Ha bajado del coche oficial como una star system fresca, bella y engalanada en un modelazo blanco y negro de impresionar. Ha descendido del carruaje luciendo palmito y dejando el style jueza Alaya a la altura del betún. Ha atravesado los fogonazos de la pasarela judicial, entre improperios y vítores, toda digna, tranquila, confiada. Ha caminado vaporosa, cabello sedoso al viento, hacia los albañales sombríos de la Audiencia Nacional. Y hasta se ha permitido girar la cabeza levemente, sutilmente, en el último momento, como una Ana Bolena manchega a punto de entrar en la torre injusta, para que los fotógrafos pudieran captar ese fugaz gesto de complicidad con la Historia, esa estudiada sonrisa Hollywood de seductora profesional, ese leve movimiento de barbilla Barbie que tan buenos réditos políticos le ha dado en la Era Rajoy. Pero al final, una vez pasada toda la parafernalia mediática, una vez que se encontraba en la silla solitaria y fría ante el juez Ruz, Cospedal, Lola, la Cospe, se ha agrietado y le ha echado la culpa de todo al del piso de arriba, al del puro, al jefe. Qué decepción. No nos esperábamos ese largue de Loli, ella que iba para dama de hierro a la toledana. Ella que parecía la inflexible capataz destinada a poner firmes a los piratas genoveses. Pero lamentablemente no, no ha soportado la tensión, no ha aguantado el póquer a cara de perro con el juez Ruz. Se ha rilado, se ha jiñado, se ha hecho del cuerpo. Ruz ha tenido el jaque a la dama en sus manos, pero cuentan las crónicas que el magistrado se ha ablandado en el último momento y ha dejado volar a la pajarita. Dicen los filtradores que estaban en la sala que el juez se ha quedado corto en el interrogatorio, que no ha rascado bastante en los doscientos miles que fueron a parar a un lugar de la Mancha de cuyo nombre la Cospe no quiere acordarse. Pero a un juez solo lo juzga otro juez. A nosotros, por nuestra parte, lo que de verdad nos interesa es que la chica Telva del PP le ha pasado la patata caliente del tesorero trincón a Rajoy, y por ende a Arenas, cuando nadie se lo esperaba. Para ellos el mochuelo, para ellos el marrón, para ellos el muerto. De un tiempo a esta parte, el PP se ha convertido en una gran morgue donde los unos se van tirando muertos a los otros. Uno, cuando ha visto desfilar a la Cospe con ese modelito blanquinegro entalladito a la última, cuando ha visto su forma chic de moverse, ha sospechado que más que ante una política de porte, más que ante una estadista que se enfrentaba a su hora crucial, estábamos ante una nena con carrera que hizo buena boda con un banquero serio, situado, gris (cuanto más gris mejor, nada de jipis ni roqueros, que los jovencitos los carga el diablo y no llevan a nada en la vida, hija mía). Ha sido una gran frustración comprobar que la Cospe no ha dado la talla, uno esperaba algo más, no un simple cante con la boca pequeña para echarle la mierda al del despacho de arriba. Pero en cierto modo era lo lógico, qué se podía esperar de una señora que vive apaciblemente en su chaletorro de 600 metros cuadrados (sin contar las añadas y las tierras). Qué podía esperarse de una niña pija pijísima de la Mancha que no se mancha. Ella no emponzoña sus finos dedos manicurados con el sucio estiércol de las comisiones porque es la señora "no me consta", no me consta esto, no me consta lo otro, no me consta habérmelo llevado crudo, qué memoria más mala tiene una, habrá que tomar el Ginseng ése. Fueron los otros (no los fantasmas de Amenábar, aunque alguno hay por Génova), sino los superiores, ellos, sus jefes directos y diabólicos que la liaron, los Rajoy y los Arenas, sí, ellos fueron quienes quisieron pactar y taparle la boca a Bárcenas con una porrada de millones para que no piara en el trullo. Qué bajón comprobar que la Cospe se ha rilado ante el juez, al que ha jurado y perjurado que no sabía nada de tesoros, tesorazos y tesoreros, porque ella era solo la sonrisa inocente y lolita del partido, la sonrisa Nicole Kidman que no hacía política. Lo suyo era hacer teatro, puro teatro, mirar a cámara y seducir, seducir con esa carita de ángel peligroso. Ella era Stanislavski a tope, cara y dientes dientes, pantalla, mucha pantalla, pero a ella que la registren, que la dejen en paz ya, que ella es superinocente, que se lo ha dicho al juez Ruz (qué pesado el juez Ruz) que ya le digo que fueron ellos, señor magistrado, Marianito y Javierazo, ellos lo pactaron todo con Bárcenas, la cuentas en Suiza, el finiquito, el contrato diferido o simulado o lo que demonios fuera aquello (en mala hora salí yo a dar la cara por aquel embrollo que ni yo misma entendía, debe pensar ahora, la pobre). En fin, que se dejó arrastrar y la llevó la corriente, como en la canción. Uno, cuando ha visto a la Cospe salir del teatro de la Audiencia, tras su última actuación, ya sabía que aquella mujer no era una secretaria general de partido dura y encajadora, ni una líder fuerte y curtida con empaque destinada a grandes empresas, ni una política de talla nacional. Uno solo ha visto una sonrisa desdibujada, forzada, nublosa. Iba para Thatcher a la española y se ha quedado en niñita trémula y acojonadita. La culpa es del jefe, que me lió, le ha dicho al juez Ruz. Qué decepción.
