domingo, 12 de septiembre de 2021

LA LUZ

(Publicado en Diario16 el 3 de septiembre de 2021)

El libre mercado es un monstruo voraz al que es preciso ponerle freno antes de que acabe devorándose a sí mismo. Muerto y enterrado el comunismo tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración del bloque soviético, la mayoría de los países de todo el mundo tienden hacia el liberalismo económico, es decir, el mito de que el dinero fluye mejor sin barreras gracias a una “mano invisible” que lo mueve todo, un concepto acuñado por el economista Adam Smith. Esta tesis es tan antigua como La riqueza de las naciones, la Biblia liberal que Smith elaboró en el 1776 y que todo seguidor del capitalismo sigue a pies juntillas dos siglos y medio después.

Pese a la influencia de aquella obra magna del pensamiento humano, hoy ha quedado claramente acreditado que la “mano invisible”, esa supuesta capacidad del mercado para autorregularse según la fuerza del interés de los individuos, del egoísmo personal y de las leyes de la competencia y del libre comercio, es en realidad una mano que siempre amasa el dinero en el mismo bolsillo, o sea, en el bolsillo de los que más tienen y que jamás reparten su riqueza con los pobres, en contra de lo que pensaba el ingenuo fundador de la economía moderna.

Aquellas viejas ideas dieciochescas sirvieron para dar consistencia filosófica al mundo de entonces con sus primeras revoluciones industriales, pero hoy, en pleno siglo XXI, se han quedado obsoletas, ya que el crecimiento económico basado en la producción desbocada y sin control, en el máximo beneficio (siempre a costa de la explotación de las clases obreras) y en el agotamiento de los recursos naturales y las materias primas de la Tierra, nos han conducido a un callejón sin salida que finalmente ha detonado en un cambio climático brutal, un fenómeno cuyas consecuencias estamos pagando estos días en forma de calor extremo y lluvias torrenciales en todo el mundo, también en España.

Por mucho que los nostálgicos del régimen neoliberal se empeñen en que todo debe seguir como siempre, por mucho que sigan aferrándose a un mundo de chimeneas contaminantes, de fábricas humeantes a pleno rendimiento, de calderas y carbón venenoso, es obvio que el modelo productivo asentado en la iniciativa privada y en la libertad económica absoluta ha colapsado, y no solo porque esquilma y destruye el planeta, sino porque genera desigualdad dentro de las naciones ricas y un Tercer Mundo colonizado por el imperialismo capitalista que, tal como estamos comprobando estos días con el caso de Afganistán, se revuelve contra Occidente en forma de grandes flujos migratorios capaces de desestabilizar el orden mundial.    

Lo que está pasando en España con las compañías eléctricas, los últimos trasatlánticos de aquel viejo mundo que agoniza, es el mejor ejemplo de la decadencia de ese modelo económico fracasado. La factura de la luz, ese papel que nos provoca terror a final de cada mes, no es ni más ni menos que el certificado de defunción del sistema. Con la excusa de la supuesta liberalización del mercado, un bien esencial como es la energía ha caído en manos de un oligopolio, un término que traducido al lenguaje de los mortales quiere decir que el oro fotovoltaico está en poder de una panda de socios, accionistas y amiguetes que se reparten los “beneficios caídos del cielo”, un magnífico eufemismo que esconde lo que no es más que abuso, robo y ladrocinio a costa de algo tan necesario para la vida de millones de personas como la luz. Imagínese el ocupado lector que el pan, por poner un ejemplo, acabara bajo el dominio de un oligopolio de tan baja catadura moral. El resultado sería que una barra de cuarto costaría un riñón y al consumidor no le quedaría otra que pasar por al aro y pagar lo que le pidieran bajo riesgo de morirse de hambre o acabar como un Carpanta. El mismo símil serviría para cualquier otro bien esencial como el agua o las medicinas.

La lógica nos dice, por tanto, que el mercado no solo no se autorregula por sí mismo con esa falsa “mano invisible”, como trataba de convencernos el cándido señor Smith, sino que la voracidad llevará a la famosa mano, una y otra vez, a querer acumular cada vez más beneficios, cada vez más poder, cada vez más dinero incluso a costa del pobre, de ahí el atraco permanente y el colapso del sistema.

¿Cómo acabar con esa situación de auténtica dictadura energética? Unidas Podemos ha planteado una propuesta interesante que piensa llevar al Congreso de los Diputados: la creación de Producción Eléctrica Española (EPE), una compañía energética pública que compita con la avaricia desmedida de las multinacionales del sector. Este proyecto sería un complemento a la propuesta principal del partido podemita, que consiste en fijar un tope o precio máximo al megavatio hora, por ley, con el fin de evitar los abusos. Para la formación morada, con un mercado eléctrico dominado por un oligopolio privado, “no es creíble” que podamos acometer los objetivos planteados en el horizonte verde. Esto quiere decir que los problemas de desigualdad y daño ecológico persistirán si el Estado no interviene de alguna manera, si no le metemos mano a la mano del monstruo. La empresa nacional de luz y gas sería un agente esencial a la hora de emprender la transformación hacia la nueva economía sostenible. Impulsaría la instalación de las renovables (dejando atrás la energía contaminante derivada del crudo), controlaría los desmanes en la factura de la luz y garantizaría que nadie en este país caiga en el drama de la pobreza energética.

La batalla en el Parlamento promete ser apasionante. No solo porque la propuesta de Unidas Podemos promoverá un debate técnico sobre el encorsetado y obsoleto mercado de la energía en España, sino porque servirá para que cada partido político se retrate ideológicamente, mayormente los dos grandes dinosaurios del bipartidismo. Si el PSOE sigue siendo un auténtico partido socialista es el momento de demostrar que no debe tenerle miedo a la creación de una gran empresa energética estatal, ya que va en el ADN de cualquier socialista la idea de que el Estado debe garantizar unos servicios públicos mínimos (y la energía lo es). Lamentablemente, en el PSOE de hoy hay muchos, demasiados quizá, que siguen sintiendo verdadera alergia ante el intervencionismo estatal y que sueñan con privatizarlo todo como en los tiempos de la reconversión industrial felipista, demostrándose así que en este país hay mucho político confuso y tapado que no milita en el partido que le corresponde por vocación y creencias.

Por su parte, el PP se enfrentará a sus propias contradicciones internas: defender a ultranza el viejo modelo liberal en vías de extinción a causa del desafío climático o dar la cara ante la ciudadanía, asumiendo que un gobierno tiene la obligación moral de prestar un servicio que la iniciativa privada ha convertido en especulación y estafa al consumidor. A buen seguro, cuando empiecen las sesiones, Pablo Casado y los suyos se rasgarán las vestiduras y se opondrán, en su mejor estilo demagógico populista, a proyectos “sovietizantes y bolivarianos”, una patraña más, ya que ellos mismos, sin ir más lejos, tuvieron que recurrir al intervencionismo estatal de un sector como la banca en los peores momentos de la crisis de 2008. ¿Qué fue el rescate de Bankia firmado por Luis de Guindos sino una nacionalización en toda regla? Mediante aquella operación el Estado se quedó con todo el capital de BFA (matriz de Bankia) y en consecuencia se convirtió en dueño de la mitad de la entidad. Lo malo es que aquello acabó como acabó y el rescate financiero de los bancos fue una gran estafa a los españoles más que una nacionalización, ya que más de 60.000 millones de euros se han evaporado como el humo.

EPE es un proyecto que engrandece a nuestro país. No olvidemos que España ya tuvo una empresa pública, Endesa, privatizada por los gobiernos de Felipe González y José María Aznar y hoy propiedad de Enel, controlada por el Estado italiano. Recuperar una compañía pública hidroeléctrica es, por tanto, un proyecto que no tiene nada de comunista, al contrario, refuerza a una democracia real que vela por sus ciudadanos y cumple con un mandato constitucional como es garantizar el derecho a la vida y a los bienes necesarios para la subsistencia. Si el PP se opone al proyecto y cae en la demagogia de acusar al Gobierno de chavista habrá quedado acreditado, una vez más, lo que son: los legítimos defensores de unas élites privilegiadas que se enriquecen a costa de los bolsillos de los españoles. A fin de cuentas, quizá sea eso lo que andan buscando: que pase el tiempo hasta 2060, fecha en que el Estado podría hacerse de nuevo con las concesiones de las que disfrutan los piratas de la energía. Casi cuarenta años más de saqueo a los españoles, un segundo franquismo económico. Lo dicho: una tiranía eléctrica y un botín que no está nada mal para los herederos de papá Smith.

Viñeta: La Mosca Cojonera

LA ARROGANCIA DEL PP

(Publicado en Diario16 el 3 de septiembre de 2021)

Uno de los tics más insoportables del discurso político del PP (y mira que tiene) es que sus dirigentes están todos convencidos de que después de ellos no hay nada. O nosotros o el caos, se dicen con arrogancia y prepotencia cuando se miran al espejo. El país les pertenece, no hay más patriotas que ellos y solo existe una receta económica capaz de sacar a España de la crisis: la que ellos propugnan. Todo lo demás es un puro desastre, todo lo que no sea liberalismo a calzón quitado es conducir al pueblo por el camino de la perdición.

La dirigencia popular se jacta, entre otras cosas, de que la izquierda no sabe de números ni de economía, otro falso mito que estos días salta por los aires tras publicarse los informes macro del último mes. Los datos estadísticos revelan que el paro baja vertiginosamente, que el crecimiento económico sigue disparado, que las familias ahorran más que nunca y que el milagro español está más cerca de producirse pese al cataclismo de la pandemia. Es decir, que aunque le pese al PP se puede gobernar con el manual socialdemócrata sin que el país se vaya al garete. No hay más que escuchar las declaraciones de los mandamases que hoy dirigen el PP casadista para comprobar lo mucho que les duele que España vaya bien, como decía Aznar en sus mejores tiempos.

