseíllo antes de aplicarle la suave hoja, doble afeitado. Hay en Cristina algo de Ana Bolena, solo que a Ana le cortaron la cabeza y a Cristina el juez Castro le va a cortar las cuentas en Suiza, de modo que en eso ha avanzado la civilización humana. La prensa ha hecho del paseíllo de Cristina hacia el juzgado una cuestión nacional, lo más importante del escándalo en Zarzuela, cuando lo verdaderamente relevante es saber si trincó hasta los tapices de Palacio, si se lo llevó crudo, entero o por partes, o sea. Los republicanos acérrimos que hacen noche a las puertas del juzgado esperando caer sobre su presa fácil no han reparado aún en que un paseíllo siempre es algo fascista, inhumano, cruel, y que la Justicia, si llega, siempre lo hace de forma silenciosa, discreta, sin ruido ni gritos ni linchamientos, ya sean físicos o morales. Cristina que cante hoy en el juzgado. Y los del paseíllo a casita. Que llueve.
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Uno no sabe si era un periodista que hacía política o un político que hacía periodismo. Nunca tuve claro si me gustaba o me daba grima. Un día soltaba el portadón del siglo, las cuatro horas con Bárcenas, y era un héroe, y al día siguiente patinaba con el titadine y era un villano. De Pedro Jota se pueden decir muchas cosas, la primera que el ciudadano, el español medio, que es el que lee periódicos y sostiene el país, aún no sabe quién es el hombre que le ha escrito la Historia de nuestra joven democracia. Sí, lo hemos visto mil veces en la televisión, con su sonrisa de niño travieso que acaba de matar un gato, con su solideo por calva y su oratoria sísmica que derribaba gobiernos. ¿Pero quién es en realidad? Hoy lo han echado, han fulminado esa jota que era como un garfio de pescar exclusivas y trincones. Parece mentira que a alguien con tanto poder, al dueño del periódico más temido de España, lo puedan poner de patitas en la calle como a un vulgar clinero. Pues lo han hecho. Cada vez dan más miedo los poderes en la sombra que mueven los hilos. Unos hablan de conjura en el PP, otros de venganza personal, otros que si los masones, que si viejos fantasmas, que si el Rey ha metido baza porque por su hija mata, como la Esteban. Algún día sabremos la verdad, puede que la cuente el propio Jota en su sermón maratoniano de fin de semana, su epílogo profesional. En España no es noticia que despidan a un periodista. Hay más plumillas en la cola del paro que albañiles explotados por la burbuja. Me imagino al Randolph Hearst de Logroño recogiendo el patito de goma de la mesa de su despacho, plegando los últimos diseños de Agatha, descolgando la placa de honoris causa por Pensilvania. ¡Tantas refriegas se han cocinado en ese despacho! ¡Tantas conjuras se han urdido tras esa mesa! ¡Tantos cadáveres políticos se han enterrado en ese guardarropía en el que lloran hoy, colgados en la percha, los tirantes más famosos del mundo! Pese a los pecados informativos que haya podido cometer Jota, no podemos decir que sea un buen día para la libertad de prensa, ni para la democracia, ni siquiera para los genoveses conspiradores que brindan dos calles más abajo. Se empieza por echar al director de un periódico y se acaba en un golpe de Estado. Así que me imagino al Charles Foster Kane de la prensa española guardando las fotos de tantos reportajes y galardones, barriendo la cal viva sobrante de Lasa y Zabala, dando carpetazo el dossier secreto de Roldán, archivando en un lugar seguro las grabaciones de Amedo, metiendo en una bolsa el muñeco de trapo de Felipe González (ese muñeco aguijoneado por el vudú) maldiciendo sobre el viejo y polvoriento vídeo del chantaje porno y la infamia, arrojando a la papelera, con rabia e impotencia, los últimos restos de la dinamita o el titadine o la goma 2 del 11M, que más da, uno ya ha perdido el hilo de la conspiración con tanto titular amarillo/azufre. Sus hagiógrafos e incondicionales dicen de él que lleva tinta en las venas. Nadie lo niega, nadie le niega su valor como inmenso periodista, como pope único y singular del periodismo español, como personaje que vivió la Historia desde dentro, la modeló a su antojo y la cambió para siempre. Pero además de tinta en las venas, Jota también lleva en sus vasos sanguíneos un ramalazo político venenoso que le puede y le delata, un ADN forjado a la derecha de los Hermanos Maristas, un conspirador full time que traicionó y terminó traicionado. Un periodista puede ser bueno o malo, cobarde o valiente, laborioso o adocenado. Pero lo que nunca puede ser un periodista, bajo ningún concepto, es un lacayo del diablo. "Estaría veinte años más dirigiendo El Mundo", ha dicho lacónicamente en un comunicado de prensa. Pues haberlo pensado antes de jugar con la cola del tigre. Señor Jota.
