viernes, 23 de diciembre de 2016

LOS MUERTOS DE MERKEL

 (Publicado en Newsweek en Español el 20 de diciembre de 2016)

"Debemos asumir que se trató de un ataque terrorista", ha dicho la canciller alemana Angela Merkel sobre la embestida del camión en Berlín que ha dejado al menos 12 personas muertas y cerca de medio centenar de heridos, 18 de ellos de gravedad. El tráiler irrumpió en la noche del lunes en un mercado navideño de la capital de Alemania próximo a la majestuosa Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, sin que por el momento se tengan demasiados datos. Testigos que vieron cómo el vehículo se les echaba encima aseguran que el escenario después de que el camión arrollara a las víctimas fue "horrible y caótico". Muertos, personas mutiladas y decenas de heridos cuyas vidas se verán truncadas para siempre. Según las autoridades germanas, entre los fallecidos hay un hombre que fue hallado dentro del vehículo, en el asiento del copiloto. Todo indica que esta persona, de nacionalidad polaca, era el conductor, a quien el asesino mató para poder robarle el camión.
También se ha descartado que el sospechoso de origen paquistaní arrestado en el lugar del suceso sea el autor del atentado. Tras las pesquisas realizadas por la Policía no se encontraron suficientes evidencias que lo relacionaran con el caso, así que ha quedado en libertad. Por tanto, se sospecha que el ejecutor de la matanza puede haberse dado a la fuga, mientras las fuerzas de seguridad alemanas trabajan para localizarlo. A esta hora se desconoce si el homicida actuó solo (como lobo solitario) o si lo hizo acompañado de otras personas con las que supuestamente formaría parte de una célula durmiente. De modo que tampoco se sabe si es un ciudadano alemán, un refugiado (como se ha dicho por algunos medios locales) o un retornado que regresó de la guerra de Siria o Irak para cometer la masacre.
En principio, Daesh ha reivindicado la autoría del atentado, según ha informado este martes la agencia de noticias Amaq, vinculada a la organización terrorista. El grupo que dirige Abu Bakr al Baghdadi ha asegurado que el conductor del camión que se empotró contra el mercado navideño era "un soldado del califato". No obstante, esta reivindicación debe cogerse con las máximas reservas, ya que se sabe por experiencia que el activista islámico no actúa mediante órdenes jerárquicas, sino que suele radicalizarse de forma aislada, por internet, en su propia casa, sin necesidad de recurrir a instrucciones de superiores. Parece claro que esta nueva barbaridad ha seguido el mismo patrón que la masacre perpetrada en Niza el 14 de julio de 2016, cuando Mohamed Lahouaiej Bouhlel, un residente tunecino en Francia, lanzó deliberadamente un camión de carga de 19 toneladas contra una multitud que estaba celebrando el Día Nacional de Francia, en el Paseo de los Ingleses, matando a 85 personas e hiriendo a 303. En aquella ocasión, el Estado Islámico aseguró que Bouhlel "ejecutó la operación en respuesta a las llamadas orientadas a los ciudadanos de países de la coalición que luchan contra el Estado Islámico". Sin embargo, las investigaciones revelaron que el terrorista era un perturbado y un reprimido sexual, que podría haber cometido su acción arrastrado por una crisis mental. Resulta complicado en estos casos saber dónde termina la locura de un trastornado y dónde empieza el martirio religioso de un soldado de Alá.
Si finalmente se comprueba que el brutal atentado lleva el sello de Daesh, los yihadistas habrían buscado varios objetivos: dar un golpe de efecto tras las últimas derrotas del Califato en Siria e Irak; movilizar a su gente en Europa; y desestabilizar la situación política en Alemania, donde la extrema derecha amenaza con un fuerte ascenso de cara a las próximas elecciones. Todo resulta más que simbólico: el lugar escogido para la matanza (junto a la Iglesia de Kaiser Wilhelm, que durante la Segunda Guerra Mundial fue bombardeada y que, con su torre emblemática, es un gran símbolo de los horrores de la guerra para los berlineses); el momento elegido –las fiestas navideñas por la connotación de guerra de religiones, de guerra santa, que pretenden dar los yihadistas a todas sus acciones letales–; y el país señalado como objetivo: Alemania, el motor de la UE, el lugar soñado por todo refugiado que huye de la guerra con la esperanza de hallar un futuro mejor.
Los tres objetivos militares trazados por Daesh parecen haberse cumplido con una precisión matemática, ya que mientras la investigación policial avanza lentamente, los partidos ultranacionalistas alemanes (también los demás europeos) se han apresurado a lanzar sus primeras soflamas contra la canciller Angela Merkel, a la que acusan de ser la responsable, por omisión, de este nuevo atentado. Algunos, incluso han llegado a decir que los muertos de Berlín son los muertos de Merkel. El partido antiinmigración y eurófobo Alternativa para Alemania (AfD) ha escrito en su cuenta de Twitter: "El terror en Berlín no es un caso aislado y está directamente relacionado con la política de asilo de Merkel". Por su parte, la presidenta del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, ha asegurado que “nuestro deber es actuar rápido y fuerte” y proceder a cerrar las fronteras nacionales a la inmigración. "¿Cuántas masacres y muertos harán falta para que nuestros gobiernos dejen de hacer entrar a nuestros países desprovistos de fronteras un número considerable de migrantes, cuando sabemos perfectamente que se han mezclado terroristas islamistas?". En parecidos términos se ha pronunciado el líder del británico UKIP, Nigel Farage –quien ha aseverado que el ataque no es una sorpresa y que "acontecimientos como este serán el legado de Merkel"–. Otras declaraciones más o menos chirriantes se han escuchado también en países como Bélgica, Holanda y Austria. De modo que Europa se encuentra no solo ante la terrible amenaza yihadista, que puede actuar en cualquier momento y en cualquier lugar, sino ante la emergencia de partidos xenófobos y nazis que pretenden aprovechar cada masacre de Daesh para lanzar sus panfletos nacionalistas y enervar así a las masas. Lo tienen fácil los líderes ultraxenófobos europeos: cada vez que a un loco le dé por empotrar un camión contra la población civil, el responsable directo será el líder del partido democrático que esté en el Gobierno, ya sea Inglaterra, Francia o Bélgica. El mensaje ultra está más que definido y resulta tan maquiavélico como efectivo para millones de europeos: el culpable directo de que haya terroristas es la UE con sus políticas de integración del inmigrante y de ayuda al refugiado. De tal manera que para estos personajes siniestros del neofascismo rampante, la solución es que Europa vuelva cuanto antes a las viejas fronteras anteriores a la Segunda Guerra Mundial, lo cual sería un inmenso error de consecuencias históricas impredecibles. Blindar el viejo continente, como si un muro o una valla pudiera detener la locura de un fanático empeñado en inmolarse y de llevarse consigo a decenas de inocentes.
La UE debe defenderse ante la amenaza yihadista en suelo Occidental mediante el refuerzo de los medios policiales y de los servicios de inteligencia y también mediante el envío de ayuda económica y militar a los grupos y partidos políticos, Ejércitos y guerrillas que en estos momentos están peleando en Oriente Medio, sobre el terreno, para acabar con la lacra del Califato de Daesh. Pero Europa debe defenderse también contra la serpiente del fascismo que anida en su interior y que a partir de ahora crecerá exponencialmente, alimentada por el terror de la población europea a los atentados y el odio al extranjero. Tenemos la triste experiencia de los años treinta del siglo XX, cuando la debilidad de las democracias occidentales fue aprovechada por Hitler y Mussolini para llegar al poder. No podemos permitirnos el lujo de cometer el mismo error. La lucha contra el yihadismo debe ir paralela a la ilegalización de partidos políticos de corte totalitario que amenazan con destruir la Europa que hemos conocido desde 1945 y que ha gozado del mayor periodo de paz, prosperidad y avances sociales en derechos humanos de toda su historia. Es cierto que la UE no atraviesa por su mejor momento, y eso lo saben sus enemigos fascistas en todos los países de la Unión, que se mantienen prestos a lanzar el último zarpazo para volver a alcanzar el poder, tal como hicieron hace casi un siglo. No debemos tolerarlo. Europa tiene que ser capaz de movilizar todos sus recursos legales y políticos para ilegalizar esos movimientos que promueven el racismo, la discriminación, la falta de libertades y el terror como ideario para imponer su fanática ideología. El enemigo es Daesh y contra él hay que luchar. Pero el otro gran enemigo, quizá más peligroso todavía, anida en las entrañas mismas de Europa. Y se llama fascismo.

