jueves, 6 de junio de 2019

LA HOMOSEXUALIDAD NO ES UNA ENFERMEDAD

(Publicado en Diario16 el 4 de abril de 2019)

En la actualidad, la Organización Mundial de la Salud considera que “la orientación sexual por sí misma no se puede considerar un desorden psicológico”. Es más, según el organismo que supervisa la sanidad en todo el mundo terapias de reorientación sexual como las que está impartiendo el Obispado de Alcalá de Henares “pueden llevar al suicidio, no tienen justificación médica y amenazan el bienestar de las personas”. La comunidad médica hace ya décadas que sacó la homosexualidad de los manuales de psicología y psiquiatría. Sin embargo, algunos parecen empeñados en arrastrarnos a la prehistoria y a los neandertales no solo en lo político, sino también en cuestiones médicas.
La Asociación Mundial de Psiquiatría, que agrupa a 138 sociedades científicas de 118 países y que representa a más de 200.000 psiquiatras, se posicionó claramente en 2016 afirmando que la homosexualidad “no es patológica” y que las “terapias reparativas” no sólo son ineficaces, sino que incluso son “perjudiciales” para la salud de las personas. El texto consensuado por los principales especialistas del mundo fue: “La Asociación Mundial de Psiquiatría reconoce la universalidad de la expresión homosexual en las diferentes culturas. Mantiene la postura de que la orientación homosexual en sí misma no implica disfunción psicológica objetiva o deterioro del juicio, la estabilidad o la capacidad profesional […]; reconoce la falta de eficacia científica de los tratamientos que intentan modificar la orientación sexual, subraya el daño y los efectos adversos de tales terapias […]; apoya la necesidad de despenalizar la orientación y la conducta homosexuales, así como la transexualidad, y de incluir los derechos LGTB entre los derechos humanos, civiles y políticos”.
En España, la homosexualidad fue perseguida y reprimida hasta que llegó la democracia tras la muerte de Franco en 1975. Así, durante el siglo XIX los diferentes gobiernos y las autoridades médicas consideraban al homosexual como una aberración, un “monstruo”, y esta concepción clínica errónea provocaba que la sociedad ejerciera un fuerte rechazo hacia las personas no heterosexuales, que terminaban siendo marginadas y condenadas a la muerte social. La psiquiatría, preñada de un importante elemento moralizante, contaminaba la ley y miles de personas homosexuales sufrieron una vida de terror, ya que no solo eran duramente castigadas por el sistema político, policial y sanitario, sino que la Iglesia católica, con sus ideas, tabúes y prejuicios, contribuía a la represión desde los púlpitos y los confesonarios. Con la llegada del siglo XX y ciertos avances en el pensamiento moderno la persecución se moderó un tanto, pero siguió existiendo represión. Fue entonces cuando se instaló la visión endocrinológica de la homosexualidad, que dividía a estas personas en buenas (los castos que no hacían daño a nadie) y malas (los promiscuos culpables de las violaciones, la pederastia y la alteración del orden social). En los años veinte, la persecución se recrudeció en todo el país, alimentada por la dictadura de Primo de Rivera. Muchos terminaron en la cárcel y otros fueron recluidos en sanatorios y manicomios, donde incluso se llegó a experimentar con ellos. En aquellos tiempos se decía que “por lo general la homosexualidad no se observa más que en individuos tarados desde el punto de vista psicopático o biológico”.
Algunos reputados médicos avalaron esta teoría disparatada. Hasta el propio Gregorio Marañón tuvo que adaptar su discurso y sus teorías científicas. En 1929 publicó Los estadios intersexuales en la especie humana, en el que defendía que la homosexualidad era una especie de estado indefinido en el desarrollo y que había que “estudiar los orígenes profundos” de la inversión para “tratar de rectificarlos”. No obstante, creía que “en modo alguno hay que castigar al homosexual, siempre que no sea escandaloso”. “Tengo que decir desde ahora que los estados intersexuales no son estados de perversión, de anormalidad monstruosa o pecaminosa del instinto, tal como muchos pretenden interpretar”, insistía el genio científico.
Tras la Guerra Civil, Marañón volvió a cambiar sus tesis. En una reedición de 1951 de sus Ensayos sobre la vida sexual, matizó que el “homosexualismo” es “producto de la insuficiente diferenciación sexual” y “aberrante del amor”. Ante la polémica numerosos psiquiatras optaron por no entrar en el espinoso asunto y miles de homosexuales siguieron condenados a vivir su drama en silencio, cuando no ocultos a los ojos de su comunidad.