Imagen: lavanguardia.es
Arenas y Cascos han declarado hoy, en la ruta de la toga, que no sabían nada de la caja negra, que nadie en el PP verificaba la identidad de los donantes, que en pocas palabras se pasaban la Ley Electoral por el sacrosanto forro de sus entretelas. ¿Un poco fuerte, no? Si ellos, que eran lo secretarios generales, los mandamases de la cosa, no controlaban el partido, ¿quién lo hacía entonces? ¿qué era aquello, el corral de la Pacheca? ¿Campamento de verano? ¿Sálvame de Luxe? ¿el coño de la Bernarda? Vaya imagen. Por lo que se va viendo, en el PP nadie sabía nada, nadie conocía a nadie, nadie se enteraba de nada. El único responsable diligente que anotaba allí cada chanchullo, cada tocomocho, cada bolsa de plástico, cada maletín, era Bárcenas, un Bárcenas que honrado no sería pero que como escribiente no tenía precio. Qué capacidad anotadora (Gasol a su lado un principiante) qué celo profesional prusiano, qué amanuense metódico, minucioso, sistemático. No se dejó ni un céntimo criminal por anotar, no se le pasó por alto ni un apellido pringado por rubricar. Qué tío. Pero volvamos a los caballeros marengo que desfilaron ayer por la pasarela Cibeles de la Audiencia Nacional. Ellos no sabían nada de cajas B, ni de sobresueldos, ni de comisiones gurteles, ni de cuentas en Suiza. Luego aquello de Génova 13 no era un partido serio, qué va, aquello era una oficina de ciegos, sordos y mudos, una estafeta de la Once a lo bestia, todos discapacitados y cremallera total, todos tontolelos, tardos y amnésicos, inocentes borderline que no eran capaces de coscarse de los delitos, que no eran capaces de atisbar si quiera el terremoto de crímenes que se preparaba en las cloacas del partido. Oyendo las declaraciones de Arenas/Cascos ante el juez Ruz, se conoce que el partido funcionaba como una comuna hippy, en plan flower power, haz el dinero y no la guerra, un falansterio feliz donde los marianitos entraban y salían sin control, nada por aquí, nada por allá, y la caja B cada vez más llena, la caja B cada vez más repleta de dinero negro y de ignominia. De todas formas, de todo lo que han declarado ante el juez Ruz ambos testigos de lujo, de todas las cosas increíbles que han soltado por esas boquitas de piñón, lo que más le llama la atención a uno es que nadie allí controlara la identidad de los donantes. Cualquiera llegaba y soltaba su diezmo de mierda sin que le dijeran ni mu. Ahora se entiende que la financiación del PP la hayan costeado seres lumpen muy poco recomendables para la higiene de un partido democrático. Como no había orden ni concierto en las cuentas, como todos pillaban y soltaban a discreción, a cuatro manos, a mansalva, como aquello era un Casino monegasco, un putiferio on the road, mucho nos tememos que el PP se haya alimentado de fondos poco recomendables. Y por esa falta de control sobre los donantes es por lo que sospechamos que de esos papeles de Bárcenas pueda salir cualquier cosa aún peor. De esos papeles seguro que sale el dinero de los constructores que sepultaron el Mediterráneo bajo un alud de cemento, el dinero de los correas y bigotes, el dinero de la mafia rusa, de los jeques árabes que compran España, de los casinos nocturnos de Gibraltar, de Julián Muñoz, Gil y la Pantoja, de los ERES andaluces esnifados de cocaína, de las amantes y frungimientos del duque de Palma, el dinero para las comisiones de Paco Malolorhuenda y otros periodistas (por llamarlos de alguna manera), el dinero de los cubatas de Rita Barberá, de los trajes de Camps, de la disidencia cubana y hasta de Bin Laden. De esa contabilidad en B puede salir cualquier disparate porque ellos iban a lo que iban, a coger la ladilla del euro, al trinque fácil, yo me lo guiso yo me lo como como Juan Palomo, sin mirar la honradez y la decencia del dinero que llegaba a la sede genovesa, sin controlar la legalidad de las donaciones y donantes, y a final de mes toda la ejecutiva nacional montada en el dólar, todos cobrando, todos cifrando, todos untando la manteca. Si esto fuera así, si este sindiós fuera tal como han declarado los dos viejos roqueros Arenas/Cascos (los viejos roqueros de la música nunca mueren porque se hacen transfusiones pero los de la política tienen las venas corroídas por la heroína de la corrupción y están todos yonquis perdidos) si esto fuera así, ya digo, habría que hacerle un monumento a Bárcenas, porque nadie ha hecho un favor mayor a la democracia (aunque sea de rebote y sin querer) que este tesorero de los abrigos hampones y las canas de nieve. Al loro, que Cospedal entra mañana en capilla. Que el juez Ruz tenga preparado a un buen traductor, porque a ésta, a veces, le da por hablar raro.