NADIA



(Publicado en Revista Gurb el 16 de diciembre de 2016)

Conocí a Pedro Simón un verano a principios de los años noventa, en el diario La Opinión de Zamora. Eran los tiempos del milagro español, de los pelotazos, expos y olimpiadas, de la máquina del fango felipista que estaba a pleno rendimiento. Los dos éramos jóvenes becarios que empezaban en esto del periodismo y los dos teníamos ilusión por cambiar el mundo a golpe de titular y reportaje. Pájaros que tiene uno en la cabeza cuando es un mozalbete. Trabajábamos como cabrones por un sueldo mísero (que es lo que se pide a todo novato en prácticas que está empezando en este negocio), sin pedir explicaciones de por qué éramos los primeros en llegar por la mañana y los últimos en salir por la noche, cuando la redacción se quedaba vacía de canallas, sumida en una soledad con olor a sudor y bocadillo de fiambre, y solo se escuchaba el repiqueteo intermitente de los teletipos como metralletas. Nos dejábamos sacar la sangre sumisamente con la esperanza de abrirnos paso en el oficio. La cosa siempre ha funcionado así, la explotación laboral no es algo de ahora.
Yo vivía de alquiler en una habitación espartana de la pensión Los Abuelos, en el casco antiguo de la ciudad. Se me iba el sueldo del mes en pagar el catre y las dos comidas. No estaba mal la sopa de menudillos. Algunas veces, cuando llegaba la hora de salir a almorzar, Pedro se acercaba a mi mesa y me invitaba a comer en su casa. Él tenía mejor suerte que yo, vivía en un estudio alquilado bastante más cómodo y confortable que mi cuartucho triste y desolador de la pensión. Hasta tenía cocina y todo. Y un sofá. Todo un lujo. Llegábamos al apartamento, sacaba un par de quintos de la nevera y los bebíamos mientras él daba vuelta y vuelta en la sartén a un par de suculentos chuletones que a mí me sabían a gloria, ya que me permitían salir del rígido menú castrense de la patrona. Ya entonces demostraba ser un tío generoso. Recuerdo con agrado aquellas conversaciones sobre fútbol (él era del Aleti, yo de su eterno rival) y sobre literatura y política. Algunas veces salíamos de bares y nos emborrachábamos con los periodistas más veteranos, a los que no había manera de tumbar a whiskys. Fue una época divertida. Currábamos sin parar, pero teníamos ilusión, y así fue como aprendimos el oficio.
Hicimos buenas migas Pedro y yo pero el verano pasó como un rayo y agotamos los tres meses de prácticas por los que nos habían contratado. Con el mes de septiembre llegaron las primeras lluvias, el cielo plomizo y monótono de Zamora, el frío recio castellano, y cada cual regresó a su mundo. Nos despedimos deseándonos buena suerte. Pedro terminó en Madrid, donde consiguió colocarse en El Mundo. Yo acabé en Valencia y después en Murcia y otra vez en Valencia y finalmente en Castellón. Di tumbos por varios periódicos regionales, trincheras de la prensa, donde aprendí a amar y a odiar la profesión. O más bien a odiar a algunos que dicen ser periodistas cuando en realidad no son más que mediocres gacetilleros.
Han pasado más de veinte años y desde entonces solo hablé una vez más con Pedro Simón. Fue hace algún tiempo, por teléfono. Nos preguntamos cómo nos había ido en la vida y yo le pasé una foto en blanco y negro en la que aparecíamos cogidos por los hombros como buenos camaradas. Le dije que me gustaban mucho sus artículos de opinión, esos temas sociales de los que nadie se ocupa ya, ese estilo literario de la calle elevado a la categoría de gran género periodístico. Periodigno, creo que lo llaman. Hace unos días he sabido del infierno profesional en el que se ha visto envuelto, sin quererlo ni beberlo, mi antiguo compañero. La noticia increíble, el terremoto mediático, el escándalo. Todos tenemos una piedra esperándonos en el camino y la suya se ha llamado caso Nadia, ese padre sin escrúpulos que al parecer ha sacado tajada de la supuesta enfermedad rara de su hija agonizante. Pero Pedro no hizo ni más ni menos que lo que cualquier persona de bien hubiera hecho en su lugar: no limitarse solo a dar la noticia, a cumplir con el expediente como un redactor más, sino intentar echar una mano, ayudar, poner su grano de arena para que el mundo sea un lugar algo menos terrible. Escribió artículos de opinión concienciando a los lectores, apoyó la campaña para recaudar el dinero necesario, movilizó a anónimos y famosos para que donaran fondos y así salvar la vida de la pequeña, que ya estaba en riesgo de fallecer por falta de tratamiento. No me imagino el mal trago que debe suponer para un periodista riguroso y profesional como él comprobar que toda esa verdad por la que ha luchado no era más que una gran mentira, una estafa. No quiero ni imaginar el shock que puede producirle a uno comprobar que el dinero no llegaba a donde tenía que llegar, que el padre no era trigo limpio, que al final toda esa causa solidaria, toda esa batalla noble y justa, se ha venido abajo y ha terminado convirtiéndose en un culebrón de la televisión basura, en una investigación policial, en un gran proceso judicial en el que él ha sido víctima y cómplice, sin saberlo, de todo el montaje. A Pedro le honra haber pedido disculpas en una columna publicada en El Mundo en la que se atribuye toda la responsabilidad del error, pero no dejo de sentir asco y hastío por esos jefecillos que pululan por las redacciones, malas gentes que no han escrito una sola línea en toda su vida, que ni siquiera se preocuparon de supervisar si la noticia era correcta o no antes de meterla en la rotativa, y que ahora, para salvar sus inmundos traseros, escriben editoriales ventajistas en los que crucifican a la parte más débil: el redactor con un currículum intachable que será defenestrado para que se coma él solito el marrón. Los periódicos se han convertido en eso: gateras infestadas de mediocres, covachuelas de advenedizos sin escrúpulos, camarillas que emplean prácticas mafiosillas.
Estos días he leído y escuchado muchas tonterías sobre lo mal profesional que ha sido Pedro Simón, que si no contrastó la información como debía, que si se saltó las pautas más elementales de la buena praxis periodística, que si se ha implicado demasiado en la historia, que si esto, que si lo otro. Siempre habrá buitres que vivirán a costa de la desgracia ajena, cínicos que exigen a los demás lo que ellos mismos no hacen. Lo que le ha ocurrido a Pedro Simón es un drama que le acompañará toda la vida pero que le podría haber sucedido a cualquier periodista de buena fe que pretenda implicarse a tope en una historia. Nadie está a salvo de la depravación humana como la que ha demostrado ese padre desalmado. Nadie puede sentirse seguro cuando la bajeza, la infamia y la canallada clavan sus ojos en nosotros. Así funciona este mundo que hace ya tiempo enterró los nobles valores como la solidaridad, la compasión y la humanidad. No me gustaría estar en el pellejo de Pedro Simón. Y sin embargo, yo hubiera hecho exactamente lo mismo que él. Periodismo humano.

Viñeta: Igepzio

viernes, 16 de diciembre de 2016

EL DOLOR SUPREMO

 (Publicado en Revista Gurb el 16 de diciembre de 2016)

"Escribí este libro sobre mi hijo sabiendo que él no lo iba entender nunca, que jamás lo iba a poder leer. Y ese absurdo que es en definitiva la vida, esa estafa, es lo que encierra el título, el libro mismo". Esta vez, cuando el veterano periodista Andrés Aberasturi (Madrid, 1948) se puso de nuevo ante un folio en blanco, sabía que no iba a ser como siempre. No iba a ser como escribir un ensayo periodístico o uno de esos poemas que le elevan a uno el espíritu. Tenía que contar algo terrible y cada línea sería como quitarse un jirón de piel. El argumento del libro Cómo explicarte el mundo, Cris es su propio hijo, afectado por una parálisis cerebral de nacimiento que le impide la movilidad y le afecta gravemente a sus capacidades mentales. Un proyecto que refleja el caos en el que, de la noche a la mañana, se acabó convirtiendo su vida y la de su esposa. Las carreras a urgencias, las noches en vela en el hospital, las madrugadas todavía más largas en la UCI de Neonatología, una unidad médica que es como "un cuadro de El Bosco lleno de sufrimiento", las incubadoras con los bebés rodeados de cables y monitores que luchan por sobrevivir, la desolación absoluta y total, la injusticia de la vida y sobre todo la indiferencia de un Dios que nunca aparece cuando se le necesita. "Creo que lo he contado todo, no me he dejado nada. He contado cómo es mi hijo, cómo soy yo, su madre que lo ha sacado adelante, cómo ha luchado, cómo sigue luchando, y tenía que morir con todo dicho, me faltaba decir esa verdad, contarla tal cual era, sin adornos", dice lacónicamente. Periodista, locutor de radio, presentador de televisión, columnista de varios periódicos, Aberasturi confiesa que cuando los médicos le propusieron desconectar a Cris se lo pensó dos veces. En un país donde se recorta en dinero para las personas con discapacidad, donde las víctimas nunca salen en los medios, y donde hay padres que tratan de lucrarse con la enfermedad de su hijo, Aberasturi lanza un grito callado, un grito que suena a única y gran verdad existencial en medio de la gigantesca mentira del mundo.