La situación de los homosexuales empeoró notablemente durante el franquismo, un régimen apoyado en un férreo nacionalcatolicismo que a través de sus pastorales obispales marcaba no solo las normas religiosas que se debían cumplir por derecho divino sino también las buenas costumbres sociales. A Federico García Lorca lo mataron no solo por rojo, sino por homosexual, simbolizando lo que iban a ser 40 años de oscura pesadilla. De nuevo empezaron las persecuciones, los encarcelamientos en campos de concentración y de trabajo.
Más tarde, ya en 1970, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social apostó por “tratar” y “curar” la homosexualidad. Dos cárceles se encargaron de “meter en cintura” a quienes se salían de la ortodoxia de la heterosexualidad: una en Badajoz (adonde se enviaba a los homosexuales pasivos) y otra en Huelva (adonde iban los activos). En todos los centros penitenciarios había zonas reservadas para los detenidos homosexuales. Castigos físicos, misas reparadoras, oraciones y duros interrogatorios estaban a la orden del día. En estos establecimientos se intentaba cambiar la orientación sexual de los presos mediante “terapia de aversión”: a todo aquel o aquella que sufría estímulos homosexuales se le daban fuertes descargas eléctricas, que cesaban cuando volvían los estímulos heterosexuales. Era la medicina al servicio del terror.
Supuestas prácticas de “curación de la homosexualidad” han sido defendidas en nuestros tiempos por especialistas que siguen considerando esta tendencia natural como un trastorno. Cabe recordar las propuestas del polémico Aquilino Polaino, catedrático y director del Departamento de Psicología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo, experto citado por el Partido Popular para que interviniera en la Comisión de Justicia del Senado y hablase sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo. Polaino llegó a afirmar que ha practicado al menos 160 tratamientos en jóvenes homosexuales y dijo que los gais son hijos de padres “hostiles” y “alcohólicos”.
Solo la Constitución del 78 sacó de la marginación y el gueto a las personas que deciden entablar relaciones sexuales con personas del mismo sexo. En los ochenta hubo una explosión de libertad cultural y social y muchos lograron salir por fin del armario. La música y el cine de Pedro Almodóvar consiguieron visibilizar una situación de discriminación que se había mantenido durante siglos. Hoy el camino de “retorno al pasado” que han iniciado los movimientos ultraconservadores, otra vez apoyados por la Iglesia católica, conduce inexorablemente a otros tiempos oscuros de nuestra historia y sigue la estela de gobiernos represores y teocráticos como Brunei, donde el nuevo Código Penal reprime la homosexualidad con severos castigos corporales. El sultán de este país ha defendido su derecho a implementar la ley sharia o ley islámica a partir del 3 de abril, penalizando estas conductas hasta con la pena de muerte. Una vez más, cuando la religión impregna la legislación y la ciencia el resultado no puede ser más desastroso.
Brunéi fue el primer país en introducir la ley criminal islámica en 2014, cuando anunció el primero de los tres pasos de cambios legales que incluían multas y cárcel por ofensas como el embarazo fuera del matrimonio o no rezar los viernes. La homosexualidad es ilegal en Brunéi y es punible hasta con 10 años de encarcelamiento, pero los cambios previstos incluyen los latigazos y la lapidación para los musulmanes que sean condenados por adulterio, sodomía o violación, según han alertado grupos de Derechos Humanos.
Con posiciones retrógradas en el asunto de la homosexualidad que son importadas del ‘tea party’ y el ‘trumpismo’ norteamericano, la curia católica se aleja cada vez más del respeto a los derechos humanos y se acerca peligrosamente a regímenes fundamentados en el terror hacia los ciudadanos que tratan de expresar su sexualidad con entera libertad. El método de supuesta “curación de la homosexualidad” basado en la lectura de determinados párrafos de la Biblia, la meditación y la oración y el estudio de las vidas de san Carlos Lwanga y san Pelayo es sencillamente una aberración humana y médica. La Fiscalía debería abrir una investigación en todo el país, no solo en el obispado de Alcalá de Henares, sino en todas las diócesis del país, ya que se está jugando con la salud de las personas: un derecho constitucionalmente reconocido.

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