sábado, 8 de junio de 2019

EL NACIONALISMO ESPAÑOL


(Publicado en Diario16 el 2 de mayo de 2019)

Como era de esperar, tras una campaña en la que el sentimiento españolista y la unidad de la nación se han convertido en el eje principal del debate político, las elecciones del 28A han abonado el terreno para el crecimiento de los nacionalismos periféricos. Tanto en Cataluña como en el País Vasco los partidos soberanistas han logrado unos buenos resultados, demostrándose así que la acción genera siempre una reacción, mucho más intensa si cabe en la medida en que esa acción trata de imponer una ideología dominante. Los datos no dejan lugar a dudas: ERC se afianza como primera fuerza política catalana, por encima del PSC, y el PNV refuerza unos cimientos que lo sustentan como el partido más sólido en Euskadi desde hace ya 40 años. Hasta EH Bildu, que arrastra todavía un negro pasado, crece, mientras el PP se hunde en ambas comunidades autónomas (cero escaños en el País Vasco y solo uno por Cataluña, el de la siempre polémica y demasiado visceral Cayetana Álvarez de Toledo).
Una vez más se ha cumplido esa regla de tres casi matemática que como una maldición bíblica viene lastrando la historia de España de los últimos dos siglos: cuanto más nacionalismo carpetovetónico centralista más nacionalismo regionalista. En realidad los dos tipos de nacionalismos se retroalimentan y ambos viven del rechazo a todo aquello que pueda suponer una amenaza para la pervivencia de la nación que dicen defender. Tanto el nacionalismo español como el periférico se nutren del mismo tipo de combustible ideológico: la pugna identitaria permanente, la exaltación de los valores de la tierra, el folclore y la lengua y una explicación mítica de la historia autóctona que por lo general no suele corresponderse con la realidad. Así, si el nacionalismo español glorifica a Don Pelayo como el gran reconquistador hispano en su lucha contra los musulmanes invasores, el nacionalismo catalán invoca a Wifredo el Velloso como pionero de la Casa Condal de Barcelona y primera piedra de la futura nació catalana. Dos historietas que conveniente y eficazmente tratadas han servido a unos y a otros para sus fines de reafirmación nacional supremacista.
En cierta manera, podría decirse que el nacionalismo (cualquier nacionalismo) es una lucha eterna, continua y ancestral contra la tribu vecina, a la que siempre se considera culpable de todos los males: “el gran enemigo”. Y en ese círculo vicioso, en ese conflicto secular, permanente y sin resolución van brotando las exageraciones históricas, como aquello que decía Franco de que España “está situada magistralmente en el centro del mundo” o aquello otro de Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco: “Antiliberal y antiespañol es lo que todo vizcaíno debe ser”.
Esa forma de ser “anti-otro”, esa fobia contra el pueblo de al lado, es por definición (y por costumbre) lo que marca tanto al nacionalista español como al periférico. Y también creerse en posesión de la verdad única y sagrada, como hemos visto estos días en los exacerbados y por momentos narcóticos discursos de Santiago Abascal, nuevo caudillo del neofranquismo español. El líder de Vox, como todo nacionalista español, no reconoce que lo es. Cree que todos deben pensar como él porque así ha sido siempre y el que se aparta de su doctrina, la única y verdadera, es un enemigo de España. Un mal español.
En el irresoluble problema de los nacionalismos ibéricos quizá el nacionalismo hispánico haya sido el primero, y por tanto la causa y el origen del grave problema territorial al que hoy nos enfrentamos. Como movimiento social, político e ideológico, el nacionalismo español conformó desde el siglo XIX la identidad nacional. Fue entonces cuando los liberales y las élites modernizadoras pusieron de moda el concepto de “nación” como titular de la soberanía. Un gran argumento para arengar al pueblo en su lucha contra las tropas invasoras de Napoleón, tal como demuestra la histórica frase del diputado asturiano Agustín Argüelles, quien al presentar la Constitución de 1812 dijo aquello de “españoles, ya tenéis patria”. El problema es que aquel nacionalismo españolista unificador se olvidó de una cuestión importante: que había otras culturas ibéricas antiquísimas que, como muñecas chinas, quedaban encerradas y sin reconocimiento en esa incipiente arquitectura constitucional y que iban a florecer poco después. El mecanismo de acción centrípeto se había puesto en marcha; más tarde llegaría la consiguiente reacción centrífuga.
En efecto, en 1880 tuvo lugar el Primer Congreso Catalanista, que fijó el ideario del catalanismo político, del que surgiría en 1882 la primera entidad claramente reivindicativa: el Centre Català bajo el lema Catalunya i Avant! (¡Cataluña y adelante!) En la base de este movimiento estaba el malestar de las clases burguesas ante un centralismo que consideraban perjudicial para sus intereses económicos. A su vez, el primer partido político nacionalista vasco iba a ser el PNV, fundado en 1895 por el ya citado Sabino Arana. Los dos bloques, el nacionalismo español y los periféricos, estaban claramente definidos.
La crisis del 98, con la pérdida de las colonias de ultramar y la decadencia del país, así como la posterior dictadura de Miguel Primo de Rivera supusieron una nueva exacerbación del sentimiento de españolidad que mediante la imposición (de nuevo el ordeno y mando) terminó agravando el problema de los nacionalismos regionalistas. Más madera a la hoguera del conflicto secular identitario. La Segunda República no pudo o no supo resolver la cuestión y la Guerra Civil fue el gran choque que se había fraguado durante siglos, la batalla final en la que solo podía quedar uno. De nada sirvió que don Miguel de Unamuno advirtiera de los peligros de la exacerbación de los sentimientos patrióticos cuando dijo aquello de que el nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia.
La sangrienta contienda ya sabemos cómo terminó y durante el Franquismo se impuso el nacionalismo español en su versión más fanatizada, al añadirse elementos todavía más inflamables y corrosivos, como la Cruzada religiosa contra el ateo comunista e infiel y la delirante e imposible vuelta al pasado glorioso e imperial de Felipe II. Dos elementos, por cierto, que junto al lema “España, una, grande y libre” ha recuperado Abascal para construir su nuevo partido político ultranacionalista.
La Transición española y la Constitución del 78 con su “café para todos” y el olvido del pasado solo fueron un parche que nos permitió seguir avanzando como sociedad durante 40 años. Pero lo que está mal construido acaba por derrumbarse. Hoy no sabemos cómo resolver el principal problema del país, que amenaza con destruir nuestro modelo de Estado y por tanto la convivencia de los españoles. Lo único cierto es que la reacción biliar de un nacionalismo, el catalán con su ‘procés’, ha provocado la incendiaria respuesta del otro nacionalismo, el pseudofranquista de Vox. Una vez más estamos ante el mismo error: acción-reacción. Seguir ahondando en la confrontación histórica no conducirá a nada bueno, como demuestran nuestros errores del pasado. Solo desde el entendimiento y la negociación política, que exige renuncias por ambas partes para alcanzar un nuevo pacto constitucional que respete la realidad plurinacional, se podrá resolver algún día este inmenso quebradero de cabeza. Mientras tanto quedémonos con lo que dijo el gran Ryszard Kapuscinski, maestro de periodistas y pensador lúcido, a propósito del problema patriótico: “La ideología del siglo XXI debe ser el humanismo global, pero tiene dos peligrosos enemigos: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso”. Ahí queda.

Viñeta: El Koko Parrilla

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