viernes, 22 de diciembre de 2017

PESADILLA ANTES DE NAVIDAD



Papá Noel, el entrañable y tierno Papá Noel invento de la Coca Cola, nos invadió una dulce noche navideña bajando por la chimenea y ya se quedó con nosotros, de okupa, para siempre. Luego llegó el señor McDonald's con sus hamburguesas de vaca loca y su salsa venenosa hecha de emulgentes y sulfitos; más tarde fue Halloween con sus estúpidas brujas y espectros que dan más pena que miedo; hoy es el maldito 'Black Friday', una usurpación de las rebajas de toda la vida (solo que a cualquier hora y a calzón quitado) y mañana será el 'ciber monday' que ni dios sabe lo que es. ¿Qué será lo siguiente, cambiar la cena de Navidad por el absurdo pavo de Acción de Gracias? ¿Echarle bacon y kétchup a la paella, beber zarzaparrilla en lugar de Rioja, cambiar el Barça-Madrid por la Super Bowl? De un tiempo a esta parte hemos sufrido un proceso de burda americanización sin que nadie hiciera nada por evitarlo y vamos camino de convertirnos en el estado 51 del Tío Sam. La invasión de fiestas, usos y tradiciones yanquis es consecuencia de una globalización descontrolada y voraz que tiene alterados los ecosistemas humanos de todo el planeta. Si especies invasoras como el mejillón cebra van a terminar arruinando el glorioso marisco gallego, las prácticas mercantiles del mundo luterano acabarán por devorar la milenaria civilización mediterránea, mucho más sabia, fértil y compleja que el frívolo y cursi imperio del dólar. Qué profundidad cultural y antropológica tendrá el 'Black Friday' cuando su origen se remonta a un simple problema de tráfico. Como lo oyen. Fue la Policía Local de Filadelfia la que acuñó el término que hoy nos destroza los tímpanos al comprobar que cada año, cuando llegaba el día de Acción de Gracias, la gente se echaba a las calles como pollo sin cabeza para dar rienda suelta al impulso consumista, provocando monumentales atascos de circulación que "oh my God". De ahí viene lo del viernes "negro". En todo caso, de semejante etimología no podía salir nada bueno más que un día de tarjetazos a la vista y a la Visa, compras compulsivas para alimentar las injusticias del sistema capitalista, trifulcas familiares a cuenta del aluvión de regalos inútiles y un par de anuncios tontos con los que nos machacan las neuronas a todas horas. Y lo peor de todo es que mucho nos tememos que la cosa no quedará solo en un simple Friday, sino que los avispados comerciantes, al calorcillo del dinero y para tormento del ciudadano, acabarán extendiendo la fiesta al Saturday, al Sunday, al Monday y más allá. Y si no al tiempo.

Desde que nos adentramos en el laberinto mágico del 'procés', Cataluña ha pasado de ser una de las regiones más prósperas de Europa a un erial del que huyen como de la peste los bancos y empresas; un destino ideal para turistas que antes paseaban tranquilamente por las calles a un escenario de manifestaciones diarias, revueltas, antidisturbios y enfrentamientos sociales; un país con un Gobierno y una economía estables a una república fallida donde sus gobernantes están en busca y captura o en prisión provisional. En este escenario convulso a nadie le puede extrañar que la sede de la Agencia Europea del Medicamento haya pasado de largo por Barcelona para instalarse en Ámsterdam. ¿Qué otra cosa cabía esperar? La EMA no es una botica de pueblo donde se dispensan cuatro pastillas para el reuma, sino un organismo gigantesco que mueve miles de funcionarios e investigadores, profesionales con sus respectivas familias que necesitan un entorno adecuado y tranquilo para poder hacer su trabajo. No parece que la Barcelona libertaria de hoy, una ciudad donde las carreteras, líneas de metro y autobuses son cortadas a diario por la kale borroka de la CUP, sea el mejor entorno para ubicar una institución tan importante. Sin embargo, no toda la responsabilidad en este fiasco es atribuible a Puigdemont y a sus planes descerebrados. El Gobierno de Madrid, al no haber sabido resolver el problema catalán mediante la negociación tras siete años de conflicto enquistado, tiene buena parte de culpa en esta historia. El PP sembró vientos anticatalanistas y ahora recoge su cosecha ruinosa. Que Barcelona no haya sido elegida como sede de la EMA es una desgracia para España entera, no solo para Cataluña, pero hoy los periódicos, radios y televisiones se llenan de obtusos que se alegran tras la derrota de la candidatura catalana cuando en realidad supone una mala noticia para todos, el fracaso del Estado en su conjunto y de una sociedad que, enfrentada bajo dos banderas y cegada por el patrioterismo barato y el peor de los chovinismos, ha decidido inmolarse mientras la lluvia de millones e inversiones vuela hacia latitudes holandesas. La estupidez de los nacionalismos, de todos los nacionalismos, solo conduce a la ruina. Que se lo hagan mirar todos, los de un bando y los de otro. 