Entrevista completa en Revista Gurb

MESSI, CRISTIANO, ESTRELLAS FUGACES, DINERO FUGAZ

 
(Publicado en Revista Gurb el 16 de diciembre de 2016)

La investigación que por fraude fiscal lleva a cabo el Ministerio de Hacienda contra los jugadores Leo Messi y Cristiano Ronaldo, así como otras estrellas de nuestro fútbol, es sin duda una buena noticia para todos. Los dosieres que cada día filtra el portal especializado Football Leaks demuestran que no todo es juego limpio en nuestro deporte y que ya iba siendo hora de desempolvar las alfombras centenarias de nuestros clubes futbolísticos, demasiado protegidos durante demasiados años. Cracks mediáticos de la talla de Messi y Ronaldo, sin olvidarnos de Neymar y otros muchos, no pueden verse salpicados por escándalos tan descomunales sin que sus autores paguen por las presuntas irregularidades que han cometido. Ellos dos, como estandartes del deporte mundial, deberían ser los primeros en dar ejemplo de valores cívicos y de cumplimiento de las obligaciones fiscales como buenos ciudadanos. Está muy bien organizar partidos benéficos contra la droga por navidad y visitar a los niños enfermos en los hospitales para hacerse la foto con ellos y demostrar lo solidarios y comprometidos que son. Pero estaría mucho mejor que regularizaran sus cuentas con el fisco, para que de esta manera el Estado pudiera invertir más y mejor en educación pública, en el deporte base y en investigación de enfermedades raras infantiles, por poner solo tres casos donde el dinero público resulta fundamental para el desarrollo físico e intelectual de miles de niños. Cada año por estas fechas tenemos que asistir a la típica imagen de televisión de la estrella del momento regalando un peluche a los niños aquejados de graves dolencias, lo cual está muy bien. Pero los problemas no se solucionan solo con puestas en escena y falsas hipocresías que finalmente solo contribuyen a aumentar la fama y la popularidad de la celebrity de turno. Los problemas se resuelven pagando impuestos para que el Gobierno pueda destinar esos fondos a aquellos que más lo necesitan.
Nos consta que tanto Messi como Ronaldo son solidarios y que ambos han contribuido con fuertes sumas de dinero a financiar diversas causas sociales y oenegés. Pero ese compromiso queda oscurecido por las noticias que van surgiendo sobre evasiones de capitales a paraísos fiscales y fraudes a Hacienda. El pasado mes de junio, la Audiencia Provincial de Barcelona condenaba a Lionel Messi y a su padre, Jorge Horacio, a 21 meses de prisión por tres delitos fiscales. El futbolista del FC Barcelona y su padre fueron juzgados por defraudar 4,1 millones de euros a Hacienda durante los ejercicios 2007, 2008 y 2009, consecuencia de no haber tributado en España los ingresos de 10,1 millones percibidos por los derechos de imagen del delantero rosarino durante ese periodo. Por su parte, la gran estrella del Real Madrid, Cristiano Ronaldo, está siendo investigado por el desvío a un paraíso fiscal de al menos 150 millones de euros para ocultar ingresos por derechos de imagen, según ha publicado el portal Football Leaks. Los periodistas de esta publicación aseguran que desde principios de 2009, meses antes de su llegada al club blanco, Ronaldo puso a buen recaudo sus ingresos por derechos de imagen a través de empresas que operaban en las Islas Vírgenes Británicas, un paraíso fiscal en medio del Caribe. Las pesquisas de los inspectores fiscales podrían concluir en un proceso judicial. A ambos escándalos se unen otros del mismo calibre que han perseguido a jugadores mediáticos como Neymar Jr., para quien la Fiscalía ha pedido 2 años de cárcel y 10 millones de euros de multa por delitos de corrupción y estafa en el fichaje del delantero brasileño (un caso que también ha salpicado al entonces presidente del club blaugrana, Sandro Rosell, que se enfrenta a una pena de cinco años). Pero la lista es mucho más larga. Sergio Ramos, Iker Casillas, Xabi Alonso, David Villa, Piqué, Mascherano o Samuel Eto’o son solo algunos de los muchos nombres flamantes que se han unido a los investigados por Hacienda. Y no solo futbolistas, ya que entre los supuestos morosos y evasores también hay estrellas de otras disciplinas deportivas, estandartes de nuestro deporte que cuando llega la hora de la alta competición se envuelven en la bandera nacional y hacen gala de un patriotismo desaforado pero cuando llega el momento de cumplir con las arcas públicas, como todo buen ciudadano, fijan su residencia en algún paraíso fiscal extranjero o abren una sociedad opaca o simplemente esconden el dinero en alguna cuenta en Suiza o Panamá. En estas prácticas suelen caer, no solo los deportistas, sino también nuestros mejores artistas, actores de cine, intelectuales o cantantes.
El Estado debe terminar con estas prácticas delictivas que causan un grave daño al erario público. Un país avanzado es aquel donde quién más tiene más paga. La Justicia social, la cohesión, la redistribución de la riqueza y el principio de igualdad se quiebran cuando una estrellita del balompié, del motor o del tenis de mesa escamotea el dinero que por ley y por derecho le corresponde al Estado para hacer frente a sus gastos públicos con la sociedad. Así que menos sacar pecho de patriota y más pagar impuestos; menos alardes de ridículas gestas deportivas y más cumplir con Hacienda. Montoro, un ministro al que en otras ocasiones hemos criticado duramente en estas mismas páginas por su excesiva tibieza en la persecución del fraude fiscal, está actuando como debe en el caso de los figurines que nos engatusan con sus filigranas en la cancha mientras nos hacen el dribling en la declaración de renta. "No hay ningún nombre ni equipo que pueda quedar fuera de una investigación", ha asegurado Montoro, para quien el caso Ronaldo es un "asunto complejo".
A menudo escuchamos por la calle comentarios radicales como que los inmigrantes cazados en algún delito deberían ser expulsados de España. ¿Qué deberíamos hacer entonces con estos inmigrantes de lujo que se ponen las botas con el dinero de todos? La Justicia debe actuar con total contundencia contra los ases del balompié, que por lo visto también son ases del despiste fiscal. Por eso no se entiende que algunos jueces estén presionando para que Football Leaks deje de filtrar datos económicos privados de las grandes estrellas del deporte. La libertad de prensa y el derecho a la información deben prevalecer una vez más. Nada se consigue con proteger o tapar la reputación de unos futbolistas que juegan a ser nobles competidores en el terreno de juego y tramposos fuera de él. Con la publicación de casos como los revelados por Football Leaks se consigue algo bien positivo: crear una sensibilidad social ante el hecho de que nadie, por muy famoso y genial que pueda ser en su actividad profesional, por mucho dinero que haya amasado en fichajes y pelotazos publicitarios, está por encima de la ley en un Estado de Derecho.
La Justicia debe actuar con contundencia y rechazo ante los casos de fraude, independientemente de si el autor del delito es un megacrack del fútbol o el concejal corrupto de turno, ya que quien defrauda a Hacienda nos está robando a todos. No resulta nada edificante para una sociedad que sus grandes referentes deportivos terminen escamoteando impuestos como vulgares rateros. Si ellos han de ser el ejemplo de las nuevas generaciones de niños y jóvenes que los admiran como auténticos mitos y héroes deberían comportarse como tales en todos los aspectos de la vida. La sociedad no puede seguir permitiendo que un falso mesías y un cristiano que va de piadoso por el mundo nos sigan engañando con los impuestos. Ya nos engañan bastante cobrando las millonadas que cobran por darle patadas a una simple pelota (y a veces por patear las piernas de otros). Los futbolistas no son genios del arte, ni grandes intelectuales, ni héroes, ni médicos que salvan vidas operando a corazón abierto. Son solo unos jóvenes en calzoncillos, guaperas con el pelo engominado, piel de tatuaje y mucha pasta en el banco. Muchachos que nos animan las tediosas tardes domingueras. Muchachos con mucho músculo, poco cerebro y demasiada codicia.

