lunes, 26 de diciembre de 2022

ESQUERRA

(Publicado en Diario16 el 21 de diciembre de 2022)

“Ahora dice que lo volverá a hacer, la verdad es que usted cada vez nos recuerda más a Junqueras y Puigdemont”, le espeta Cuca Gamarra a Pedro Sánchez durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. “Ustedes han ido demasiado lejos”, le rebate el presidente socialista. La jornada matinal en el Parlamento solo ha servido para constatar que el clima político en nuestro país, lejos de apaciguarse, se enrarece por momentos. Con la economía medianamente saneada y las reformas sociales en marcha, el Ejecutivo de coalición sigue firme y al Partido Popular solo le queda abrazarse a la estrategia de la crispación, embarrando el terreno de juego. Es en ese marco, que el estrambótico Feijóo ha asumido como bueno, donde la burda politización del Tribunal Constitucional cobra todo su sentido.

El toque de atención de Bruselas, que por lo visto ha avalado las últimas resoluciones del TC, certifica la derrota en esta batalla de Pedro Sánchez, a quien solo le queda rectificar, aparcar sus enmiendas exprés del Código Penal y del Poder Judicial y reiniciar de nuevo el procedimiento parlamentario mediante una proposición de ley apoyada por PSOE y Unidas Podemos. Ese es el camino que debió haber tomado el premier socialista desde el principio, dejándose de prisas, precipitaciones y atajos. El Gobierno debió haber previsto que la mayoría conservadora del Alto Tribunal –dispuesta a mirar con lupa cada texto que salga del Consejo de Ministros, y hasta a ver irregularidades donde no las no hay–, no le pasaría ni una coma mal puesta.

Y no será porque no estaba avisado el Ejecutivo de coalición. Las maniobras torticeras de los jueces que en las últimas semanas han puesto en libertad a más de cien agresores sexuales en una interpretación rigurosísima del principio constitucional de lo más beneficioso para el reo a cuenta de la ley del “solo sí es sí” de Irene Montero –en un claro y flagrante movimiento insumiso de la judicatura– fueron un serio toque de atención que debió haber alertado al Gobierno de que el Poder Judicial no iba a pasarle ni una. Es evidente que Montero se excedió al llamar “fachas con toga” a los jueces (meterse con el siempre corporativista estamento judicial no fue un buen negocio, más bien un error de parvulario que está pagando la ministra) y al hacerlo no hizo sino apretar el botón rojo del golpe institucional. La polémica decisión del Tribunal Constitucional de suspender la votación de las reformas exprés de Sánchez en las Cortes Generales, sede de la soberanía nacional –un hecho gravísimo en democracia– supone la segunda parte del primer ajuste de cuentas con Montero y el mundo podemita y confirma que los jueces han decidido aplicarle al gabinete de izquierdas aquel viejo dicho castizo que dice: “Si no quieres caldo, toma dos tazas”.

A partir de ahora, cada texto legal que impulse el Ejecutivo central deberá salir del horno parlamentario limpio de polvo y paja, y ni aún así se garantiza que sea aprobado por las altas magistraturas judiciales entregadas de lleno al lawfare o guerra judicial puesta en marcha al comienzo de esta legislatura por las derechas españolas. Quien controla la Justicia controla los tempos, el poder, la democracia misma. Nadie puede gobernar un país con los jueces en contra, salvo un partido que tenga mayoría absoluta para aplicar su rodillo y fagocitar cada una de las instituciones del Estado. Eso lo saben muy bien todos y cada uno de los presidentes socialistas que han pasado por Moncloa. González probó el bloqueo de Aznar; Zapatero lo sufrió a manos de Rajoy; y ahora Sánchez cata la misma medicina, primero de Casado y después de Feijóo. Tras el preocupante incidente protagonizado por Trevijano y Narváez, los dos magistrados que han consumado el golpe conservador en el TC, el presidente empieza a tomar conciencia de dónde está metido y de la posición de fragilidad en la que se encuentra. Aguantará en el poder lo que quiera Esquerra Republicana de Cataluña, piedra clave de la arquitectura sanchista. En ese punto, todo apunta a que el partido de Oriol Junqueras ha decidido abandonar, de momento, la vía unilateral hacia la independencia (por la que ya no apuesta ni Jordi Sánchez) para darse a la realpolitik y convertirse, sorprendentemente y contra todo pronóstico, en una fuerza política que garantiza la estabilidad democrática y constitucional del país mucho más y mejor que el PP, embarcado en una deriva ultra, la que le marca Santiago Abascal desde el submundo ultra.

La intervención de Gabriel Rufián en la sesión de control de esta mañana hubiese sido impensable en 2017, año del referéndum que cambió para siempre la historia de España. Rufián –no sin antes tirar de ironía y recordarle al presidente que el mismo correctivo que hoy le está dando a él la extrema derecha española ya se lo dieron en su día a los políticos soberanistas catalanes–, se ha mostrado dispuesto a involucrarse en la nueva proposición de ley y en lo que haga falta para sacar adelante las reformas paralizadas por el Alto Tribunal. “Bienvenido a la guerra judicial (…) ¿Quieren presentar una ley para recuperar las enmiendas? ¿Quieren dignificar el Constitucional? Háganlo. Ahí estaremos.”, asegura el portavoz de Esquerra, que anima al PSOE a “dignificar” el Poder Judicial. “Nosotros no les dejaremos tirados, lo hacemos para dignificar la democracia porque, ante todo, antes que independentistas, somos demócratas”, ha defendido. Junqueras y Rufián han entendido el momento histórico que vive no solo el país, sino Europa y en general el mundo. La misma ofensiva trumpista que sufrimos en España se vive también en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en el Brasil y en todas partes. Allá donde gobierna el nacionalpopulismo la democracia se degrada, los derechos civiles retroceden e instituciones fundamentales como la Justicia son fagocitadas por personajes retrógrados, cavernícolas, ultras. El Constitucional es garantía del Estado de derecho, es cierto, pero si está en malas manos, se acaba convirtiendo en un peligro para la democracia. Frente a eso no cabe la desobediencia civil, tal como invocó el utópico Pablo Echenique, que al final se ha quedado solo en su llamada a las barricadas. Contra quienes pretenden acabar con la democracia solo cabe más democracia. Acatar, reformar lo que funcione mal para frenar la decadencia y no caer en las provocaciones de quienes están deseando llevar el conflicto a las calles. No hay otro camino para ganar este desafío distópico que nos plantean las fuerzas y poderes fácticos más reaccionarios.
 
Viñeta: Pedro Parrilla

EL GOLPE (III)

(Publicado en Diario16 el 21 de diciembre de 2022)

Todo apunta a que habrá una nueva reunión entre Sánchez y Feijóo para tratar de arreglar lo que a esta hora no parece tener arreglo. La decisión del Tribunal Constitucional de amordazar al Parlamento, impidiendo que los grupos políticos voten la reforma “exprés” del Alto Tribunal y de los delitos de sedición y malversación (parte esencial de la negociación con los independentistas catalanes), ha roto algo muy sensible y delicado, quizá el gran consenso entre los dos grandes partidos que se había mantenido desde los tiempos de la Transición. Es evidente que el primer culpable de esta situación de degradación institucional es el PP por haber jugado de forma irresponsable a controlar la Justicia bloqueando durante años la renovación de los altos cargos del Consejo General del Poder Judicial. Y por supuesto por haber utilizado a sus magistrados conservadores afines del TC para pringarlos a última hora en un complot político que no tenía otro objetivo que secuestrar a las Cortes Generales, sede de la soberanía popular.

No obstante, también Sánchez ha atravesado algún que otro Rubicón al acometer reformas de gran calado mediante procedimientos parlamentarios de urgencia cuando lo lógico hubiese sido hacerlo siguiendo los trámites y garantías ordinarias de las leyes orgánicas, las más protegidas por la Constitución al afectar a derechos y libertades fundamentales. Sin duda, ambos partidos se han saltado más de un semáforo en rojo, aunque conviene insistir: nada de esto hubiese ocurrido si primero Pablo Casado y después Núñez Feijóo se hubiesen sentado con el Gobierno para negociar de buena fe y pactar de una vez por todas la renovación de la cúpula judicial, tal como exige nuestra Carta Magna. Al PP jamás le interesó cumplir ese mandato constitucional, de modo que de aquellos polvos estos lodos. Y no lo hizo sencillamente porque le pudo la tentación de seguir controlando la Justicia (ese goloso juguetito) desde detrás. Así puede tumbar todas y cada una de las leyes que impulse el Gobierno de coalición, entre ellas la ley de eutanasia, la reforma laboral, la ley del aborto, la ley Celáa de educación o la ley del “solo sí es sí”, que ya ha sido impugnada en amparo ante el TC por la extrema derecha de Vox.

La sensación que queda es que aquí la derecha manda siempre. Cuando está en el poder presume de respetar la Constitución y las normas del juego democrático, pero cuando es oposición se dedica a mover a sus peones de la Justicia, a los jueces y magistrados de las FAES, que debidamente aleccionados y teledirigidos pueden seguir frenando las leyes que no le gustan al mundo conservador. O sea el atado y bien atado. Si esto no es gobernar un país desde la trastienda, en la sombra, que baje Dios y lo vea.

¿Tiene solución el desaguisado que ha causado la peor crisis institucional después del procés de independencia en Cataluña? La cosa pinta mal. Sánchez y Feijóo están condenados a volver a reunirse en breve, al menos para hacer el paripé y demostrar buena voluntad navideña. Otra cosa es que vayan a ponerse de acuerdo en este espinoso asunto del Poder Judicial. Sánchez no puede dar marcha atrás sin consumar una derrota estrepitosa. De hecho, habrá que analizar con detenimiento las próximas encuestas, ya que de este envite sale como víctima de un injusto complot y eso siempre suma puntos entre el electorado. Está por ver si la encerrona tramada por Feijóo, Abascal y Arrimadas, con el apoyo inestimable de la caverna judicial y mediática, termina volviéndose contra sus impulsores a modo de búmeran. La mayoría silenciosa, que es la que gana elecciones, puede entender que la democracia se encuentra amenazada por una especie de dictadura de la toga. De hecho, es más que probable que el presidente del Gobierno salga reforzado, ya que el intento de golpe blando muñido por las fuerzas reaccionarias ha quedado en evidencia, lo cual, en un país como España siempre traumatizado por la amenaza involucionista, se termina pagando. No vamos a decir nosotros que todo este follón del TC terminará finalmente en una gran manifestación por la libertad como la que inundó las calles de nuestro país tras el tejerazo, pero si tiene que pasar factura a alguien será sin duda a las derechas, que tal como ha quedado acreditado, han llevado a cabo un movimiento temerariamente antidemocrático.

