A estas alturas parece un sarcasmo que USA nos quiera convencer de que es preciso elegir entre una guerra de buen rollito, bajo amparo de la ONU, o una guerra por las bravas, sin previo aviso, sin cuartel. Como si hubiera dos clases de guerras: las buenas y las malas. Esa gallofa de la guerra humanitaria resulta difícil de creer, la verdad. Bombardear sirios por su propio bien, masacrarlos porque es lo que más les conviene, es una mala excusa cínica e insostenible que ya no cuela. Y mucho menos después de las experiencias de Afganistán, Irak y Libia. Es tanto como decirle a los sirios que siempre será mejor morir a manos de un demócrata civilizado que entre las garras del tirano estirado de Al Asad. Mire usted, señor mercader del zoco de Damasco: mañana le meteremos un bombazo de padre y muy señor mío a la hora del cuscús, pero no se alarme, hombre, que será una bomba muy democrática y muy necesaria. Así que descartado el adjetivo hipócrita de la guerra humanitaria, parece que el mundo está abocado irremediablemente, como tantas otras veces, a una simple y cruda guerra, a una guerra monda y lironda, como todas las demás que se libraron a lo largo de los siglos, una mierda de guerra, o sea, con sus consecuencias impredecibles, sus muertos colaterales y su destrucción general. Obama ya ha pedido la pasta al Parlamento y hasta los animosos republicanos parece que le siguen como un solo hombre. Qué tíos estos republicanotes, son halcones que huelen el negocio de la sangre y del dólar a miles de kilómetros. Será una fijación infantil de tanto ver películas de Ronald Reagan. O será la carne del señor McDonald, que viene con exceso de hormonas. Quién sabe. A nuestros republicanos como el señor Tardá les da por regalar camisetas independentistas del todo a cien, lo cual es de agradecer, porque eso es que aún no les ha entrado la vena bélica. Sea como fuere, todo apunta a que el G-20 firmará la declaración de guerra y la sinfonía prístina de cañones empezará a sonar en breve sobre la pobre, hambrienta y castigada población siria. Aquí, en España, las guerras nos cogen históricamente en el bando equivocado, a contrapié. Cuando tenemos que entrar no entramos y cuando es mejor quedarse quietos nos tiramos a la piscina sangrienta de la guerra. El español no sabe hacer la guerra, por eso inventamos la guerrilla, que se trabaja menos y hace menos daño. El español grita mucho y saca mucho pecho a priori (lo estamos viendo con el peñazo del peñón) pero a la hora de empuñar el fusil, a la hora de ir a la guerra, ya irá el vecino, que hizo la mili en la legión y se da mucha maña montando el chopo. En España cuando suenan tambores de guerra mundial lo aprovechamos para hacer nuestra propia guerra local, tribal, fratricida: rojos contra nacionales, aliadófilos contra germanófilos, moros contra cristianos, Casillas contra Diego López. Rubalcaba ya ha dicho no a la guerra, pese a ir en contra de Obama, una posición coherente con lo que pasó el 11M; Rajoy va en su línea gallega: o no sabe o no contesta. Siempre será mejor que el presidente ahueque el ala en estos momentos tan delicados que lanzarse a un viaje erróneo a las Azores para salir en la foto amarillenta de la Historia. Uno no sabe qué será mejor para la pobre Siria: si taparse la nariz y dejar que el psicópata siga dándole al sarín o mirar para otro lado y asumir que la guerra es el estado natural del hombre. Ya lo dijo aquel alemán coñazo.