Viñeta: Igepzio

viernes, 9 de diciembre de 2016

LA VERDAD SOBRE EL CASO MENDOZA


(Publicado en Diario16 el 8 de diciembre de 2016)

Por fin, esta vez sí, cuando parecía que ya no se lo iban a dar, le han concedido el Cervantes a Eduardo Mendoza. Ya era hora. Los premios siempre llegan tarde pero en este caso nos temíamos que no iba a llegar nunca. A menudo, cuando se habla de la cacareada renovación de la novela española, se suele olvidar a este escritor catalán de una delgadez vegana y una sonrisa filosófica y afable que escribe en un primoroso castellano, para que luego digan que los catalanes no saben juntar cuatro letras en la lengua de Cervantes sin darle una patada al diccionario. Pero siendo justos, si ha habido un renovador de la narrativa patria contemporánea, un punto de inflexión entre lo viejo y lo nuevo, ese ha sido Eduardo Mendoza.
El mismo año que moría Franco, se publicaba su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, una historia sobre el pistolerismo en la Barcelona de principios de siglo que supone, de alguna manera, una ruptura entre la novela del posfranquismo y la Transición predemocrática. Fue revolucionaria hasta en su título inicial (Los soldados de Cataluña) que no pasó la censura, como tenía que ser, aunque al final el tijeretazo de los moralistas fue para bien, ya que la segunda opción mejoró bastante el original. Escrito con una prosa clara y directa, La verdad sobre el caso Savolta nos devuelve a la Barcelona de 1918, donde matones contratados por la alta burguesía catalana tratan de aplastar las primeras revueltas obreras. Bien mirado, un tema de plena actualidad el de la lucha de clases, ya que pese a que hoy no hay tiros por las calles, la reforma laboral de Rajoy mata a más proletarios, parados y parias que aquellas balas a sueldo del patrón. Todo lo literario que un novelista contemporáneo debe saber está implícito en ese libro extenso, infinito, no solo el diagnóstico sobre las raíces mismas del mal que anida secularmente en la cainita sociedad española, sino los secretos del arte mágico de escribir buenas novelas: la estructura en forma de puzle que se alterna con la estructura lineal, los saltos en el tiempo, la picaresca, la mezcla de géneros (noir, novela histórica, pastiche, propaganda) todo ello acuñado con el sello mendociano marca de la casa: un sentido del humor inteligente, británico y burgués hasta aquel momento escasamente ejercitado por los escritores que salían de la oscura cueva del franquismo. Cualquier novato que quiera escribir una novela debería empezar por La verdad sobre el caso Savolta y dejarse de talleres literarios inútiles y de manuales de autoayuda retórica para improvisados novelistas a tiempo parcial. La novela se escribe, no se aprende ni se enseña.
La consumación de su arte narrativo iba a llegar con La ciudad de los prodigios, pero antes Mendoza nos deja dos pequeñas joyas, dos novelas ligeras, no por humorísticas menos importantes. En El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, ambas historias detectivescas pero en tono paródico, el escritor catalán nos descubre que en la novela también debe haber un hueco para el humor. Es el momento en que Mendoza abandona la España triste, amarga y violenta de 1978 –demasiado convulsa por los ruidos de sable del golpismo pertinaz, el terror de ETA y la depresión económica–, para emigrar a la vertiginosamente apacible Nueva York en busca de inspiración artística. “Escribí divirtiéndome como nunca lo había hecho”, diría después el escritor a propósito de esas dos novelas, que son auténticos manifiestos del universo mendociano. Con ellas, Eduardo Mendoza abre el portón de nuestra novela contemporánea a la comedia y demuestra a los narradores del momento, siempre empeñados en la tragedia plúmbea de la guerra civil, salvo honrosas excepciones como Vázquez Montalbán o Andreu Martín, que también se puede hacer narrativa desde la parodia, la chanza, la caricatura y la carcajada. Y es aquí donde Mendoza se hace más acreedor si cabe al título cervantino que le acaban de otorgar, ya que si por algo se caracteriza el Quijote es por su autóctono y ácido sentido del humor, que traspasa lo manchego para entrar en lo universal.
Aquí, en España, hubo un momento en que decidimos abandonar la senda paródica y divertida que nos mostró Miguel de Cervantes, quizá porque consideramos que lo serio, lo grave y lo trágico español era mucho más profundo y sesudo que lo hilarante y entretenido. Sin embargo, el anglosajón, que por su carácter flemático, pomposo y protestante debería ser mucho más muermo que el alegre, luminoso y jaranero hispánico, continuó con la tradición de las comedias chocantes de Shakespeare, y su literatura logró alumbrar grandes obras cumbres, no solo del humor, sino de la literatura en general, desde los pasajes más irreverentes y jocosos del Ulises de Joyce hasta La conjura de los necios de Toole, pasando por una larga lista de prosistas satíricos encabezada por Lewis Carroll, Dickens o el más reciente Tom Sharpe. Así fue como los anglos nos arrebataron el reinado de la diversión por dejación de funciones del novelista español, entregado a sus dramas e inquisiciones, a sus miserias nacionales decimonónicas, a sus frustraciones noventayochescas. Hasta que llegó Mendoza y nos devolvió la llama sagrada del humor.
Podríamos estar horas enteras hablando de la obra de Mendoza –Una comedia ligera, La aventura del tocador de señoras, El último trayecto de Horacio Dos, Mauricio o las elecciones primarias, El asombroso viaje de Pomponio Flato, El enredo de la bolsa y la vida o El secreto de la modelo extraviada– e incluso disertar sobre Riña de gatos, reciente premio Planeta, una de sus novelas de la serie seria, donde Mendoza vuelve a hacer gala de su extraordinario conocimiento de la Historia de España. Todo eso lo dejaremos para los eruditos de las cátedras de Literatura española, que seguramente lo harán mucho mejor que nosotros. Solo nos detendremos aquí en una fábula entre galáctica y costumbrista, entre castiza y orwelliana, por la que no podemos pasar de puntillas: Sin noticias de Gurb, la historia del marciano verde y trompetero que se mete en el cuerpo de la cantante Marta Sánchez para asistir con ojos atónitos al desfile de toda la fauna patria de nuestros días, o lo que es lo mismo: el heroico extraterrestre que da nombre a nuestra querida revista.
Hoy, abducidos como estamos por las redes sociales y las nuevas tecnologías que se quedan viejas enseguida y que nos comen el coco, todos somos un poco marcianos, y mucho más nuestros queridos políticos, que cada día hablan más raro e ininteligible −casi como aquel Carlos Jesús del planeta Raticulín en cierto programa nocturno de Javier Sardá de infausto recuerdo−, y ya no hay un dios que los entienda. A nuestros políticos se les ha metido sin duda un hombrecillo alienígena en el cuerpo y un día es Rafa Hernando el que comparece ante la prensa entre convulsiones selenitas, al siguiente es la venusina Loli Cospedal con sus explicaciones encriptadas sobre finiquitos diferidos o el mismísimo Rajoy, que cada día pone caras más lunáticas y emplea lenguas más siderales. No debemos tenerles miedo a estos etés del espacio ibérico porque el comandante Mendoza, cual capitán Kirk de Star Trek, ya nos ha enseñado el camino para hacer frente a la invasión de seres tan extraños: una pluma clásica, cervantina, y el humor ácido e inteligente de Gurb.