En principio, nada debemos esperar de esa reunión entre el presidente socialista y el jefe de la oposición. Sánchez está dispuesto a recoger cable y a volver a iniciar todo el trámite de reformas a través de una nueva proposición de ley, esta vez respetando escrupulosamente el reglamento, las enmiendas y los informes del CGPJ. Ayer mismo, la UE le recordaba que toda reforma debe pasar sus trámites legales, de modo que espera que España “cumpla con los estándares europeos”. Este respaldo de Bruselas a la actuación del Tribunal Constitucional viene a rubricar la derrota del presidente en esta dura batalla por el control de la judicatura.

Feijóo, por su parte, vuelve a pedir un imposible. “Una salida que resolvería esta crisis: que renuncie [Sánchez] a reformar el Código Penal a toda prisa, sin los informes correspondientes. Y que lo haga cumpliendo lo que prometió: tipificando el referéndum ilegal y manteniendo el delito de sedición y las penas por malversación”. Si Sánchez acepta eso ya puede dar por liquidado el Gobierno de coalición. Sus socios de Unidas Podemos y los independentistas no tragarían con semejante claudicación. Está claro que el líder del PP vuelve a sacarse un nuevo conejo de la chistera (a fin de cuentas, es experto en lepóridos, ya que se pasó buena parte de su infancia viéndolos procrear en el corral, según ha confesado él mismo). Esta vez le está exigiendo a Sánchez que tipifique como delito el referéndum de autodeterminación, algo en lo que no había hecho excesivo hincapié en los últimos meses. Cada vez que Feijóo acude a una reunión en Moncloa va con un as nuevo en la manga, como buen trilero, y así nadie sabe a qué atenerse. Cualquier día le pide al presidente que le deje el Falcon para darse una vueltecita por Galicia. En realidad, no hay ningún cambio de actitud, ni interés por resolver el problema de la Justicia, ni avance de ningún tipo en los movimientos del dirigente conservador. Feijóo sigue a lo mismo de siempre: marear la perdiz hasta que Sánchez doble la rodilla, caiga y tenga que convocar elecciones anticipadas.  

Ilustración: Artsenal

EL GOLPE (II)

(Publicado en Diario16 el 20 de diciembre de 2022)

Pedro Sánchez empieza a tomar conciencia de que le han dado un golpe trumpista en toda regla. Los ultras norteamericanos quisieron echar del poder a Joe Biden mediante un violento asalto al Capitolio. Aquí ese tejerazo ya lo vivimos el 23F, aquella noche de tricornios y juegos ambiguos, y el ala dura de la derecha española ha entendido que es mejor hacer estas cosas desde dentro del sistema, institucional y educadamente, con alevosía, premeditación y nocturnidad y metiendo el menor ruido posible. Qué mejor plan que controlar el Tribunal Constitucional, mediante magistrados peones al servicio de la causa ultra, convirtiéndolo en una tercera cámara de control legislativo para garantizar que todo quede atado y bien atado. Ni en los mejores sueños del más nostálgico de los franquistas.

La noche de ayer fue la más triste en la historia de la democracia después de aquella en la que Tejero irrumpió, pistola en mano, en las Cortes Generales. Nunca antes el Tribunal Constitucional había paralizado, con carácter preventivo, una ley emanada del pueblo. Nunca antes unos señores jueces habían impedido votar a los diputados en sesión plenaria. Los más tibios y conciliadores de la izquierda hablan de golpe institucional. Los más honestos, los que llaman a las cosas por su nombre, lo califican de golpe a la democracia, que es lo que ha sido esta jugarreta o maniobra subrepticia. De alguna manera, España es un país de larga tradición golpista y nos sigue espeluznando ese maldito concepto (golpe de Estado) que ya parecía superado. ¿Pero cómo calificar un hecho gravísimo como es que un grupo de magistrados impidan ejercer la soberanía popular primero en el Congreso de los Diputados y después en el Senado? Semejante atropello solo puede tener un nombre y no es el de la simple injerencia de un poder sobre otro ni un mero roce o choque entre instituciones. Esto ha sido lo que ha sido: un golpe blando impulsado por unos partidos reaccionarios que no entienden (nunca lo han entendido) de qué va esto de la democracia. Un golpe que parece de broma pero que va muy en serio.

Aquí, en este país, o se hace lo que ellos dicen, o se rompe la baraja. Félix Bolaños cree que la derecha quiere mandar siempre, “cuando es mayoría y cuando no lo es, decidir qué es lo que se aprueba y lo que no”. Y es cierto. Ayer se inauguró una nueva etapa dentro del autoritarismo ultraconservador español. De Vox no podíamos esperar nada más que esto: una guerra total y en todos sus frentes contra el sistema democrático. A Cs no le concederemos ni medio minuto de análisis. Están boquerones, fiambres, listo papeles, y en las próximas elecciones pasarán al vertedero de la historia. Lo más preocupante, sin duda, es la actitud de un partido como el PP, que ha ostentado tareas de Gobierno en el pasado, y que ha decidido dar el salto mortal hacia el trumpismo puro y duro para seguir ostentando el poder que perdieron en las urnas, o sea, lawfare o sistemático bloqueo judicial, usurpación de las instituciones, instauración del bulo y la posverdad y maquiavelismo sin complejos. A esta derecha africanista y montaraz le pone el “todo vale” y no vacila a la hora de mantener a sus fieles peones en el TC a sabiendas de que deben marcharse a sus casas porque su mandato ha caducado (no están “prorrogados”, tal como pretenden convencernos con ese vulgar eufemismo, sino que hace tiempo que sus cargos expiraron, de modo que están de prestado y levantándose un sueldazo, quizá el más elevado entre los funcionarios de la Administración, que no les corresponde).

Los Trevijano y Narváez, los dos polémicos magistrados que han tomado parte en esta conjura de las togas contra el Estado de derecho, acudieron al tenso pleno del tribunal en el que se consumó el golpe con la lección de Génova 13 bien aprendida. El PP les había dado patente de corso para que hicieran bueno aquello tan castizo de “para cuatro días que me queda en el convento…” En ningún momento quisieron pactar nada con sus compañeros progresistas y eran perfectamente conscientes de que al aprobar medidas cautelarísimas para evitar una votación en el Congreso se situaban al margen de la ley. No está nada mal para dos jueces que además tenían interés en la causa y que en lugar de apartarse del procedimiento decidieron sobre su propia recusación. Viva el Estado de derecho.

A partir de ahora, cualquier ley podrá ser frenada mediante el mismo procedimiento espurio, de ahí el ocaso de la democracia. Al final lo han conseguido. Han terminado por convertir el TC en el último bastión ultra en esa enloquecida batalla cultural contra el rojo-ateo-masón que pretenden revivir en un delirante retorno, no ya a los años convulsos de la Segunda República, cuando la derecha lo torpedeaba todo, sino a los tiempos decimonónicos de las guerras carlistas, cuando el absolutismo más empecinado y pertinaz se enrocaba ante cualquier tipo de reforma o avance social. El momento es de extrema gravedad. Aquel 23F fue Juan Carlos I quien se puso delante de las cámaras de televisión para informar a los españoles de que había dado orden a las regiones militares de parar el golpe. Hoy es Pedro Sánchez quien se reviste con el traje de jefe de Estado para mandar a los españoles un “mensaje de serenidad”. “Comprendo la indignación de los demócratas al ver vulnerados sus derechos”, asegura en una declaración institucional tan breve como histórica.

El presidente socialista acata las medidas cautelarísimas del Alto Tribunal, así que tendrá que replantearse sus reformas del Poder Judicial. La vía exprés no ha tenido éxito y no le quedará otra que volver a la casilla de salida, impulsando un procedimiento más largo y complicado, vía ley orgánica, que con toda seguridad volverá a ser recurrido en amparo por el PP. El único objetivo de Feijóo en toda esta historia es dilatar la situación de debilidad y degradación institucional hasta llegar a las elecciones del próximo año. Puede que la estrategia le dé resultado, pero el roto que ha provocado en el sistema tendrá difícil arreglo. El pueblo hace tiempo que perdió la fe en la Justicia. En eso precisamente consiste el golpe: no solo en secuestrar la voluntad popular, plasmada en las urnas y manifestada a través del Parlamento, sino en degradar la democracia hasta reducirla a la categoría de vodevil o barraca de feria.

Ilustración: Artsenal

LOS PLANETAS

(Publicado en Diario16 el 20 de diciembre de 2022)

El ser humano se enfrenta a nuevos peligros que hasta ahora solo formaban parte de las novelas y el cine de ciencia ficción. Virus mutantes capaces de matar a decenas de millones de personas en poco tiempo, asteroides con potencial para chocar contra nuestro planeta y el vertiginoso avance del cambio climático son amenazas reales, contrastadas empíricamente, entre las que quizá la más inminente de todas sea la posibilidad de una catástrofe nuclear a gran escala. Desde que comenzó la guerra en Ucrania, que va ya para un año, Vladímir Putin se ha encargado de recordarnos que la vida en la Tierra depende del humor con el que se levante él ese día y de las ganas que tenga de apretar el botón atómico. La OTAN se encuentra en estado de máxima alerta y todos los informes de inteligencia advierten de que el sátrapa del Kremlin no dudará en lanzar sus misiles contra Occidente si se siente derrotado o totalmente acorralado.

