domingo, 11 de diciembre de 2022

LA TENTACIÓN DE ZELENSKI

(Publicado en Diario16 el 18 de noviembre de 2022)

Zelenski, el hombre de la camiseta verde guardia civil, insiste en que el misil caído en Polonia que nos ha puesto al borde de la Tercera Guerra Mundial fue lanzado por Rusia. “No tengo ninguna duda de que no es nuestro”, ha asegurado con firmeza. Sin embargo, para la OTAN el incidente está más que investigado, aclarado y archivado, de modo que todo apunta a que el artefacto se les fue de las manos a los ucranianos cuando trataban de defenderse de la lluvia de ojivas que el cruel Putin dejó caer sobre ellos en un intento de destruir por completo la red de suministro energético nacional. Así lo aseguró al menos Stoltenberg, secretario general de la Alianza Atlántica, que dio el asunto por zanjado. Tras la comparecencia del dirigente noruego los ejércitos otanistas rebajaron el nivel de máxima alerta, las Bolsas mundiales volvieron a recuperarse del shock y el riesgo de confrontación nuclear pasó de momento. Ni siquiera Polonia, como estado atacado (dos agricultores de ese país perdieron la vida en el bombardeo), ha querido llegar más allá en la exigencia de responsabilidades, toda vez que se ha demostrado que el suceso se debió a un “desgraciado accidente”, según ha sido calificado por el propio ejército polaco.

Sin embargo, Zelenski sigue en sus trece de que el misil de marras fue lanzado por el Kremlin en un alarde de poderío militar con la intención de provocar a uno de los socios de la OTAN. El presidente ucraniano incluso ha llegado a pedir al Alto Mando de la organización atlantista que deje pasar a un equipo de forenses de su país para que puedan sumarse a las tareas de investigación. Esta tesis no tiene ningún sentido. No solo porque permitir la entrada en Polonia de una comisión de expertos ucranios sería un grave error jurídico –algo así como dejar que el autor de un crimen participe en el levantamiento del cadáver de la persona que él mismo ha matado– sino porque si en los planes de Rusia entrara un ataque preventivo contra Occidente ya lo habría hecho, y en todo caso habría dirigido sus proyectiles contra puntos estratégicos del país, como sedes gubernamentales, cuarteles, bases aéreas, instalaciones eléctricas o nucleares, puentes, ferrocarriles y carreteras, en ningún caso contra dos pobres labriegos polacos que no pintaban nada en esta guerra y que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado a la hora fatídica.

Todo lo cual nos lleva a pensar que Zelenski está tramando algo y no bueno. Hasta ahora el líder ucraniano se había presentado ante el mundo como un hombre íntegro, valiente y digno capaz de resistir hasta el final, codo a codo con su pueblo, ante la violenta operación de castigo desplegada por Putin. Alguien sin duda versado en las nuevas técnicas de la mercadotecnia política había logrado construir un personaje simpático y atractivo casi de película, un tipo duro y noble a la vez que no se arredra ante nada ni ante nadie y que sería capaz de bajarse al Metro de Kiev, junto a miles de sufridores kievitas, en el caso de un ataque nuclear procedente de las bases de Kaliningrado. Allá donde iba era recibido con la alfombra roja. A Joe Biden lo tenía hechizado y el viejo presidente jamás le negó un cheque con ayuda humanitaria o una remesa de armamento pesado. Mandatarios del mundo libre (entre ellos Pedro Sánchez) viajaban a Ucrania solo para hacerse un selfi con el hombre irredento que había logrado frenar una columna de blindados rusos de más de 60 kilómetros de largo a las puertas de la capital sitiada. Los parlamentarios europeos conectaban con él, en largas sesiones plenarias por videoconferencia, y escuchaban con admiración sus contundentes y firmes palabras sobre la resistencia frente a la tiranía del opresor, sobre la esencia de la democracia en el siglo XXI y sobre el nuevo orden mundial que se aveninaba. Había nacido un referente, un icono, un nuevo faro y guía de la libertad para un bloque occidental decadente necesitado de héroes.

Sin embargo, tras el turbio episodio del obús caído en Polonia, la imagen de Zelenski empieza a resentirse. El presidente ucraniano ha cometido varias graves equivocaciones que a buen seguro le pasarán factura. Y quizá la más grave de todas ellas sea no reconocer que el sangriento misil, aunque de fabricación rusa, había salido de sus propias plataformas antiaéreas, descontrolándose e impactando en territorio polaco. Desde las primeras horas el suceso había quedado aclarado. Ni a Washington ni a Moscú les interesaba mantener caliente una escalada dialéctica que hubiese podido terminar en la aplicación del artículo 5 del tratado de la OTAN, ese que establece que la agresión contra uno de los socios supone un ataque contra todos. Hasta Joe Biden se apresuró a sentenciar que el proyectil nada tenía que ver con Putin. Zelenski lo tuvo muy fácil desde el primer minuto: pudo asumir el doble crimen por negligencia, pedir perdón a los familiares de las víctimas y poner al Estado ucraniano a disposición de la autoridad judicial garantizando la mayor transparencia hasta llegar al fondo de la verdad. Eso al menos es lo que hubiese hecho el convincente actor Zelenski que tenía engatusada a la opinión pública y a la comunidad internacional. Lejos de conducirse con honestidad, prefirió mantener una hipótesis falsa con la idea de culpabilizar a Rusia e internacionalizar el conflicto, que es lo que va buscando desde que Ucrania fue invadida. Una jugada tan sucia que deja tufillo y serias sospechas de atentado de falsa bandera le costará caro.

Los últimos movimientos de Zelenski están resultando preocupantemente erráticos. Los norteamericanos y la UE le presionan para que se siente en Turquía y negocie una paz con Putin; los medios de comunicación internacionales empiezan a retirarle el apoyo incondicional; y hasta China se ofrece como mediador. Es comprensible que un dirigente recurra a cualquier artimaña para salvar a su pueblo inocente de una invasión cruel e injusta. Aunque la guerra le sonría al mandatario ucraniano gracias a la ayuda internacional, la desesperación que conlleva ver morir de frío a su gente (la primera terrible nevada cayó ayer sobre el país y millones de personas se enfrentan a un invierno inhumano) puede haber despertado en él la tentación de emplear la mentira como arma militar de destrucción masiva. Pero inventarse un casus belli para que potencias extranjeras terminen involucrándose directamente en esta maldita guerra, pretender que la OTAN intervenga y dar por bueno que el planeta entero vuele por los aires en un intercambio letal de armas atómicas, dice muy poco del nivel moral de un personaje que hasta hoy había ofrecido su mejor cara. Así no, señor Zelenski.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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