El otro día, en no sé qué televisión, vi a Cuca Gamarra dando lecciones sobre cómo poner freno al atracón de la luz. Y lo decía así, sin despeinarse, ella que milita en un partido que se encargó de abonar el terreno para el abuso de las eléctricas cuando estaba en el poder (no solo permitiendo los “beneficios caídos del cielo” de las grandes compañías sino potenciando las puertas giratorias, un escándalo para nuestra democracia en el que también ha participado durante años, justo es decirlo, el PSOE). “Hay que tomar decisiones y Sánchez no lo hace”, se quejaba doña Cuca con toda su frescura afeando que el presidente del Gobierno no esté haciendo nada por frenar los excesos en la factura de la luz. Lo que no dice la portavoz popular en el Congreso de los Diputados es que el paso por Moncloa de personajes como Aznar y Rajoy fue nefasto para la política energética de este país, ya que se favoreció el oligopolio y se enterró el futuro de las energías alternativas. Recuérdese cómo el ministro Soria estableció un “impuesto al sol” que, pese a las duras críticas de los ecologistas, significó el certificado de defunción de las renovables y la patente de corso para que las grandes compañías eléctricas siguieran haciendo de su capa un sayo.

Que doña Cuca Gamarra vaya ahora de intervencionista y ande por ahí dando lecciones sobre cómo controlar los desmanes de los piratas hidroeléctricos –ella que pertenece a un partido que siempre ha defendido el actual sistema de fijación de precios sin control según la ley de la oferta y la demanda que castiga a millones de familias vulnerables y sin recursos–, no deja de ser un sarcasmo.

Pero Gamarra no es la única que va de soberbia, sobradita y demagógica cuando se trata de hacer burda oposición destructiva. Ayer mismo, el portavoz nacional del PP y alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, le negaba a Sánchez el mérito de haber logrado que nuestro país haya inmunizado al 70 por ciento de su población con las diferentes vacunas contra el coronavirus, un objetivo que el presidente socialista se marcó el pasado 6 de abril y que desde que Araceli (la primera española en ser inyectada con Pfizer) dio el pistoletazo de salida a la campaña, se ha cumplido con la exactitud de un reloj suizo, salvo un pequeño retraso que no resta mérito alguno al logro.

Sin embargo, en una pirueta dialéctica, Martínez-Almeida le dice al presidente que él no ha tenido nada que ver con que España haya alcanzado la inmunidad de rebaño, ya que “son las comunidades autónomas” las que se han apuntado el tanto. Y para reforzar su disparatada tesis remata la cosa preguntando a la opinión pública: “¿Se ha visto a Pedro Sánchez o al Gobierno de la nación poner una sola vacuna? Le hemos visto cuando llegaron en una caja con el escudo del Gobierno de España, pero yo a los únicos que he visto poner vacunas es a las comunidades autónomas”, asevera el primer edil madrileño para vergüenza ajena de quien lo está escuchando. Es conocida la afición del alcalde de Madrid por el humor y el chiste castizo (en ocasiones parece más un cómico de tablao de verbena que un político) pero esto de reprochar que un presidente del Gobierno no se ponga la bata blanca para bajarse a los hospitales e inyectar él mismo, personalmente y uno por uno, las vacunas a sus compatriotas, roza el absurdo más absoluto.

La campaña de vacunación es un hito de país, un gran éxito de nuestra Sanidad pública y un triunfo de la sociedad española. También del Gobierno y de las comunidades autónomas. Pero del Estado en su conjunto sin excluir a nadie. Y sobre todo una medalla que es preciso colgar a médicos, enfermeras y personal sanitario, cientos de profesionales que han dado lo mejor de sí, doblando guardias y renunciando a vacaciones y festivos, para que cada persona sea inoculada con la dosis que le corresponde. Restarle méritos al Gobierno de España, que ha coordinado el operativo, que ha gestionado la compra de las vacunas y que ha trazado un plan de vacunación perfectamente organizado, es caer en el sectarismo más barato, en la falta de elegancia, en la pataleta de niño pequeño y en el ridículo más espantoso. Mucho más cuando, durante meses, el edil dudó públicamente de que la campaña pudiera culminarse con éxito e incluso bromeó con la cuestión al asegurar que al actual ritmo de vacunación se necesitarían años para lograr la inmunidad de rebaño en nuestro país. Obviamente, ha metido la pata hasta el cuezo. Lo mejor que podría hacer Almeida es reconocer que las cosas se han hecho bien por una vez en este país. No tendrá la gallardía de asumirlo porque, al igual que los demás de su partido, está marcado por la prepotencia, la arrogancia, la egolatría y un desconocimiento absoluto de lo que son las reglas elementales del fair play democrático. Si este hombre era lo mejor del PP, lo más cultivado, razonable y granado, tal como nos habían dicho, cómo será lo peor.

Viñeta: Pedro Parrilla

MALAS NOTICIAS PARA CASADO

(Publicado en Diario16 el 2 de septiembre de 2021)

La economía española, una vez que la pandemia empieza a ser controlada, va como un tiro, tal como vaticinaron meses atrás algunos economistas como Gonzalo Bernardos, profesor de economía de la Universidad de Barcelona. Agosto ha registrado la mayor caída de paro de la historia (el desempleo desciende en 82.000 personas y se crean más de 76.000 puestos de trabajo), un dato espectacular teniendo en cuenta que esta época del año suele ser mala, ya que terminan los contratos temporales de verano. Si al dato de que el paro encadena seis meses consecutivos de caída se une el hecho de que el crecimiento económico para este año puede llegar al 7 por ciento (los expertos están convencidos de que España va a ser el país que más crezca de la zona euro), el Gobierno de coalición tiene motivos más que suficientes para estar satisfecho en el inicio del nuevo curso político. Y Pablo Casado para estar preocupado.

Indudablemente, sin caer en triunfalismos (sigue habiendo más de 3,3 millones de trabajadores que no encuentran un empleo, un auténtico drama nacional), algunas cosas se han hecho bien durante la crisis del coronavirus, la peor desde el final de la Guerra Civil. El escudo social ha supuesto una ayuda para muchas familias que se quedaron sin nada en marzo de 2020, cuando se desencadenó la plaga vírica. El ingreso mínimo vital, aunque empezó al ralentí por los problemas de liquidez y gestión burocrática, empieza a carburar y a llegar a los hogares. Los ERTE se han revelado como una herramienta eficaz en tiempos de recesión, ya que permiten conservar en estado de hibernación cientos de miles de puestos de trabajo hasta que pasa lo peor de la crisis. Se han garantizado las pensiones (la revisión al alza según la subida del IPC, un blindaje justo y necesario, acaba con la infame congelación y recortes de los gobiernos del PP) y se ha subido el salario mínimo interprofesional (la última mejora de estos días supondrá un avance importante en el camino a la homologación de los salarios españoles siempre bajos en relación con el resto de países europeos). Hoy hasta los más acérrimos economistas ultraliberales y los prebostes de la patronal CEOE reconocen que subir el SMI es una medida beneficiosa para la economía, ya que el trabajador puede disponer de más dinero para gastar, lo cual reactiva el consumo y por consiguiente incentiva la producción industrial.

Para completar el panorama de esperanza y optimismo tras la pandemia, conviene no olvidar que ha empezado a llegar el maná de los fondos europeos que deben contribuir a la recuperación y modernización de la economía española en el proceso hacia la transición verde y tecnológica, un paquete de 140.000 millones de euros (más de 72.000 a fondo perdido) de los cuales este verano ya ha llegado una primera partida de 9.000 millones, que servirán para ir parcheando los destrozos ocasionados por el covid.

Es cierto que España no está para tirar cohetes ni para caer en el triunfalismo o en el eslogan “misión cumplida” al que es tan propenso el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La economía española sigue lastrada por graves problemas estructurales como la precariedad laboral, la desigualdad, el déficit y la inflación mientras que algunos males endémicos como la pobreza energética provocada por el tarifazo de la luz en los meses más calurosos y fríos (un abuso en toda regla de las compañías eléctricas que castiga a las clases más humildes) no han sido extirpados todavía. El descontrol en la factura de la luz es uno de los fracasos más sonados de este Gobierno socialista, pese a que ha mostrado cierta buena voluntad a la hora de intervenir en el mercado poniendo en marcha medidas como el bono energético y la flexibilización de las tasas e impuestos, ideas que se han revelado ineficaces frente al poderoso oligopolio del mercado mayorista, que con sus especulaciones, subastas e injustas leyes de oferta y demanda ha implantado una especie de gran dictadura energética en nuestro país.

Sánchez anunció ayer que el Gobierno seguirá “actuando” para frenar el atraco que sufren los españoles cada mes a manos de los piratas hidroeléctricos, pero está por ver si tendrá el valor suficiente como para enfrentarse a las multinacionales del Íbex 35 y acometer planes más ambiciosos y efectivos, como la puesta en marcha de una gran compañía nacional que compita en el mercado libre para regular los precios y garantizar el suministro de un bien esencial para la vida como es la energía. El laconismo que muestra el ministro de Presidencia, Félix Bolaños (“la energía es un problema complejo que no tiene una solución sencilla”) no invita a pensar que puedan frenarse a corto plazo las actividades de los bandoleros y asaltacaminos de la luz.

No obstante, y pese a los nubarrones, casi todo son buenas noticias para el Gobierno de coalición en el inicio del nuevo curso político. Buenos augurios de estabilidad gubernamental a los que vienen a sumarse la campaña de vacunación contra el coronavirus (un ejemplo de gestión que asombra al mundo y que pone en valor la Sanidad pública española); el tirón de orejas que la UE ha dado al PP por negarse a renovar los altos cargos del Poder Judicial en contra de lo que ordena la Constitución; y la exitosa operación de evacuación de los refugiados afganos, una audaz misión militar humanitaria que ha sido alabada y reconocida por Estados Unidos y por el resto de la comunidad internacional. Haber salvado miles de vidas nos engrandece como país y quedará para la historia frente al infame chiste sobre las alpargatas del presidente que retrató al frívolo alcalde de Madrid, Martínez Almeida.