Tras la pandemia, la civilización humana ha entrado en un escenario distópico en el que cualquier cosa puede ocurrir. Tras siglos de arrogancia en que nos creímos el centro del Universo, dueños y señores de este mundo, vamos tomando conciencia de nuestra fragilidad e insignificancia como especie, del delicado equilibrio de la vida y de que la Tierra es solo una roca esférica con fecha de caducidad que da vueltas alrededor del Sol, un astro de tamaño medio también condenado a la extinción de aquí a unos cuantos miles de millones de años. En una batalla brutal por la supervivencia cósmica, el covid nos ha puesto en nuestro lugar, el que le correspondía a un primate enloquecido que avanzó demasiado rápido en demasiado poco tiempo. Los virus han demostrado mucho más poder adaptativo al entorno y ya le disputan al homo sapiens, de tú a tú, el trono en la escala biológica. Mientras tanto, otros diminutos seres como las bacterias superresistentes a los antibióticos se han sumado ya a esa cruenta batalla entre especies que luchan por la hegemonía terrícola. Lo pequeño amenaza con comerse a lo grande algún día y nosotros tenemos todas las papeletas para servir de merienda al nuevo agente patógeno que a esta hora quizá se esté desarrollando en el estómago de algún animal o huésped, aguardando el momento de dar el salto zoonótico y asestar el golpe definitivo al ser humano.

Pero no solo la amenaza biológica puede acabar con nosotros en cualquier momento. Otros serios problemas asolan al planeta, entre ellos el hambre y la desigualdad entre regiones fruto de un modelo económico depravado e injusto, el capitalista, que ha venido a demostrar su incapacidad para contribuir a un desarrollo armónico y sostenible. Mientras unos pocos acumulan toda la riqueza, los recursos naturales se agotan y el hambre se ceba con casi mil millones de personas que ya no reciben una alimentación suficiente; el desierto avanza exponencialmente por efecto del calentamiento global; los polos y glaciares se derriten; las especies animales y vegetales se extinguen (más del sesenta por ciento de la biodiversidad habrá desaparecido a mediados de este siglo si no ponemos remedio); los mares suben de nivel, engullendo amplias zonas costeras; y la explosión demográfica amenaza con generar gigantescos flujos migratorios entre continentes como nunca antes se había visto, un fenómeno que provocará convulsiones sociales que ni siquiera la extrema derecha emergente, con sus estúpidos muros racistas, será capaz de frenar. 

No nos gustaría ser tachados de agoreros o catastrofistas, pero lamentablemente cerrar los ojos o meter la cabeza debajo del ala –como en aquella película en la que un científico al que nadie hacía caso (encarnado por Leonardo Di Caprio) advertía a la humanidad del apocalipsis final–, no servirá de nada. Seamos realistas: la Tierra ya no tiene remedio. Hemos acelerado un cambio climático imparable; hemos llenado la atmósfera, los ríos, los acuíferos y el mar de una asquerosa sopa contaminada imposible de depurar (ya no queda un solo pez libre de microplásticos); y dentro de poco será imposible comerse un tomate o una lechuga limpia de fertilizantes químicos o residuos tóxicos. Es cierto que de cuando en cuando aparecen noticias esperanzadoras, como el hallazgo de la fusión nuclear, una energía infinita, verde y renovable que algunos ya califican como el descubrimiento de este siglo al ofrecer la posibilidad de controlar un proceso que se genera de forma natural en las estrellas y que hasta hoy se creía imposible de reproducir artificialmente. Sin embargo, y pese a que la curiosidad humana sigue revelando los secretos más fascinantes del cosmos, hemos llegado al punto crítico de no retorno y debemos contemplar seriamente la hipótesis de que algún día tendremos que abandonar la Tierra, ese paraíso al que hemos enfermado tras siglos de ciega y codiciosa explotación. Numerosos físicos y cosmólogos proponen acelerar los diferentes programas espaciales actualmente en marcha y enfocarlos en la construcción de naves nodrizas capaces de albergar colonias enteras de humanos, viajeros dispuestos a no volver jamás a casa y a empeñar sus vidas en la búsqueda de nuevos mundos. Para quien aún no haya visto Interstellar, la magnífica película de Nolan, ahí está plasmado lo que nos espera a corto plazo y la hoja de ruta hacia las estrellas que deberemos emprender en las próximas décadas.

Colonizar otros planetas puede ser nuestra única posibilidad de salvación como especie. Así lo han creído científicos como Stephen Hawking o Richard Feynman. Hace solo un par de días se ha conocido el hallazgo de dos exoplanetas de masa similar a la Tierra y potencialmente habitables situadas a menos de 16 años luz de nuestro Sistema Solar, que no es precisamente el barrio de al lado en la inmensidad de la escala cósmica, pero al menos es el hogar potencial más cercano que hemos encontrado hasta el momento. La investigación, llevada a cabo por un equipo internacional de científicos liderado por el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), ha descubierto ambos mundos orbitando en torno a la estrella GJ1002, en la zona de habitabilidad de aquella enana roja, de modo que podría albergar vida. Llegar hasta allí con la tecnología de la que disponemos actualmente se antoja cosa de ciencia ficción, pero quizá debamos empezar ya a trabajar con objetivos más ambiciosos que enviar un rover a Marte o establecer una base permanente en la Luna. El magnate Elon Musk, sin ir más lejos, está preparando un plan para colonizar el planeta rojo y la NASA dispone de prototipos de naves espaciales impulsadas por grandes fuentes de energía capaces de llegar más allá del Sistema Solar. Quizá haya llegado el momento de pensar que lanzar una colonia de humanos al espacio, como aquellos navegantes que hace quinientos años se atrevían a surcar los océanos rumbo a lo desconocido, puede ser la última oportunidad que le queda al viejo mono desnudo. 

Viñeta: Sergio Periotti

LEO MESSI

(Publicado en Diario16 el 19 de diciembre de 2022)

Leo Messi ya tiene su ansiado Mundial. Ahora nadie le podrá quitar el mérito de haber sido el mejor jugador de fútbol de su tiempo, quizá de la historia. Atrás quedan los fracasos, los mundiales de la frustración, la ira de la hinchada que lo ninguneó como un segundón de Maradona, las Copas de América en las que el pibe naufragaba junto a una tropa que, todo hay que decirlo, nunca estuvo a la altura del general. El fútbol es un deporte de equipo y La Pulga nunca contó, hasta hoy, con escuderos de la talla de los Valdano, Passarella, Burruchaga y demás, aquel bravo ejército de guerrilleros que arroparon al Pelusa en México 86 y que jugaban con la rabia y la furia de soldados dispuestos a defender las Malvinas frente a las invasiones de la Pérfida Albión.

La noche ha sido larga y llena de emoción, como decía Gabinete Caligari. Argentina se despierta con el resacón de la victoria y algunos hasta se han subido a la cúspide del Obelisco, tal es la explosión de alegría de toda una nación que atraviesa por un momento político complicado. Los adeptos de la Iglesia Maradoniana preparan misas en todo el país para perdonar los pecados futbolísticos de Messi. El crack fallón que no la metía en el momento decisivo, el pecho frío que solo jugaba cuando quería y que siempre sacaba lo mejor de su magia con el Barça, nunca con la Albiceleste, ha sido redimido por fin. Van a subir al nuevo astro rey a los altares del fútbol, colocándolo a la altura de aquel dios peludo que volaba a reacción como un barrilete cósmico, quitándose ingleses de encima, camino de la eternidad. Si Maradona es el Ser Supremo, Messi es su mesías, exclaman ahora los mismos que antes lo crucificaban. Hasta la monja indepe, sor Lucía Caram, ha caído ya en la herejía de hacer del fútbol la nueva religión.

Todas las tertulias giran en torno a una pregunta: ¿quién ha sido mejor jugador? ¿Qué diez encarna el ideal de número uno de todos los tiempos? Preparémonos para horas interminables de filosofía futbolera, ensayos y libros sobre la cuestión. Dicen los sesudos del Chiringuito de Pedrerol que Maradona fue más líder de masas, más leyenda o icono global, una especie de Che Guevara del fútbol que guiaba a los parias de la famélica legión hacia la perpetua revolución de los oprimidos pueblos sudamericanos. Un activista antiyanqui convencido que no dejaba pasar la oportunidad de disparar contra el Tío Sam. Quienes analizan su dimensión histórica lo comparan en fuerza mediática y social con el mismísimo Muhammad Ali, aquel boxeador contra el racismo que se negó a ser reclutado para la guerra de Vietnam y que arrojó su medalla olímpica a un río, en señal de protesta, después de que lo echaran de un restaurante por negro. Más callado, previsible y correcto, Messi carecería de esa proyección política e histórica, según los finos analistas del Marca. Quién sabe. Unos tomarán partido por el pibe que practicaba el tiro libre sobre las rayas de la camorra napolitana; otros se alinearán con el chico tímido de Rosario que driblaba como nadie a los inspectores de Hacienda. Tristes mitos los del mundo de hoy, malos referentes de cartón piedra, frágiles ídolos con pies de barro.

La final del Mundial de Catar quedará para siempre como la mejor en la historia de los mundiales. Ni el más avezado de los guionistas de Netflix hubiese escrito un guion tan trepidante para el partido que ayer disputaron Argentina y Francia. Ni Alfred Hitchcock, el maestro del suspense cinematográfico, hubiese sido capaz de idear una historia con un final tan increíble y taquicárdico. Por momentos Messi parecía imbuido por el espíritu de Maradona (solo le faltó meter un gol con la mano, la mano de Dios) y hasta se vio obligado a resucitar tres veces (tantas como tuvo que remontar Argentina para alzarse con el triunfo ante los franceses). Sin embargo, un espectáculo tan grandioso, el partido de todos los tiempos, tuvo un broche bochornoso, como lo ha sido la organización de este torneo que nunca debió haberse celebrado. Esa imagen del jeque Al Thani enfundando a Leo Messi en el bisht (la bata de la familia real catarí), mientras la estrella del balompié sonríe cándidamente con la copa entre sus manos, como un niño inocente con el juguete nuevo regalado por papá, no se olvidará jamás. El emir ha sabido manipular el deporte y proyectarlo al futuro como parte de la campaña de propaganda para blanquear su nauseabundo régimen teocrático, machista, homófobo y racista. Mientras la pelota rodaba y el mundo anestesiado miraba hacia otro lado, las mujeres eran flageladas por sus maridos, los homosexuales reprimidos y miles de trabajadores utilizados como esclavos en la construcción de los estadios de la muerte.