Viñeta: Igepzio

viernes, 15 de diciembre de 2017

EL MUERMO DE LOS ERE


(Publicado en Revista Gurb el 15 de diciembre de 2017)

Más de setecientos millones de fraude, cientos de investigados, dos presidentes andaluces en el banquillo de los acusados, un sindiós político, otro desmadre, en fin. Eso es lo que queda del caso de los ERE, el formidable escándalo de corrupción que ha asolado a los andaluces durante más de una década y que empieza a juzgarse estos días en la Audiencia Provincial de Sevilla. Sin embargo, y pese a la gravedad de los hechos, el juicio ha quedado eclipsado por otros que, por lo visto, tienen mucho más glamur y más thriller. Aquí, en esta España que se nos descascarilla, no solo hay comunidades de primera y de segunda, naciones históricas y sin historia, sino también una corrupción de relumbrón, de guante blanco y altos vuelos y otra inferior, más rateril y zíngara si se quiere, que viste menos y no interesa a nadie, ni siquiera a la prensa. Siempre ha habido clases y el mundillo del hampa política que se lo lleva muerto no iba a ser menos.
El caso de los ERE, pese a que nos ha costado a los españoles una mina de oro, parece pasar desapercibido porque, según dicen los tertulianos plomizos de Ferreras, entra dentro de lo que sería la "corrupción de reparto", no de apropiamiento con lucro, como si hubiera un robo malo y repudiable y otro inofensivo con el que somos más tolerantes y condescendientes. En el fondo, de lo que estamos hablando aquí es de la condición humana del español, clasista hasta en el crimen. Si nos roba un cacique o una princesa ponemos el grito en el cielo, pero si lo hace un pobre diablo con muletas y sin dientes es picaresca, aventura clásica, y decimos aquello de "qué listo el jodío, y yo que pudiera hacerlo". Nos guste o no, seguimos sin tener conciencia de que el dinero público es de todos, con independencia de si nos lo quita un traje de Hugo Boss o un mono de faena comprado en Alcampo. Si el que nos roba la guita es un señor con abrigo Chesterfield de cuello terciopelo eso resulta mucho más excitante informativa y hasta literariamente que si el palo nos lo da el funcionario gris de una consejería aburrida en algún negociado del endogámico cortijo andaluz. Nos hemos acostumbrado al atraco y al crimen en plan espectáculo, como el cine y el fútbol, y nos fascina cuando lo perpetra un banquero del FMI que con sus pulgares mueve los hilos del mundo o un Bárcenas engominado que trasiega maletines a Suiza, como en una película trepidante de James Bond, mientras que nos aburre el menudeo burocrático de un oficinista calvo, un chupatintas callado y tímido rodeado de montañas de impresos y papelamen anodino que nerviosamente se atreve a meter la mano en el cazo durante su cuarto de hora del almuerzo, entre cuño y cuño y bocadillo de sardinas.
Damos por hecho que lo mismo que hay ricos y pobres hay una derecha poderosa que roba por vicio y una izquierda muerta de hambre que roba para comer; una corrupción Vip que fascina al personal y otra proletaria, menesterosa y de supervivencia que interesa menos porque carece de los ingredientes básicos para ser un best seller de éxito en plan Agatha Christie. El burgués, como lo tiene todo en la vida y dispone de tiempo para pensar, deja crímenes mucho más refinados, sofisticados y fascinantes. El pobre, más preocupado por sobrevivir, deja el navajazo hambriento, el delito de chabola pestilente, el robo por necesidad –el de los ERE no deja de ser un hurto famélico solo que a lo grande por el nutrido número de cómplices que chupaban de la teta del Estado– aunque a Dostoievski le saliera redondo su Crimen y castigo con una trama sobre parias desclasados. Hace poco me decía mi buen amigo Alejandro Gallo, maestro de la novela negra, que un relato policial no es tal si a los cinco minutos no hay un fiambre caliente sobre la mesa, a ser posible bien sangriento. Pues lo mismo sucede en la vida real. Si un caso de corrupción no tiene su puntito de poder, de vicio, de Ferraris, de paraísos fiscales, de yates, de coca, de volquetes de putas, de grabaciones del CNI, de lujo y a ser posible un muerto como dios manda paseándose por los despachos del Gobierno, como un topo infiltrado, no engancha al ciudadano, no estimula su interés y es un fracaso informativo y editorial, por mucho que los Chaves, Griñán y su clan de funcionarios muermos nos vayan a dejar un agujero insondable de casi ochocientos kilos de vellón, quizá el atracón más gigantesco de la historia de la democracia. Y ustedes me dirán: pero en el caso de los ERE había un chófer de la Junta de Andalucía que traía y llevaba la droga para sus jefes. ¡No me compare usted, oiga! Eso es menudeo, las rayitas para la fiesta, yonkarras de barrio marginal. Para mí que el macrocaso andaluz será un bluf de juicio, dará para un titular mal puesto el primer día y luego a la columna de breves, entre los deportes y el cotilleo, y si no al tiempo. Que el fiscal no nos cuente historias sobre rudos bandoleros de la Sierra Morena socialista traficando con fondos estructurales, planes de empleo, solicitudes amañadas, falsos informes de reconversión y prestaciones sociales de no sé qué ventanilla de la Consejería de Industria y Empleo porque eso no le interesa a nadie. ¿Dónde están los gánsters de verdad, los testaferros, los espías, los cuernos lujuriosos, los cochazos, las joyas aristocráticas, las palmeras de Delaware, los cuadros de Miró y todo eso que sueña con poder alcanzar algún día todo honrado ciudadano? Insisto: una estafa de estafa este culebrón de los ERE. Que pase otra vez por la sala de vistas el señor Rato, que es un profesional y tiene el taquillazo asegurado. Ese tío sí que sabe darle al público lo que le gusta. Puro rock and roll, como decía Jose Coronado en No habrá paz para los malvados. Yeah.

Viñeta: Ben

CATALUÑA, CATALUÑA Y NADA MÁS QUE CATALUÑA


(Publicado en Revista Gurb el 15 de diciembre de 2017)

