(Publicado en la Revista Gurb el 24 de octubre de 2014)
Hoy no me andaré por las ramas, voy a
decirle a esa panda de desalmados que dirigen algunos medios de
comunicación lo que significa ser un periodista de verdad, por si se les
ha olvidado, que parece que sí. O mejor dicho, para empezar, primero
les diré lo que de ninguna manera puede hacer un periodista: un
periodista no puede convertirse en un fatuo millonario que se levante
cien mil euracos del ala al año sin hacer otra cosa que calentar la
poltrona de piel de su despacho olímpico; un periodista no puede ser el
amiguito del alma de ese empresario de turno o político apesebrado o
banquero influyente que deja caer por la redacción, como quien no quiere
la cosa, una prebenda o un regalo por Navidad; un periodista que se
precie no puede codearse de ninguna de las maneras con toda esa recua
estéril que se dedica a pastar por los campos de golf y a abrevarse
servilmente en restaurantes de cinco tenedores; un periodista de verdad,
no un fantasma con cadenas, no un pelele, no una caricatura de sí
mismo, no puede desayunar, ni almorzar, ni cenar con ninguno de esos
tipos que no tienen más función en este mundo que amasar pasta
crudamente y joderle la vida a los demás; un periodista no debe, bajo
ningún concepto, cambiar un titular a última hora solo porque puede
hacerle pupa a un pez gordo, sea de sangre roja o sangre azul; un
periodista no puede ir de tertulia en tertulia, de plató en plató, como
puta por rastrojo, para sacarse unas perrillas como un mal comisionista
de la información, como un tratante de bulos sin fuste; un periodista no
puede despedir a otro periodista que no hace más que ganarse el pan de
sus hijos cumpliendo con su obligación de informar veraz y honradamente;
y sobre todo, y por encima de todo, un periodista no puede arruinarle
la vida a otro periodista para salvar su culo cobarde, inmundo,
mezquino.
Y ahora, dicho lo cual, diré en qué
consiste el oficio más bello del mundo. Un periodista debe vivir cada
segundo en la calle, con pasión por la noticia, como si fuera el último
instante de su vida; un periodista nunca debe irse a la cama hasta
haberle echado el cepo a una buena noticia; un periodista debe sufrir
con el que sufre, padecer con quien padece, denunciar junto a quien
denuncia; un periodista debe buscar por encima de todo la verdad y la
justicia, dejando a un lado cualquier otra consideración, como sus
intereses salariales o laborales, sus posibilidades de ascenso o su fama
o prestigio; un periodista debe saber que puede terminar herido o caer
abatido en la lucha desigual contra el poder ominoso; tiene que ser como
un ángel exterminador al que no le tiemble el pulso a la hora de
fumigar a un corrupto; un periodista no puede ser ni cobarde, ni
vanidoso, ni pagado de sí mismo, ni egoísta por la noticia, ni
egocéntrico, ni sumiso, ni pelota, ni ambicioso por el poder; un
periodista es como un monje franciscano austero y digno que cuando
cumple con su sagrada vocación y su misión de darle al ciudadano su
derecho a la verdad debe retirarse sin hacer ruido. Puede que todos
estos requisitos resulten de imposible cumplimiento para muchos que se
dicen a sí mismos periodistas. Nadie dijo que dedicarse a este negocio
fuera fácil. Por eso hay tan pocos buenos reporteros.
Ilustración: Adrián Palmas
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