Para completar el drama ante el que cierra los ojos la comunidad internacional, el futbolista iraní Amir Nasr-Azadani era condenado a muerte por apoyar las protestas en favor de los derechos de las mujeres en su país. En las próximas horas podría ser colgado por el cuello en una grúa. La ceremonia de entrega de trofeos del Mundial, una vez terminado el campeonato, era la ocasión perfecta para levantar la voz, para organizar algún tipo de protesta o boicot ante tantas tropelías cometidas en el mundo fundamentalista islámico. Nadie esperaba que Messi hiciese un alegato político en defensa de los derechos humanos y en contra del patrón del PSG que le da de comer (aunque el diez de la zurda de oro patea la pelota como los ángeles, anda escaso de retórica, de brillantez intelectual y de compromiso social). Pero hubiese sido suficiente con que se quitara ese siniestro capote negro que el jeque colocó sobre sus espaldas, dándole el aspecto de un abducido Harry Potter del balón. Hubiese bastado con una frase bien dicha como la que habría soltado el gran Cassius Clay en un momento tan crítico para la humanidad. No lo hizo. Y en su elocuente silencio el jeque catarí obtuvo su minuto de oro televisivo más soñado: todo el planeta rendido a sus pies, el nuevo rey del fútbol abrazándole fraternalmente bajo su manto y hasta Macron bailando al son de los petrodólares manchados de sangre. Qué asco.
 
Ilustración: Adrián Palmas

EL TRIBUNAL INCONSTITUCIONAL

(Publicado en Diario16 el 16 de diciembre de 2022)

“Intentaron parar la democracia con tricornios y hoy lo han intentado con togas”, espetó el portavoz socialista en el Congreso, Felipe Sicilia, tras el golpe institucional que el Partido Popular, Vox y Ciudadanos trataron de dar ayer por la vía judicial. La afirmación, una verdad como un castillo para qué vamos a negarlo, encendió los ánimos de sus señorías de la bancada conservadora y ultra, y el hemiciclo acabó convirtiéndose en una trinchera que ni las de Ucrania. Arrimadas comparó a la presidenta Batet con Carme Forcadell, Cuca Gamarra sacó su estilo más flamenco y hooligan, y el ruido, los insultos e improperios por ambas partes lo invadieron todo. Por un momento la democracia se evaporó de la manera más triste y terrible y volvieron los gañidos y ecos de aquellos oscuros tiempos anteriores a nuestra Guerra Civil, cuando el odio entre los padres de la patria se contagió a todo un pueblo. Vox había conseguido lo que quería: convertir las Cortes Nacionales en un ring, consumar su retorno al pasado y reinstaurar el guerracivilismo más ciego y feroz. 

No les gustó a populares, voxistas y naranjas que Sicilia los acusara de sacar a pasear a la Brunete judicial, a sus tenientes coroneles con toga. Por la noche, Pedro Sánchez corroboraba esa tesis, aunque midiendo algo más sus palabras, al denunciar una operación o “complot de la derecha política, judicial y mediática” para, mediante la instrumentalización del Tribunal Constitucional de mayoría conservadora, impedir que el Parlamento apruebe las reformas exprés de los delitos de sedición y malversación y del Poder Judicial. Ya no hay ninguna duda de que eso es precisamente lo que está en marcha en España: una cruenta conspiración de grupos reaccionarios, marcadamente trumpistas, para derribar a un Gobierno de coalición que siempre han considerado ilegítimo por rojo, comunista, podemita y masón. Es decir, fascismo puro y duro.

No le demos ya más vueltas. La derecha española no hizo la Transición como es debido, de modo que cuando se declaran constitucionalistas y demócratas todo eso no es más que postureo, apariencia y ficción. Y no hablamos solo de las fuerzas ultraderechistas que siempre estuvieron ahí, hibernadas, aletargadas, dispuestas a renacer de sus cenizas para continuar con el régimen anterior. El PP ha tenido más de cuatro décadas para rehabilitarse, romper con el padre fundador (un ministro franquista) y homologarse a la derecha más aseada de la Europa civilizada. No lo ha hecho. Y lejos de evolucionar hacia el respeto a las reglas de juego democrático, hacia la condena sin ambages de la dictadura y la aceptación de que la historia fue como fue, no como los ideólogos ultras del revisionismo histórico pretenden reescribirla, el enfermo ha ido a peor hasta el punto de que hoy, ya sin complejos, febriles y subidos al enloquecido tanque de Vox, parecen dispuestos a todo. Hasta llegaron a oponerse a la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Con eso está todo dicho sobre el nivel democrático de esta gente.

Lo que se vivió ayer en el Congreso, quizá la página más desoladora desde que se instauró el régimen del 78, fue la etapa terminal de una enfermedad degenerativa. Desde que Mariano Rajoy fue descabalgado del poder en una moción de censura tan impecable desde el punto de vista moral (el hedor a corrupción ya no podía aguantarse por más tiempo) como ajustada al reglamento parlamentario, los populares no han reconocido la legitimidad del Gobierno de coalición. Ese resentimiento quedó ahí, enquistado, y más tarde lo llevaron hasta las propias urnas, donde perdieron claramente frente a las izquierdas. Debieron haber aceptado la derrota con deportividad y espíritu democrático, asumiendo que los españoles los enviaban a la oposición para que hicieran la reflexión pertinente en la silla de pensar. Tampoco lo hicieron, es más, a día de hoy siguen negando las sentencias judiciales que condenan al partido a título lucrativo como responsable último de la corrupción de aquellos años. A partir de ahí se echaron al monte con todas las consecuencias y saltándose todas las líneas rojas. Pablo Casado entró en una espiral delirante para tratar de derribar al Gobierno que, como decimos, siempre consideró ilegítimo. Se negó a colaborar en la superación de la pandemia, dando la espalda al Ejecutivo y lo que es todavía peor, a su propio país que pedía a gritos unidad en horas dramáticas; intrigó para que la Unión Europea retirara los fondos de ayuda a España; y bloqueó la renovación de los altos cargos del Poder Judicial (a día de hoy Feijóo sigue por esa misma senda enloquecida).    

La última jugarreta al margen de las más elementales reglas del juego democrático ha sido presentar un recurso de medidas cautelarísimas, y con carácter preventivo, ante el Tribunal Constitucional (que tienen controlado desde hace tiempo) para evitar que el Parlamento apruebe una serie de leyes y reformas en el ejercicio legítimo de la soberanía popular. Nunca antes había ocurrido semejante atropello al Estado de derecho. Nunca antes se habían dinamitado con tal violencia los pilares de las libertades, entre ellos el principio sagrado de separación de poderes de Montesquieu. La ley dicta con claridad que los recursos de inconstitucionalidad se interponen cuando se aprueban las leyes, no antes con la intención de secuestrar la voluntad de los ciudadanos expresada a través de unos representantes políticos que han decidido emprender la vía de diálogo con Cataluña mediante una serie de reformas penales tendentes a desjudicializar el conflicto. Lamentablemente, la derecha española tiene un grave problema de comprensión de la democracia, un modelo político que nunca entendieron en su más pura esencia porque ellos vienen de otra escuela, de otro mundo autoritario, de otra época que ya no es. Han atravesado todos los Rubicones, han volado todos los cimientos del Estado de derecho, y en una pirueta macabra han terminado por convertir el Tribunal Constitucional en un Tribunal Inconstitucional (lleva cuatro años caducado, está absolutamente controlado por una mayoría conservadora y no respeta la separación de poderes). Qué más se puede decir de esta estirpe carpetovetónica. Estamos en manos de trumpistas a los que ya solo les falta asaltar nuestro Capitolio al más puro estilo USA. Todo se andará.
 
Ilustración: Artsenal

LOS CONEJOS DE FEIJÓO

(Publicado en Diario16 el 16 de diciembre de 2022)

Por Freud sabemos que el niño busca aquello que le resulta agradable y evita aquello que le resulta doloroso. Y el famoso psiquiatra estadounidense Menninger creía que lo que se les dé a los niños, los niños lo devolverán a la sociedad. En los últimos días Alberto Núñez Fakejóo nos ha ofrecido datos interesantes sobre su infancia más remota que nos ayudan a componer el puzle de su compleja personalidad. Por lo visto, el presidente del Partido Popular añora sus tiempos en la bucólica Galicia, su vida pasada en los verdes prados de Os Peares, donde se crio entre vacas y hórreos. Tanto es así que durante su intervención en un congreso internacional sobre el rural no tuvo reparos en sacar lo más íntimo que un hombre lleva dentro, sus sensaciones de la niñez, sus recuerdos (los recuerdos son la ropa interior mental de cada uno de nosotros).

Lo que hizo Feijóo en ese evento público, para sorpresa de todos, fue tumbarse en el diván, abrirse en canal y contarle al psicoanalista, en este caso la opinión pública española, lo más profundo e íntimo que lleva dentro. “Teníamos colmenas (…) saludábamos a las golondrinas en primavera, escuchábamos a los jilgueros y también nos daban pena los gorriones en el invierno”, dijo lacónicamente. De haberse quedado ahí, qué bien habría resuelto el discurso que por momentos venía a recordar aquello de “tristeza dulce del campo” de nuestro mejor Juan Ramón. Pero no. Erróneamente el líder conservador prefirió seguir hablando, seguir desnudándose, exponerse a llaga viva y sacar lo más oculto de su ser. Y ahí fue cuando llegó el momento raro, extraño, casi freudiano, un minuto que no podremos olvidar fácilmente. “Yo también… mejor dicho, en mi casa también había gallinas… había cerdos… Seguía con interés la procreación de los conejos que había en casa”, confesó mientras más de uno entre el público trataba de contener, a duras penas, las risillas. Qué hombre, qué valor, qué estadista de época. Uno ha de tener mucha valentía, o estar muy desinhibido, o llevar un par de orujos de más, para admitir públicamente que mientras otros niños se dedicaban a darle a la pelota, a jugar a las canicas o a montar en bicicleta, tú te pasabas el tiempo viendo cómo chingaban los lepóridos. Escalofriante.