Imagen: lagaceta.com
A los vejetes opulentos del FMI se les ha ocurrido que aún pueden reducir un diez por ciento nuestro ya de por sí miserable sueldo (el que tenga la fortuna de catarlo, claro). Es lo que tiene el verano, que hay mucho tiempo libre y a las cabezas locas les da por pensar. Resulta evidente que ese diez por ciento no supone nada para los jerarcas del FMI que retozan en el paraíso terrenal y significa media vida para los pobres mortales que transitamos por el valle de las lágrimas. Para los capataces de la economía mundial, un diez por ciento es apenas una comisión sucia de cualquier negocio sucio, una mordida habitual y rutinaria, un unte tonto que llega a sus cuentas corrientes, a diario, desde cualquier lugar del mundo. Yo no sé qué haría con ese diez por ciento de los ingresos de un fulano del FMI, la verdad. Comprarme una isla, como Marlon Brando, comprar Gibraltar para hacerle la peineta barceniana a los llanitos (con calvo incluido) desde el otro lado de la verja. Quién sabe. Un diez por ciento de mucho es un río de oro mientras un diez por ciento de nada es un río de miseria. El diez por ciento de los emolumentos de cualquier menda detestable del Fondo Monetario Internacional es lo que vale el ancla de su yate (y ni eso) lo que cuesta la rueda de repuesto de la limusina diamantina que siempre conduce Fermín (son tan cortos de materia gris que no les da ni para el carné de conducir) lo que vale una pezuña del pobre pura sangre olvidado en el establo. Ese diez por ciento despreciado y desechado por la biuti del FMI no supone nada para ellos porque es apenas la alfombra del casoplón versallesco, la escobilla del váter de oro, la cubertería de plata con la que se hacen el sorbete de sangre de obrero a la hora del té. Cuanta mayor la riqueza, más espesa la suciedad, decía Galbraith. Quieren reducirnos el jornal un diez por ciento porque para ellos la calderilla no es nada, porque no entienden que con la calderilla viven toda una vida muchos niños africanos, porque ven al hombre como simple calderilla para sus calderas, como carbón humano para sus multinacionales voraces. El diez por ciento del sueldo de un jeta del FMI es lo que vale la tinta de la estilográfica asesina con la que firma las injusticias del mundo, el hilo de oro de su pañuelo impregnado en la dulce lavanda de la codicia, el tapón de corcho millonario del champán con el que llena sus piscinas babilónicas, el daiquiri antes de la mamada con la puta del sábado (el domingo toca otra distinta, hala venga, que no nos falte de ná). Son travelos de la economía que por la mañana se disfrazan de empresarios serios y formales y mueven las 300 empresas que controlan el mundo y por la tarde se ponen el disfraz de hipócrita oficial del FMI o de la CEOE, me da igual, para robarnos un diez por ciento de felicidad, un diez por ciento de vida, toma misil por retambufa, toma pollazo malo sin látex, rojo cabrón. Ellos, las dinastías del dólar, los ricos riquísimos, las estirpes heráldicas de esta Europa que es un tocomocho a lo bestia, se pasan nuestro diez por ciento esencial para sobrevivir por el arco de triunfo. Por mucho que se pongan en plan economistas sesudos con sus recetillas neoliberales, todos sabemos que Chantal Hughes y su horda de vándalos trajeados están aquí, en el mundo, para arrasarlo todo, para forrarse, para vivir la dolce vita y para darle vara al proletariat. Con estos cuatreros del Fondo ya hemos tocado fondo. Nos irán bajando de diez en diez hasta reducir nuestra dignidad a cero. Uno no quiere porque ya va para mayor, pero es que a uno le hacen marxista a la fuerza.