Viñeta: Igepzio

EL CAUDILLO DEL CINE

 (Publicado en Revista Gurb el 2 de diciembre de 2016)

Juan Diego (Bormujos, Sevilla, 1942) ha llegado a ese momento de la vida en que degusta su trabajo como quien paladea una buena copa de vino. Con pasión pero también dejándose llevar. Tras una brillante y dilatada carrera cinematográfica en la que ha conseguido múltiples galardones y reconocimientos (entre ellos tres Premios Goya) Diego se ha vuelto a subir al lugar que le vio nacer como artista, el entarimado del teatro, que es como un cielo crujiente lleno de trampas y focos de colores, para interpretar Una gata sobre un tejado de zinc caliente, la mítica obra de Tennessee Williams reversionada por Amelia Ochandiano, que acaba de estrenarse en el Centro Niemeyer de Avilés. Diego interpreta el papel del millonario padre de Brick, aquel Paul Newman que andaba todo el rato en pijama azul de raso, agarrado a una muleta y a una botella de whisky, haciéndole ascos a la Taylor. "A mí esta gente me cae muy mal. Cuando me meto en ese papel, en esa lamentable situación en la que deciden vivir estas personas y en la que obligan a vivir a los demás, los odio con todas mis fuerzas". Hombre de izquierdas (desde la clandestinidad del PCE impulsó la primera huelga de actores de España), el destino caprichoso quiso que uno de sus papeles memorables fuera para el ser que más despreciaba. "¿Franco? Me preguntaba qué tenía yo contra ese individuo. Estaba ahí todos los días, era como de la familia, cantabas el Cara al Sol en el recreo con el frío que hacía, y me dio por pensar que tenía que fijarme en cómo había sido ese de niño". Y ya desde aquella película, y para siempre, cada vez que pensamos en el pequeño dictador vemos a Juan Diego susurrando, como una vieja, aquello de "arriba España".

Entrevista completa en Revista Gurb

martes, 6 de diciembre de 2016

UNA CONSTITUCIÓN A MEDIAS

 
(Publicado en Revista Gurb el 6 de diciembre de 2016)

La Constitución del 78 fue un logro indiscutible de todos los ciudadanos españoles, los de derechas y los de izquierdas, los republicanos y los monárquicos. Fue el libro de la reconciliación. La promulgación y aprobación de la carta magna por una mayoría aplastante consiguió frenar el instinto autodestructivo que anida en lo más profundo de nuestro pueblo, superar el involucionismo militar que pesaba sobre el país desde el siglo XIX, reparar el trauma de la guerra civil y la dictadura e implantar definitivamente la democracia, algo que no había sucedido nunca en la Historia de España, salvo en el breve y convulso periodo republicano. La Constitución nos permitió mirar hacia el futuro con cierta esperanza, e hizo que nos sintiéramos demócratas por fin, demócratas como cualquier otro europeo.
Sin embargo, hoy nuestro texto político fundamental ha quedado obsoleto. Los tiempos han cambiado, una nueva generación de jóvenes ciudadanos pide paso y exige nuevas soluciones a nuevos problemas. Con esta Constitución, tal como está concebida, el edificio de la democracia que tanto nos costó construir no conseguirá subsanar las profundas grietas que le han salido tras casi cuarenta años de azarosa singladura. Muchos artículos han quedado retóricos, vacíos de contenido, como el derecho a una vida digna y a una vivienda, el derecho al trabajo y el derecho a la redistribución de la renta. Hoy España es uno de los países más desiguales de toda Europa, solo por detrás de Chipre, y esa brecha entre clases sociales, entre ricos y pobres, es cada día mayor, minando la justicia social, principio irrenunciable de todo Estado de Derecho. Aún tenemos vivas en las retinas la imágenes de decenas de ciudadanos desahuciados de sus casas que han terminado suicidándose al no poder pagar la hipoteca impuesta por un sistema político y bancario injusto. Eso no debe ocurrir jamás en un Estado que se dice de derecho. Por si fuera poco, entre cinco y siete millones de españoles han sido condenados a la pobreza (muchos de ellos a una pobreza tercermundista y energética) y solo el 57,31% de los parados recibe ya algún tipo de prestación por desempleo, por lo que el resto (familias enteras) han sido abandonadas a su suerte pese a  que todos sus miembros están en el paro. Hoy siguen siendo los abuelos los que, exprimiendo su pensión, soportan la carga de mantener a sus hijos y nietos desempleados.
Por si fuera poco, la reforma laboral de Rajoy ha dinamitado el contrato social con sus numerosos derechos adquiridos, entre ellos la negociación colectiva y los 45 días de indemnización de despido por año trabajado. Esta ley retrógrada del PP, con la permisividad de unos sindicatos demasiado tibios y adocenados y de un PSOE que ha perdido su identidad en la defensa de los obreros y de las clases más humildes, ha arrasado buena parte de los derechos laborales, otorgando todo tipo de facilidades y ventajas a los empresarios y al gran capital y condenando a millones de españoles a la cola del Inem. Hoy puede decirse que el principio constitucional básico de que "todo español tiene derecho a un trabajo digno" no se cumple y hasta produce una sonora carcajada entre un buen número de ciudadanos que sufren la precariedad de un mercado laboral con tintes esclavistas y unos salarios miserables. En España muchas conquistas sociales por las que pelearon generaciones enteras han quedado hoy en papel mojado, entre ellos el avanzado Estatuto de los Trabajadores del que nadie se acuerda ya. El salario mínimo interprofesional (que acaba de subir en unos escuálidos cincuenta euros, unas migajas gracias a la pinza parlamentaria entre PP y PSOE) es de los más bajos de Europa y por si fuera poco, es evidente que hemos retrocedido en derechos y libertades.
El Estado de Bienestar ha quedado profundamente tocado por aquella reforma constitucional urgente pactada por los dos grandes partidos, con alevosía y nocturnidad, para limitar el techo de gasto y permitir los recortes impuestos por Bruselas. La educación es de peor calidad que la de hace diez años (cada Gobierno impone su propia ley educativa que es derogada al cuarto de hora); la Sanidad pública, gran conquista social de los españoles y durante un tiempo ejemplo y admiración en todo el mundo, está bajo mínimos, con escaso personal médico y falta de recursos en hospitales y centros de salud. Privatización de servicios, deficiente atención sanitaria a los inmigrantes ‘sin papeles’ y copago de medicinas y servicios, son algunas de las nefastas consecuencias de las políticas de austeridad. Miles de ciudadanos, a través de las ‘mareas’, han salido a la calle para defender sus derechos en los últimos años, pero no han conseguido frenar el poderoso giro ultraconservador en políticas sociales que ha dado nuestro país desde que estalló la crisis económica de 2008.
Para colmo de males, las pensiones están amenazadas y suprondrán un grave problema a corto plazo que precisará de un gran pacto de Estado, aunque no sabemos si nuestros políticos están preparados para lograr el consenso necesario. La ley de dependencia que debería dar cobertura a enfermos y desvalidos se ha quedado sin fondos para llevarla a cabo, mientras las comunidades autónomas y el Gobierno central se tiran los trastos a la cabeza. Cultura y Ciencia son otros dos principios garantizados por la Constitución del 78 pero el Gobierno grava con un IVA insoportable los productos culturales y nuestros jóvenes científicos tienen que emigrar al extranjero porque en España, salvo honrosas excepciones, no se investiga nada y apenas se invierte en investigación y desarrollo. El Medio Ambiente se degrada, algunas de nuestras ciudades figuran entre las más contaminadas de Europa. Ríos, mares y entornos naturales enferman por las basuras y vertidos químicos, sin que se apliquen duras sanciones a los infractores y cada vez se invierte menos en energías renovables. El ciudadano tiene derecho a un entorno limpio, a un aire limpio, a un agua limpia, pero parece que esos principios constitucionales tampoco interesan a nadie. Terminar con los incendios forestales que cada verano esquilman nuestros bosques y montañas parece una utopía imposible de cumplir. La protección contra el maltrato animal está lejos de ser una realidad y en España seguimos matando toros en las plazas taurinas y en las fiestas de los pueblos, un horrendo y bárbaro espectáculo que produce vergüenza en el mundo civilizado. Otro pilar básico del Estado de Derecho, como es la administración de Justicia, a veces no funciona como debiera y buena parte de los políticos corruptos hacen prevalecer sus privilegios como los indultos y salen de rositas de los numerosos escándalos políticos que socavan la confianza del ciudadano en el sistema, provocando desafección.
Pero lo peor de todo es que el régimen político del 78 y su modelo territorial han entrado en crisis y necesitan reformas  urgentes sin más dilación. El debate entre monarquía y república se ha agudizado tras la recesión económica y el bloqueo institucional. La dinastía borbónica está cada vez más cuestionada y la abdicación del Rey Juan Carlos, sin duda uno de los artífices de la democracia en España (no lo vamos a negar) no ha servido para devolver a los españoles la confianza en la Casa Real. Felipe VI no goza hoy del predicamento que tenía su padre entre los ciudadanos (el famoso juancarlismo avalado por la mayoría de los españoles tras la muerte de Franco) y la Monarquía está más cuestionada que nunca tras los últimos escándalos que han perseguido a los duques de Palma por el caso Nóos. Es evidente que el desarrollo autonómico se ha ralentizado y que el Estado camina hacia una mayor centralización, cuando debería ser al contrario: que las autonomías ampliaran sus atribuciones y competencias. El desafío secesionista catalán es la mejor muestra de que la Constitución tampoco ha servido para dar satisfacción a las aspiraciones legítimas de las nacionalidades históricas que integran el Estado español (sobre todo Cataluña y País Vasco). Ya no vale aplazar la cuestión por más tiempo, como ha hecho Rajoy en los últimos años. Más tarde o más temprano, pese a la resistencia de la derecha siempre empeñada en paralizar el avance en nuestro país, las fuerzas políticas tendrán que sentarse y plantear soluciones prácticas al problema catalán y vasco, una solución que pasa por reconocer el derecho de ambas comunidades a ser consideradas naciones jurídicas y culturales y trazar una hoja de ruta hacia los referéndums, como ha ocurrido por ejemplo en el caso de Escocia.
Algunos artículos de la Constitución como el 33 son tan utópicos que llegan a limitar la propiedad privada a su función social, algo que evidentemente no se cumplirá nunca. Con todo, la Constitución sigue siendo nuestro marco de convivencia, aunque se haya quedado algo anticuada. Urge por tanto una reforma en profundidad, un chapa y pintura, como suele decirse. Es evidente que con la Constitución ahora todos podemos expresarnos con libertad (aunque la ley mordaza, una vez más una ley involucionista del PP, haya supuesto un grave retroceso), y que nadie va a la cárcel por defender sus ideas, siempre que lo haga dentro del respeto a la ley y a los derechos humanos. Al menos algo hemos avanzado, ya no estamos en la ley de la jungla. Pero hoy, en su 38 cumpleaños, día de discursos flemáticos y de boatos de fiesta nacional, no perdamos de vista que nuestra Constitución garantiza el derecho al pleno desarrollo personal de cada ciudadano, una vida digna y completa, y eso, lamentablemente, estamos muy lejos de haberlo conseguido.