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Los mandamases del poder y la economía global ya saben ustedes que siguen reunidos en Davos, como obispos conciliares del dinero, para debatir sobre los males del mundo. O al menos eso dicen los chorbos trajeados que andan por allí, entre montañas de nieve y nieve de la otra, entre sesión de sauna y esquí, entre polvo y polvo, o sea. Habrá quien crea que Davos es el nombre de pila de un futbolista croata que se lo montaba a tope con Anita Obregón, allá por los felices ochenta, pero nada más lejos. Davos, además de la sede del Foro Económico Mundial, es la ciudad europea situada a mayor altitud y quizás por eso las élites económicas y financieras se refugian allí en el crudo invierno de la crisis, a salvo de los gritos incendiarios de los ciudadanos, lejos de los gamonales, las barricadas y los cócteles mólotov, a buen resguardo de los gritos sangrantes de los afectados por los ERES, que a los trabajadores de Coca Cola ya los han largado con todo el buen rollito del mundo y la chispa de la vida. Estos señores forrados hasta las trancas se reúnen en Davos cada año so pretexto de que van a estudiar los últimos informes macro, esos que tanto gusta a Rajoy y a sus ministros neocaníbales, aunque todos sabemos a lo que van en realidad, a jugar al golf sobre hielo, a vestirse de tirolés para la orgía del lunch y a mamar de la Pilsen, aquella señorita teutona del reservado. Almunia (quién diría que empezó su andadura de caradura en el Partido Socialista) también se ha dado un garbeo por Davos, para que no quede en entredicho su afiliación al liberalismo de nuevo cuño que recorre Europa, como aquella sífilis del diecinueve. "A España se la ve con optimismo por la salida de la recesión, la cifra de paro ha tocado fondo y se empieza a reducir", ha dicho el comisario europeo de Competencia, más bien de incompetencia, viendo las cosas que suelta ya por esa boquita de nuevo rico. La vieja Europa hace ya tiempo que no es la Europa de los ciudadanos, sino más bien un club selecto de fulanos con mucho parné, una guarida de lobos que trabajan para ellos mismos y para Wall Street, como ese DiCaprio ultramillonario, encocado y follador que acaba de estrenar película. Almunia ya apuntaba maneras de halcón millonario (que no milenario) en los años del felipismo rampante, pero ni él mismo se imaginaba que iba a tocar las gloriosas y olímpicas cumbres de Davos, o sea que el chico se ha espabilado, ha donado el carné de sociata al museo paleontológico marxista y ha hecho carrera en los lejanos, oscuros y burócratas pasillos de Bruselas. Bárcenas también hizo buen negocio en los Alpes, pero de Bárcenas hablaremos otro día, que el fulano chupa demasiado telediario y ya aburre. Davos no solo es el mayor destino turístico de superluxe de toda Europa, el pico dorado donde se practica el balconing para golfos con esmoquin, sino también el Shangri-La donde las élites se lo montan a lo grande sobre las cenizas viejas de Europa, donde se lo pasan pirata haciendo el pirata, o sea trilando el dinero de los pobres, parados y pensionistas europeos. Davos se ubica en el cantón de los Grisones, donde cantan bingo los cabrones (se podría decir, haciendo un mal e indignado pareado), pero allí se habla alemán merkeliano, es decir el latín del dinero, como no podría ser de otra manera. Uno cree que Rajoy no hace falta que vaya de viaje oficial a Davos, que Davos engancha mucho y gusta más que a un tonto una gorra de cuadros, y luego se nos despista el gallego y acaba regalando facsímiles del Descubrimiento a cambio de unas cuantas chuches, como le pasó con Obama. Dice la enciclopedia que a Davos se llega cómodamente, desde cualquier parte, en automóvil o en tren (nos ha jodido, solo faltaba que hubiera que llegar escalando tresmiles alpinos) lo cual demuestra que todos los caminos conducen a la Roma del dinero. A Davos fue Heidegger para refugiarse en sus sabias y silenciosas montañas y discutir con otros pensadores sobre la utilidad de la Filosofía kantiana (un coñazo, pobre infeliz, no supo ver que en Davos se puede hacer dinero a espuertas). Lo dicho, que España se reparte la lata de sardinas de ciento y pico gramos (todos nos quedamos con hambre) mientras los señores de Davos se reparten el mundo pico a pico. Y es que el mundo es pa cuatro.