Imagen: lacomunidad.elpais.com

Por lo visto han encontrado la primera película que rodó Orson Welles allá por los años mudos del primer siglo XX. Se trata de Too Much, Johnson, la historia de un mujeriego que para ocultar una infidelidad cambia de nombre y apellidos. Aparentemente se trata de un argumento sencillo, trivial, tan viejo como el comer, porque bien mirado qué casanova no ha hecho encaje de bolillos alguna vez para ocultar un braguetazo a destiempo. Sin embargo, en esa cinta perdida, en ese trozo de celuloide comido por el polvo del tiempo, se encuentra ya el manifiesto artístico del genial, inmensurable y gordo director norteamericano. Dicen los que han visto el film que en él están los hallazgos cinematográficos orsonianos, los trucos mágicos que iban a revolucionar el mundo del arte y el arte del mundo: el picado y contrapicado, los atrevidos movimientos de cámara, el ángulo imposible. Todos esos recursos, que más tarde emplearía Welles en Ciudadano Kane, se anticipan ya en esta película sobre un adúltero fornicario que huye de un marido enfurecido por las calles humeantes de aquel Manhattan mítico en blanco y negro. Welles fue el ojo del siglo XX, el ojo de pez deformado que nos puso ante la realidad dislocada y neurótica de un siglo violento, diabólico, inhumano. Welles fue el Picasso del cine que revolucionó el séptimo arte distorsionando y doblegando la imagen hasta extraer de ella la auténtica esencia. Demostró que el fondo es sobre todo forma, que no hay obra de arte sin un ojo y un estilo propios. Se puede contar la historia más anodina y vulgar del mundo (como la de ese Johnson infiel que va perdiendo el trasero en su huida sexual por la gran manzana neoyorquina) y elevarla a la categoría de pieza maestra única y universal. Proust lo hizo con una simple magdalena. Joyce lo hizo igualmente con sus personajes corrientes de aquel Dublín brumoso y etílico. Bellow lo volvió a hacer con sus sátiras judías sobre el intrascendente hombre moderno. No hay argumento sin forma, todo argumento es una forma de contar, desde construir una novela hasta pintar un cuadro o hacer una película. El triunfo en la literatura está en hacérselo bien, en saberlo escribir sublime, y eso es algo que se está perdiendo por efecto fatal del vertiginoso mercado y por el hundimiento de la cultura. El periodismo, que debería ser literatura de lo cotidiano, va hoy a lo fácil y barato, los artículos y reportajes aburren por abúlicos y previsibles y las faltas de ortografía son escupitajos en la cara del lector. Y qué decir de muchas novelas escritas solo para vender mucho y pronto. Ni Paquirrín las escribiría peor. Hay que volver a Welles una y otra vez, porque en Welles está el artesano, no la máquina; el fabricante, no la fábrica. Welles cuidaba cada milímetro de metraje, mimaba cada fotograma, cada plano, cada secuencia. Sin duda, yo de Welles me quedo con Sed de mal. Cuando la vi por primera vez sentí auténtico pánico. Todo el edificio lógico, seguro y coherente que había construido hasta entonces se derrumbó con estrépito con esa película. Hank Quinlan, aquel policía corrupto, aquel pasma seboso y podrido de crímenes que no era otro que el mismo Welles disfrazado de Welles, me enseñó que todos podemos llevar un potencial Bárcenas dentro de nosotros mismos. Y uno se pregunta si España no será hoy un inmenso distrito fronterizo (a la mejicana) plagado de Quinlans que van y vienen con sus maletines secretos, sus grabaciones clandestinas, su dinero negro y perverso. No sé si Too much, Johnson será tan buena como Sed de mal. Pero seguro que es mejor que cualquiera de esas chorradas que nos vende la execrable, estúpida y vomitiva cartelera de verano. El verano narcótico con su habitual dosis de glúteos playeros, telemierda nocturna e insoportable mediocridad. No nos perdamos este regalo cuando llegue a las salas de cine.