lunes, 28 de noviembre de 2016

EL OTOÑO DEL PATRIARCA


(Publicado en Newsweek en Español el 26 de noviembre de 2016)

No ha habido solo un Fidel. Ha habido muchos, tantos como cubanos hay en la isla. El joven estudiante utópico de los años cuarenta con sus ideales vírgenes todavía sin contaminar; el soldado que empuñó el fusil de cuando la guerra con España para derrocar a Batista; el ideólogo de los discursos de ocho horas que pocos cubanos eran capaces de digerir; el jerarca que ordenó encarcelar y fusilar a los disidentes; el ensayista descreído de todo; el patriarca eremita de barba crespa y ojos saltones de profeta iluminado; el enfermo con una salud tan ruinosa como las casas viejas de La Habana; el hombre que al final de sus días, como le pasa a cualquier mortal barrido por el ciclón del tiempo, claudicó de todo, de la revolución, de la utopía, de la vida.
Hubo un tiempo, cuando los guerrilleros jóvenes y apuestos bajaron de Sierra Maestra para ajustarle las cuentas al corrupto Batista, en que parecía que había una esperanza para América Latina. Los cubanos enseñaban el camino al resto del mundo. Nos hicieron ver que un país pequeño y bananero le podía ganar una batalla al poderoso imperialismo yanqui, aunque solo fuera por un rato y en una apartada playa de nombre pestilente como Bahía de Cochinos. El puro moreno le ganó el pulso al rubio americano, o sea JFK, y aquello estuvo a punto de enviarnos a todos al apocalipsis nuclear. Pero después de tanta convulsión mundial, después de la ansiada revolución, la prosperidad prometida, la proclamada justicia e igualdad social entre las gentes, la historia de Fidel ha terminado en un triste otoño del patriarca, como en la novela de García Márquez.
Estos últimos años de estertor y enfermedad, en los que Fidel moría y resucitaba cada mañana para alborozo de los nostálgicos y cólera de los opositores de Miami, el Comandante se había convertido en una estatua viviente. Ya no era un hombre, era solo un Papa del ateísmo rojo al que nadie hacía caso, un busto polvoriento de mármol, un símbolo del pasado, y ya se sabe que todo símbolo tiene una parte de verdad y otra de mixtificación. Él seguía vivo, pero lo cierto es que el castrismo hacía mucho tiempo que había muerto. De la revolución solo quedaban los lacónicos desfiles del 1 de mayo, las banderas desteñidas y los eslóganes manidos, la gloria de las batallas pasadas contra la CIA. El régimen se agrietaba como en su día se agrietó el Telón de Acero, la gente empezaba a pasar hambre, y el hambre es el peor enemigo de las nobles ideas. El comunismo, tal como lo habían entendido algunos, había fracasado. Gorbachov, el señor bonancible de la bandera roja aplastada en la calva, había apretado el botón nuclear de la perestroika. No había marcha atrás. Los Tito y Ceaucescu caían como piezas de dominó por toda Europa y hasta la China maoísta empezó a fabricar capitalismo a destajo, hamburguesas y pantalones vaqueros. Solo Fidel, el último revolucionario, permanecía en pie mientras los hospitales cubanos se quedaban sin medicinas, los habanos y el ron se pudrían en las bodegas y las jineteras mulatas del Malecón se alquilaban hambrientas a los turistas sexuales por un puñado de dólares y unas zapatillas deportivas. Solo Fidel, un superviviente del prehistórico siglo XX, un fantasma de la Guerra Fría, un espectro que caminaba errante por la Historia, preguntándose qué era ese diabólico invento de la globalización contra el que no servían los fusiles y las bombas y que iba a terminar con todo, parecía seguir aferrándose a un sueño perdido.
Cuando el castrismo por fin se tambaleaba y Obama fue a visitarle, no quiso recibir al presidente norteamericano, en un último gesto desesperado por mantener la dignidad, que es lo único que le queda a un anciano. “No necesitamos que el imperio nos regale nada”, dijo el Comandante. Fue el último postureo bolchevique. La revolución había perdido la guerra y ni siquiera el trueque de médicos cubanos por petróleo de Venezuela podía parar lo imparable. Solo faltaba que los tanques de la Coca Cola entraran triunfantes en La Habana. Hoy ya no es tiempo de revoluciones, en realidad ya no es tiempo para casi nada, la izquierda se ha ido al garete en todo el mundo, Trump impone su fascismo blando y Le Pen será su sucursal en Europa. Se acabó la justicia social, la solidaridad entre las personas, el internacionalismo entre los pueblos. Xenofobia y odio al refugiado, explotación laboral, autarquía económica, ultraliberalismo salvaje, dólar neonazi y ley de la selva. Eso es lo que nos espera con la doctrina Trump. Los tiranos se van sucediendo unos a otros en una cadena determinista y diabólica para el ser humano.
El fracaso de Fidel es el fracaso de toda América Latina, y por extensión del Tercer Mundo. Por eso, el día en que muere el presidente cubano, debemos preguntarnos qué hubiera sido de la Cuba socialista sin el bloqueo norteamericano. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que, fallido el comunismo en todo el mundo, diluida la esperanza de la izquierda en el ácido del nacionalismo xenófobo y el ultraliberalismo globalizador y consumista que se extiende por todo el planeta, cabe plantearse: ¿acaso no sería bueno recuperar algo de los viejos ideales comunistas, sin llegar a la dictadura del proletariado que como toda dictadura es otra forma de totalitarismo? ¿No avanzaría la humanidad hacia un futuro mejor si un solo hombre como Bill Gates repartiera sus 90.000 millones de dólares entre los que pasan hambre y sed en Etiopía, El Salvador o Bombay? ¿Es que no viviría igual de confortable y de bien un millonario con un solo yate en lugar de tres, con un solo coche de lujo en lugar de seis, con una sola mansión en lugar de diez?
De alguna manera habrá que poner coto al capitalismo salvaje, que no es más que la codicia humana elevada al rango de sistema político. Reparto de riqueza, mayor igualdad entre clases sociales y justicia para todos son principios irrenunciables por los que merece la pena seguir luchando. Por eso, hoy, el día que muere Fidel, un mito de la Historia universal, con sus luces y sus sombras, los ideales revolucionarios siguen siendo más válidos que nunca. Por eso hoy, a las clases humilladas por otra dictadura tan cruel como la estalinista −la que imponen las oligarquías capitalistas y los mercados que gobiernan el mundo−, solo les queda el grito utópico y derrotado del viejo Comandante: "¡Hasta la victoria siempre!".