Desde que estalló el conflicto catalán tras el referéndum del pasado 1 de octubre, en este país no se habla más que del procés, de las andanzas de Puigdemont en Bélgica y de cuál será el siguiente insulto de campaña electoral que tuiteará el aspirante de turno a la presidencia de la Generalitat. Todo es ruido y sainete, un enredo y un laberinto sin salida, mientras el ciudadano, atónito, contempla cómo sus problemas acuciantes del día a día, los abusos sociales que se ceban con él, siguen aparcados, olvidados, pospuestos de una forma descarada y sangrante. Al mismo tiempo que nuestros gobernantes entablan acaloradas discusiones bizantinas sobre si España es un Estado federal o descentralizado, si es simétrico asimétrico u oblicuo, y si Cataluña es o no una nación, 4,5 millones de pobres energéticos (más bien pobres pobres, dejémonos ya de eufemismos) soportan estoicamente el frío del crudo invierno porque no tienen recursos para enchufar una estufa. ¿Qué fue de aquel ambicioso plan propuesto el pasado verano por algunos partidos emergentes para liberar de la factura de la luz a todos aquellos que no tienen cómo pagarla? Metido en un cajón, papel mojado, otro párrafo absurdo en el diario parlamentario de sesiones que sirvió para rellenar unos cuantos periódicos y poco más.
Mientras la televisión nos abruma cada día con noticias sobre el monotema catalán y nos cuenta con todo lujo de detalles la última burrada del ultrapatriota Albiol, el último baile de campaña de Iceta el marchoso, el último zasca de Arrimadas a Colau, millones de pensionistas, enfermos y dependientes subsisten con una paga de miseria, miles de familias con todos sus miembros en el paro comen el mismo pote espartano para toda la semana, y las calles siguen llenándose de pobres con cartela (cada día los hay más, muchos más, por si no se habían fijado los lectores de este artículo editorial). En España ya todo es Cataluña, y mientras Junqueras envía a Rajoy su epístola evangélica del día desde su celda monástica de Estremera; mientras Puigdemont da su paseo matinal por los parques brumosos de Bruselas; mientras Pep Guardiola pasea su lazo amarillo de chico majo y comprometido con los Jordis por Stamford Brigde y la CUP convoca butifarradas, manifas y concursos de castellers, millones de desempleados, zombis de la crisis, miran con horror el calendario, sin saber qué van a comer mañana. ¿Qué fue de aquella renta básica de cuatrocientos y pico euros de miseria que algunos nos habían prometido hace ya una eternidad, qué fue de la ayuda a la dependencia, de la ampliación de las prestaciones por desempleo? Nadie habla ya de eso, es un debate del pasado, superado, amortizado. Aquí solo interesa lo que interesa: si el nombre de la Marta Rovira estaba en la Moleskine de la rebelión; si la comida que le daban a Turull en la prisión era “flatulenta” o las hamburguesas estaban en su punto; si Mas era el señor X de la conspiración y Puigdemont vuelve a casa por navidad, o sea al trullo. En esas cosas trascendentales y absolutamente prioritarias andamos enfrascados los españoles mientras la minucia, lo trivial, lo insignificante, la vida de la gente y su bienestar, queda en segundo plano, como siempre. Y así nos hemos olvidado ya de los cinco kilos que Bárcenas tiene escondidos en Suiza y que siguen sin aparecer por ningún lado; así ha pasado que González y Granados han salido de la trena y duermen plácidamente en sus áticos