viernes, 7 de junio de 2019

EL ODIO


(Publicado en Diario16 el 17 de abril de 2019)

Hay incendios fortuitos, como el que ha reducido a escombros la catedral de Notre Dame, y otros perfectamente intencionados, planeados y ejecutados. La derecha española ha decidido provocar su propio incendio durante esta campaña electoral y andan sus líderes con la lata de gasolina todo el rato en la mano. Un día es Pablo Casado el que acusa a Sánchez de patrocinar la “sedición en Cataluña”; al siguiente es Albert Rivera el que insinúa que el presidente del Gobierno es un escracheador cómplice de los proetarras de Rentería; y no falta el incontinente Santiago Abascal, acostumbrado ya a calificar al líder del PSOE como “okupa de la Moncloa”.
La última barbaridad la ha soltado hace apenas unas horas el cabeza de lista del PP al Congreso de los Diputados por Huelva, Juan José Cortes, que ha defendido la prisión permanente revisable porque “este país necesita seguridad, tranquilidad y vivir en libertad”, y ha arremetido contra el presidente del Gobierno, de quien ha dicho “se sienta a la mesa con asesinos, criminales, violadores y pederastas que va a intentar dejar salir a la calle cuando quite esa medida penitenciaria”.
La derecha ha convertido la política en un lodazal como paso previo al desprestigio de las instituciones y la instauración de un régimen autoritario, que a fin de cuentas es lo que va buscando. Indudablemente, el ‘trifachito’ andaluz nos ha instalado en un ambiente de crispación perpetua como pocas veces se había vivido en la democracia española. Esta atmósfera de tensión y violencia (de momento solo verbal) que se vuelve irrespirable, tiene una causa y una razón: los ultraderechistas de Vox han logrado implantar en la vida pública de nuestro país su estilo faltón y políticamente incorrecto, contagiando y arrastrando a los demás partidos de la derecha, a los que no les ha quedado otra que subirse al carro blindado de Abascal para no quedarse en tierra con el pelotón de rezagados, eso que el líder ultra llama la “derechita cobarde”.
El caudillo de Vox ha conseguido no solo influir en la agenda política de sus rivales de centro derecha –imponiendo el debate sobre asuntos que no estaban entre los problemas más acuciantes de los españoles, como el derecho a llevar armas, la abolición de las leyes de igualdad y el terrorismo– sino que ha puesto de moda su estilo de gamberro trabucaire, el lenguaje guerracivilista y formas dialécticas propias de un chulo poligonero.
El punto en común de todos los discursos de las derechas es la manipulación del mensaje, según establece el manual del ‘trumpismo’ imperante en medio mundo. En tiempos de la posverdad, el político ya no convence con datos verídicos y fehacientes sobre un asunto, sino mediante la provocación, la retórica vacía, el chiste de trazo grueso (cuando no obsceno), la falta de respeto al adversario político y a las elementales normas democráticas, la transgresión a toda costa, el violento mamporrismo dialéctico, la demagogia, el odio, la exhibición impúdica de la incultura, el irracionalismo, el postureo políticamente incorrecto y la mentira elevada a los altares.
Ejemplo claro de esta gran impostura es el asunto del terrorismo de ETA, un efectista conejo que la derecha se ha sacado de la chistera en las últimas horas de campaña para castigar el bazo del Gobierno con fuertes golpes de derecha. Forzados por el empuje de Vox, Casado y Rivera han acusado a Sánchez de pactar con terroristas e independentistas para destruir España, lo cual es rotundamente falso. El Gobierno socialista no ha hecho, que se sepa, ni una sola concesión al soberanismo.
En el fondo esa idea de la izquierda “vendepatrias” no deja de ser una reedición de aquel viejo discurso de José María Pemán en el que atacó violentamente a “Cataluña y a las Vascongadas”, calificando a esas regiones como “cánceres en el cuerpo de la nación”. Según Pemán, “el fascismo, que es el sanador de España, sabrá cómo exterminarlos, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”. ¿A qué políticos de hoy recuerda aquel Pemán de preguerra? A más de uno, habría que contestar.
El ataque contra el independentismo y su variante violenta, el terrorismo, es todo el programa electoral que parece poner en juego la derecha de PP/C’s/Vox, tres partidos empeñados en agitar los más bajos sentimientos e instintos y en remover el odio entre españoles solo porque eso da votos. Sin embargo, si miramos las encuestas, el terrorismo no aparece entre las principales preocupaciones de los ciudadanos. Precisamente fue la sociedad española, toda ella en su conjunto, la que consiguió vencer la violencia de las pistolas y la fuerza de las bombas. Hoy, afortunadamente, ETA ya no es un problema. La banda está disuelta y el terrorismo abertzale, por mucho que le pese a Casado, es historia. Según las encuestas, los españoles se muestran mucho más preocupados por el paro, la educación, la sanidad, la corrupción y la economía. Temas de los que curiosamente no habla la extrema derecha. Y pese a que el retorno del terror vasco es un “fake”, una pura invención de las muchas a las que Vox nos tiene acostumbrados, la formación verde ha logrado colar el debate, una vez más, en la agenda nacional (como ya hizo en su día con el asunto de las armas). Abascal pone el anzuelo y Casado y Rivera pican como pardillos.
La nueva forma de hacer política de la ultraderecha populista arrastra inexorablemente a los candidatos del Partido Popular y Ciudadanos hacia la crispación y la confrontación. Casado y Rivera entran en el juego una y otra vez y si estamos ante la campaña electoral más sucia y enfangada de los últimos años es sin duda alguna por el aliento fétido con el que Vox lo ha impregnado todo. El primer objetivo de un partido pseudofascista es reducir la inteligencia y su máxima expresión política, la democracia, a la nada. Una sociedad desinformada, manipulada, inculta y crispada es el abono perfecto para el totalitarismo que viene. Aquello de “muera la inteligencia, viva la muerte” de Millán-Astray. Y es que nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis, ya lo dijo Montaigne. Aunque bien pensado, quizá esté ahí el secreto del éxito de Abascal.

Viñeta: Igepzio

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