El buen panorama que se le presenta al Gobierno no es el mejor escenario para la oposición de las derechas PP, Cs y Vox, que daban por seguro que a mitad de Legislatura el Gobierno de coalición ya habría saltado por los aires. No solo no ha reventado el Ejecutivo, sino que se encuentra más fuerte que al principio y con garantías de plantar cara al Partido Popular pese a lo que digan las encuestas coyunturales. Hay partido de cara a las próximas elecciones y en la medida en que a España le siga yendo bien a Pablo Casado le irá mal. De ahí que el líder popular haya recrudecido su discurso apocalíptico, siempre a la contra, negativista y más populista que nunca. Por si fuera poco, Isabel Díaz Ayuso lo puentea descaradamente y ejerce ya como próxima candidata popular al Gobierno de la nación. El navajeo en Génova 13 promete ser apasionante.

La reanudación de las sesiones parlamentarias prevé batallas políticas encarnizadas en un otoño más caliente que nunca. Quedan dos años para saber si los españoles valoran el esfuerzo de un gobierno socialdemócrata en época de crisis, un estilo muy diferente al ultraconservador de Rajoy, que tras la recesión de 2008 se dedicó a permitir los desahucios, a meter la tijera sin misericordia en los servicios públicos como la sanidad y la educación y a inyectar dinero a fondo perdido a la banca: más de 60.000 millones de euros que los españoles jamás volverán a recuperar. Dos formas muy distintas de gobernar. Para que luego digan que las ideologías han muerto y son cosa del pasado. De eso nada.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

MBAPPÉ

(Publicado en Diario16 el 2 de septiembred de 2021)

Ed Asner interpretó a Lou Grant, el periodista más famoso de la historia de la televisión. Sarcástico, íntegro, tierno, profesional, riguroso, incorruptible, su personaje marcó a varias generaciones de niños televidentes de los que salieron algunas hornadas de buenos periodistas. Quién no ha escuchado alguna vez aquello de yo soy periodista gracias a Lou Grant. Asner falleció el pasado viernes en su casa de California a la edad de 91 años. Nos deja el recuerdo de una televisión mucho más ingenua pero más nutrida de valores y por supuesto el homenaje a un periodismo de investigación clásico, romántico y nostálgico en el que no había ordenadores sino máquinas de escribir que repiqueteaban como metralletas en la noche trepidante de las redacciones envueltas en nubes de tabaco y aroma a whisky. El misticismo de un periodismo honesto, aguerrido e insobornable que quizá, a fin de cuentas, solo existió en nuestra adolescente imaginación.

Hoy, la prensa es la antítesis del personaje del honrado redactor jefe encarnado por el gran Asner en la añorada serie de nuestra juventud. Todo es espectáculo y entretenimiento, vodevil, tuit rápido y debates faltones entre tertulianos que gritan mucho y divulgan poco. La proliferación de panfletos digitales nos ha devuelto al periodismo de trincheras, la búsqueda de la verdad importa poco, la sobreinformación de baja calidad lo satura todo y las noticias se elaboran deprisa y corriendo, casi siempre mal.

Y en medio de esta degradación periodística general propia del vertedero maloliente del Mar Menor, el periodismo deportivo se ha convertido en lo peor de lo peor. Durante los meses de verano nos han estado bombardeando con el supuesto fichaje de Kylian Mbappé, el jugador del PSG deseado por el Real Madrid. La cosa se ha dado por hecha tantas veces que la afición madridista ya preguntaba cuándo podía ir a la tienda a comprar la camiseta de su nuevo ídolo. Y es que la no-noticia se había convertido en noticia con el animoso apoyo de los grandes grupos mediáticos especializados en la venta de humo entre anuncio y spot.

En realidad, el caso Mbappé ha sido un inmenso fake, una culebra estival que ha servido para vender mucho Marca y para refrescar los marchitos índices de audiencia de los chiringuitos veraniegos televisivos aún a sabiendas de que no había exclusiva porque el jeque del PSG no estaba dispuesto a vender al nuevo mesías merengón. El tal Al-Khelaifi, propietario del club parisino, tiene dinero por castigo y aunque Florentino Pérez le hubiese ofrecido el Bernabéu, la Castellana con las Torres Kio y un maletín con mil millones de euros de regalo, la respuesta del magnate catarí habría sido la misma: Mbappé no se vende. Los nuevos camelleros y mercaderes del fútbol mundial son así, no dirigen clubes deportivos sino embajadas de países árabes podridos de petrodólares que no necesitan el dinero de nadie, entre otras cosas porque el mundo entero les pertenece y la pasta es solo un pasatiempo para ellos. Mal futuro tiene el deporte si cae en manos de esta gente sin escrúpulos y sus clubes-estado que se saltan las leyes del fair play financiero (con la complicidad de la UEFA) para convertir la competición futbolera en un casino de Abu Dabi con ruletas, piscinas rebosantes de champán y harenes de mujeres bailando la danza del vientre.      

La gran mentira del fichaje de Mbappé vendida por entregas, noche y día y con programaciones especiales en radio y televisión, habrá sido un gran negocio para algunas empresas periodísticas pero una gran tragedia para este país, ya que mientras se hablaba de la vida y milagros del astro parisino, de los entresijos del fichaje cifrado en 200 kilos y del grano que le había salido al jeque en el trasero, se celebraban los Juegos Paralímpicos de Tokio, el deporte de verdad, la competición auténtica y sin adulterar, historias de hombres y mujeres que conviven con la tara física y el dolor en su lucha conmovedora por superarse a sí mismos y batir un récord mundial. En ese grupo de verdaderos héroes casi anónimos está la nadadora zaragozana Teresa Perales, que mermada por una lesión en el hombro izquierdo ha tenido los ovarios de conquistar la plata en los 50 metros espalda. Con 45 años y los huesos molidos tras años de competición, Perales lleva acumuladas 27 medallas olímpicas (que se dice pronto) y está a un paso de igualar al legendario Michael Phelps. Indudablemente, Perales se ha ganado a pulso la condición de mejor deportista española de todos los tiempos (al menos le han dado el Princesa de Asturias) y debería ser el primer referente para nuestros niños, que harían bien en mirarse en ella como en un espejo educativo para aprender la gran lección de la existencia humana, que no es otra que la vida es lucha, como decía el viejo Eurípides, y que no se trata de triunfar y tener mucho éxito, sino de resistir porque quien resiste gana, como decía Cela.

Las gestas deportivas de Teresa Perales y sus compañeros de la delegación paralímpica ocupan un suspiro en el telediario de las tres y a veces ni eso. Los medios les dan el segundo tiempo, los minutos de la basura del noticiero, lo que dura un hipócrita titular para justificar que aquí, en España, somos muy solidarios y muy concienciados con las minorías y no discriminamos a nadie. Lamentablemente, los ídolos de barro de la juventud desnortada de hoy no son nuestros valientes atletas con discapacidades físicas, mentales o sensoriales, con amputaciones, con ceguera y parálisis cerebral que se lanzan a la piscina para jugarse la vida en unas olimpiadas, sino un pájaro como Mbappé que ha decidido vivir encerrado en la jaula de oro de un califa, la youtuber choni de turno o el macarra de piel curtida y engrasada que lo petan en Instagram. En esta epidemia de idiocia social tiene mucha culpa la prensa de hoy, que encumbra a los mediocres y olvida a los verdaderos dioses del Olimpo. Si viviera Lou Grant, no lo permitiría.

Viñeta: Pedro Parrilla

LOS DUROS DE LA UE

(Publicado en Diario16 el 1 de septiembre de 2021)

Los duros de la UE han terminado por imponer sus tesis en la crisis de los refugiados afganos. No habrá reparto de cuotas obligatorias para acoger a los que huyen de la guerra y la única alternativa que los 27 proponen a la mayor catástrofe humanitaria de los últimos años –medio millón de personas esperan ser acogidas en el viejo continente tras su huida por la llegada al poder de los talibanes– consiste en que todos los desplazados se queden cerca de su región, en Pakistán, en Turquía, en cualquier lugar menos en la opulenta y rica Europa que no los quiere aquí.

De alguna manera, al final ha triunfado el discurso de Orbán, el pequeño hitlerito húngaro que durante la crisis de los refugiados sirios de 2015 se dirigió a millones de personas aterrorizadas por la sombra del genocidio y del Califato que planeaba sobre sus cabezas y les dijo con una sonrisa entre cínica y sardónica: “Por favor, no vengáis ¿Por qué tenéis que pasar de Turquía a Europa? Turquía es un país seguro. Quedaos allí. Venir es arriesgado. No podemos garantizar que seréis aceptados”. Aquella parrafada hipócrita y descarnada quedará como uno de los discursos más horripilantes que se han escuchado desde la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis hacían chistes con los judíos mientras encendían las cámaras de gas.

Obviamente, hoy la sombra de Auschwitz nos queda muy lejos, pero la decisión que acaban de tomar los prebostes de Bruselas y que consiste en cerrar fronteras, en barrer a los inmigrantes hasta la frontera y en recluirlos previo pago de un precio en las pocilgas turcas de Erdogan (llamar a aquellos sucios establos campos de refugiados es el peor de los sarcasmos), no dista demasiado de la segregación racial y el sistema de apartheid que imperó en Europa en aquellos oscuros tiempos del totalitarismo fascista.

En España, el político que sale ganador de este gran fracaso europeo no es otro que Santiago Abascal, que en las últimas horas ha dejado otra perla para la historia de la infamia, de la deshumanización de nuestra especie y de la negación de los derechos humanos. “Europa no tiene deber moral de acoger a todo Afganistán y toda África, porque eso nos conduce al suicidio en términos culturales y de seguridad”. Resulta imposible soltar más mentiras en tan pocas palabras. En primer lugar, el líder de Vox falsea la realidad cuando, en su más puro estilo trumpista, hiperboliza con frivolidad el problema de los refugiados. Obviamente, no se trata de acoger a todo el pueblo de Afganistán y a todos los pobres del continente africano. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que eso jamás ocurrirá. De lo que se trata aquí es de acoger por pura humanidad a un contingente de personas que huye de la guerra, apenas medio millón de desplazados que, comparados con la población total de la UE (que ronda los 500 millones de habitantes), supone un porcentaje insignificante. Un reparto de cuotas entre 27 países habría sido perfectamente asumible y habría servido para lanzar al mundo un mensaje de decencia, solidaridad y humanismo, que buena falta nos hace. Europa se habría colocado a la vanguardia en la defensa de los derechos humanos, ejerciendo el papel que le corresponde y fortaleciendo la democracia frente a las dos grandes dictaduras que hoy le disputan el poder hegemónico a Occidente: China y la Rusia populista de Putin.