transatlánticos; así dejamos de hablar de los 80.000 millones del rescate bancario que pagamos los ciudadanos con nuestros bolsillos, a tocateja, y que se perderán para siempre sin que nadie rinda cuentas por ello. A estas alturas resulta más que evidente que la ficticia guerra catalana, la batalla de las odiosas banderitas, le ha venido de perlas a más de uno. En primer lugar beneficia a Rajoy, que ya no tendrá que pasar más por la Audiencia Nacional para explicar por qué Génova 13 se había convertido en la sede central del sindicato del crimen; en segundo término favorece a la derecha empresarial, que ahora podrá respirar tranquila, ya que una vez aplacada la única revolución peligrosa (la revolución de los indignados contra la tiranía del gran capital) el enemigo pasa a ser el peligrosísimo y fiero independentista catalán; y en última instancia apuntala al sistema financiero corrupto, que podrá volver a las andadas, o sea a estafarnos con las hipotecas y comisiones leoninas mientras el pueblo, atenazado por el miedo, vive pendiente de un hilo por si hay tiros en Cataluña. Hasta al PSOE le ha venido de lujo la contienda catalana para que no se hable demasiado de los 850 millones de euros que se han evaporado con los ERE de Andalucía. Ahí es nada.
La cuestión social ha sido convenientemente liquidada porque el procés ha venido a acabar de un plumazo con la dialéctica histórica entre izquierda y derecha, entre ricos y pobres, para imponer el eje de la nueva política: patriotas de la estelada contra patriotas de la rojigualda. Entre tontos anda el juego. Eso es lo que ha conseguido la izquierda independentista catalana: los cuatro años más de Rajoy que nos comeremos sin remedio, el patriotismo ramplón y paleto que se ha puesto de moda, triunfando sobre los valores reales del socialismo, y el retorno victorioso de los fachas, que parecían arrinconados para siempre pero que vuelven con más fuerza y más desacomplejados que nunca. Gracias por su revolución de chichinabo, señor Junqueras y amigos de la CUP. Es lo que tienen los nacionalismos eufóricos y pancistas de uno y otro signo, que inoculan en las gentes un virus hechizante y embriagador que los vuelve violentos, los saca de la realidad y los arrastra al campo de batalla mientras las elites siguen confortablemente instaladas en sus palacios inexpugnables. Ya lo dijo el gran Txiqui Benegas: "El nacionalismo es una de las ideologías más peligrosas que existen. Ser nacionalista y ser culto e inteligente es incompatible". Y en esas estamos.
La guerra inventada en Cataluña sigue su curso con su propaganda bélica, sus arengas patrióticas al alba y su parte militar indigesto del día mientras a nadie le interesa ya que España sea la campeona europea en desigualdad, en fracaso escolar y en fraude fiscal. A nadie, ni al Gobierno, ni a la oposición, ni a los tertulianos coñazo de Ferreras, ni siquiera a los diputados de Podemos, que parecen haberse olvidado de para qué los eligieron sus votantes. Poco importa que sigamos viviendo en el país con los salarios más bajos de Europa (solo a la altura de Chipre) en el Estado con las peores universidades de los países avanzados y en el lugar donde menos se lee y se invierte en investigación científica. Qué más da todo eso. Aquí, a lo que vamos es a lo que vamos: a la épica engañosa del himno con la mano en el pecho, a la soflama patriotera decimonónica y cursi y a ver quién la tiene más grande… la bandera.