jueves, 24 de noviembre de 2016

FORGES

(Publicado en Revista Gurb el 18 de noviembre de 2016 y en Newsweek en Español)

Oficinistas cabreados, jefes tóxicos, ricachones desalmados, funcionarios camastrones, blasillas aldeanas que saben más que los ratones coloraos, náufragos solitarios, futboleros obsesos, matrimonios aburguesados y aburridos, políticos trincones, niñatos cibernéticos, toda la gran fauna hispana contemporánea ha desfilado bajo el pincel prodigioso y costumbrista de Antonio Fraguas Forges (Madrid, 1942) maestro indiscutible del humor gráfico español. Ilustrador ilustrado, filósofo sin agobiar, historiador ameno (no de los que van por ahí dando la brasa) periodista siempre, Forges es una especie de hombre del Renacimiento que toca todos los palos y los toca con maestría. Durante décadas ha sentado al español en el diván de su viñeta y lo ha psicoanalizado de una forma tan minuciosa que ni Freud. "¿Lo que no hemos aprendido todavía en este país? A escuchar y a no gritarnos", asegura con resignación. Cuando empezaba a pintar sus primeras ilustraciones en el diario Pueblo, allá por 1964, su padre le dijo una frase lapidaria que se le quedó para siempre: "hagas lo que hagas que sea original". Y eso es lo que Forges ha estado haciendo desde entonces. Crear un estilo propio y universal. Inventar personajes arquetípicos, inventar una escuela de humor sociológico que ha arrastrado a una legión de seguidores "forgianos" y sobre todo inventar un lenguaje nuevo cargado de modismos que se han extendido por toda la sociedad. Por llegar ha llegado incluso a poner varias palabras como picas en el Flandes de la Real Academia Española de la Lengua, lo cual no está al alcance de muchos. ¿Quién no ha dicho alguna vez aquello de voy a comer un "bocata"? "Somos hijos de nuestras lenguas, pero una madre que no permita a sus hijos tomarle un poco el pelo (y viceversa) no es una buena madre. Y yo tomo un poco el pelo a nuestro habla", explica. Forges, Cervantes en viñetas, puso el humor y el lienzo que le faltaba a la Transición, que fue un neobarroco decadente lleno de borbones, falangistas, militarotes y curas asustando todo el rato al personal. Hoy, tras miles de dibujos y una montaña de mandíbulas destrozadas por la risa, no hace falta decir que el maestro sigue teniendo el ingenio afinado de siempre. Y ya va medio siglo. "Gensanta".

 Entrevista completa en Revista Gurb

EL DIOS MERCURIO


Veinticinco años sin Freddie. Un cuarto de siglo ya. Voz hercúlea y vigorosa que abarcaba todo el rango musical, desde el gruñido de un oso hasta el canto de un ángel. Hombre de cuero y terciopelo, pasó por todos los excesos, desde los leotardos de licra a la capa de reinona, desde las plataformas imposibles al traje elegante y dandi. Bohemio rapsoda, transformista maravilloso, maruja de pelo en pecho y sobacos floridos, vecindona con aspiradora y bigote macho que cantaba aquello de quiero ser libre. Con esa canción, que fue todo un himno, hizo más por la liberación de la mujer que cualquier feminista y sacó a más gente del armario que el día del orgullo gay. Fue un bravucón con camiseta de tirantes y la más loca de la fiesta. Fue un duro y un sensible, un heavy y un melódico. Galán engominado con dientes de conejo, bailarín de músculo templado. Mil generaciones soñaron con sus baladas de ópera rock. Logró lo que parecía imposible: hacerle sombra a la académica Caballé sobre un escenario. Orfeo injustamente devorado por el sida, espíritu libre, genio de nuestro tiempo, voz de neón del siglo XX que tanto añoramos. Nadie sabe dónde reposan sus cenizas. Dios salve a la reina, God save the Queen. Y que siga el espectáculo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

ADIÓS RITA, ADIÓS

 (Publicado en Revista Gurb y en Diario16 el 23 de noviembre de 2016)

La muerte es el único juez justo. La muerte llega sin avisar para patricios y plebeyos, para nobles y pelagatos, para honrados y sinvergüenzas. Ha muerto Rita de un infarto súbito en un hotel de Madrid. Y ha muerto sola, investigada, abandonada por sus compañeros de partido. Así se las gasta la Familia: cuando eres útil te encumbra, cuando ya no sirves a la organización te dejan tirada como una colilla. Estremece esa imagen de Rita vagabundeando a solas por el frío claustro de las Cortes, mendigando un abrazo por caridad y por los viejos tiempos. "Margui, no me has saludado", "Espe, ¿es que ya no te acuerdas de mí?", "Mariano, a ver cuándo vienes a verme a Valencia". Rita con su abrigo de piel, el Vuitton al hombro y el gesto desencajado; Rita lívida y solitaria llorando por el Salón de los Pasos Perdidos porque sus coleguitas de partido le hacían el vacío; Rita con el corazón destrozado porque la dejaban en la estacada, como a un juguete roto, como a una apestada. Todo el mundo pedía el suplicatorio para Rita y ella solo suplicaba por un poco de amor de partido. No era mucho pedir. Pero así es la Familia, así se las gastan los fieros genoveses. Implacables con los que caen en desgracia, inflexibles con los inservibles, inclementes con los amortizados. Qué cruel es la política, qué ingratos e inhumanos los compañeros que, para salvar su imagen y reputación, se apartaban de ella al verla pasear por los madriles, triste y taciturna, camino del Senado. Qué insensibles los que la dejaban a merced del destino (y del fiscal general del Estado) por miedo a verse salpicados con la hiel del escándalo. Esos sí son rufianes y no el señor catalán ese que quiere acabar con España.
Rita ha muerto en un hotel de Madrid. Ayer moría la pobre que solo tenía una desesperada vela para calentarse. Hoy muere la rica que gozaba de la calefacción a tope de un cinco estrellas pero le faltaba lo más importante: el calorcillo humano del partido. Ironías del destino. Un corazón puede aguantarlo todo menos el desamor. Un corazón es como una planta: necesita el agua de los amigos para seguir latiendo. Y el corazón de Rita, al verse sin los viejos camaradas de batallas y francachelas políticas, se ha parado de soledad, se ha  infartado de disgusto, de desamor, de desplante, de desprecio. Más que la investigación del Supremo, que a ella le tenía sin cuidado, más que las grabaciones de la Guardia Civil, lo que mata a Rita es esa cabeza del compañero del Ayuntamiento que se tuerce al verla pasar, ese gesto huraño, ese saludo necesario que se le niega, ese teléfono que nunca suena, ese viejo amigo que nunca llega, ese reloj que va contando las horas, inexorablemente, sin que llegue el consuelo y la palabra amable. Bárcenas al menos tuvo la gracia de recibir un SMS del jefe: "Sé fuerte Luis, hacemos lo que podemos". Rita ni eso. A Rita le dieron bolilla mientras era útil para el partido, cuando el pitufeo valenciano funcionaba a pleno rendimiento, cuando el dinero negro entraba a espuertas por el Turia y se ganaban elecciones y pasajes gloriosos de la Historia. Pero al final, cuando llegaron los picoletos con las denuncias, Montoro con las rebajas, los periódicos con los titulares y los memes con las burlas y chanzas del pueblo ya nadie quería acercarse ni saber nada, ya nadie le daba palmaditas en la espalda, ya nadie contaba con ella.
Valencia se queda viuda del rojo Rita y los collarones lujosos. La muerte tiene una sola cosa agradable: las viudas, decía Jardiel. Nuestras condolencias a la familia, pero mucho nos tememos cuál va a ser la reacción de algunos prebostes del PP a partir de ahora: dirán que Rita fue sometida a una cacería y a un linchamiento mediático insoportable; que ha sido un crimen horrendo; que la prensa la tenía acosada; que esto es lo que pasa cuando se acusa a una persona inocente, que si bla, bla, bla… Ahora llegarán los que querrán montarle una capilla ardiente, un funeral de Estado por todo lo alto, un homenaje burocrático en el próximo congreso nacional. Hasta le pondrán una calle en su pueblo. Pero no van a engañar a nadie con sus hipocresías y sus lágrimas de cocodrilo. A Rita la han dejado en la cuneta cuando los de la UCO aporreaban la puerta. A Rita la borraron de la agenda en cuanto llegó el fiscal general con sus preguntas incómodas. A Rita la han infartado entre todos los que antes la jaleaban y aplaudían. Muchos en el partido respiran hoy aliviados porque ya nunca se podrá saber qué pasó en realidad con el pitufeo. Otros querrán hacer de ella una heroína. Así de sucia es la política.