Ya estuve en Afganistán como corresponsal de guerra y no pienso ir a Siria. Que no, negativo, rien de rien. Ni a tiros me llevan a la guerra, nunca mejor dicho. Ya tuve bastante en Kabul: riadas de niños harapo vagando por los caminos; gente hurgando en carne putrefacta comida por las moscas; familias enteras hacinadas en casas de adobe, si es que se podía llamar casas a aquellos antros sin luz ni agua potable. Miseria, hambre, desolación. Lo más parecido a un infierno en la Tierra, eso es la guerra. Lo malo de una guerra es que vista una, vistas todas. La guerra no sorprende nunca, es pura rutina engrasada, una maquinaria mecánica y macabra de triturar cuerpos humanos. Cambian las excusas para ir a la guerra, los fanáticos listillos que las organizan, las soflamas, las banderas y los himnos. Pero el final siempre es el mismo: más muertos, más mutilados, más dolor y destrucción, más odio entre hermanos. Cada generación tiene su propia guerra: a nuestros abuelos les tocó vivir la guerra civil, a nuestros padres la guerra fría, a nosotros nos ha caído en desgracia la guerra contra el terrorismo internacional del siglo XXI, esa entelequia invisible que se inventó el zumbadillo de Bush para recortarnos las libertades y de paso la cartera (después de una gran guerra siempre hay una crisis económica galopante, no lo olvidemos). Esta nueva guerra, esta nueva película bélica que dará héroes de Hollywood y soldaditos Ryan, huele a más de lo mismo, a más desierto petrolífero, a más Irak. Los yanquis denuncian las armas de destrucción masiva y los niños gaseados con armas químicas, qué buenos son los yanquis, americanos os recibimos con alegría, Obama, Obama en el cielo. Pero detrás de ese argumento pueril made in USA, detrás de los adulterados y pervertidos principios de libertad y justicia, detrás de ese relato falaz que nadie en el mundo cree a estas alturas, ya sabemos lo que hay: la industria de la guerra, el negocio infame de la guerra, los generalotes del Pentágono frotándose las garras y la CIA conspirando a tope. Y sobre todo más control geoestratégico, más poder de influencia en la zona, el expolio de los recursos naturales, la explotación territorial, el colonialismo a calzón quitado. Miremos hacia atrás y obtendremos las respuestas acertadas, queridos amigos: ¿Qué ha sido de los pobres afganos? No nadan en la abundancia precisamente. ¿Qué fue de los sufridos iraquíes? Siguen comiendo el cocido de barro que dejaron tras de sí las botas de los marines. Sólo han ganado en fundamentalismo religioso y en crueles atentados en la cola del pan. ¿Y qué fue de aquellas palabras grandilocuentes sobre la democracia, de aquellos dólares salvadores para la reconstrucción, de aquellas promesas de un futuro mejor para tantos millones de personas? Nunca más se supo. Si Sudamérica ha sido el patio trasero de los norteamericanos, Oriente Medio es el cubo de la basura. La guerra solo sirve para volver estúpido al vencedor y rencoroso al vencido, decía Nietzsche. Hasta Obama parece tonto hablando de ir a la guerra. Ya se parece a aquel Rufus T. Firefly que andaba desquiciado de un lado para otro, con el puro en la boca, en Sopa de ganso. Es cierto que la represión de Al Asad es tan execrable como vomitiva. Pero no hay que engañarse: las bombas nunca germinan en la paz. Solo conseguiremos incrementar el número de muertos, sobre todo viejos, mujeres y niños. El problema sirio debería resolverlo la ONU y si la ONU no sirve más nos valdría cerrarla por descanso del personal. Suenan los tambores de guerra. El dólar proclama la enésima cruzada. Los aliados ya la han liado; China y Rusia miedo me dan. Menos mal que ya no está el torpe de Ansar malmetiendo por ahí.
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El último paseo por la playa. Las últimas olas mojando los pies. El último helado derritiendo los dedos. La última luna, el último libro, el último beso.
Los turistas meten sus bártulos en los maleteros y se echan a la carretera. La buena vida sabia y tranquila queda atrás; espera la gran ciudad, con sus acantilados de cemento, sus marejadas ruidosas y su aire envenenado de dióxido. La jungla de asfalto, ya lo avisó Huston. Guardamos en el cajón el taparrabos primitivo y tiramos de la hipócrita corbata. Metemos en el armario al simio que llevamos dentro y sacamos a pasear al homo tecnológico. Reprimimos el placer de vivir para darnos al masoquismo cómodo de la vida organizada. Del reloj de arena al reloj de pulsera. Yo me quedaría con el reloj de cuco, con su mueca burlona al hombre estúpido. Extraña especie animal la humana, siempre empeñada en ser lo que no es, siempre obcecada en matar lo sagrado.
El último sol chiringuito en las dunas, la última teta operada, la última birra espumosa, el último atardecer rojo en la terraza.