Lamentablemente, no ha sido así y se ha perdido una oportunidad única al renunciar a los postulados de Angela Merkel, última estadista con empaque de esta Europa trémula y languideciente que se refugia en el medievalismo nacionalpopulista. La batalla política e ideológica entre los dos bloques antagónicos de la Unión Europa –los humanistas partidarios de dar asilo a los refugiados, tal como establecen los convenios internacionales, y los ultraderechistas que siguen creyendo en los viejos mitos como la pureza de la sangre del hombre blanco–, se ha decantado a favor de los supremacistas, que cada vez son más.

La segunda mentira que entraña la afirmación de Abascal (el vicario delegado en España de esta nueva religión neofascista que se abre paso en todo el mundo, no lo olvidemos) consiste en hacer creer a los españoles que acoger a un grupo de afganos amenazados de muerte por los talibanes “nos conduce al suicidio en términos culturales y de seguridad”. Solo un castrado intelectual, un acomplejado, un desconocedor de las leyes más elementales de la sociología y un cateto que no ha salido del pueblo puede llegar a pensar que un puñado de afganos asustados que huyen de la guerra pueden poner en peligro siglos de cultura europea. En todo caso sería exactamente al revés. Esta gente, de llegar a nuestro país, acabaría integrándose en nuestra cultura. Los hombres, salvo contadas excepciones, terminarían vistiendo con vaqueros o con traje y corbata; las mujeres se despojarían del odioso burka y podrían acceder a un trabajo digno; y los niños serían escolarizados para que pudieran aprender algo más que los rutinarios principios del Corán que se imparten en las madrasas fanatizadas de aquel Oriente atávico y teocrático.

La imagen de esa niña saltando y cantando de alegría tras bajar por la rampa de un Airbus del Ejército del Aire español y pisar el suelo de un país libre debería estremecernos a todos y hacer que nos sintiéramos orgullosos de la denodada tarea humanitaria que nuestras fuerzas de evacuación han llevado a cabo sobre el terreno en el polvorín del aeropuerto de Kabul. A esa pequeña niña difuminada en la inmensidad de la pista de aterrizaje de Torrejón, si se le da una oportunidad, quizá llegue a ser una gran científica que descubra una vacuna contra alguna grave enfermedad, como ha ocurrido estos días con los heroicos médicos turcos de Pfizer. El multiculturalismo y el mestizaje enriquecen una sociedad y si no que se lo pregunten a los norteamericanos, que se colocaron como primera potencia mundial gracias al conocimiento y al talento de miles de desplazados de todo el mundo que tras huir de los nazis en los años 30 y 40 del pasado siglo recalaron en EEUU. De ahí que la idea de Abascal de que una minoría étnica puede poner en peligro la monumental cultura europea sea tanto como creer que unas cuantas frágiles hormigas pueden destruir una montaña como el Everest.

Y luego está el tercer gran embuste que subyace a la afirmación del Caudillo de Bilbao. Los afganos no suponen ninguna amenaza para nuestra seguridad nacional. Todos esos hombres a los que hemos evitado una muerte segura en una cárcel talibán, todas esas mujeres que hemos rescatado de una cruel lapidación por feministas y todas esas niñas condenadas al más cruel analfabetismo por un absurdo fanatismo religioso, por un férreo patriarcado y por unas costumbres prehistóricas y salvajes estarán siempre agradecidos al país que los sacó del infierno para darles una oportunidad. Estemos seguros de que de ahí no saldrá un solo terrorista suicida. Si Abascal quiere encontrar yihadistas que los busque en los guetos germinados por un sistema capitalista injusto que él mismo defiende, en las alianzas diplomáticas por intereses geoestratégicos con países musulmanes radicalizados y en los traficantes que proveen de armas al Tercer Mundo, entre los cuales hay algunos buenos patriotas españoles.

Hoy, cuando el papa Francisco le ha sugerido a Carlos Herrera que la solución a la despoblación en países como Italia y la España vaciada pasa por acoger a personas inmigrantes dispuestas a resucitar pueblos abandonados, la decisión de la UE de dejar a su suerte al pueblo afgano supone una patada al derecho humanitario, la consagración de la neurosis populista como corriente política dominante y la traición a los valores fundamentales de aquella Europa solidaria, próspera y en paz que cierto día trazaron los Adenauer, Monnet, Churchill, Schuman, De Gasperi, Spaak, Hallstein y Spinelli. Los “padres fundadores” cuyo sueño europeo de respeto a los derechos humanos, integración de las minorías y democracia salta por los aires hoy mismo, cuando decidimos meter a los afganos en un vagón hacinado y herméticamente cerrado de la historia. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

HUMANISTAS VERSUS FASCISTAS

(Publicado en Diario16 el 31 de agosto de 2021)

Europa aguarda una nueva oleada de refugiados: medio millón de afganos que huyen del infierno talibán. ¿Y cómo piensa afrontar la UE la mayor catástrofe humanitaria de los últimos años? A esta hora se desconoce la respuesta. No hay una posición única de los 27 socios del club comunitario frente a semejante desafío; no hay un plan de contingencia que prevea el acogimiento masivo de refugiados; no hay reparto de cuotas migratorias entre los diferentes estados. En definitiva, no hay una política común de extranjería (en realidad nunca la hubo) para responder con eficacia mientras cientos de miles de personas amenazadas por los talibanes llaman a las puertas de la vieja Europa.

Hoy los ministros de Justicia e Interior de la UE mantienen una reunión urgente para abordar el problema y ya se han formado los dos habituales bloques antagónicos: por un lado los humanistas partidarios de acoger a la mayor cantidad posible de personas desplazadas por respeto a los valores democráticos europeos más elementales; por otro los ultraderechistas xenófobos (polacos y húngaros a la cabeza), cuya única receta o solución ante la catástrofe humanitaria es levantar más verjas inútiles, más muros frágiles, más alambradas quebradizas.

En los últimos años, el método Trump ha acreditado su más rotundo fracaso. Sus medidas drásticas de nada sirvieron, ya que los “espaldas mojadas” han seguido entrando por la frontera mejicana. Tratar de amurallar los límites de un país rico para que no entren los pobres, los desesperados, los parias de la famélica legión, es una medida tan estúpida y absurda como tratar de ponerle puertas al campo. La marea humana, el vendaval de inocentes masacrados por la miseria y la injusticia acabará entrando de una forma o de otra, como el huracán Ida que estos días arrasa los estados sureños de Norteamérica.

No hay piedra ni muro blindado suficientemente grueso como para evitar la grieta o fisura y los inmigrantes acabarán llegando por tierra, mar o aire, en patera o en globo aerostático, escondidos en el maletero de un coche o en la despensa de un camión frigorífico a varios grados bajo cero. La vida no tiene ningún valor cuando se ha perdido todo: la familia, los hijos, la tierra de origen y la dignidad aplastada por la humillación. Lo vimos hace unas semanas en la frontera de Ceuta, donde miles de marroquíes sin futuro se lanzaron a las aguas del Tarajal para jugárselo todo a vida o muerte. Por mucho que diga Santiago Abascal, no hay fortaleza que pueda detener a una legión de hambrientos, no hay ejércitos suficientes que frenen a los que no tienen nada que perder, y esa es la primera lección que deben aprender los ministros de la Unión Europea que se reúnen estos días en la conferencia de la vergüenza.

Afganistán es un avispero criado por Occidente. Kabul un inmenso psiquiátrico organizado por los generalotes del Pentágono, los vejestorios de la OTAN alicatados de medallas, los desalmados traficantes de armas de Wall Street y las empresas privadas de servicios de seguridad, mercenarios y matones a sueldo que se han llenado los bolsillos a golpe de subcontrata. Buena parte de culpa de lo que ha ocurrido allí en estos últimos veinte años de ocupación aliada la tenemos los occidentales, que siempre miramos a aquel país hundido en el último rincón del mundo como un yermo campo de batalla para la lucha contra el terrorismo yihadista, no como lo que es, un estado fallido necesitado de ayuda internacional, de cooperación y de democracia de la de verdad, no esa farsa de gobiernos corruptos y títeres que hemos estado apoyando todos estos años de infructuosa invasión.

Sin embargo, en Europa apenas quedan líderes humanistas capaces de defender los nobles principios. Macron está dando muestras preocupantes de coqueteo populista tras asegurar que endurecerá los requisitos legales para solicitar la condición de refugiado. Las elecciones están a la vuelta de la esquina y los Le Pen presionan al presidente francés para que cierre fronteras ante la posible llegada de miles de afganos (al igual que Abascal le marca la agenda a Pablo Casado en España). Toda la derecha convencional europea corre serio riesgo de caer en el radicalismo ultra, ese es el inmenso drama de Europa, no una inexistente amenaza de los inmigrantes. El debate está servido y divide a los franceses. Por un lado, los solidarios; por otro los xenófobos temerosos ante el discurso de la invasión que promueve la extrema derecha. En realidad, medio millón de afganos desplazados es un porcentaje insignificante, ínfimo, al lado de la población total europea. Se puede acoger a todas esas personas sin que se origine ninguna convulsión demográfica; se puede dar asilo a los refugiados que huyen del talibán sin que el mercado laboral quiebre y estalle una revolución. Aceptarlos no implicará ningún “efecto llamada” mayor del que ya existe ni un incremento del riesgo yihadista, tal como proclama la extrema derecha en sus constantes bulos en las redes sociales, ya que el peligro está en los sátrapas del Califato que operan en países al borde de la extinción como Siria, Irak o Yemen, no en unas personas que huyen de la guerra.

Estos días de tensas reuniones se juega buena parte del destino de Europa. Lo que queremos ser en el futuro. La decencia frente al egoísmo; el espíritu de fraternidad frente a la semilla de la guerra. Una tierra que respeta los valores humanos (los refugiados tienen derecho al asilo según los tratados y convenciones internacionales) o un búnker absurdo poblado de millones de seres neurotizados por el racismo, la obsesión por la seguridad y el miedo al atentado terrorista. Mientras no asumamos que nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad, tal como dijo H.G. Wells, estaremos abocados a un futuro cada vez más negro e incierto. Lamentablemente, no parece que hayamos aprendido la lección de Auschwitz. En los primeros contactos entre ministros en Bruselas se han impuesto las tesis reaccionarias de los “países duros”: Austria, Polonia, Hungría, a los que se han unido los estados bálticos y algunos partidos daneses falsamente socialdemócratas. Los estados en manos del nuevo populismo neofascista que retorna con fuerza, en fin.