A menudo, el político de hoy cree que haciendo gala de una apariencia de total sinceridad, mostrándose llano, corriente y mortal, ganará más votos en las urnas, cuando eso no es exactamente así. Hay cosas en la vida que mejor mantenerlas calladas, ocultas, para uno mismo. ¿Qué pensarían los españoles si mañana a Pedro Sánchez, en medio de una rueda de prensa, se le ocurriese decir que, en sus tiempos mozos de baloncestista, le encantaba hacer pelotillas con sus mocos y lanzarlos a canasta contra tablero? ¿A que no sería bueno para el negocio? Pues eso. Por tanto, un político tiene que saber qué decir y hacer en cada momento. Mostrarse lo más sincero posible, siempre. Abrir tu corazón hasta airear los secretos más inconfesables aún a riesgo de hacer el ridículo, jamás. Pero esa clase de Politología básica se la debió saltar el gallego aprendiz de estadista. El problema de Feijóo es que cuando le toca ponerse bajo los focos sin red, cuando se expone públicamente sin asesores para improvisar y elaborar un discurso, la caga casi siempre. Es entonces cuando le da por ponerse cultureta y dice cosas como que Orwell escribió 1984 ese mismo año (cualquiera sabe que lo hizo en 1949); o se viene arriba con la economía y confunde el tipo de interés con la prima de riesgo. Un político medianamente sensato debe ir siempre con pies de plomo, sabiendo el terreno que pisa y siendo consciente de que en cualquier momento puede meterse en arenas movedizas, arruinando su carrera para siempre.

Ver en acción a una pareja de conejos no tiene demasiado interés. Por los documentales de la 2 sabemos que el macho y la hembra se ven, él inicia la aproximación moviéndose en círculo, la olfatea, corre en repetidas ocasiones a su alrededor, emitiendo un zumbido, y trata de montarla (si la coneja está receptiva, se tumba para favorecer el acoplamiento, en caso contrario, puede mostrarse agresiva y escapar). El acto en sí dura apenas unos segundos y el macho se lo ventila con unos cuantos movimientos mecánicos y acelerados de pelvis, entre tenues chillidos, y a otra cosa. De ahí que a alguien se le afee que “folla como un conejo” cuando se salta los preámbulos amorosos (evitando cualquier disfrute de placer) y va directamente al grano, al tema, al acto reproductivo puro y duro, tal como ordenaba la Santa Madre Iglesia en los años del nacionalcatolicismo franquista. Los españoles estuvimos apareándonos como conejos durante cuarenta años, o sea, con miedo, vestidos, con la luz apagada y el crucifijo en la pared. Todas esas costumbres están retornando de nuevo como consecuencia de las ideas ultrarreaccionarias de la nueva extrema derecha rampante que triunfa no solo aquí, sino en todo el mundo.

No hay nada malo en que a un jovencito le guste entrar en la corraleta para echar un ojo furtivo a los conejos en el momento en que estos hacen el ñaca ñaca (siempre que esa práctica no se convierta en una obsesión, siempre que la escena no quede grabada en la mente y se termine confundiendo a los conejos con los humanos). Mucho mejor eso para aprender lo que es la sexualidad que el cine porno, origen de tantos traumas y de tantas manadas machistas. El único problema es que si esos extraños recuerdos de la infancia se confiesan en una barra de bar, o en una reunión de amigos, la cosa da para unas risas y queda ahí, mientras que si los airea el candidato a presidir España algún día el asunto quita glamur, provoca el sonrojo del pueblo y queda para la posteridad. A partir de ahora, cuando nos hablen de Feijóo, ya no podremos ver a ese estudiante brillante empapándose de las leyes bajo un árbol de su hermosa tierra gallega, en plan joven Mister Lincoln, sino a un chico tímido y algo retraído con gafas que, en la sórdida oscuridad de un corral, y absolutamente fascinado, interrumpe a dos pobres conejos asustados que ni siquiera pueden echarse un kiki en paz.
 
Ilustración: Artsenal

EL GOLPE (I)

(Publicado en Diario16 el 15 de diciembre de 2022)

El PP ha llevado al Tribunal Constitucional, con carácter preventivo, un recurso contra la reforma exprés del Código Penal y del Poder Judicial que prepara Pedro Sánchez. De esta manera, los populares piden medidas cautelarísimas para frenar una proposición de ley del Gobierno de coalición que ni siquiera ha pasado el trámite parlamentario. Nunca antes en nuestra democracia se había producido un hecho de tal gravedad. El proceso marcado por la Constitución establece claramente que las leyes emanan del Parlamento, máxima expresión de la soberanía popular, y que, acto seguido, las diferentes fuerzas políticas tienen derecho a recurrirlas, si consideran que son inconstitucionales, ante el TC, que habitualmente tarda años en resolver. Así se ha hecho siempre, así se ha garantizado la pureza de la democracia. Sin embargo, el Partido Popular vuelve a subvertir el orden constitucional establecido y da un nuevo paso adelante en su estrategia de bloqueo, saltándose el imperio de la ley.

Está claro que los populares pretenden convertir el Tribunal Constitucional, caducado desde hace meses, en una tercera cámara, en un órgano fiscalizador usurpando competencias del Poder Legislativo. Su estrategia de bloqueo en la renovación de los altos cargos judiciales no solo consiste en dejar que se pudra el CGPJ, cuyos puestos de magistrados llevan más de cuatro años fuera de plazo, sino también en controlar con sus peones el más alto órgano jurisdiccional español. De esta manera, el partido de Feijóo mantiene intacta la capacidad de tumbar todas y cada una de las leyes que emanan del Congreso de los Diputados y del Senado. No se puede ir más allá en el lawfare judicial. No se puede practicar una política más antidemocrática en un claro intento por derribar al Gobierno mediante una especie de dictadura de las togas.

Pero repasemos la secuencia de los acontecimientos. Desde que comenzó esta legislatura, el Partido Popular ha estado bloqueando sistemáticamente la renovación de los cargos del Poder Judicial, una estrategia política para desgastar a Sánchez y, de paso, seguir manteniendo la mayoría conservadora, o sea, la sartén por el mango, en la cúpula de nuestros jueces y magistrados. Es decir, primero Casado y Feijóo después, han estado incumpliendo el mandato constitucional, se han saltado a la torera la Carta Magna. De nada han servido las sucesivas llamadas de atención de la Unión Europea para que los populares se sentaran a negociar con el Gobierno de coalición al que, dicho sea de paso, el PP considera ilegítimo desde la moción de censura que descabalgó a Rajoy y pese a que el PSOE ganó las elecciones.

A finales de octubre, el presidente Sánchez y el jefe de la oposición (este a regañadientes) tenían un acuerdo casi apañado para desbloquear la situación. Sin embargo, cuando parecía que el pacto de renovación del CGPJ iba a llegar por fin a buen puerto, los poderes fácticos en la sombra de las derechas españolas presionaron al dirigente conservador gallego para que se echara atrás en el último momento y se negara a firmar nada. A Feijóo le dieron un golpe interno letal entre los representantes del ala dura ayusista, la caverna mediática, la casta judicial más reaccionaria y la extrema derecha de Vox. De haber fructificado ese acuerdo entre populares y socialistas, hoy no estaríamos en este callejón sin salida que viene a degradar todavía más, no solo la credibilidad del CGPJ y del Tribunal Constitucional, sino la ya depauperada imagen general de la Justicia española.

Tras el golpe contra Feijóo, Sánchez se veía obligado a mover ficha. Aprovechando la reforma exprés del Código Penal de los delitos de malversación y sedición (una clara concesión a Esquerra Republicana, que exigía rebajas penales para los condenados por el procés a cambio de seguir manteniendo su apoyo a la estabilidad del Gobierno), el presidente socialista ha dado un arriesgado paso adelante al colar en el Parlamento, por la puerta de atrás, una serie de enmiendas para la renovación del Tribunal Constitucional, un trámite que exigiría modificar la ley orgánica que regula su funcionamiento. Ante el bloqueo permanente del PP, y como se diría coloquialmente, Sánchez ha optado por recurrir al “esto sale por mis narices sí o sí”. Prestigiosos juristas como el catedrático Ruiz Robledo creen que la maniobra de Moncloa traspasa las líneas de la constitucionalidad. “El camino que le queda al Gobierno es cumplir la Constitución. Es decir, esta enmienda que ha presentado el PSOE que afecta al Tribunal Constitucional es una proposición que va sobre el Código Penal. Lo que ha hecho el PSOE es inconstitucional ya que las leyes tienen que ser homogéneas”, asegura. O lo que es lo mismo: según Robledo no se puede aprovechar una reforma exprés del Código Penal para introducir enmiendas a la ley orgánica que regula la renovación de cargos del Alto Tribunal. Conviene no perder de vista ese importante matiz.

De esta manera, llegamos al tenso día de hoy en el que el TC, de mayoría conservadora y con un tercio de sus miembros con el mandato caducado, se reúne en un pleno extraordinario de urgencia para deliberar si suspende una ley que ni siquiera ha sido aprobada por el Congreso. Además, para más inri, el ponente, o sea, el hombre que puede decantar la balanza, no es otro que el polémico magistrado Enrique Arnaldo, cuyo currículum es bien conocido. Hombre del PP, salpicado por los casos Palma Arena y Lezo, Arnaldo ha protagonizado escándalos como la organización de másteres y cursos con juristas del Partido Popular, rozando la incompatibilidad con su cargo. El PSOE tragó con su nombramiento creyendo que así el PP se avendría a negociar y no fue así.

La batalla en el Tribunal Constitucional ha comenzado esta misma mañana. La tensión es máxima. La izquierda cree que si el TC admite las cautelarísimas y da marcha atrás a la reforma exprés de Sánchez, antes de que la ley haya pasado por las Cortes, se habrá dado el “mayor golpe a la democracia desde el 23F”.