Ilustración: Artsenal 

EL SASTRE DE LA REINA

(Publicado en Revista Gurb el 17 de noviembre de 2017)

Si el cura se debe al secreto de confesión, el sastre no debe ser menos. Lorenzo Caprile (Madrid, 1967) ha pasado largas horas vistiendo a las grandes celebrities españolas, pero él no suelta prenda (nunca mejor dicho) sobre ninguna confidencia, cotilleo o secreto de Estado que haya podido escaparse por sus probadores. Durante un tiempo, Caprile fue el sastre de cabecera de la Reina Letizia y de las infantas Elena y Cristina, a las que ha vestido en más de una ocasión y a las que sigue considerando más que simples clientas, pese a las horas bajas por las que atraviesa la ex duquesa de Palma. "Siempre contesto la misma cosa: que me encantaría tener una anécdota picante o truculenta para que vosotros podáis poner el titular, pero desgraciadamente no la hubo, las infantas y Letizia son clientas, personas normales como todas las demás que quieren estar guapas, te hacen un encargo, se lo haces, lo pagan y ya está. No hay más". Tampoco dice sentir pelusilla de su compañero el diseñador Felipe Varela, en quien en los últimos tiempos más parece confiar la reina de España a la hora de vestirse. "Está haciendo un magnífico trabajo y es un magnífico compañero y profesional y me alegro muchísimo por él", asegura. Por las manos de Caprile han pasado mujeres notables de la historia reciente de este país, como Elvira Fernández ‘Viri’, la esposa del presidente Rajoy –"una señora discreta no, lo siguiente"– o Carmen Rodríguez Quijano, ex mujer de Francisco Correa, el cerebro de la trama Gurtel, a la que vistió para la polémica boda de la hija de Aznar en El Escorial que tanto dio que hablar. "En aquel momento cualquier compañero mío del mundo de la moda, nacional o internacional, hubiese matado a su abuela por tener un traje en aquella boda", afirma sin complejos. Así es Lorenzo Caprile, transparente como una de sus vaporosas gasas de noche. Un diseñador sin pelos en la lengua ni alfileres escondidos.