Sobre la mesa planea la sombra de la gran crisis de los refugiados de 2015, cuando más de un millón de personas se vieron obligadas a huir de la guerra en Siria. El primer acuerdo adoptado no augura nada bueno: “Basándose en las lecciones aprendidas, la UE y sus Estados miembros están decididos a actuar conjuntamente para evitar que se repitan los movimientos migratorios ilegales incontrolados a gran escala a los que se enfrentaron en el pasado”. Parece el artículo de un código penal, más que una declaración por los derechos humanos. Aquel gesto de la canciller alemana, Angela Merkel, que abrió las puertas de Alemania a los refugiados sirios laconvirtió en la última gran humanista europea. Después de ella nada. O mejor dicho, después de ella las ideas racistas del húngaro Orbán, los violentos neonazis centroeuropeos, los viejos fantasmas que resucitan con fuerza. Habrá que esperar para saber si Ursula Von der Leyen recoge el testigo que dejó una canciller como Merkel a la que terminaremos añorando y echando de menos. Y si no al tiempo.

Viñeta: Pedro Parrilla

TALIBANES

(Publicado en Diario16 el 31 de agosto de 2021)

Casado y Abascal han visto en Afganistán un nuevo filón para agitar todo su arsenal de mala baba, bilis y odio contra el Gobierno “socialcomunista”. A la derecha española le da igual en qué lugar del mundo estalle el drama humanitario, cualquier excusa es buena para hacer política basura e intentar derrocar a Pedro Sánchez. Si el conflicto surge en la convulsa Venezuela, Sánchez está fijo en la conspiración. Si detona una revolución en Cuba, la culpa es del castrista Sánchez. Si un terremoto arrasa Haití, algo habrá hecho el felón Sánchez. Y si los talibanes bajan de las montañas con la cimitarra en la boca dispuestos a rebanar cabezas no andará muy lejos el malvado Pedro Sánchez. El proceso de progresiva estupidización al que nos conducen las derechas españolas acaba por conferir un poder global, como causante de todos los males de la humanidad, al presidente del Gobierno de España.

A Pablo Casado y Santiago Abascal les importa más bien poco lo que pueda ocurrir con todos esos afganos que vienen huyendo de la guerra en los aviones de la solidaridad. Hasta que empezó esta crisis internacional, el presidente del PP probablemente no sabía ni ubicar Afganistán en el mapa (él solo entiende de encuestas y ya ni eso, que los sondeos se los dan masticados sus asesores) y en cuanto al Caudillo de Bilbao se la trae al pairo si el refugiado es un pastún, un berebere o un nubio egipcio. Para el líder de Vox, toda esa gente morena es lo mismo, potenciales violadores que vienen a robarles las mujeres a los españoles, peligrosos menas y molestos okupas que se meten en los chalés de la gente bien de Marbella u Oropesa. Los complejos hechos históricos, los antecedentes económicos y sociales, las causas profundas de los conflictos bélicos, preocupan poco a los ilustres representantes de nuestra derecha patria. Todo se reduce a revisar la historia, interpretándola como a cada cual le venga en gana, y a propagar un relato tan falso como tóxico: los nuevos bárbaros africanos pretenden asaltar nuestras fronteras, como los godos en tiempos del Imperio Romano, para contaminar la sangre europea, noble y cristiana. Y Sánchez lo está permitiendo.

Con esa forma de reducir la política a la categoría de espectáculo de vodevil no extraña que a un señor como el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, le preocupe más el calzado que luce el presidente del Gobierno en una videoconferencia privada con sus ministros de Defensa y Exteriores que el inmenso drama humanitario de proporciones cósmicas que está aconteciendo en un país como Afganistán maltratado por siglos de guerra y pobreza. El tuit infame del primer edil madrileño (“en alpargatas uno decide mejor; en verano, tampoco vamos a ponernos zapatos que uno se estresa”) pasará a los anales de las más descabelladas y desafortunadas declaraciones de los prebostes del PP.

Mientras los talibanes entraban victoriosos en Kabul para pasar a cuchillo a los afganos occidentalizados y lapidar a las mujeres que se negaban a encerrarse en un burka; mientras las víctimas del genocidio que se avecina morían aplastadas en avalanchas humanas tratando de subir a un avión; mientras los suicidas del Califato del ISIS planeaban una masacre en el aeropuerto de la capital afgana, al frívolo y chistoso alcalde de Madrid no se le ocurría otro comentario de mayor enjundia y altura política que esa boutade sobre las sandalias, playeras o babuchas de Sánchez. No sabemos si las chanclas del presidente pasarán a la historia del conflicto de Afganistán, lo que sí sabemos es que ese día nefasto el alcalde se retrató como un verdadero bocachanclas.

En la misma línea chusca y faltona se ha pronunciado en las últimas horas el secretario general del Partido Popular, Teodoro García Egea, quien ha acusado al premier socialista de intentar ponerse las “medallas” que corresponderían a los soldados, policías y diplomáticos tras la operación de evacuación desde Afganistán. ¿Pero qué medallas ni qué niño muerto, Don Teodoro? Usted preocúpese de limpiar el Mar Menor –un entorno edénico y paradisíaco reducido a la categoría de ciénaga maloliente rebosante de peces muertos tras décadas de gobiernos peperos, desarrollismo franquista insostenible, ninguneo a los ecologistas que advertían de la catástrofe y capitalismo de amiguetes y campos de golf– y luego ya hablaremos de política internacional. Lo del delfín murciano de Casado empieza a ser preocupante.

García Egea ya tiene bastante con su sopa verde que apesta el Mar Menor, y en este caso no nos referimos a la ultraderecha de Vox, partido con el que comparte un verdoso, mohoso y fétido programa político en Murcia, sino al triste episodio de anoxia que ha terminado con 15 toneladas de animales y vegetales muertos y la extinción de un ecosistema único en Europa. El gran campeón de lanzamiento de huesos de aceitunas del PP no sabe (o no quiere) frenar los vertidos tóxicos que él y su compañero de fatigas López Miras tienen a la vuelta de la esquina, en la hermosa laguna murciana, pero se permite el lujo de dar lecciones de geoestrategia sobre un conflicto bélico al otro lado del mundo del que no tiene ni pajolera idea. Ese es el nivel de la nueva Confederación Española de Derechas Autónomas, o sea el bifachito PP/Vox. Gente que no tiene vergüenza ni decencia política, gente que no sabe de nada y hace chascarrillo y burla de todo, gente que entiende la democracia como la aniquilación del adversario político y por eso exige elecciones generales cada cuarto de hora.  

En realidad, la operación de evacuación de refugiados de Kabul ha resultado todo un éxito, lo cual, por mucho que le duela a Casado, es como para estar orgullosos de nuestro Ejército y de nuestro personal médico y voluntarios. Al líder del PP le molesta que Sánchez se felicite por la brillante gestión de la crisis afgana, culminada sin bajas en nuestras filas, algo que parece milagroso en una misión casi suicida que ha servido para rescatar a más de dos mil represaliados por las hordas talibanas. Sin duda, Casado debe estar envidiosito de que todo haya salido como la seda, ya que lo que le hubiera gustado a él es estar en el pellejo de Sánchez para haber proferido esas mismas palabras de agradecimiento, en plan estadista, y haber pasado revista a las tropas sacando pecho y besando la rojigualda, que es lo que le pone a todo patriota de opereta.

Y luego está el habitual runrún xenófobo de Santiago Abascal, que ya está reclamando espías y policías de paisano para seguir los pasos de los pobres refugiados afganos por si se tratara de peligrosos terroristas infiltrados. Este odia tanto a Sánchez que pactaría con los talibanes para echarlo de Moncloa como ha hecho Biden con los clérigos del turbante. Ya ha pedido que se lleven a los desarrapados kabulíes a otra parte, lejos, muy lejos, que aquí molestan. Debe ser que huelen mal y le quitan el aire a los españoles. Pero qué alma más fea tiene este hombre, rediós.

Viñeta: Adrián Palmas

AFGANISTÁN

(Publicado en Diario16 el 30 de agosto de 2021)

La comunidad internacional da por concluido el plan de evacuación en Afganistán, aunque Pedro Sánchez haya dejado la puerta abierta a seguir negociando con los talibanes otras alternativas y corredores humanitarios para continuar con la repatriación de refugiados a España. Los deseos del presidente del Gobierno español no dejan de ser una mera declaración de buenas intenciones, ya que, a partir de ahora, con Estados Unidos fuera del país y los clérigos fundamentalistas controlando totalmente el poder, resultará altamente difícil sacar a más personas inocentes predestinadas a convertirse en víctimas de la represión, la cárcel, la tortura y la pena de muerte por haber colaborado durante veinte años con las tropas aliadas occidentales. Lo que queda atrás resulta horrendo: miles de refugiados desesperados que han intentado salir, en vano, del infierno afgano; familias enteras que no saben lo que será de ellas cuando los talibanes irrumpan en sus casas dando una patada en la puerta.

Todo el operativo militar en el aeropuerto de Kabul ha tenido que llevarse a cabo de forma precipitada, en tiempo récord, casi atolondradamente y contra el reloj, ya que de lo que se trataba era de salvar la mayor cantidad posible de vidas ante la amenaza inminente de los atentados del ISIS, que por desgracia terminaron produciéndose tal como se preveía, dejando la negra cifra de 183 muertos y más de 150 heridos. La Operación Libertad Duradera (con ese sarcástico nombre se bautizó la invasión de Afganistán en el marco de la lucha contra el terrorismo internacional tras los atentados del 11-S de 2001) ya es historia, y estamos en el momento de extraer las consecuencias políticas, geoestratégicas, sociales y culturales oportunas para explicar un fracaso militar y diplomático que debe apuntarse no solo en la casilla de Estados Unidos, sino en la de todos y cada uno de los países que han participado en esa caótica misión cuyo objetivo (no lo olvidemos) no era llevar paz, democracia y prosperidad a aquellas tierras malditas encalladas en la Edad Media tras siglos de guerra y oscurantismo religioso, sino vengar los sangrientos atentados cometidos por Osama Bin Laden.