Recordemos que el Alto Tribunal está formado por doce magistrados: cuatro a propuesta del Congreso de los Diputados, cuatro del Senado, dos del Gobierno y dos del CGPJ. El Ejecutivo de coalición ya ha propuesto al exministro Campo y a la ex directora general del Ministerio de Presidencia Laura Díez, pero el Consejo General del Poder Judicial, controlado por los conservadores y en comandita con el PP, sigue bloqueando sus dos nombramientos. En las próximas horas se sabrá si se consuma el golpe de los jueces conservadores contra la separación de poderes, que es tanto como dárselo a la democracia.

Viñeta: Pedro Parrilla

HEDOR MUNDIAL

(Publicado en Diario16 el 15 de diciembre de 2022)

Un corrupto siempre mete la mano allá donde puede. No se limita a un solo palo, los toca todos. Diversifica. La codicia no tiene límites, es una bestia que siempre pide más. Los eurodiputados sospechosos de haber cobrado sobornos a cambio de hacerle una eficaz propaganda al Mundial de Catar no solo recibían maletines del emirato, también mantenían buenas relaciones comerciales con otros países islámicos como Marruecos, según publica el semanario alemán Der Spiegel.

Tras la detención de la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Eva Kaili, ahora le ha llegado el turno al exdiputado italiano Pier Antonio Panzeri, a quien la Policía de Bruselas acusa de haber recibido sobornos no solo de los cataríes, sino también del rey Mohamed VI. El sistema no podía ser más chusco. El presunto corrupto cerraba el trato con el régimen de Rabat (publicidad gratis del lobby a cambio de una jugosa mordida) y dos familiares se encargaban de recoger “los regalos” en la embajada marroquí del país europeo de turno. Así funcionaban los camelleros y mercaderes de la corrupción, siguiendo una ruta de la seda futbolística perfectamente trazada desde Oriente hasta la vieja Europa.

Ya tardaba en salir Marruecos en toda esta turbia historia del Qatargate. Si la familia Al Thani gobierna Catar con mano de hierro, sin respetar los derechos humanos y masacrando mujeres, homosexuales y albañiles, el monarca alauita no le va a la zaga. Recuérdese cuando, el pasado verano, lanzó a miles de sus compatriotas, como bombas humanas, contra la frontera sur española. Cada vez que a Mohamed VI se le cruzan los cables porque no puede hacer realidad su delirio de recuperar Ceuta y Melilla castiga a sus vecinos ricos del otro lado del Estrecho con una andanada de pobres, desarrapados e inmigrantes utilizados como carne de cañón para presionar al Gobierno de Madrid. Así es la “guerra híbrida” en el siglo XXI, una batalla extraña con armas muy diferentes a aquellos inmensos ejércitos de antes: hackers que colapsan los servidores del enemigo e infectan los teléfonos de los líderes mundiales a los que espían; virus, bacterias y agentes biológicos que se escapan de los laboratorios y llegan de no se sabe dónde; terroristas que se infiltran tras las líneas del país que se pretende derrotar o incluso invadir. Putin sabe mucho de todo eso.

Mohamed VI recurre a una de las tácticas más efectivas y que más desestabilizan al adversario en esa extraña guerra híbrida: lanzar contra la Península Ibérica una mesnada de desesperados que prefiere jugarse la vida en una patera o dejarse la piel en las cuchillas de las alambradas antes que morir de hambre en el Tercer Mundo. Al igual que los jeques de Catar que sacan pecho estos días, orgullosos del Mundial de la infamia, el sátrapa de Rabat tampoco respeta los derechos humanos. Europa, la opulenta y plácida Europa, debería haber castigado a los cataríes con un boicot político en toda regla. No solo no lo ha hecho, sino que sus burócratas de Bruselas están haciendo nauseabundo negocio, llenándose los bolsillos con la despreciable copa futbolera. Ahora nos enteramos por los periódicos alemanes de que Marruecos era otro destino predilecto para los lobistas, inversores, comisionistas y emprendedores del Europarlamento, todos ellos buitres disfrazados de Hugo Boss y con escasos escrúpulos. Primero Catar, luego Marruecos… ¿En cuantos países africanos y asiáticos se habrán dejado comprar estos nuevos colonialistas blancos del balón y el pelotazo? ¿Con cuántos estados tercermundistas gobernados por sanguinarios dictadores habrán estrechado “lazos de amistad y colaboración económica” estos butroneros de la UE que hoy aparecen en los papeles? Jamás lo sabremos.

Mientras las instituciones europeas depuran responsabilidades, la Policía belga sigue tirando del hilo. De momento hay solo un puñado de detenidos: Eva Kaili, su compañero sentimental, Panzeri y un cuarto individuo que no ha sido identificado. Pero habrá más arrestos. La red amenaza con ser tan compleja como nutrida en golfos y ramificaciones. Ya se habla de organización criminal, de blanqueo de capitales y cohecho. Poco a poco iremos sabiendo más sobre este vomitivo entramado. Las supuestas oenegés que operaban como tapaderas de los sobornos; las presuntas fundaciones sin ánimo de lucro creadas para llevar el derecho internacional humanitario a las autocracias tercermundistas; los fondos europeos que jamás llegaron a su destino ni a los poblados indígenas infestados de hambre, miseria, sida y covid; en definitiva, toda la gran farsa que nos han estado vendiendo esos siniestros funcionarios europeos que traficaban con la codicia y la mentira. ¿Hasta dónde alcanzaron las comisiones? ¿Cuántos diputados han estado cobrando, en B, de Catar, de Marruecos y otras satrapías? ¿Hasta dónde llega este hediondo montaje que con la excusa de promocionar la democracia y las libertades fundamentales ha rebosado los bolsillos de ciertos jerarcas de Bruselas? La ciudadanía europea tiene derecho a saber la verdad por dura que esta sea.

El Mundial de Catar jamás se debería haber celebrado y esta redada policial lo confirma sin dejar lugar a la duda. Europa, el mundo en general, ha mirado para otro lado mientras cientos de trabajadores eran utilizados como esclavos, mientras a las mujeres se las flagelaba por desobedecer a sus maridos, mientras los homosexuales se escondían donde podían de la policía de la moral a la hora de los partidos. Ni siquiera las hazañas deportivas de los valerosos jugadores de la Selección Nacional de Marruecos servirán para tapar tanta injusticia, tanta indecencia y tanto bochorno.

Viñeta: Adrián Palmas

ARDE EL PSOE

(Publicado en Diario16 el 14 de diciembre de 2022)

La rajada de Emiliano García-Page contra Pedro Sánchez y sus reformas del Código Penal para dar satisfacción al mundo independentista catalán ha convulsionado al PSOE. El barón de Castilla-La Mancha no solo ha acusado al presidente del Gobierno de asumir la hoja de ruta hacia la autodeterminación de Oriol Junqueras y los suyos, sino que le ha afeado que esté legislando para favorecer a los corruptos con la rebaja de las penas por el delito de malversación. En Ferraz las declaraciones de García-Page han supuesto un auténtico terremoto político. Hoy mismo, el presidente aragonés, Javier Lambán, se ha sumado a las críticas corrosivas contra los planes de Moncloa, aunque en un tono algo más moderado y sibilino que su homólogo castellanomanchego.

La prensa madrileña cuenta que Pedro Sánchez está desolado con la deslealtad y falta de respeto de sus barones más díscolos. Una vez más, no ha encontrado el apoyo que deseaba en un momento especialmente delicado para el país, cuando el independentismo vuelve a las andadas pidiendo referéndums para la secesión de una parte del territorio español que ni Sánchez ni nadie puede conceder porque lo prohíbe la Constitución. El jefe del Ejecutivo está convencido de que el problema catalán, irresoluble desde hace más de dos siglos, se puede encauzar mediante el diálogo y la negociación política, en la que no debe faltar un perdón a los líderes catalanes del procés y la rehabilitación de Oriol Junqueras. A esa idea ha empeñado todo su esfuerzo en lo que le queda de mandato en un órdago contra la historia que ningún presidente había aceptado en democracia.

Esa arriesgada estrategia de arreglar lo que en principio no tiene arreglo choca con la oposición conservadora de los barones socialistas, que le estaban esperando para descabalgarlo de una vez por todas de Ferraz, lo cual sería tanto como echarlo de la Presidencia del Gobierno. Los Page, Lambán y demás se la tenían jurada a Sánchez desde hace tiempo y han estado esperando el punto crítico de ebullición para darle la puntilla definitiva. Desde que se inició la legislatura, le han puesto piedras en el camino a cuenta de los más variados asuntos de Estado, pero sabían que, con la pandemia bajo control, con la economía medianamente encauzada y a flote tras la adopción de las recetas socialdemócratas adecuadas, y bien apuntalada la coalición con el siempre incómodo socio Unidas Podemos, no tenían nada que hacer, de modo que no les que quedaba otra que esperar su momento. Y ese momento ha llegado. Los barones socialistas sabían que el final de Sánchez solo podría venir de la mano de una nueva ofensiva “indepe” que, al grito de “lo volveremos a hacer”, pusiera de nuevo sobre la mesa el as de bastos del referéndum. Eran perfectamente conscientes de que el talón de Aquiles de Sánchez, la kryptonita contra el Supermán socialista que hasta ahora ha sido capaz de superar los escollos más letales (pandemias, volcanes, guerras y crisis económicas superpuestas) estaba, como siempre, en la indisoluble unidad de la nación española consagrada en la Carta Magna. Ya no cabe ninguna duda: Page, Lambán y los demás críticos con el sanchismo podemita han estado aguardando que el presidente del Gobierno llegara a ese Rubicón para consumar la emboscada o encerrona que le tenían preparada desde hace tiempo.

