jueves, 6 de junio de 2019

LOS SINDICATOS


(Publicado en Diario16 el 10 de abril de 2019)

En un siglo XXI cada vez más dominado por el capitalismo salvaje y la ideología económica liberal, con todas sus contradicciones y explotaciones, los sindicatos deberían ser más necesarios que nunca. Y sin embargo, las organizaciones de trabajadores tradicionales se han quedado anticuadas, obsoletas, mientras cunde el desánimo en la clase obrera, que empieza a pensar que los sindicatos no sirven para nada porque no defienden con tenacidad sus intereses.
A solo un par de días del inicio oficial de la campaña electoral, el secretario general de la Unión Sindical Obrera (USO), Joaquín Pérez, ha lanzado una curiosa propuesta: “Que quienes se encarguen de formar o apoyar gobiernos se atrevan al fin a emprender la transición sindical que lleva pendiente más de treinta años”. Es decir, estaríamos hablando de una reforma en profundidad de las estructuras y funcionamiento de los sindicatos españoles para adecuarlos a los nuevos problemas de la sociedad.
Según USO, la Ley Orgánica de Libertad Sindical “tuvo un tiempo y un por qué al inicio de la democracia, pero ahora esa democracia ya está madura y debe llegar a todos los ámbitos, también al sindical. Todo el mundo ha valorado que se abra el abanico de opciones políticas y el Congreso no sea ya cosa de dos, sino un arco plural. Pero en cuanto a la representación de los trabajadores, seguimos anclados en el bisindicalismo, con unas exigencias de porcentajes para ser representativo que no se dan en el Parlamento, donde un partido puede tener grupo propio y participar en las decisiones con el 2% de la representatividad estatal, mientras a nosotros nos piden un 10% y, además, nos ponen palos en las ruedas para conseguirlo, con prebendas que la LOLS les otorga solo a dos sindicatos”.
USO ha reclamado a los diferentes líderes políticos que la campaña no trate únicamente de vetos o posibles alianzas, de fichajes y ocurrencias repentinas, como hemos visto hasta ahora. “Esperamos que se hable de las grandes propuestas y reformas a largo plazo, con menos rédito de votos, pero con sentido de Estado, centradas en el empleo de calidad; en la sostenibilidad del sistema de protección social y pensiones; en la lucha contra la desigualdad; además de acometer una ambiciosa reforma fiscal y la necesaria lucha contra el fraude”.
Así, el secretario general de USO se reafirma en que “precisamente el diálogo social necesita más voces, más ideas, más propuestas. Su modelo cerrado es tan caduco que todos los llamados ‘viernes sociales’ se aprobaron a golpe de decreto por el Gobierno, sin pasar por esa mesa ineficaz”.
Por último, Joaquín Pérez recuerda que “USO es un sindicato independiente, apartidista, no afín a ninguna opción política, por lo que les hemos hecho llegar nuestras propuestas y estamos dispuestos a colaborar con todos los partidos. No pedimos el voto para nadie ni nadie lo hará en nombre de la USO. Pero sí que, en nuestra responsabilidad como actor social, hacemos un llamamiento a todas las fuerzas políticas para que la campaña electoral sea limpia, propositiva y constructiva, que no se persiga fomentar odios y crispaciones, sino buscar el necesario consenso”.
La mala prensa de los sindicatos no es solo un problema de España; en el resto de Europa las organizaciones sindicales también atraviesan por un mal momento. Las causas de esta decadencia son diversas, pero sobresale una por encima de todas: los grandes sindicatos se han convertido en súper estructuras con un nivel de institucionalización que los ha alejado de la realidad de los trabajadores.
Los asuntos turbios que se han destapado en los últimos años demuestran que las subvenciones del Estado y de la UE no solo han servido para dar cursos de formación a trabajadores desempleados y ofrecerles unos servicios jurídicos y sociales que en principio son positivos, sino para llenar los bolsillos de algunos aprovechados y cínicos que bajo la capa de la lucha obrera escondían intereses particulares. Otra cuestión que daña la imagen de los sindicatos tradicionales es su escasa beligerancia. Mientras en Francia consiguen paralizar el país cada vez que el Gobierno lanza una medida laboral, en España ni UGT ni Comisiones Obreras pudieron impedir que Mariano Rajoy sacara adelante su infame reforma laboral.