Afganistán marcará un antes y un después en la historia de la primera potencia mundial, como en su día lo fue Vietnam. Si no ha sido una derrota militar se ha parecido mucho. Desde que el ejército norteamericano ocupó el país hace ahora veinte años, en ningún momento pudo derrotar a los talibanes, que lograron atrincherarse y hacerse fuertes en las majestuosas cordilleras montañosas, gigantescos e inexpugnables castillos de roca donde han embarrancado, uno tras otro, todos los ejércitos invasores desde los tiempos de Alejandro Magno.

Las múltiples operaciones militares de castigo que se han llevado a cabo bajo el paraguas norteamericano, de la OTAN y de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) jamás consiguieron acabar con los focos de resistencia talibán, de tal modo que durante dos décadas el único bastión controlado efectivamente por los occidentales fue la capital Kabul, convertida en una especie de fuerte rodeado por las tribus hostiles, a la manera de las viejas películas del Oeste americano. El resto del territorio, decenas de provincias diseminadas por todo el país como feudos o taifas, siguieron en manos de los caciques, de los traficantes del opio y de los señores de la guerra, que en muchas ocasiones continuaron colaborando, soterrada o abiertamente, con los rebeldes talibanes. Los gobiernos títeres y corruptos impuestos por Washington, como el de Hamid Karzai, no dejaron de ser una farsa, ya que el objetivo de los americanos jamás fue llevar la democracia a aquel misérrimo país, sino evitar la proliferación de los campos de entrenamiento de Al Qaeda. El operativo fue estrictamente militar, nunca humanitario, pese a que los medios de comunicación difundieron ampliamente la hermosa y mítica historia de que estábamos allí para proteger a los pobres afganos de las alimañas talibanes e instaurar la libertad. Prueba de que no fue así es que muchas mujeres siguieron llevando el velo y el burka todo este tiempo por miedo a las represalias de sus maridos, auténticos talibanes culturales. Los que estuvimos en Afganistán sobre el terreno tuvimos la oportunidad de comprobar que el supuesto país de la liberación de la mujer que nos vendía la televisión no se correspondía con la realidad.

La imagen de que Estados Unidos controlaba la situación no fue más que una entelequia, una ficción. Los insurgentes talibanes se hicieron fuertes en las montañas afganas y desde allí lanzaron su reconquista para echar del país a los marines y sus aliados, tal como ocurrió en la guerra contra los soviéticos (1978-1992) de la que también salieron vencedores. Los drones, satélites, misiles y ataques selectivos de EE.UU., que lo fio todo a su poderío aéreo, no pudieron acabar con la intrincada red de cuevas y túneles subterráneos de los talibanes, desde donde lanzaban su eficaz guerra de guerrillas y sus atentados indiscriminados contra cuarteles y población civil cada cierto tiempo. Con el paso de los años, la supuesta guerra inteligente del Pentágono fracasó estrepitosamente y ninguno de los cuatro presidentes afectados por el conflicto (Bush, Obama, Trump y Biden) se atrevió a dar el paso decisivo de ordenar una gran invasión con tropas terrestres ­–como sí ocurrió en Normandía para liberar Francia durante la Segunda Guerra Mundial– por el elevado coste en vidas humanas que suponía. Apretar ese botón rojo, que hubiese acarreado miles de ataúdes de jóvenes norteamericanos, habría supuesto la tumba política para cualquiera de los inquilinos de la Casa Blanca. Así las cosas, a los fundamentalistas talibanes solo les quedaba esperar su momento, el punto de máxima debilidad de la coalición internacional que llegaría más tarde o más temprano. O tal como ha dicho el gran corresponsal de guerra Gervasio Sánchez: “Los occidentales tenían el reloj, los talibanes tenían el tiempo”. Y así ha sido, Afganistán ha caído como una fruta madura.

Hoy, pasado el terror del 11-S, Afganistán había dejado de interesar política y mediáticamente. El propio presidente Biden ha reconocido estos días que los norteamericanos ya no estaban dispuestos a seguir muriendo en unas lejanas tierras afganas donde no hay nada potable o aprovechable, ni petróleo ni yacimientos de gas que explotar, solo polvo, desierto, cabras famélicas y chozas de adobe. Más de 3.500 soldados de la coalición internacional han perdido la vida desde el inicio de la guerra en 2001, de los cuales 2.300 eran estadounidenses. Con estas cifras horripilantes, el repliegue militar estaba cantado. Pasado el terror y los deseos de venganza del 11-S, la misión internacional había perdido su sentido y se había convertido en un agujero capaz de tragarse 778.000 millones de dólares de los bolsillos de los contribuyentes entre 2001 y 2019. Ese fiasco económico fue una de las razones que llevaron a Donald Trump a retornar a la política exterior aislacionista y a negar el papel de EE.UU. como gran gendarme del mundo. El acuerdo firmado entre el Emirato Islámico de Afganistán de los talibanes y la Administración Trump el 29 de febrero de 2020 en Doha, Qatar, supuso la instauración de un nuevo orden geoestratégico en la zona y el certificado de defunción para miles de afganos que serían abandonados a su suerte y abocados a un régimen de terror. La alianza firmada por el magnate estadounidense (rubricada por Biden, que no ha movido un solo dedo para mantener las tropas en Afganistán) exoneraba al movimiento talibán de la condición de enemigo público número uno del imperio yanqui y convertía a los yihadistas del ISIS empeñados en extender el Califato en todo Oriente Medio en los nuevos “villanos” de esta mala película de acción que es Afganistán.

La crisis afgana ha aireado las carencias de Europa en política exterior y también en asuntos de defensa. Cada país ha organizado el rescate de su gente por su propia cuenta y riesgo en el aeropuerto de Kabul; el descontrol y el caos han sido las notas dominantes y han quedado patentes las grietas y fisuras de la Unión Europea. Desde hace meses, se sabía que la capital afgana caería pronto y Bruselas no ha sido capaz de articular un plan común de evacuación. Si algo ha demostrado este episodio es que la UE ya no puede seguir haciendo seguidismo servil de Estados Unidos (un país replegado sobre sí mismo) y que debe dar un paso al frente en la construcción de un espacio propiamente federal que vaya más allá de lo económico con renuncia de cada estado miembro a cierta parcela de su propia soberanía. Es preciso superar nacionalismos trasnochados para construir una identidad política propiamente europea.

Si la vieja Europa sigue queriendo jugar la baza del liderazgo mundial en defensa de los valores democráticos, tal como le corresponde, debería ir pensando en articular una política exterior común y un ejército europeo capaz de actuar con autonomía e independencia en aquellos países que lo necesiten, es decir, allá donde Estados Unidos y la OTAN no estén dispuestos a intervenir. En ese sentido, es fundamental que Bruselas asuma sus responsabilidades en el espinoso asunto de la inmigración. Ya no vale meter la cabeza debajo del ala ni desentenderse de los miles de refugiados que llaman cada día a las puertas de nuestras fronteras. Los migrantes y desplazados que huyen del hambre y la guerra no son solo un problema interno de España, Italia o Grecia (ese es el enfoque regional que la UE ha dado hasta hoy al mayor drama humano de nuestro tiempo) sino un dilema global que atañe a todo el continente.

Urge por tanto una política europea común ante los grandes desafíos humanitarios y flujos demográficos masivos provenientes de los Estados fallidos que irán en aumento en los próximos años. Un inmigrante que llega a Ceuta no es un asunto local, sino una historia terrible que concierne a París, Berlín o Bruselas. Ya no valen parches como levantar verjas, muros y concertinas. Sobre cada país recae la responsabilidad de hacerse cargo de su cuota de refugiados, pero la solución no pasa únicamente por el acogimiento de desplazados como los miles de afganos que previsiblemente llegarán a territorio europeo en las próximas semanas. Solo a través de una cooperación eficaz y de una ayuda internacional planificada entre la UE y los países en vías de desarrollo se conseguirá aliviar la presión migratoria. Ningún muro es suficientemente alto cuando hay millones de hambrientos buscando un futuro mejor. O paliamos la desigualdad entre el primero y el tercer mundo o el planeta entero saltará por los aires antes o después.

En estos veinte años, 102 soldados españoles han muerto en operaciones militares en Afganistán. Nunca estuvimos allí en misión de paz, como quisieron vendernos los medios de comunicación. Nuestras tropas trabajaron en zona de guerra, sufrimos numerosas bajas y mantuvimos no pocas refriegas con las tropas talibanes. El papel de España en esta guerra nunca quedó suficientemente claro. Estuvimos implicados bajo amparo de la ONU, es cierto, pero el mando último y efectivo de las operaciones militares lo ejercían los norteamericanos. Fuimos un actor secundario, hasta el punto de que muchos de nuestros soldados nunca supieron qué demonios pintaban allí. La guerra contra el terrorismo internacional fue la excusa perfecta para mantener un contingente español que solo sirvió a la operación de caza y captura de Bin Laden. Si algo nos ha enseñado la historia es que la mejor manera de luchar contra el terrorismo internacional es potenciar los servicios de inteligencia, invertir en recursos materiales, estrechar la cooperación internacional. Invadir países que supuestamente forman parte del Eje de Mal, amplificando el rastro de destrucción y causando miles de bajas entre la inocente población civil (los famosos daños colaterales), no es la solución.