Imagen: elmundo.es
Estamos ya como en los cuarenta, cuando aquellos falangistas zumbadillos, después de dar caza a unos cuantos rojos masones, pintaban las paredes hambrientas de posguerra con el celebérrimo "Gibraltar español". Ya sabemos que este Gobierno nacionalpepero vive en un perpetuo revival franquista y hoy es el Peñón, mañana un alcalde gallego que alaba los fusilamientos de republicanos porque algo habrían hecho los mamones y pasado mañana una alcaldesa de la Castilla profunda que prohíbe una exposición critica con el chorizo ibérico de Bárcenas. Son tics retros, ya digo, tics antiguos de los que no se librarán ni en cien años. Hacer columna sobre el Peñón de Gibraltar es exponerse en gran medida a que te tilden bien de facha o bien de antipatriota. Escribas lo que escribas siempre quedas mal con el personal abordando el tema de ese último rincón del colonialismo europeo. A uno la verdad es que el islote anacrónico de la discordia se la trae al fresco. Que se lo queden los anglos, que nos lo devuelvan envuelto con un lazo rojigualda o que se lo coloquen al despistado Rey de Marruecos que firma indultos de pederastas es algo que no me quita el sueño. Mucho más importante y esencial es que nuestros colegiales no caigan desnutridos como moscas en las escuelas o limpiar el Parlamento de imputados o parar a los vejestorios del FMI, que les ha entrado otra vez la fiebre amarilla del oro y quieren bajarnos los salarios otro diez por ciento. Hay cuestiones mucho más urgentes que reivindicar la españolidad del Peñón, las Filipinas, Guinea o el Perejil, por poner los cuatro terruños coloniales que todavía están en el inconsciente colectivo de la derecha patria. Es cierto que el peñasco es, desde lo de Utrecht, la mosca cojonera sin resolver de la política exterior española. Es cierto que la Reina Madre no ha estado afortunada al echar esos bloques de hormigón a la mar de Alberti para que los pescadores españoles tropiecen y no puedan faenar el poco bonito que aún no hemos esquilmado. Pero Rajoy y su ministro han perdido los papeles políticos imponiendo el bloqueo a los llanitos como si se tratara de pobres palestinos de la Franja de Gaza. Vamos, que se han pasado tres pueblos y hasta la línea de la Concepción. Menos mal que Rajoy y Cameron eran ambos conservadores y se entendían, que si no. A nadie se le escapa ya que Gibraltar es una guarida caribeña de piratas donde recalan los yellow submarines enfermos de plutonio, las corbetas de la Royal Navy que acosan a nuestra Armada Invencible de picoletos, los narcos que trasiegan el chocolate marrocano, más los monos isleños que van todos ceguerones de White Label, o mejor de Chivas Regal, que estos macacos gibraltareños no tienen un pelo de tontos y se agarran las curdas con mucha pompa y circunstancia. Todo eso sin olvidar a los Bárcenas del mundo que van atracando por el islote, de Suiza a Suiza, de peñón a peñón y tiro porque me toca, y siempre sacándose unos duros a cuatro pesetas. Montoro quiere perseguir a estos turistas del paraíso fiscal (a buenas horas), y nos parece muy bien que lo haga, pero no a costa de montarnos una guerra Falkland contra la Pérfida Albión. Rajoy no mandó a sus naves a luchar contra los elementos ingleses, pero este verano le ha salido el huracán Bárcenas (un buen elemento también) y otros ciclones rancios e históricos que siempre vuelven, como la guerra del Peñón, los moros en la costa y la pobreza endémica del español tercermundista que agoniza con la camiseta manchada de tintorro. Aprendamos de aquello que dijo Federico, aquello de las "altas torres en las que viven los ingleses", porque son altas y poderosas. Si los anglos rodean Gibraltar de un mar de hormigón nosotros templanza y pelillos a la mar. Y aquí paz y después gloria, que no estamos para más Trafalgares.