Algunos expertos creen que los sindicatos se debilitan en momentos de bonanza económica y se incapacitan para ejercer su tarea en momentos de crisis. Por un lado, luchan por mantenerse en las instituciones como parte del Estado, y por otro quieren salir a la calle a defender los derechos de la clase obrera. Pero sucede que miles de trabajadores ya no escuchan a sus líderes sindicales al considerar que forman parte del sistema. Estaríamos por tanto ante ese fenómeno que se conoce como el adocenamiento de los sindicatos, el servilismo o la sumisión al Estado de un poder que debería estar en manos de los trabajadores. O como creen muchos: “los sindicatos están vendidos al Gobierno de turno”.
A todo ello se une que la huelga, durante más de un siglo el arma principal de los proletarios para defenderse de los abusos del patrón, ha dejado de tener la importancia del pasado. Y esto ha sido así porque los sucesivos gobiernos conservadores han ido recortando derechos laborales a los trabajadores, de tal forma que aquel que se atreva a secundar una huelga al día siguiente puede terminar en la calle, ya que el mercado laboral permite el despido libre y gratuito. Ahí está la última propuesta de Vox, que ha incluido en su programa económico electoral una regulación específica del derecho de huelga que en definitiva supone, mediante medidas restrictivas, anular esta herramienta de presión laboral. No puede encontrarse un mejor ejemplo del futuro negro que le espera al movimiento sindical.
La pregunta esencial de si los sindicatos podrán algún día recuperar la confianza que tuvieron durante la Transición no es fácil de responder. Paradójicamente, parece difícil que lo consigan si sigue gobernando la derecha, ya que las políticas neoliberales seguirán recortando derechos ante la ineficiencia de los sindicatos. Esto llevará al escepticismo a muchos trabajadores que, tras ver cómo ha quedado reducido a la insignificancia el derecho a la negociación colectiva, decidirán negociar sus contratos por su cuenta y riesgo con los empresarios. Será el triunfo definitivo del “divide y vencerás”.
También se critica que los sindicatos, cada vez más dependientes de las subvenciones del Estado, se hayan olvidado de los trabajadores que han quedado al margen del mercado laboral, los desempleados, centrándose solo en defender los intereses de aquellos que siguen en activo y cotizando a la Seguridad Social. Este olvido o abandono de los “trabajadores de segunda”, los que están fuera del circuito laboral, es otra razón importante de la pérdida de credibilidad de los sindicatos “de clase”. Quizá el futuro esté en los sindicatos sectoriales, es decir, aquellos que se preocupan de los problemas de un colectivo o sector concreto.
Sin duda, entre los muchos factores del declive sindical está la pérdida de la conciencia de clase de muchos trabajadores, sobre todo aquellos que habiéndose convertido en autónomos caen en el error de creerse empresarios. Sin conciencia de clase no hay posibilidad alguna de construir un movimiento sindical fuerte y esa batalla la ha ganado la ultraderecha, que ha logrado convencer a miles de proletarios de que su lugar en el mundo no estaba en las “clases baja”, sino en la deseada “clase media”. La ficción ha surtido efecto y de ahí la deserción de miles de obreros de las filas de los sindicatos.
Para terminar solo un dato. En los años 80 la afiliación a sindicatos sólo llegaba al 14% de los asalariados; en 2010 era del 16,4%, un porcentaje muy similar. Este estancamiento quiere decir que la batalla por la concienciación la han perdido las organizaciones sindicales, que no han sabido “vender” el mensaje. De hecho, ese porcentaje es uno de los más bajos de Europa, sólo superado por Francia, el país con menor afiliación sindical (un 8%). En Dinamarca o Finlandia los sindicatos cuentan con una tasa de asociación cercana al 80% de los asalariados. Quizá por esa movilización permanente a ellos les va mejor que a nosotros.

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