Lo mejor que dejamos los españoles en aquel rincón desahuciado del planeta es la solidaridad con el pueblo afgano, la escasa ayuda humanitaria y médica que hayamos podido prestar y la agónica operación de rescate y salvamento de vidas en el último momento. Pedro Sánchez la ha calificado como una “misión cumplida” (quizá con exceso de optimismo), pero la afirmación no deja de entrañar una cierta parte de verdad. Nuestros soldados y cooperantes, en un ejemplo de valentía y generosidad, se han jugado la vida en el aeropuerto de Kabul hasta el último instante para sacar del país a la mayor cantidad de personas amenazadas por los talibanes. Más de 2.000 evacuados que se han librado de una muerte segura en Afganistán. Es cierto que hemos dejado atrás a cientos de desesperados que no pudieron subir a los aviones por las avalanchas y los sangrientos atentados del ISIS. España tiene una deuda con todos ellos. Tenemos que intentar repatriarlos una y otra vez mientras sea posible. Y no por una simple cuestión de caridad, sino porque tras dos décadas colaborando con nuestras tropas en un territorio hostil se han ganado, por justicia, el derecho a la nacionalidad española y a un futuro mejor.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

ESPAÑA DE VACACIONES

(Publicado en Diario16 el 5 de agosto de 2021)

Se acaba el curso político, sus señorías se van al pueblo o a la playa para solazarse y a España se le cuelga el cartel de cerrado por vacaciones, una especie de suspense hitchcockiano hasta el otoño, que se prevé caliente. Así es este país. Ya puede declararse una quinta ola de la pandemia que el calendario es sagrado y los días en rojo se cumplen a rajatabla. Aquí estalla una guerra civil y paramos para merendar, celebrar las fiestas patronales o torear una vaquilla, ya lo dijeron Gila y Berlanga. O se va un rey emérito al exilio y no pasa nada.

En el Gobierno de coalición hay tranquilidad, o mejor dicho hay toda la tranquilidad que puede haber en una familia siempre a la gresca. Los tuits de la ministra Belarra contra Juan Carlos I y la monarquía han excitado muchísimo a la parroquia republicanota del mundo morado, pero no han gustado nada a la parte socialista del Consejo de Ministros. Pedro Sánchez ha cerrado filas en torno a la Casa Real y ayer mismo la ministra de Defensa, Margarita Robles, defendía la institución porque aporta “estabilidad” al país y es un “factor de seguridad para todos los españoles”. Lo del factor de seguridad para el país bueno, vale, tírale, tiene un pase, pero que se identifique monarquía con “estabilidad” en estos momentos de convulsión institucional la verdad es que no se entiende. Cada mañana nos desayunamos con un nuevo sobresalto provocado por el rey emérito, de Abu Dabi no paran de llegar malas noticias y esa supuesta estabilidad que aporta la monarquía no se ve por ningún lado.  

La última polvareda mediática tuvo lugar tal que ayer, cuando se supo que el fiscal suizo Yves Bertossa ha imputado al presidente del Banco Mirabaud por no informar a las autoridades encargadas del blanqueo de capitales de los 65 millones de euros que fueron a parar a la cuenta de la fundación panameña Lucum, de la que era beneficiario Juan Carlos I. Los españoles no pueden vivir en un ay constante por culpa de un señor que se ha enviciado con el dinero, que no ha cumplido con Hacienda y que no ha sabido parar a tiempo su lujoso tren de vida. Que nos explique la señora ministra Robles cómo nuestra maltratada democracia puede funcionar de forma “estable” si nos despertamos con un escándalo borbónico cada mañana. Lo ha dicho muy bien, con su fina ironía, Anacleto Panceto, ingenioso tuitero donde los haya: “Yo hasta que no me tomo un par de cafés y sale el caso aislado del día, no soy persona”. Más claro agua.

En cualquier caso, y dejando al margen las rencillas habituales entre sociatas y podemitas a cuenta de la monarquía y del emérito, podría decirse que no le ha ido mal al Gobierno en esta primera parte de la Legislatura. Es cierto que la pandemia sigue desbocada por los botellones clandestinos, las verbenas juveniles con calimocho y el turismo veraniego, pero la campaña de vacunación va viento en popa y pronto llegaremos a la ansiada inmunidad de rebaño que nos permitirá entrar en una nueva fase de la plaga e ir dejando atrás la pesadilla. Además, los datos macroeconómicos se sitúan poco a poco en parámetros normales de la era precovid y el presidente del Gobierno anda eufórico por los pasillos de Moncloa: “Las cifras vuelven a confirmar que la recuperación ha cogido impulso en España. El paro registra en julio la mayor caída de la historia y la afiliación bate nuevo récord con más de 19,5 millones de personas. Seguimos trabajando por la reactivación económica, social y territorial del país”, tuitea el premier socialista.

El presidente se va a ir a Doñana muriendo de éxito, como un San Pedro que acaba de obrar un milagro de panes y peces, aunque en realidad el país no está para tirar cohetes. Es cierto que el enfermo va saliendo de la UCI, pero con casi tres millones y medio de parados, el turismo hecho unos zorros y las colas del hambre a pleno rendimiento cualquier alharaca o exceso de euforia suena a broma, cuando no a sarcasmo. Que no le pase al presidente como a esos optimistas locutores de TVE que son como tramposos chatarreros que venden su ferralla de metales olímpicos antes de tiempo. Aquello de la piel del oso antes de cazarlo. Los españoles ya nos hemos acostumbrado a quedar por debajo de Jamaica en el medallero final, allá por el puesto veintitantos, fuera del G-20 del deporte, y este año ni siquiera nos va a caer la calderilla de regalo del abnegado titán Gasol, que se jubila tras veinte años de glorias deportivas. Suerte en la vida Pau y gracias por todo. 

En otro orden de cosas, es cierto que el cortijo monclovita lo tiene apaciguado el presidente tras su última escabechina o remodelación de Gobierno en la que cayeron varios pesos pesados y gallos que le revolvían el corral. Y con Pablo Iglesias fuera de la política ahora duerme mucho más tranquilo. Sin duda, Yolanda Díaz ha contribuido a darle otro marchamo al ala más izquierdista del Ejecutivo de coalición. Díaz tiene un talante distinto, otro aire, denuncia lo que tiene que denunciar, pero lealmente, discretamente, no a canutazos biliosos ante los periodistas a las puertas de Moncloa como hacía El Coletas

En fin, que el Gobierno se va de vacaciones y salvo desastre imprevisto como los incendios declarados en la madre Atenas (toquemos madera) no volveremos a ver el pelo a nuestros ministros hasta septiembre, aunque es seguro que continuarán las aventuras por entregas del rey emérito en Oriente. En otoño volverá la quincalla política, los sindicatos exigirán una subida de los salarios y la extrema derecha cargará la escopeta de la moción de censura. Pero el Gobierno parece sólido y bien armado. Pronto llegará el primer anticipo de los 140.000 millones del maná europeo y el país, más pronto que tarde, confirmará su despegue. De momento, sigue habiendo coalición para rato. Mal que le pese a Pablo Casado.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

FELIPE VI

(Publicado en Diario16 el 3 de agosto de 2021)

Las cosas de palacio siempre van despacio. Y en Zarzuela no es que vayan deprisa precisamente. Ahora que se cumple un año de la huida, espantada, largas vacaciones o exilio de Juan Carlos I al lejano Oriente se está comprobando que ese viejo dicho castellano se cumple siempre en España desde los Reyes Católicos. Felipe VI ha tenido tiempo más que suficiente para reflexionar sobre el grave asunto de su padre y tomar drásticas medidas de regeneración en Zarzuela. Es cierto que en los primeros momentos de su reinado, en medio del vendaval provocado por los escándalos del antecesor en el trono y más tarde con la pandemia arreciando con fuerza, adoptó medidas importantes como la expulsión del rey emérito del núcleo duro familiar, la renuncia a la herencia maldita y la retirada de la asignación oficial al progenitor.

También se adoptaron algunas medidas (laxas todo hay que decirlo) en orden a dotar de mayor transparencia a las cuentas de la institución monárquica. La decisión de no aceptar más que aquellos regalos simbólicos que sean estrictamente necesarios para cumplir con las reglas de cortesía y protocolo va en esa línea y acaba con una nefasta tradición instaurada por Juan Carlos, que a lo largo de su dilatado reinado no hizo ascos a las prebendas, donaciones y contribuciones altruistas de empresarios y grandes de España. Qué mejor ejemplo de lo que decimos que aquellos yates, bribones y fortunas, que atracaban en el muelle de Mallorca, con un lazo rojo y verano tras verano, para alegría y jolgorio de la Familia Real. O los 100 millones de dólares que el rey emérito supuestamente regaló a Corinna Larsen y cuyo origen está todavía por aclarar. El hombre que heredó la Corona ha puesto fin a todo ese boato con tino y acierto.

Sin embargo, hasta ahí han llegado las grandes reformas que supuestamente iba a acometer el nuevo rey para adaptar la monarquía española a la realidad de los tiempos. En un año se pueden hacer muchas cosas si se quiere y hay voluntad política, desde promover de oficio una ley que regule al céntimo los ingresos y gastos de la Familia Real (evitando sospechas y rumores de cobro de comisiones, como ha ocurrido con el rey emérito) hasta instar a los partidos políticos para que pongan en marcha una reforma constitucional que acabe de una vez por todas con la inviolabilidad del rey. Hoy por hoy, el famoso y controvertido artículo 56.3 de la Constitución Española (“la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”) es la peor publicidad que se le puede hacer a la monarquía. No solo supone un claro vestigio de un pasado feudal, sino que para la inmensa mayoría del pueblo se trata de un privilegio injusto, o dicho de otra manera más coloquial: los españoles de 2021 consideran que el hecho de que un monarca pueda acogerse a semejante inmunidad para no responder ante un tribunal sobre conductas que pueden ser delictivas es echarle demasiado descaro y morro a la vida. ¿Qué ejemplo están dando los reyes de España a los abnegados ciudadanos que cumplen a rajatabla con las leyes y normas establecidas? Si esto es una democracia de verdad todos sin distinción deberían tener los mismos derechos y obligaciones.

Los españolitos de a pie, los peatonales, los curritos que se levantan a las seis de la mañana para llevar a casa un sueldo de miseria, no entienden que ellos tengan que cumplir fielmente con sus obligaciones con Hacienda, con el Código Penal, con el Código Civil, con el código de circulación, con las tasas municipales y con un sinfín de disposiciones coercitivas mientras su jefe de Estado es un inviolable, un privilegiado, uno que no da explicaciones a nadie, ni siquiera ante un juez, y puede hacer lo que le venga en gana en cualquier momento, desde aparcar el coche en doble fila hasta llevarse los dineros al paraíso de Jersey o darle una paliza al cónyuge (obviamente se trata de una hipérbole que sirve como ejemplo, ya que aunque tal supuesto no ha sucedido, que se sepa, si alguna vez ocurriese el monarca que ocupara el trono en ese momento también quedaría exento de cualquier tipo de responsabilidad penal). La situación que podría plantearse, llegado el caso, sería surrealista.