Entrevista completa en Revista Gurb

EL DIFÍCIL DILEMA DEL SEÑOR PUIGDEMONT


(Publicado en Revista Gurb el 6 de diciembre de 2017)

La anulación de la orden internacional de detención contra Carles Puigdemont y los cuatro exconsellers refugiados en Bélgica –dictada por el juez del Tribunal Supremo, Pablo Llarena–, ha provocado sorpresa en el mundo político y judicial. La retirada de la euroorden permitirá a los prófugos moverse con entera libertad por cualquier país extranjero, aunque podrán ser detenidos en el momento en que pongan sus pies en España. Juristas y expertos en Derecho Internacional tratan de interpretar qué razones han podido llevar al magistrado Llarena a tomar la decisión de exonerar a los huidos de la amenaza que suponía para ellos la posibilidad de ser extraditados por Bruselas y ser juzgados en España por los delitos de rebelión, sedición y malversación de caudales públicos. Unos creen que la medida, pese a que en principio puede parecer beneficiosa para el president de la Generalitat y los suyos, supone un paso más en la operación de acorralamiento de los fugados (no en vano, a partir de ahora a Puigdemont y sus colaboradores solo les quedarán dos opciones: o permanecer en Bélgica por una larga temporada o regresar a casa, en cuyo supuesto serían inmediatamente detenidos y enviados a la cárcel). Otros, los más duros y críticos con el auto del juez, consideran que su decisión no solo da oxígeno a los independentistas sino que supone "abrir la mano para dejar volar a los pájaros". De hecho, el abogado del expresident catalán ya ha asegurado que su cliente no volverá a España de momento para evitar así la prisión provisional.
En cualquier caso, la decisión de Llarena se antoja calculada y estratégicamente efectiva, ya que pone la pelota en el tejado de Puigdemont para que sea él mismo quien decida qué quiere hacer con su vida, si desea regresar o quedarse indefinidamente en su frío exilio bruselense. De esa manera, al dejar en libertad al expresident para que decida su futuro −nunca mejor dicho−, la Justicia española muestra su lado más flexible y generoso que pone en entredicho, una vez más, la demagogia habitualmente utilizada por los independentistas cuando tratan de identificar al Estado español con un país neofascista. La decisión de Llarena demuestra que Puigdemont, pese a que es un problema para España, no es una obsesión que quite el sueño a los magistrados del Tribunal Supremo. Al anular la euroorden, el juez le está enviando un mensaje claro y rotundo al líder del PDeCAT: no consideramos que usted, señor honorable expresident del Govern, sea un peligroso terrorista a quien haya que detener a toda costa, cuanto antes y cueste lo que cueste, ni un mafioso sanguinario, ni un narcotraficante poderoso, simplemente un político que un buen día se obnubiló en su delirio, se creyó su papel de líder de la resistencia de la patria catalana, se lio la manta a la cabeza y se echó al monte irreflexivamente, como un maquis del siglo XXI. Por supuesto, nada de eso era cierto ni real, solo una especie de alucinación transitoria (o permanente) del honorable que tiene sus momentos de euforia y sus bajones depresivos. En realidad Puigdemont ni era el enemigo público número uno de España, ni un Charles de Gaulle que luchaba contra el supuesto fascismo español, ni un héroe de guerra que estaba arriesgando su vida por la patria en una supuesta fuga trepidante en la que le pisaban los talones las tropas de Franco, los falangistas y los siniestros espías de la Gestapo. Esa paranoia anacrónica, esa vuelta enfermiza al 36, ese remember histórico, solo estaba en la cabeza del president, y por eso nadie, ni en España ni en Europa ni siquiera el New York Times, le ha comprado la película bélica de bajo presupuesto y escasa credibilidad. Tras pasar varias semanas en el supuesto exilio de Bruselas y haber tenido tiempo suficiente para pensar, el mismo Puigdemont, que no es tonto sino más bien un hombre inteligente, se debería haber dado cuenta de que su estrategia de internacionalizar el conflicto apelando al victimismo de los pobres catalanes sojuzgados y oprimidos por el brutal totalitarismo español, no ha dado el resultado que esperaba, de modo que el único que ha hecho el ridículo con su disparatado remake de la guerra civil española que nadie se traga ha sido él. De ahí que el Supremo, más allá del lenguaje oscuro y complejo que emplea en sus resoluciones, lo que le está diciendo a las claras a Puigdemont es esto: “ya se cansará usted de vivir la loca aventura de héroe solitario de entreguerras. Ya se dará usted cuenta de que no es aquel Rick Blaine de Casablanca que luchaba contra los nazis, por mucho que se empeñe en emular a Bogart cuando camina por las calles belgas con el cuello subido del gabán. Ya volverá a España si quiere, y si no quiere hacerlo allá usted, quédese en Bruselas, que se vive muy bien, aunque sea una ciudad llena de burócratas aburridos”. Ese ejercicio de relativización de la huida de Puigdemont que ha hecho contra todo pronóstico la Justicia española resta épica al personaje, empequeñece su supuesta aura de mesías y lo pone en su sitio, que no es otro que el de un turista accidental, burgués y desocupado, que pasa unas largas vacaciones en Centroeuropa.
