lunes, 26 de diciembre de 2022

ANACRONISMOS


(Publicado en Diario16 el 3 de diciembre de 2022)

José María Figaredo es otro producto de la factoría voxista que en las últimas horas ha dejado en la tribuna de las Cortes algunas de las marcianadas más alucinantes que se recuerdan. Según este fenómeno criado en las verdes praderas del Principado, la izquierda ha decidido que el CO2, responsable del cambio climático según todos los estudios científicos, “es el diablo”. “No son conscientes de que esas emisiones son necesarias para producir el cemento que construye nuestras casas, para producir el acero que sostiene los cimientos de nuestros edificios, para producir la energía eléctrica con la que nos calentamos. Incluso se produce cuando utilizamos el gas con el que calentamos el agua de nuestras casas”, afirmó Figaredo dejando boquiabiertos a los diputados que en ese momento se encontraban en el Congreso de los Diputados. El muchacho se retrató con su discurso delirantemente medievalista, neolítico, tribal, y solo le faltó ponerse el penacho o los cuernos de bisonte, maquillarse el rostro con pinturas de chamán y sacar la marmita humeante para cocinar una pócima mágica en nombre de Manitú.

Poco a poco van pasando por el estrado los 52 representantes de Vox que llegaron a la Cámara Baja en las pasadas elecciones, lo que nos va permitiendo conocer al personal reclutado por la formación verde para reventar la democracia desde dentro de las instituciones. Un casting formado por negacionistas, friquis, exaltados sin medicación, porteros de discoteca, hooligans futboleros, taurinos y gente con escasa o nula capacidad para la política. A este zagal (es uno de los diputados más jóvenes del hemiciclo), Abascal debió encomendarle la difícil misión de oponerse a las medidas contra el cambio climático del Gobierno, un marrón para un licenciado en Derecho que sabrá mucho de habeas corpus pero que de climatología debe saber lo que le escucha a las chicas del tiempo del telediario y poco más. Pero hoy los políticos no tienen vergüenza ni pudor ante su propia burricie (ya no se lleva aquello que dijo Tarradellas de que en política se puede hacer de todo menos el ridículo), y allá que se fue el Sobrinísimo del convicto Rato, a echarle imaginación, retórica hueca, bulo y morro sin tener ni pajolera idea del complejo asunto del calentamiento global. Lógicamente, y como no podía ser de otra manera, quedó como un cuñado desinhibido en una cena de Nochevieja, o como dice Carlos Cagigal, experto en energías renovables, la intervención del parlamentario voxista fue “una catetada típica de la ignorancia supina”.

A los diputados de Vox les estamos escuchando memeces de todo tipo y no nos extrañaría que cualquier día lleven una moción a las Cortes para fletar una avioneta, elevarla por los cielos de Madrid y tratar de demostrar que la Tierra es plana. Todo en el extraño mundo verde resulta lisérgico y viene a demostrar que, en pleno siglo XXI, en la edad de los viajes espaciales y la robótica, no tiene ningún sentido ser un rancio y un antiguo de extrema derecha. El fascismo es un anacronismo. Primero porque nació como reacción de las élites contra el movimiento obrero y la revolución bolchevique de 1917 que, hoy por hoy, y tras la caída del Muro de Berlín, no supone una amenaza para nadie, de modo que el fascista contemporáneo lucha contra la nada. Y en segundo lugar porque el fascismo busca la abolición del Estado liberal capitalista y su sustitución por el Estado autoritario, otra soberana idiotez, ya que en el mundo de hoy la democracia está en manos de otro totalitarismo, en este caso un totalitarismo económico como es la globalización, el modelo impuesto por unas pocas familias o estirpes, unas cuantas multinacionales tecnológicas y cuatro bancos y fondos de inversión. El muchachito Figaredo, como viene de buena familia, habrá escuchado de sus mayores, al calor de la chimenea en la nobiliaria casona asturiana, muchas historias sobre el glorioso pasado franquista, pero nadie se preocupó de decirle que el fascismo de hoy no es real, solo un juego, un hobby o entretenimiento, una pantomima o farsa.

Al nazi actual no le interesa cambiar nada, ni el sistema político ni el económico, sencillamente porque la revolución roja fracasó y ellos ya tienen todo el poder, toda la sartén por el mango y sin necesidad de dar golpes de Estado. Sin embargo, el nazi necesita demostrar que sigue siendo importante y necesario para la patria y por eso se inventa otras guerras, mayormente la “batalla cultural”, que es una lucha social para reivindicar la historia revisionada según sus mitos y mentiras, el nacionalismo españolista, el patriarcado heterosexual, la esencia de la raza blanca frente a la multiculturalidad y la religión ultracatólica. El joven Figaredo no entiende ni papa de cambio climático ni falta que le hace. Como todos los demás políticos ultras, no tiene solución alguna para los graves problemas que, como el cambio climático, se plantean en el mundo de hoy (ya hemos dicho que vienen de otra época, de modo que están fuera del tiempo).

Vox es un partido despojo, inútil, inservible desde el punto de vista práctico, puesto que no sirve para otra cosa que no sea alimentar el odio y el guerracivilismo. De ahí que sus miembros se dediquen a vivir la vida, a levantarse un sueldaco del Estado y a escribir artículos disparatados en fanzines, hojas parroquiales y panfletos digitales de la caverna. El propio joven Figaredo ha rubricado textos estigmatizando a los refugiados sirios, sobre la teoría de la conspiración en el 11M y contra el pago de impuestos (solo sirven para “pagar putas y coca de los señores consejeros o presidentes”) que no tienen desperdicio. El militante voxista no se dedica a hacer política para resolver los problemas de España, hace ensayo ficción. Tiene todo el tiempo del mundo para elucubrar fábulas sobre la bruja feminazi Irene Montero y sobre los comunistas de Bill Gates que beben la sangre de los niños sencillamente porque no da ni chapa (no han presentado ni una sola enmienda a los Presupuestos Generales del Estado), porque viven de montar broncas parlamentarias y porque, como buenos señoritos del cortijo que son, no les gusta trabajar. Dicen que están con la España que madruga, pero en realidad ellos se levantan a mediodía, su uniforme de faena es el pijama de seda y no perdonan la siestecita de la tarde al pie de la piscina. Josemari, Figaredo hijo, se te cala a la legua.
 
Viñeta: Iñaki y Frenchy

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