Pasamos de los Beach Boys a los PP Boys, otra banda también gamberra pero algo más desafinada, antipática, hostil. Agárrense, que vienen curvas. Nos esperan las mismas historietas de siempre: la operación retorno, el otoño caliente, la vuelta al cole, el curso político, los bárcenas y griñanes, los que se ríen en nuestras narices, los recortes, los parados, los olvidados, las mentiras, el conflicto social, el odio social. A veces uno cree que la sociedad es como una gran guardería. "Juego de niños, eso es lo que hace la gente, van del coño a la tumba sin que les roce el horror de la vida", nos recuerda Bukowski. El tiempo, las prisas, las preocupaciones, los ascensores, las escaleras, entre puertas y escaleras se nos va la vida entera. Pero sobre todo el tiempo, el maldito tiempo que se va esfumando un verano tras otro, un bañador tras otro, un viaje tras otro. Nos roban el tiempo de la vida a cambio de un dos por uno en papel higiénico. Nos arrebatan el corazón del tiempo. Somos como esos replicantes alienados de Philip K. Dick, siempre buscando un poco más de tiempo, siempre ansiando más tiempo para darle esquinazo a la muerte. Proust redujo el tiempo a una simple magdalena empapada en una infusión burguesa. Einstein acabó con el tiempo de un plumazo. El que tiene un empleo tiene un tesoro, suele decirse, pero el que tiene tiempo, el que puede gozar del tiempo de oro, es el hombre más rico del mundo.
El último agarrao verbenero, la última vaquilla embolada, el último trago al porrón de tintorro, la última cogorza en la arena, la última siesta en la hamaca, la última palmera.
Ya lo estoy viendo, ya veo a esa reata de políticos volviendo al redil del Parlamento. Entre palmaditas y abrazos, entre sonrisas y miedos, entre delitos y faltas. Morenazos de tedio, beduinos de moral, envarados de orgullo. Ciegos y mudos, sordos y mancos (mancos algunos, porque otros parece que tienen cien dedos). Y ya llegan también a Siria los portaaviones, yunques gigantes de dolor y guerra. Pues que les vayan dando a todos, que yo me vuelvo a la playa con mi perro. Aquí me quedo, en la otra orilla, en mi verano frío, en mi verano perpetuo.
"El final del verano llegó y tú partirás", decían aquellos dos horterillas del jersey anudado al cuello, allá por el seiscientos y las suecas. Pues el final del verano llegó otra vez y Rajoy no solo no ha partido (ya tenía que haberse largado para siempre) sino que vuelve con nuevos bríos, qué pesadez de hombre. Ayer se dejó ver por fin tras un verano de desastres naturales y políticos, pero solo asomó su barba descuidada para pasear un rato bajo el cielo gris y rural de su pueblo gallego, entre pazos y rías, entre verdes veredas y boñigas de estiércol (alguna pisaría, es así de torpe). La prensa esperaba, los fotógrafos esperaban, toda España esperaba. Había muchos temas que tratar, muchas cuestiones que debatir: los ineptos que dieron cuerda a los trenes asesinos, el despeñón de Gibraltar (Gibraltar es para España un despeñarse constante a lo largo de la Historia) el tesorero ladrón de las nieves plateadas que cubren su sien, el paro que sigue galopando a placer, los incendios forestales, la espantá de la Leti, no sé, qué sabe uno, los grandes temas de política internacional, las matanzas en Egipto, los niños gaseados en Siria, por poner un par de tristes ejemplos. Había mucha tela que cortar, muchos asuntos graves que afrontar, y el país esperaba expectante la voz del presidente, las respuestas, las soluciones. Y en lugar de eso, en lugar de dirigirse al pueblo como un líder serio y preocupado, en lugar de dar la cara ante los periodistas, ¿qué fue lo que hizo el presidente? Darse un garbeo fugaz y divertido por la campiña, estirar las piernas con su mentón prominente al viento y su sonrisilla delirante y meterse luego en un coche oficial para largarse sin decir ni mu. Con esta puesta en escena, tan artificial como surrealista, Rajoy recordó mucho aquellos paseos veraniegos del otro dictador gallego que, silencioso, tripudo y taciturno, se dejaba caer por el No-Do, de vez en cuando, inaugurando algún aburrido pantano o pescando una trucha de plástico o cazando un jabalí que le ponían a tiro. Es evidente que con el numerito de ayer, Rajoy solo buscaba el posado veraniego (con menos tetas que la Obregón, eso sí), la foto fácil de quien toma los aires tranquilos de Galicia mientras se muestra fuerte y confiado y una recua de acólitos mudos le siguen como un solo hombre, como una Santa Compaña de ministros-fantasma y asesores (más algún que otro amigo/adosado del verano bien dispuesto a dar cuenta de la nécora en la posterior comilona). Todos en mangas de camisa, todos muy campechanos y desahogados, aparentando paso firme, pecho fuera, barriga dentro, un, dos, un, dos, como marines de la derecha hispana, como alegres peregrinos del Camino de Santiago con un destino y una meta que cumplir. El problema es que ya no hay meta, ya no hay destino, ya no hay proyecto político. Solo hay un pufo tras otro, un escándalo tras otro, un sálvese quien pueda y el último que apague la luz. Detrás de esa imagen de unidad y fortaleza que se quiere transmitir al pueblo y que ni ellos mismos se creen solo hay un Gobierno debilitado en el que unos se tiran los delitos y los muertos a los otros, un Gobierno que da el cante jondo en los juzgados, un Gobierno que se navajea en la sombra, que se cose a furgás, como aquellos gitanazos de Federico. Por mucha puesta en escena y mucho paseo bucólico que pretendan montar, a mayor gloria de Rajoy, para cerrar un verano de infamia, nada podrá tapar que este Gobierno y su presidente es todo una gran mentira. Todo, salvo alguna cosa.