Imagen:planetacurioso.com
¡El paro ha bajado! ¡El paro ha bajado! Tachín, tachán, qué alegría, qué alborozo, que suenen tambores y timbales, aleluya, aleluya, ya bota Mariano en el balcón de Oriente, que salude, que salude, que lo unjan y rieguen con rosas, claveles y vinillo de Jerez, tachín, tachán, carrozas doradas, carrozas por un tubo, el confeti, rápido, el confeti, los payasos de Anita, música, música, la banda nacional (la banda gurtel con sus tambores preñados de mierda), Paquito el Chocolatero, ejército de húsares y coraceros a la calle, a la calle de inmediato, a la calle todos, ya tardamos, que forme la claque de putis verbeneros con mantilla y peineta (la Cospe abriendo el cortejo), tachín, tachán, tachín, tachán, asquito me dan. Qué calladito se lo tenían estos fulanos de la derechona patria que nos malgobierna. Qué magos de las encuestas y los números estadísticos estos pilletes del sobre asomadizo. Al día siguiente de la inmolación política, al día siguiente del martirio en el Gólgota parlamentario (lo de ayer fue un calvario en toda regla con arrepentimiento espontáneo, cara de corderito degollado por las hordas marxistas y mirada extasiada al cielo de virgen mariana sin desvirgar), qué casualidad, qué bendita casualidad, que ¡zas!, el empleo ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Y ahora lo de siempre, la vieja cantinela rayada y polvorienta de siempre, que si España va bien, que si el país sale de la recesión, que si la máquina indigesta empieza otra vez a carburar. En un par de semanas pleno empleo, ya lo verán ustedes, lo va a decir, tal que en un momento, el de la corbata descarada, la flor de su secreto, el floripondio de Floriano. ¡Pero tachín, tachán, tachín, tachán, el llorar se va a acabar! ¡Presidente, presidente! Que bote la botella que ha limpiado Madrid de indigentes que hacían feo. ¿Dónde están ya esos mendigos con cartela, dónde está la famélica legión? Nada de nada, hombre, quién se acuerda de ellos, están todos de camarero dando el callo en Marbella, están todos chupándole la suela al patrón por un clavo ardiendo. Suenan los claros clarines, ya llegan los de Televisión Española, ya están ahí, ahí están, ahí están, por la puerta de Alcalá, ahí están viendo pasar el tiempo. Momias con carné de periodista y del otro, momias que han rescatado del guardarropía del Nodo. ¡Cómo destripan la encuesta del INE, los jodíos, cómo le sacan el triunfalismo a cada número amañado! ¿Son periodistas o cirujanos del poder? Tambores y timbales. Platillos y cornetas. Trompetas, fanfarrias, pechos fuera. Que no decaiga, estamos todos tan a gustito. Orgullo pepero, viva la raza. Se acabó la tristeza, la saudade Rubalcaba. Todos los rojos son iguales, unos tristes, unos funestos, unos cuervos. ¡A la playa, coño, a la playa, todo el país a la playa! Tintorro, botijo y tías en bolas. El chiringuito, el chiringuito. Bárcenas se abrasa en el pudridero con su tanga de rayas. Ya es historia el loco de la colina que quería escalar más alto, el falso culpable, el falso inocente, qué importa a estas alturas. Más dura será la caída. Ya no hay pobres, ya no hay paratas, ya no hay muertos desahuciados. Todo es alegría, todo es colorido, regocijo y jolgorio, todo es jijí, jajá, jijí jajá. Carnaval veraniego de la mentira y la propaganda. Éste es un país alegre que no lo paran cuatro rojos baladrones con ganas de gresca. El negocio funciona otra vez. Los ricos tripones a trincar y los pobres desgraciados a pagar. Cada mochuelo a su olivo, demasiados mochuelos con ojos de oro. Los guatergueis de tres al cuarto para los americanos. Aquí semos españoles, coño. Ladrones, sí, y a mucha honra.
