domingo, 11 de diciembre de 2022

LIZ TRUSS

(Publicado en Diario16 el 4 de octubre de 2022)

Cuando la primera ministra británica, Liz Truss, sustituyó al festero Boris Johnson en el despacho de Downing Street se autoproclamó como la nueva Margaret Thatcher revivida dispuesta a encarnar la próxima revolución conservadora en el Reino Unido. Hoy, cuando apenas lleva un mes como premier, se ve obligada a afrontar su primera gran crisis interna y nadie sabe cuánto puede durar en el cargo. Resulta que la señora Truss anunció, a bombo y platillo, un plan fiscal para recortar 50.000 millones de euros en impuestos (un auténtico destrozo en el Estado de bienestar) y de paso anunció una amnistía tributaria para los más ricos. Tal como era de esperar, al día siguiente el país se le vino abajo, los mercados colapsaron, el Banco de Inglaterra tuvo que intervenir de urgencia para evitar el desplome de la libra, la prima de riesgo se puso por las nubes, la amenaza de una recesión planeó siniestramente sobre las cabezas de los orgullosos británicos y a Truss no le quedó otra que meter su engendro tributario en un cajón. Conclusión: esta señora es una chamana de los impuestos que no sabe lo que se lleva entre manos y si no la paran a tiempo es capaz de abocar a su país a la más absoluta bancarrota. Sus propios compañeros de partido, los diputados tories, ya están pensando en cómo quitársela de encima.

Johnson era un incapaz, un inútil, un ultra que vivía instalado en un delirio nostálgico y que llegó a creer que el imperio británico seguía siendo fuerte y poderoso, el amo de todos los océanos y el dueño y señor de la Commonwealth como en el siglo XIX. Su orgullo arrogante, con pompa y circunstancia, arrastró a su pueblo al euroescepticismo suicida, al Brexit y al aislamiento económico y político. Cuando despertó de su sueño imposible y tomó conciencia de la realidad, cayó en la cuenta del empaste que había organizado y no tuvo más remedio que darse a la juerga salvaje, al party clandestino en plena pandemia y a la bebida sin control como un gamberro en Magaluf. Lo pillaron y ahí se acabó la carrera política del bueno de Boris.

Liz Truss ha llegado al cargo prometiendo enderezar el rumbo del partido tory, pero pronto se ha comprobado que más allá de la demagogia barata y de las ideas patrioteras no hay una personalidad brillante, ni programa, ni nada, de modo que la aristocrática señorona ha quedado en evidencia y con las vergüenzas al aire. En realidad, todo lo que está ocurriendo estos días en la pérfida Albion no es ni más ni menos que consecuencia de unas políticas ultraconservadoras enloquecidas. Los británicos empiezan a pagar la absurda salida de su país de la Unión Europea, más la descomposición de unas ideas reaccionarias que nunca salen gratis. Les prometieron un paraíso en la tierra, que atarían perros con longanizas y que cada proleta tendría un castillo escocés en propiedad, como los grandes lores ingleses. La falsa promesa se ha roto en mil añicos. Hoy los ingleses pagan los efectos de una inflación desbocada, de una libra que está por los suelos, de la falta de trabajadores (cerraron fronteras a los inmigrantes porque les olían mal), de la escasez de tomates y pepinos españoles (los mejores del mundo), de la pérdida de clientes europeos y en definitiva del estancamiento en la creación de riqueza. O sea, un caos, un auténtico sindiós que vino a demostrar la falacia de que el patriotismo siembra grandeza cuando lo cierto es que del patriotismo no se come. Prueba fehaciente de que el pueblo inglés empieza a despertar del whisky de garrafón con el que lo embriagaron unos cuantos políticos sin escrúpulos es que el partido laborista, el sanchismo británico, ya le saca 33 puntos en las encuestas al conservador (y eso que el socialismo anglosajón anda de capa caída). El hartazgo social hacia los cantamañanas y engañabobos patriotas se percibe claramente en la sociedad británica y más de un votante se arrepiente de haber votado semejante patraña.

La constatación de que el conservadurismo británico, faro y guía de las derechas europeas, ha entrado en franca decadencia no es una buena noticia para gente como Alberto Núñez Feijóo, Juanma Moreno Bonilla, Isabel Díaz Ayuso y otros subasteros tributarios, que estos días copian, punto por punto, el plan de Liz Truss para bajar los impuestos. Ayuso, la Thatcher castiza, aplaudió la medida con un tuit que la ha dejado como lo que es: una indocumentadilla en materia económica que repite, sin saber lo que dice, lo que las élites le van susurrando al oído. ″¿Y cómo piensa el Gobierno de Sánchez frenar el “dumping internacional”?, se mofó la lideresa acompañando el mensaje con un pantallazo de la portada del ABC a cinco columnas que rezaba: “El Reino Unido anuncia una masiva bajada de impuestos”. Lógicamente, cuando horas más tarde la libra se venía abajo estrepitosamente y Truss aparcaba su descabellado plan de recortes fiscales, muchos echamos de menos un tuit de rectificación de la presidenta madrileña. No lo hubo. Ayuso calló cual tumba y hoy los asesores de Génova hacen horas extras, día y noche, tratando de encontrar una salida honrosa a tanta incoherencia, tanto populismo demagógico y tanto despelote ideológico. Por lo visto la consigna de hoy (no sabemos cuál será la de mañana) es que el PP nunca ha apostado por bajar los impuestos a los ricos, solo por no subirlos. Patético.

A esta hora, la única verdad es que los tories británicos han estado a punto de llevar a la democracia parlamentaria más antigua de Europa al descalabro final. Los bulos, las mentiras y las políticas neoliberales ultraconservadoras no sirven en el mundo de hoy, donde hasta el Fondo Monetario Internacional pide que quienes más tienen más contribuyan para salir de esta maldita crisis. Por mucho que griten los chamanes ayusistas de los impuestos, no hay otro camino.

Viñeta: Becs

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