A esta hora, el PSOE es una olla a presión ante una posible consulta popular sobre la autodeterminación que Sánchez estaría dispuesto a asumir como parte de la negociación con los líderes soberanistas, aunque sin carácter vinculante, y que algunos medios de la caverna madrileña, enfrascados en la tarea de generar crispación e inestabilidad constantemente, ya dan por hecho. Esta polémica consulta al pueblo catalán va a convertirse en la madre de todas las batallas entre felipistas y sanchistas, una feroz disputa que podría fracturar en dos al partido y desangrarlo en una nueva lucha intestina. Si bien es verdad que una cosa es la militancia, las bases, los votantes que están claramente con Sánchez, y otra muy distinta los barones –que solo se representan a sí mismos y a una corriente conservadora minoritaria dentro del socialismo actual (poderosa, eso sí)–, la pugna ideológica está servida y puede hacer mucho daño al PSOE. Los peones ya se han posicionado a ambos lados del tablero. Salvador Illa, como líder del PSC, ha dado un paso al frente en la defensa de las tesis de Sánchez al asegurar que “no habrá autodeterminación, pero sí consulta a los catalanes”. Lógicamente, en ese mismo barco va también el ministro Iceta, que ve con buenos ojos poner urnas para que la ciudadanía catalana se exprese con libertad en “un intento de encontrar soluciones a través de los caminos que las instituciones marcan”, siempre dejando claro que está en contra de un referéndum de autodeterminación vinculante y con consecuencias jurídicas.

Pedro Sánchez está viviendo sus momentos más complicados desde que se hizo cargo de las riendas del partido. Los avisos que le están dando desde La-Mancha y Aragón no son ninguna broma. El hecho de que los discursos de Page y Lambán coincidan punto por punto y coma por coma con los que está lanzando Feijóo estos días, más la amenaza de una moción de censura de Vox, deben llevar al presidente a pensar que un golpe definitivo puede estar tramándose contra él. No queremos decir que el presidente esté solo en este desafío que él mismo le ha lanzado a la historia para tratar de resolver un problema como el catalán que Ortega y Gasset creía irresoluble. Es más que probable que la opinión pública mayoritaria esté con él en la búsqueda de cauces de diálogo que eviten un nuevo movimiento secesionista como el que se vivió en 2017. Pero sus enemigos acumulan mucho poder, están bien conectados con los poderes fácticos reaccionarios, sintonizan con las élites económicas y financieras y parecen dispuestos a darle el tiro de gracia político que llevan años preparando contra él. Ese PSOE que sueña inútilmente con el retorno del bipartidismo, con la alternancia y el turnismo a medias con el PP, y con la liquidación de la izquierda menos contaminada personificada en Unidas Podemos, ha dado la orden de pasar a la acción.
 
Ilustración: Artsenal

QATARGATE

(Publicado en Diario16 el 14 de diciembre de 2022)

Avanza la redada policial contra altos cargos de la Unión Europea acusados de cobrar comisiones a cambio de hablar bien del Mundial de Catar. De momento ha sido detenida la vicepresidenta del Parlamento, Eva Kaili, pero por Bruselas corre el intenso rumor de que en los próximos días pueden caer más burócratas enfangados en el mayor caso de corrupción de la historia de la UE. A más de uno no le llega la camisa al cuello y hay quien ya se está curando en salud en las redes sociales ante lo que pueda estar por venir. Así, el eurodiputado José Ramón Bauzá, expresidente de Baleares, expolítico del PP y hoy eurodiputado por Ciudadanos (encuadrado en el grupo parlamentario Renovar Europa), ha tenido que salir al paso en Twitter tras haber sido señalado como uno de los que en su día hicieron buena propaganda de un emirato infecto que no respeta los derechos humanos. “He defendido en el Parlamento Europeo que los avances de Catar son una buena noticia para Oriente Medio. Lo creía y lo creo. Ahora bien: si se demuestra que han pagado a algún diputado o asesor para influir en ellos a su favor, hay que ser absolutamente contundente contra todos”, ha escrito el expresident balear en la red del pajarito azul.

Bauzá es uno de los eurodiputados que se han situado en el ojo del huracán como presidente del Grupo de Amistad UE-Catar, un organismo que por lo visto tenía la función de estrechar lazos fraternales y favorecer las relaciones bilaterales y el clima de colaboración y entendimiento entre el emirato y la Unión Europea. Nada más estallar el escándalo, Bauzá se apresuró a clausurar el equipo de trabajo con otro elocuente mensaje: “Ante los gravísimos acontecimientos de los últimos días y hasta que lleguemos al fondo del asunto, anuncio la suspensión del Grupo de Amistad UE-Qatar”, escribió. Contundente y elocuente.

Mientras un gélido viento invernal recorre los pasillos del Parlamento Europeo, helando la sangre a más de un político bon vivant que hasta hoy medraba confortablemente en el balnerario de la acogedora Bruselas, la Interpol continúa con sus investigaciones y no se descartan nuevas detenciones. El Qatargate va camino de superar a la mejor novela nórdica, uno de esos relatos negros de Henning Mankell o Stieg Larsson donde las clases pudientes y civilizadas de la Europa rica del norte pierden los papeles, se dejan llevar por la neurosis de la codicia, la ambición y el vicio y se ven arrastradas a una espiral de corrupción y crímenes. Lo de Eva Kaili se veía venir desde aquel día en que la señora (da el perfil exacto de femme fatale) se subió al estrado para soltar que Catar estaba “a la vanguardia en lo que a derechos de los trabajadores de refiere”. En ese momento ya se sabía, por los informes de Amnistía Internacional, que más de 6.000 obreros reducidos a la categoría de nuevos esclavos habían perdido la vida en los múltiples accidentes laborales registrados durante la construcción de los estadios del fútbol para el Mundial de la infamia. ¿A nadie en el hemiciclo se le ocurrió que la eurodiputada podía estar untada por los jeques? ¿A nadie le sonó raro que se comportara en público como un peón más del poderoso lobby catarí? Pues por lo visto no. Sus señorías hicieron la vista gorda, todos siguieron con sus tediosas y aburridas comisiones sobre cuotas lácteas, agrícolas y pesqueras que tan lejos le quedan al ciudadano medio desafecto desde hace décadas con el proyecto de construcción europea. Nadie removió nada. Nadie reclamó papeles para saber de qué demonios iba todo ese chiringuito o tinglado que algunos se tenían montado con los amos de los petrodólares. Nadie pidió la apertura de una investigación en profundidad para llegar hasta el fondo del pasteleo con la familia Al Thani. Algo falló en la que se supone debería ser la institución democrática más avanzada, rigurosa y seria del mundo. Que eso pase en el Congreso de los Diputados, que es la Casa de Tócame Roque, o en la Asamblea de Madrid, donde cada asunto de comisionistas se cierra pertinentemente, vale, pero que ocurra en la sede que encarna el modelo ideal de Estado de derecho es como para hacerle perder la fe al más optimista y creyente de los demócratas.

A veces nos preguntamos por qué la UE es tan odiaba por los propios europeos. No llegamos a entender cómo un invento creado tras el final de la Segunda Guerra Mundial que ha traído décadas de paz y prosperidad al viejo continente puede ser tan aborrecido entre buena parte de la ciudadanía con independencia de la nacionalidad, edad y clase social. El euroescepticismo se ha extendido de forma alarmante por todos los rincones de la geografía, entre los jóvenes y los ancianos, entre el proletariado y las clases medias y altas, desde Alemania y Francia (padres fundadores de aquella utópica Comunidad Europea del Carbón y del Acero de 1951) hasta Rumanía y Croacia, últimos socios en adherirse al selecto el club de los 27. Pocos recuerdan ya aquel célebre discurso que Winston Churchill dio en la Universidad de Zúrich allá por 1946, cuando llamó a los países desangrados tras la contienda mundial a integrarse en un proyecto común de construcción de unos estados europeos.

Bruselas queda demasiado lejos, sobre todo para esa familia marroquí del gueto de Marsella que estos días se emociona más con los triunfos de su selección de fútbol que con la última directiva europea contra el racismo. La Europa del euro, de la banca, de los recortes y la austeridad, de las grandes corporaciones, de las familias nobiliarias y de la corrupción a calzón quitado hace tiempo que deja indiferente a la mayoría de los ciudadanos desencantados con la inflación, con los bajos salarios, con la especulación de las élites y con las políticas ultraliberales, tal como demuestran los elevados datos de abstencionismo electoral y el auge de la extrema derecha en todas partes. La rubísima, pijísima y fría socialdemócrata Kaili trincando unos vergonzosos maletines cataríes no es más que una estupenda alegoría de lo que está ocurriendo en esta vieja Europa corrupta, enferma, miedosa y carcomida de codicia. Un sueño que pudo ser y no fue.
 
Ilustración: Artsenal

OTRA MOCIÓN DE CENSURA

(Publicado en Diario16 el 13 de diciembre de 2022)

Santiago Abascal ha decidido seguir adelante con su moción de censura contra Pedro Sánchez. El hombre es don erre que erre, puesto que ya presentó una en su día y la perdió. Un españolazo que se viste por los pies nunca da su brazo a torcer y siempre insiste en sostenella y no enmendalla. Ahora va por la segunda intentona, que está abocada al mismo fracaso que la anterior. El líder de Vox cree que lo tiene todo atado y bien atado y su plan es iniciar una ronda de conversaciones con las fuerzas políticas afines, buscar a “una persona neutral” como candidato alternativo a Sánchez que adquiera el compromiso de convocar inmediatamente elecciones generales y acto seguido darle el golpe de gracia al presidente del Gobierno en el Parlamento.

Todas estas elucubraciones son castillos en el aire, delirios de grandeza, una ensoñación del dirigente ultraderechista, ya que nadie, ni siquiera el PP, le sigue en sus aventuras políticas enloquecidas. Solo el polifacético Toni Cantó parece comprarle el discurso como queriendo quedar bien con el que puede ser su superior en un futuro no muy lejano. Ya se sabe que Cantó ha transitado por todos los partidos de derechas de este país, desde UPyD hasta el PP pasando por Ciudadanos, y ya solo le falta recalar en algún chiringuito de Abascal. El exactor anda haciéndole la pelota al líder ultra en Twitter, donde le ha sugerido los nombres de Joaquín Leguina o Rosa Díez como posibles candidatos a “personaje neutral” para liderar la transición postsanchista. El bueno de Toni debe pensar que colocando a un amiguete en el poder él tendrá asegurado su futuro laboral.