Es cierto que todas las constituciones monárquicas tanto españolas como europeas establecen, en unos u otros términos, la regla de la absoluta irresponsabilidad regia, fiel reflejo del viejo aforismo británico The king can do not wrong  (“el rey no puede hacer mal”), pero en pleno siglo XXI, cuando se abren paso en todo el mundo las ideas y filosofías plenamente igualitarias (igualdad de sexo, igualdad de raza, igualdad económica y otras), el 56.3 no tiene ningún sentido, es un completo anacronismo y no hace sino romper en añicos el sagrado principio de igualdad de todos ante la ley consagrado en la propia Carta Magna del 78.

Obviamente, a nadie se le ocurre pensar que los padres de la Constitución (ilustres cabezas pensantes como Gabriel Cisneros, Herrero y Rodríguez de Miñón, Pérez-Llorca, Peces-Barba, Solé Tura, Fraga y Roca) fueron tan estúpidos o poco versados en leyes como para identificar la inviolabilidad con la ausencia de responsabilidad personal. Lo que quisieron decir nuestras mentes jurídicas más preclaras es que el rey, en sus funciones institucionales, goza de una especial protección, ya que se sitúa por encima del debate político y al margen de los tribunales de Justicia. Fue un estatus que se le quiso otorgar al monarca para garantizar que no estaría sometido a presiones ni chantajes de ningún tipo a la hora de sancionar las leyes del parlamento ni tampoco se le podría perseguir penalmente por el ejercicio de sus atribuciones. Pero nada se dice en la Constitución de que no se pueda enjuiciar a un hipotético rey que nos saliera rana, carterista, cleptómano, descuidero, chorizo, mangante, saqueador, timador, camello, maltratador u homicida. Faltaría más. ¿En qué cabeza cabe que una Constitución democrática y avanzada pueda sancionar semejante disparate? Pues durante más de cuarenta años esa ha sido la interpretación que algunos exégetas restrictivos han hecho valer sobre el dichoso 56.3: que el rey puede hacer lo que le venga en gana, lo que le rote, lo que le salga de las narices o de sus reales posaderas, que para eso es el rey.

Felipe VI debe acabar con esa situación esperpéntica si quiere que la monarquía sea percibida como una institución seria, moderna y verdaderamente democrática. La situación política actual está tan polarizada entre derechas e izquierdas que impide cualquier tipo de reforma constitucional, pero él, como rey, como jefe del Estado, podría renunciar perfectamente a ese estatus jurídico privilegiado instando de oficio una ley que lo equiparara jurídicamente al resto de los mortales y que aclarara, de una vez por todas, el significado del ambiguo término “inviolabilidad”. Por tanto, que siente a Pedro Sánchez y a Pablo Casado en una mesa en su despacho de Zarzuela, que los ponga de acuerdo y que acabe con esto ya. Si quiere hacer algo bueno por el país puede empezar por ahí.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

UN AÑO DE EXILIO

(Publicado en Diario16 el 3 de agosto de 2021)

Un año, un año ya desde que el rey emérito, acosado por los escándalos financieros y los líos de faldas, hizo las maletas y puso rumbo a un exilio que es más bien una jubilación dorada, excursión oriental o vacaciones de lujo. Desde aquel comunicado en el que el monarca anunció que ponía pies en polvorosa para no perjudicar el reinado de su hijo, instalándose junto a sus primos hermanos, los jeques de Abu Dabi, el goteo casi diario de noticias escabrosas alrededor del principal artífice de la Transición española ha sido incesante.

En un año ha habido tiempo más que suficiente para aclarar el origen de la fortuna de Juan Carlos I, pero la sensación que tienen los españoles es que hoy estamos más lejos que nunca de saber la verdad. Felipe VI mira para otro lado pese a sus sermones navideños sobre la igualdad de todos ante la ley; la maquinaria judicial ha echado el freno de mano (cerrado por vacaciones); inspectores de Hacienda y fiscales Anticorrupción parecen haber recibido la orden de trabajar al ralentí; y PSOE y PP tiemblan cada vez que algún partido político propone luz y taquígrafos sobre el patrimonio oculto del rey emérito, un emporio que Forbes y el New York Times cifran en 2.000 millones de dólares.

Nadie quiere saber nada de este embrollo borbónico que quema como una patata caliente. Todos esconden la cabeza debajo del ala, en plan avestruz, y mientras tanto la credibilidad de nuestra democracia degradándose hasta límites inconcebibles. Por mucho que quieran convencer al pueblo de que la cosa se está investigando a fondo, lo cierto es que se ha instalado la opinión generalizada de que aquí se trata de echar tierra encima de un asunto que no hay por donde cogerlo, ya que al emérito le aflora dinero negro por todas partes, en Panamá, en Ginebra, en Jersey y en cualquier paraíso remoto donde haya un banco suizo a pie de playa y un resort de lujo con frondosos palmerales para que el rey pueda vivir a cuerpo de ídem. Porque no lo olvidemos: el primero de los Borbones sigue teniendo la pasta intacta y sigue siendo aforado con título honorífico, miembro de la Familia Real y beneficiario de regalos (los préstamos de los empresarios paganinis que presuntamente sufragan sus multas con Hacienda).

Hoy, doce meses después de estallar el mayor escándalo político de la historia reciente de este país, podemos decir sin temor a equivocarnos que la estrategia judicial en este turbio sumario consiste precisamente en que no haya estrategia judicial, en dejar que el tiempo pase y en esperar hasta que las aguas vuelvan a su cauce. Hemos renunciado a la verdad (o nos han obligado a renunciar) y lo que queda es que al rey emérito lo han blindado o bunkerizado unos jueces que votan a Vox. Sigue siendo la peor de las noticias para este país que la extrema derecha se haya apropiado de la figura del rey (el abdicado y el ejerciente) y hasta Pablo Casado admite ya, sin rubor y en público, que el emérito puede ir a donde le plazca porque es un hombre libre sin cuentas pendientes con la Justicia que no tiene por qué dar explicaciones a nadie. O sea, una especie de dios intocable, un rey absoluto por encima del bien y del mal como en los tiempos medievales del derecho de pernada.

Casado suelta esas perlas mientras las regularizaciones fiscales a la carta se acumulan en los cajones de Hacienda y el Supremo mantiene tres causas abiertas: comisiones del AVE a la Meca, tarjetas black sin declarar y el turbio asunto de la fortuna en el paraíso fiscal de Jersey, del que Zarzuela tampoco sabe nada. Palacio nunca habla de las cosas mundanas y en lugar de facilitar toda la información al país, haciendo bueno el principio de transparencia que debe regir en cualquier democracia, se limita a dar la callada por respuesta. Otro flaco favor a la monarquía y a España.  

Mientras tanto, el PSOE sigue haciendo las veces de cortafuegos, dique de contención y abanderado del no a cualquier comisión de investigación parlamentaria, un extraño síndrome de Estocolmo que le lleva a cerrar filas con la derecha monárquica y a pactar con el PP para que Juan Carlos I siga gozando, no ya de inviolabilidad constitucional, sino de bula penal y papal. El error de los socialistas es de época, ya que un partido que renuncia a conocer la verdad de los hechos en un flagrante caso de corrupción, favoreciendo el oscurantismo y la impunidad, mancha para siempre sus 140 años de historia honrada, obrera y democrática. O Ferraz abre este melón o el melón se pudre y nos empacha a todos.

Por si fuera poco, seguimos sin saber cuánto estamos pagando los súbditos por los viajes de placer del ilustre exiliado, su seguridad privada y los sueldos de los tres “ayudantes de cámara” que le acompañan a todas partes, en realidad guardias civiles o policías que en un país extranjero estarán vendidos si a algún bandolero de Bin Laden se le ocurre secuestrar al rey y cambiarlo por un par de dromedarios siguiendo las costumbres del lugar. Tener a un ex jefe del Estado por ahí suelto, de un lado para otro, a su libre albedrío, supone un alto riesgo, pero Grande-Marlaska también guarda silencio sobre ese dispositivo de custodia en aras de la sacrosanta seguridad nacional. Ni la CIA hubiese caído tan bajo.

Mientras tanto, el monarca sigue viviendo en su paradisíaca isla de Zaya Nurai, suite a 11.000 euros de vellón la noche, champán al punto, playa privada de arena blanca, piscina versallesca y grandes vergeles para su uso y disfrute. Un auténtico escándalo nacional, un bochorno tras otro, una inmoralidad mientras los españoles caen muertos de hambre, acalorados por el facturón de la luz o contagiados por el bicho. Todo este caricaturesco vodevil que rodea al emérito daría para un hilarante tebeo de Ibáñez de no ser porque la cosa es tan triste y dramática. Ahora la prensa del Régimen dice que el rey está “loco por volver”. El problema es que esa foto propia de autócrata bananero, de patriarca otoñal con maletín y negras gafas de sol descendiendo del jet privado como si nada, sería la puntilla final para la imagen, la dignidad y la honra de este país.

El tiempo pasa, como decía la canción de Casablanca, aquí no se mueve nada y el emérito se ha convertido en un descreído Rick Blaine que ahoga sus penas y recuerdos amorosos frente al piano en un bar de lujo de mil pavos el cóctel. Y mientras el esperpento se acrecienta por días, a nadie parece preocuparle que España sea el hazmerreír de las democracias occidentales. Esta intriga palaciega disparatada a la que nos hemos acostumbrado ya, esta farsa de cuernos, capa y espada con reyes cargados de alforjas y tesoros que se refugian en los desiertos del lejano Oriente –entre hotelazos de oro como cuevas de Alí Babá, mercaderes del petróleo, camellos con turbante y contrabandistas de armas–, no se la merece un pueblo honrado como el español. Que vuelva ya, sí, pero para responder de lo que haya hecho. Y que se dejen de cuentos de las Mil y una noches.  

Viñeta: Igepzio