Si Puigdemont fuera un político sensato y racional y no un visceral amasijo de nervios patrióticos con piernas, debería aceptar que su momento ya ha pasado, que el procés, tal como él lo diseñó, desde la perspectiva unilateral, ha resultado ser un fiasco, y que aquí lo que toca es dar un paso a un lado y dejar que otros inicien un nuevo tiempo marcado por la reconstrucción del diálogo y las instituciones catalanas perdidas tras la aplicación del 155. Llevar de nuevo la normalidad a Cataluña, en fin. Sin embargo, la tozudez es el peor enemigo de un gobernante y Puigdemont, consciente de que estamos en plena campaña electoral y la noticia de la retirada de la euroorden podía reportarle un puñado de votos entre los independentistas que aún creen en él, no ha tardado ni veinticuatro horas en convocar una rueda de prensa para comparecer ante los medios de comunicación y aparecer como vencedor en su litigio contra la aborrecible España, que ha terminado claudicando y poniéndose de rodillas ante el valiente chico de la película. Si finalmente España ha retirado la euroorden contra él ha sido sin duda para "no hacer el ridículo internacional", por "cobardía" y porque le ha tenido "miedo" al president. Una vez más, estamos ante la ensoñación casi literaria, ficcional, de un hombre que se ha metido tanto en el papel de héroe que ha terminado creyéndose el rol. Esperemos que no termine durmiendo en un ataúd como le pasó a Bela Lugosi tras muchos años de interpretar al Conde Drácula. Eso de vivir atrincherado en castillos góticos como el Palau de Sant Jordi conlleva sus riesgos y uno acaba perdiendo la noción del espacio y del tiempo. De cualquier manera, que sea Puigdemont quien hable de "miedo" del Estado español no deja de ser soprendente, ya que fue precisamente a él a quien, al día siguiente de proclamar la gloriosa república independiente de Cataluña, le temblaron las canillas y salió huyendo a Bruselas para no ser arrestado por rebelión, mientras otros compañeros del Govern, como su vicepresidente Oriol Junqueras y otros consellers, decidían quedarse para comerse el marrón de Estremera.
En todo caso, se equivoca el expresident de la Generalitat en su empeño por seguir manteniendo el pulso con el Estado español. Debería darse cuenta de que su estrategia unilateral, su estrambótica declaración de independencia sin ningún valor jurídico, no va a ninguna parte porque se ha agotado en sí misma. Puigdemont está amortizado, por mucho que pretenda volver a presentarse a president como un Tarradellas revivido, solo que su exilio no ha estado tan afectado de penurias, hambres y miserias como lo estuvo el viejo y gran patriarca de la Generalitat, sino más bien lleno de tranquilos paseos matutinos por Bruselas, conferencias en el Club de Prensa, jugosos capuchinos y exquisitos chocolates y hoteles con encanto. Cuenta hoy la prensa que muchos en el PDeCAT (antes Convergència, hoy Junts Per Catalunya, quién sabe cómo se llamará ese partido dentro de un cuarto de hora) ya no quieren saber nada de un hombre que ha llevado a la derecha catalanista y pactista a la ruina total por su obcecada deriva secesionista. Lo mejor que podría hacer ahora Puigdemont es afrontar que el procés tal como él lo había concebido está muerto y enterrado y asumir que todo ha sido un tremendo dislate que ha conducido a millones de catalanes a un callejón sin salida, a la confrontación social entre dos bandos y al éxodo masivo de empresas y bancos. Tal ha sido el temporal político que ha desatado este Harry Potter del independentismo catalán.
Dicho lo cual, váyase a casa, señor Carles, relájese en la piscina de Soto del Real, prepare su defensa que le vendrá bien, supérelo, deje atrás su etapa de cuatrero del Parlament, el runrún del procés, la matraca de una independencia que no puede ser posible mientras tenga en contra a la mitad de su ciudadanía. Eso sí, hacer campaña electoral a miles de kilómetros de distancia, mediante el plasma, el holograma y el tuit apresurado ha sido todo un hallazgo, toda una innovación de la política en estos tiempos de posverdad. Ciertamente, le ha quedado muy moderno y muy milenial y seguro que habrá un antes y un después. Por algo tenía que pasar usted a la historia.