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La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Pues se lo vamos a explicar, tal que aquí y ahora, a usted, lector de este humilde blog. Se lo vamos a contar, someramente, sin necesidad de citar todo el sobado poema de Rubén. Ni bocas de fresa, ni suspiros, ni leches poéticas. Lo que le pasa a la princesa es que se ha dado el piro de Marivent, con nocturnidad, porque no aguantaba más, porque estaba depre y el doctor Freud libraba en verano, qué mala pata, oyes. Letizia, doña Letizia, la Leti (ella siempre será la Leti para la pandi del instituto) está cansada, hastiada, abúlica. La Leti está hasta el miriñaque de las rancias costumbres borbónicas, de la apretada agenda de Estado que cada vez aprieta más, del boato y del beato, del té a las cinco en punto de la tarde, de las pesadas y tediosas regatas mallorquinas (¿qué haces con el Fortuna cuando te hartas de él? ¿te lo comes con patatas?) de la vieja filosofía de Sofía la vieja, de los bufones que piruetean por palacio, del cleptómano cuñado que se lleva hasta las cortinas del comedor, de las hermanas/hermanastras/hermanísimas, de las mentiras y escándalos y del navajero de Froilán (coño, Froilán, deja ya de joder con el pincho moruno, anda, que le vas a saltar el ojo al hijo del duque). Lo que le ocurre a la princesa es que está sobrepasada de tanta prensa de la ingle y tanto cieno del Sálvame, que está hasta los diamantes claros de la diadema de las travesuras de las niñas (¿por favor, cuándo empieza el cole de las niñas?) del príncipe azul que no era tan azul como lo habían pintado, sino algo más tirando a gris y más bien tirando a principito. La princesa está harta del suegro que antes era capitán general y ahora se hace el teniente, ese suegro que pasa ya de todo y vive la doble vida, la
vida alegre del jubilata de verbena playera con disco móvil y que le quiten lo bailao. Uno a don
Juan Carlos lo ve ya como a ese abuelete del anuncio de Ikea que un día, cabreado y harto del mundo, coge
la silla y se va a Sevilla. Don Juan Carlos reina ya una España de Ikea, una España low cost, una España en ruinas que se vende de baratillo al mejor postor, a los mercados, a la Merkel, a los jeques árabes, a los llanitos de Gibraltar. No es mala del todo la vida borbónica de palacio, entre frescos jardines y pavos reales, pero es cierto que debe ser una vida aburrida, y no hay nada mas alienante y doloroso para un ser humano que llevar una existencia anodina. Marx no debería haber luchado tanto contra el cruel capitalismo, sino contra el aburrimiento soporífero del hombre moderno que se ha quedado sin Historia. Un mes de verano en el chalé familiar, a la española, tediosamente postrada en el sofá junto al suegro o la suegra, viendo la misma gitana y el mismo torito bravo encima del televisor, jugando al cricket o al polo, navegando barquitos sin pasión, sin amor, sin desenfreno veraniego como esos cuerpazos Dolce Gabbana, desquician a cualquiera, por muchas partiditas de brisca con apuestas de garbanzos que se quieran jugar para matar el tiempo. Un mes con la familia política termina en un Puerto Hurraco fijo si no se gestiona con habilidad el asunto. Por eso ha hecho bien doña Letizia en salir por peteneras del palacio real de verano, que en realidad era un frío palacio de invierno. Leti que salga, que se airee, que se vaya de tascas y rumbas con las amigas de la noche, pero que vuelva después al hogar, a hacer su papel en la zarzuela de vida que lleva, porque entre tantos urdangarines y mangarines seguimos necesitando de su rebeldía honesta y liberal para transitar de esta monarquía de palanqueros a una nueva república más justa. Ella es nuestra chica respondona y pinturera de palacio, nuestra Audrey Hepburn con carita de ángel que lija tanta nariz borbónica adusta y aguileña. Ha dado la espantá en Marivent porque estaba hasta el pirri y eso es humano. Le faltaba el aire y eso se comprende. Pero que vuelva pronto, que la busquen, que la detengan si es preciso, porque es nuestra rojilla en palacio, nuestra reina roja para futuras transiciones. Que no tengamos que oír aquello de Sabina de "ahora es demasiado tarde, princesa". Te necesitamos, Leti. Vuelve pronto con tu príncipe, encantador o no, o España se nos va a la mierda.