Imagen: lavanguardia.es
Ha estafado al pueblo, ha engañado a sus propios votantes, se ha metido en la americana unos cuantos sobres preñados de indecencia (puede que hasta algo más). Y ahora, en el Parlamento, en la catedral del pueblo, Mariano va y dice que se ha equivocado. ¡Acabáramos! "Cometer un error y no corregirlo es cometerlo dos veces" (Confucio, fin de la cita, como le gusta decir a su señoría). Pues si ha metido la zarpa hasta el cuello, que se largue, que dimita, que lo deje, como ya le aconsejamos en este blog, unas cuantas columnas más abajo. En política no existe el perdón. La política no es una sacristía donde se redimen los pecados. Los errores se pagan y punto, se asume la responsabilidad y el pueblo soberano ya pondrá a otro muñeco de feria. Ayer, estupefacto, casi me atraganto al escuchar cómo Mas decía que devolverá el dinero si el juez demuestra que CiU lo robó y asunto concluido. Claro, así de fácil, primero se roba ciegamente y si te pillan te arrepientes y rezas un padre nuestro y cuatro avemarías. No hijo no, no es así como funciona la democracia en los países avanzados. Hay éticas, leyes, códigos penales. Mucho nos tememos que Mariano ha perdido el prestigio y lo que es peor, la gracia y la honra. Ya lo avisó Quevedo: "El que pierde la honra por el negocio pierde el negocio y la honra" (fin de la cita). Pero es que además ya no nos hacen gracia ni sus insidiash, ni sus coartadash, ni sus "salvo algunash coshash". Tal como se preveía, ha sido una comparecencia en la que el presidente ha quedado atrapado en su propio callejón sin salida. Si mentía era demasiado evidente y flagrante. Si decía la verdad le esperaba el juez Ruz con el rodillo entre las manos. Y no se le ocurre decir otra cosa que se ha equivocado al confiar en un tesorero descuidero y largón. ¡Eso es lo de menos, hombre! De un tesorero solo se puede esperar que te engañe, como los administradores de fincas que te birlan las cuatro perrillas que tienes ahorradas en el banco. Hay peores errores en el oscuro mandato del señor Rajoy, como muy bien le ha recordado Rubalcaba. ¿No ha sido también un dislate dejarse llevar por la viciosa enfermedad de nuestro tiempo, por el grave trastorno de los dedos largos y los "sueldos y remuneraciones complementarias", como llama el líder del PP, eufemísticamente, a llevárselo muerto? ¿No ha sido un disparate engañar al pueblo tantas veces? ¿No ha sido acaso un grave error no haber tomado medidas a tiempo contra el filesa pepero, la orgía de dinero gurtel, las cuentas ocultas, las haciendas imperiales y los viajes por la patilla? Son demasiadas preguntas sin respuestas. Sin duda, Mariano está confirmando aquello tan agudo que dijo Woody Allen: "La vocación del político es hacer de cada solución un problema" (fin de la cita). Reviso de nuevo mi libreta de notas y repaso la sarta de memeces que acaba de decir el presidente. Asegura que se confundió al darle "crédito" a un tipo al que en el trabajo apodaban Luis El Cabrón. La verdad, con ese alias era como para fiarse. ¿Pero de qué crédito nos habla en realidad el canciller gallego? Para crédito el que le daba el tesorero a usted, un crédito ilimitado, a plazo fijo (fijo que llegaba cada mes), infinito, crema suiza a tutiplén. No hace mucho, teníamos que escuchar que Bárcenas era el falso culpable, como en aquella película de Hitchcock. Hoy ya es el "falso inocente" que ha sido capaz de dejar por pardillo a todo un presidente del Gobierno. Pero sobre todo, hay una cuestión que quedará en el limbo, una cuestión fundamental en la que no ha querido entrar el presidente. ¿De dónde salía tanta pasta? ¿Por qué el PP parecía una sucursal delegada de la banca suiza? ¿Quién era J.M., un señor con bigote y mala leche de Valladolid, quizás? Lamentablemente nos deja con esa gran incógnita sin resolver. Una nueva oportunidad perdida para explicarse. No importa, la Audiencia Nacional está a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, como vemos que es buen aficionado a las sentencias certeras y lapidarias, ahí va una muy a tener en cuenta, una del gran Borges: "Hay que tener cuidado en elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos" (fin de la cita). Desgraciadamente, su cita con el pueblo ha quedado en bluf. Por mucho que pida perdón.
Imagen: terra.es