Viñeta: El Koko Parrilla

viernes, 1 de diciembre de 2017

LA ESTUDIOSA DEL TERROR

(Publicado en Revista Gurb el 1 de diciembre de 2017)

El fanatismo yihadista prosigue con su ofensiva ciega y violenta en todo el planeta.  Hace solo unos días, más de 300 personas fueron cruelmente asesinadas en un atentado contra una mezquita sufí en el norte de la península egipcia del Sinaí. En este caso los terroristas colocaron artefactos explosivos de fabricación casera alrededor del templo de Al Rauda y los hicieron detonar a la salida de los fieles del rezo del viernes, día sagrado para los musulmanes. Fue una nueva masacre sin sentido. Tras la carnicería, las mismas preguntas de siempre. ¿Por qué? ¿Qué creencia religiosa puede llegar a tales extremos hasta convertirse en puro genocidio? Ayer fue Egipto, hoy puede ser Reino Unidos, Francia, Alemania o España, como ocurrió el pasado verano con los atentados de Barcelona. Luz Gómez (Madrid, 1967) es una de las arabistas que mejor pueden explicar lo que está sucediendo en ese mundo musulmán más cerrado y arcaico. Profesora titular de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y doctora en Filología Árabe, Gómez considera que el fundamentalismo yihadista hunde sus raíces en el pasado, hasta llegar a la Arabia Saudí del siglo XVIII, cuando dos grandes familias unieron sus destinos para propagar el wahabismo, una visión extrema del islam. Así, los Saud se ocuparían de las cuestiones político-económicas del nuevo estado; los seguidores de Abdel Wahhab, un clérigo que propugnaba un islam rigorista y duro, lideraría la superestructura ideológica. Aquella unión se ha perpetuado hasta nuestros días y hoy Arabia Saudí, por la interpretación extrema del Corán que conlleva el wahabismo, es uno de los espejos donde se miran cientos de terroristas. No en vano, fue en tierras saudíes donde Bin Laden empezó a propagar sus funestas ideas religiosas que después se extendieron por toda la Tierra, aterrorizando no solo al mundo musulmán sino también a Occidente. "La forma de penetrar del wahabismo es fundando escuelas, universidades, abriendo grandes mezquitas, apoyando determinado tipo de publicaciones y líneas editoriales, a través de páginas web, así es como penetran en diferentes capas sociales, creando una identidad basada en aspectos externos distintivos, como la vestimenta o una forma de expresarse y comportarse en público", asegura Luz Gómez. Si toda violencia es consecuencia de la historia, la profesora de la UAM puede ayudarnos a entenderla mejor.

Entrevista completa en Revista Gurb