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Hace unos días me enteré de que a Cipriano Torres, el escritor granaíno que nos desmenuza cada día la cochambre ominosa de la televisión, le ha fallado por un momento el gran corazón con que bombea al mundo sus palabras, sus metáforas, sus emociones y sentimientos. Tiene la prosa de Cipri la frescura cristalina del Genil fluyendo entre olivares y choperas, el eco telúrico de la poesía lorquiana, la fuerza primitiva del autor forjado en el pueblo, por el pueblo y para el pueblo. A Cipri le conocí en La Opinión de Murcia hace ya muchos, muchos años. Yo entonces era un novato que buscaba noticias de sucesos hasta en los cubos de basura y él un escritor en ciernes enamorado de la radio que aparecía por la redacción, de cuando en cuando, con su estilo dandi, su sonrisa templá de califa y su columna de oro debajo del brazo. Ahora le ha fallado el motor, siquiera por un momento (un lapsus cardiaco
insignificante), pero me cuenta por el feis que su maquinaria creadora está intacta y ya me lo imagino tranquilamente sentado en el jardín de su casica de
Graná, entre atardeceres azafranes y africanos, entre libros y
naranjos, entre macetas llenas de albahaca y ceniceros vacíos, ya sin ceniza, ya
sin colillas (eso sí, se te acabó el chollo del fumeque, tronco). En su columna diaria, en su Maldeojos sagaz y divertido, Cipri desmonta como un relojero minucioso el mecanismo diabólico de esa hoguera de imágenes siempre encendida en medio de nuestro comedor. Por sus columnas literarias pasan a diario los monstruos horrendos que forman la grotesca fauna de nuestra televisión patria: políticos trincones y torpes periodistas, artistas de éxito y viejas glorias olvidadas, poligoneros y chonis, friquis y tronistas. En fin, toda la galería inagotable de pájaros, pajaritos y pajarracos televisivos nos llega cada mañana con el sorbo humeante del primer café, de la mano de Cipri, un columnista siempre eficaz y certero que disecciona como nadie a las criaturas feroces de la televisión, ese espejo inquietante y extraño en el que todos nos vemos reflejados de alguna manera. Ver la televisión es mirarnos a nosotros mismos. Cipri nos mira y nos sicoanaliza, se pasa cada programa, cada anuncio, cada serie, por el ojo y por la piedra, y escribe sin miedos ni facturas, con valentía y libertad, y unas veces reparte bellas metáforas como ráfagas de pólvora y otras reparte hostias como panes a quien se lo merece con toda justicia. Sin un San Cipriano escribiendo contra la herejía televisiva, sin un Cipri dándole a la tecla del ordenador sin descanso, yo vería aún menos esa mierda de tele que tenemos, porque lo que más me gusta de todo no es ver la televisión, sino leerla a través de sus ojos, con ese estilo barroco del mejor siglo de Oro, con su poquito de malafollá andaluza en cada crítica y con su despelleje elegante del personal. El artista tiene que sufrir para crear, eso lo sabes bien, amigo. El dolor es la pieza clave de la obra, de la creación artística, y ahora tú estás sufriendo y creando a la vez. El artista que se duele de algo, de algún achaque, de algún tormento, muere un poco en su dolor para renacer después como un dios fuerte y pleno de inspiración. Cipri acaba de salir de su temporada en el infierno, en plan Rimbaud. Me dices que vas mejor, que has salido del hospital y que vas a ponerte a escribir, sin perder ni un segundo en infartos, hasta que te salgan callos en las manos. Pues olé tus cojones.