Lógicamente, Alberto Núñez Feijóo no quiere ni oír hablar de una precipitada moción de censura que solo serviría para consumar una nueva derrota y reforzar al Gobierno de coalición. El gallego se siente presionado por la extrema derecha, pero se resiste a ir al dictado que le marca Abascal y, en lugar de recurrir a la estrategia de echar a Sánchez por la puerta de atrás de las Cortes, él prefiere hacerlo en unas elecciones anticipadas, que estos días va pidiendo con insistencia. Parece claro que el nuevo responsable del proyecto popular trata de quitarse de encima el corsé verde de Vox. El problema es que es demasiado tarde. Cuando decidió cogobernar con los ultras en comunidades autónomas como Madrid, Castilla y León y Murcia unió su destino al de la derecha más africanista y carpetovetónica de este país. Y ya para siempre.

No solo el posfalangismo ibérico intenta marcarle el paso a Feijóo. En su propio partido tiene a una pequeña trumpita de claro estilo voxista que no para de tirarle chinitas y ponerle palos en las ruedas cada vez que puede para que tropiece y dé el definitivo giro a la extrema derecha. Ayuso, quizá la líder que mejor representa las esencias de la derechona más dura y autoritaria de toda Europa, sueña con voxizar el PP algún día y le ha dicho a su presidente que se olvide de pedir elecciones anticipadas antes de los decisivos comicios autonómicos de Madrid, que ella cree tener ganados sin despeinarse. Ayer mismo, durante la tradicional cena navideña del Partido Popular, la lideresa castiza le dejó claro al todavía máximo dirigente conservador que lo primero es su juguete particular, o sea, su victoria cantada en las elecciones madrileñas, y luego que él se apañe con Sánchez. El plan de la emperatriz de Chamberí resulta maquiavélico, ya que traza una secuencia letal para el mandamás gallego: primero sale victoriosa de su cita con las urnas (y reforzada en el partido); después el jefe no logra echar a Sánchez del poder, hundiéndose en la miseria; y finalmente a ella le dan el despacho de Génova 13 y la posibilidad de instalarse en la Moncloa, un casoplón muy cuqui casi en la sierra que desde siempre le ha gustado y que codicia desde hace tiempo. Los hoteles de Kike Sarasola se le quedan pequeños y no ve el momento de mudarse a la gran casona sede del Gobierno de España.

Lo cual que Feijóo tiene dos problemas, uno externo que se llama Abascal y otro interno que no es otro que Isabel Díaz Ayuso. Entre ambos le están haciendo la pinza, la envolvente, o sea la cama. Así que cuidado con la moción de censura de Vox porque quizá no vaya directamente dirigida contra Pedro Sánchez, sino más bien a la línea de flotación de la actual cúpula directiva de Génova 13. En las últimas horas se ha filtrado que el propio Abascal ha contactado con diversas personalidades de la sociedad civil con el fin de subirlos al carro de su ofensiva parlamentaria. Entre ellos estarían la presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas; la exlíder de UPyD, Rosa Díez; Alejo Vidal Quadras, exdirigente del PP y de Vox; el empresario y exdiputado de Ciudadanos Marcos de Quinto; y (agárrense los machos) algunos dirigentes del Partido Popular, aunque no da nombres porque quiere ser discreto.

¿Quiénes son esos políticos genoveses que estarían dispuestos a dar el paso y sumarse a la moción de censura impulsada por los nostálgicos del régimen anterior? La misma gente que decapitó a Casado y que ahora quiere la cabeza del Macbeth gallego. No hay que ser muy listo para concluir que al ala ayusista, al sector más ultra del PP, le gusta la letra y la música que está componiendo el Caudillo de Bilbao. En su rueda de prensa de ayer, Abascal dio pistas de por dónde van los tiros al exigir al PP que se sume ya a la conjura, de modo que Feijóo debería andarse con cuidado porque esta maniobra política quizá no vaya dirigida contra Sánchez, que tiene la batalla ganada por número de escaños, sino contra él mismo, que puede quedar como un tibio, blandengue, soso o pusilánime ante ese electorado de derechas que, en medio del clima de crispación creado por la reforma de los delitos de sedición y malversación, pide caña y leña al mono contra el socialcomunista monclovita.

Ilustración: Artsenal

MARBELLA CONNECTION

(Publicado en Diario16 el 13 de diciembre de 2022)

Toda la prensa anda detrás de la alcaldesa de Marbella, Ángeles Muñoz, de la que se sospecha puede haber amasado un patrimonio ingente. Uno cree que los periodistas exageran en sus investigaciones, hipótesis y conjuras sobre la regidora de la ciudad andaluza. Para empezar, Marbella es el Catar español (por algo está lleno de jeques), la perla de oro del Mediterráneo, y allí cualquier cosa, por imposible que parezca, puede ocurrir, incluso que una modesta médica de familia llegue a vivir a todo tren como Melania Trump. Recuerde el ocupado lector cuando Jesús Gil hablaba con su caballo Imperioso y le pedía consejo sobre los nuevos fichajes del Atlético de Madrid; o cuando Julián Muñoz y la Pantoja, reina de las tonadilleras, consumaron el romance soñado por cualquier guionista de culebrones de sobremesa (más tarde Gil y Muñoz se tiraron los trastos a la cabeza en aquel histórico Salsa Rosa, aireando sus vergüenzas y dando lugar a la Operación Malaya, una de las tramas de corrupción más brutales que se recuerdan); o cuando a Marisol Yagüe le tocó el gordo navideño en pleno mes de agosto durante una escandalosa moción de censura apoyada por ocho tránsfugas que la aupó a la Alcaldía de la ciudad.

Quiere decirse que Marbella hace mucho que dejó de ser un punto geográfico en el mapa para convertirse en un lugar mítico, casi legendario, un Las Vegas a la española repleto de cochazos y mansiones, de casinos y yates, de narcos y traficantes de armas, y solo falta que Tarantino ruede allí una de sus violentas películas o salga un nuevo Bigas Lunas para hablarnos de los constructores horteras que pegan el pelotazo del siglo a golpe de huevos de oro. Nos guste o no reconocerlo, Marbella es territorio sin ley, un agujero negro en medio del Estado español, y ya ni la UCO quiere entrar allí del fuerte hedor a putrefacción que emana de sus cálidas playas colonizadas por los piratas sarracenos de los petrodólares. Marbella devora a los políticos con la facilidad con la que Saturno engullía a sus hijos. No sabemos por qué razón, pero todo aquel que empuña el bastón de mando en ese Ayuntamiento, a modo de varita mágica de Harry Potter, termina con la cuenta corriente repleta de ceros, como una estrella del papel cuché o paseándose por la pasarela Cibeles de la Audiencia Nacional. Dinero por castigo como si se tratase de una maldición gitana.

La última estrella de ese decorado de cine negro, de ese Miami ibérico, no es otra que Ángeles Muñoz. A la alcaldesa los periodistas la quieren emplumar por, según dicen, haber acumulado un patrimonio superior a los 12 kilos, lo cual no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que antes de ejercer como regidora municipal la mujer trabajaba como humilde médica de cabecera. Pero qué mal pensados sois colegas, compañeros, troncos. ¿De dónde le llueve a la señora todo ese inmenso capital, de su marido, de la corrupción, de la droga, del blanqueo y el crimen organizado? Qué va hombre, semejante caudal solo puede salir de sus consultas hospitalarias, de visitar pacientes, de hacer muchas horas extra luchando inútilmente contra la pertinaz dolencia, el dolor y el sufrimiento humano. Hoy cualquier médico rural puede llegar a rico si se lo trabaja y se lo monta bien. Lógicamente no en la Seguridad Social, que está hecha unos zorros y agoniza sin que Pedro Sánchez se plantee rescatarla ni por un instante. Pero con un paciente aquí y otro allá, curando una gripe aquí y un orzuelo allá a los amigos y vecinos del barrio, seguro que la cosa da para llegar a final de mes, honradamente, y mucho más allá.

La Medicina se ha convertido en un gran negocio y los españoles, hartos ya de las listas de espera –la cadena perpetua de la enfermedad– recurren al médico de pago o a la mutua de turno, abonando lo que haga falta para solucionar una catarata, una hernia discal, unas tormentosas hemorroides o cualquier otro arrechucho.

A buen seguro que los doce millones de la alcaldesa no salen de la nómina de la Sanidad pública, que es una birria. Ayer, el Pleno del Ayuntamiento de Marbella, el más caliente y tenso de los últimos años, debía aclarar de dónde brotaba tanta pasta. Pero fue inútil. El PP enredó el debate y al final la sesión quedó en un cruce de improperios entre José Bernal, el candidato socialista, y la polémica alcaldesa. Un escandalazo como no se veía desde los tiempos de Jesús Gil. La concejal de Urbanismo, Kika Caracuel, le afeó al PSOE: “Entre ustedes hay un afán y es machacar a la alcaldesa. Hay que quitar a la candidata. Es una estrategia para eliminar a una persona de la candidatura al Ayuntamiento de Marbella. No todo sirve en política. Son ustedes, con alguna excepción, malas personas”. Bernal saltó en su escaño como un resorte: “Malas personas son los que roban y utilizan el Ayuntamiento para desfalcar y defraudar”. Y mientras tanto los marbellíes tan contentos con la doctora milagro. Andrea Ropero, intrépida reportera de El Intermedio de Wyoming, se ha dado una vuelta por la ciudad para sondear cómo están los ánimos del personal tras airearse los dineros de la Muñoz. La mayoría de los vecinos cierran filas, callan en sumisa omertá y se muestran encantados con su médica de cabecera. Hasta Moreno Bonilla la defiende a capa y espada. Y la Justicia ni mu. En una de estas, la alcaldesa monta su propio hospital (privado, por supuesto) con el dinerillo que ha ido ahorrando entre consulta y consulta. Anda que no.
 
Viñeta: Iñaki y Frenchy