Vaya por delante nuestro pésame por la muerte de Rosalía Mera, exmujer de Amancio Ortega y una de las empresarias más ricas del mundo (su patrimonio neto estaba cifrado en 6.100 millones de euros, céntimo arriba, céntimo abajo). Sin embargo, no pasemos por alto un par de líneas necesarias sobre este hecho luctuoso. Desde que se conoció la noticia de su fallecimiento, todos los medios de comunicación, sin excepción, se han volcado en suplementos especiales, reportajes y obituarios ensalzando la figura humana y social de esta mujer que siempre estuvo a la sombra de su marido. No es de buen gusto literario ni periodístico ensañarse con una persona muerta (no lo vamos a hacer aquí) y mucho menos con una señora a la que ni siquiera tuve el gusto de conocer. Pero es que resulta extraño comprobar cómo la flota mediática de este país se ha puesto a trabajar a toda máquina y al unísono, sin espíritu crítico alguno, para reivindicar y encumbrar la figura de esta empresaria gallega. No ha habido ni un solo telediario, ni un solo periódico, ni una sola cadena de radio que no haya emitido amplios recordatorios, todos ellos a mayor gloria de la finada, sobre la supuesta obra social que deja la ex del fundador del imperio Zara. Y eso ya mosquea. No vamos a discutir aquí la dimensión social y hasta histórica, si se quiere, de una mujer a la que todos reconocen su vocación solidaria, altruista, filántropa. Pero la cobertura mediática que se está dando al acontecimiento, tanto desde la prensa de izquierdas como la de derechas, nos parece ya excesiva y hasta cargante. En un país donde seis millones de personas no llegan a final de mes (ni siquiera a la primera semana de mes), en un país donde muchos ciudadanos desahuciados acaban siendo condenados al camping de la calle, que se dedique tanta loa y alabanza a una magnate de los negocios, a una potentada de las finanzas cuya mayor obra para la posteridad ha sido ganar pasta a porrillo y entrar en la revista Forbes supone un cruel sarcasmo. No cabe duda de que sus fundaciones, sus limosnas y sus donativos habrán llegado a alguna gente necesitada y eso está muy bien, pero no perdamos de vista que esa ayuda no es más que la beneficencia endémica que el rico ha practicado con el pobre secularmente en este país. Esa limosna es el chocolate del loro de una clase social que está chupando la sangre, el salario y la vida a otra. Esa calderilla es la cuota de remordimiento que los ricos muy ricos dejan caer en el platillo de los proletas para callarles el estómago, el cerebro y la boca. El mejor medio de hacer bien a los pobres no es darles limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla (Benjamin Franklin). Y cómo se lo ha montado la señora. Seis mil cien millones de eurazos. Seis mil. ¿Y aún aplaudimos ese crimen injusto, ese mal reparto de la riqueza, esa barbaridad económica? Con la mitad de la mitad de la mitad, Rosalía, la buena y filántropa Rosalía, podría haber llevado una vida igual de plena y feliz. No le habría faltado yate y pazo gallego. Pero de todo, lo que más irrita no es que tengamos que tragarnos esa historia manida y típicamente americana de que Rosalía fue una empresaria hecha a sí misma que empezó de costurera dándole a la rueca, zurciendo vestidos con una humilde Singer, y que con mucho sudor y esfuerzo terminó tomando martinis en la cafetería de Wall Street. Lo que más irrita de toda esta avalancha de apologías, encomios y panegíricos sobre el capitalismo salvaje y la familia Ortega es tener que escuchar que esta mujer era una mujer de izquierdas. Lo que más toca los dídimos es tener que tragar con que Rosalía (ya digo que no tengo contra ella más de lo que pueda tener contra todos los de su clase top/biuti) "militó políticamente en la izquierda", como dice textualmente un diario de tirada nacional. ¡Claro, y Rockefeller era un peligroso rojo revolucionario! Hoy día el término "ser de izquierdas" está muy devaluado, pero todo tiene un límite, oiga. Jugar al golf con los vampiros que desecan la sangre fértil del mundo, alternar en cenas con las 25 familias que dirigen el holocausto económico mundial, tostarse el culo en yates bañados en oro mientras millones de niños mueren de hambre no es ser muy de izquierdas precisamente. A la señora Rosalía le deseamos que descanse en paz. Pero que no nos hagan comulgar con ruedas de molino, porque seremos pobres, pero no gilipollas.
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