viernes, 18 de noviembre de 2016

POBREZA ENERGÉTICA, POBREZA MORAL




(Publicado en Revista Gurb el 18 de noviembre de 2016)

Rosa, una anciana de 81 años, vive sola, en situación de exclusión social y de abandono sin que parezca importarle a nadie en Reus, la localidad en la que reside. No dispone de ingresos y no puede pagar la factura de la luz, así que se alumbra con velas. La mujer sobrevive al frío invierno como puede, sin apoyo del Gobierno, ni de Servicios Sociales, ni de las compañías eléctricas. Una noche la vela incendia el colchón de la cama y ella muere asfixiada. Así de simple, así de crudo. Y lo peor de todo es que, pese al drama humano que supone esta nueva muerte económica, es solo una gota más en medio del océano de pobreza energética en el que se ahogan millones de familias españolas. El Gobierno de Rajoy, que debería ser el Gobierno de todos y evitar tragedias como esta, se empeña en tapar esta auténtica vergüenza nacional bajo cifras macroeconómicas tan falsas como repugnantes. El presidente sigue con su mantra de siempre, aferrándose a la gran mentira de que la economía española crece unas décimas este año, que el déficit está controlado, que las exportaciones aumentan y que el paro baja unos míseros decimales, aunque lo que no dice es que el desempleo mejora gracias a los contratos basura y al régimen cuasiesclavista de nuestro mercado laboral, que ni siquiera en tiempos franquistas se había degradado tanto, como asegura el gran Forges en la entrevista que ha concedido a Revista Gurb. Son los números mentirosos del Gobierno que terminan haciéndose añicos cuando llega la hora de la verdad, cuando aparece el frío como cada año y nos hiela la sangre con historias terribles de carne y hueso como la de la mujer de Reus. Por mucho que Rajoy se esfuerce en enterrar la miseria y la injusticia que generan sus políticas económicas bajo cifras falsas y palabras huecas, la realidad siempre será la realidad y acabará emergiendo a la superficie e imponiéndose en toda su dureza y crueldad.
La historia de Rosa es la historia de miles, quizá millones de españoles que cuando llega el invierno tiemblan, y no solo de frío, sino de miedo, ya que saben sin ningún género de dudas que no podrán enchufar una simple estufa o un miserable calefactor para calentar a sus familias. Ahí están, cada día son más, los llaman eufemísticamente los "vulnerables", cuando en realidad, para ser honestos, habría que decir simplemente los machacados, los aplastados, los "jodidos". Los vemos por la calle, en nuestros barrios, en las casas de nuestros vecinos, en los reportajes de la televisión: hombres, mujeres y niños tapándose con mantas hasta el cuello y tiritando de frío en un hogar convertido en un iglú inhabitable. Seres ateridos con caras de no entender por qué los poderosos se ceban con ellos, por qué los maltratan de esa manera, por qué los castigan si el único pecado que han cometido es ser inmensamente pobres. No solo no pueden enchufar una estufa en invierno, es que no pueden conservar los alimentos en la nevera, ni ducharse con agua caliente, ni refrescarse con un ventilador cuando llega el sofocante verano español. Viviendo esa mala vida que les dan nuestros gobernantes la consecuencia solo puede ser una: la enfermedad crónica, la vejez prematura, la depresión, la marginación social, la muerte.

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¿Qué Gobierno permite que sus conciudadanos malvivan en semejantes condiciones penosas y brutales? ¿Qué clase de ministros, directores generales, subdirectores, funcionarios y altos cargos de las grandes multinacionales energéticas desalmadas pueden dejar que sus paisanos perezcan de frío y de hambre en un país donde debería haber recursos suficientes para al menos garantizar los derechos humanos más básicos de todos nosotros? Sin duda, este Gobierno lo permite, este Gobierno que durante años ha tolerado que bandas organizadas y salteadores de caminos vacíen las arcas públicas y se llenen los bolsillos con 80.000 millones de euros de dinero público que se han ido por el sumidero de la corrupción; este Gobierno que consiente que muera una anciana porque no puede pagar el tarifazo de la luz pero tolera que Miguel Blesa estafe a millones de preferentistas de Bankia, que Luis Bárcenas evada el dinero de los contribuyentes a Suiza, que Rodrigo Rato se enriquezca con las tarjetas black, que ladrones profesionales de la trama Gurtel o la mafia Púnica vivan a cuerpo de rey gracias a los favores y prebendas que les han regalado sus amigachos, los políticos sobornados y prevaricadores; este Gobierno, en fin, que se permite el lujo de despilfarrar el dinero de todos nosotros y sin embargo no puede asumir el gasto que suponen cien euros miserables al mes para que una anciana desvalida no se muera de frío.
La pobreza energética afecta ya a más de cinco millones de españoles y a más de 54 millones de ciudadanos de la Unión Europea, esa unión de banqueros y oligarcas que parece haberse olvidado definitivamente del pueblo llano. Estamos en medio de una situación de emergencia nacional y pese a ello ni nuestro Gobierno, ni Bruselas, ni nadie, parece interesado en echar una mano a todas estas personas que luchan por no morir en el olvido. La vergüenza es aún mayor si la comparamos con los países de nuestro entorno europeo. En Reino Unido está terminantemente prohibido cortar el suministro de la luz a una familia que no puede hacer frente a la factura por falta de recursos. En Francia el Gobierno subvenciona con hasta un sesenta por ciento el importe del recibo cuando el contribuyente no puede costear su pago. ¿Y qué hace nuestro Gobierno al respecto? Lo de siempre. O sea nada. La nulidad total. La indiferencia negligente, el pasotismo culpable y la frialdad propia de un gabinete dirigido por psicópatas de la peor especie. Y no solo eso, sino que durante la pasada legislatura el PP rechazó hasta doce propuestas de ley presentadas por las demás fuerzas políticas para que no se pudiera cortar la luz a una persona dejándola desamparada. El Gobierno popular, en un nuevo alarde no ya del más elemental sentido político sino de una falta de humanidad que asusta y estremece, es incapaz de legislar una sola ley que palíe la pobreza energética, incapaz de frenar el drama humano generalizado que vive el país, incapaz de convencernos de que estamos siendo gobernados por personas medianamente civilizadas, no por bestias con el corazón de hielo y ni un solo atisbo de compasión en sus venas. Pero esto es lo que hay. Esto es lo que tenemos. Este es el Gobierno que hemos decidido darnos los españoles y ahora todo el sistema, inspirado por la filosofía neo-salvaje-liberal de estos señores fúnebres que se han propuesto enterrarnos a todos bajo una costra de hambre, frío y miseria, se ha conjurado para aplastar a los que nada tienen en una especie de nuevo fascismo económico. Los servicios sociales se echan las culpas entre ellos, la Justicia se inhibe, los bancos aprietan las tuercas al más débil, las compañías eléctricas siguen a lo suyo, a lo único que parecen saber hacer: enviar al operario de turno a cortarle la luz al pobre moroso en un ejercicio de matonismo que ni la mafia calabresa. Porque eso es lo que son estos mafiosos que especulan con el gas y con la muerte de inocentes, estos homicidas por omisión que entran por una puerta giratoria del Ibex 35 y salen por otra. A veces da la sensación de que aquí se trata de liquidar a un buen puñado de pobres y así, muerto el perro se acabó la rabia, muerto el pobre menos prestaciones sociales, menos pensiones y más dinero para seguir robándonos. Es evidente que se impone la doctrina Trump en todo el mundo, la limpieza étnica por razones económicas, el darwinismo a ultranza y el tanto tendrás tanto vivirás. El más fuerte sale adelante en esta jungla del todos contra todos, el más débil perece; el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Rajoy ya ni siquiera se pronuncia sobre las muertes de los pobres energéticos, le debe dar pereza al hombre. Es como si el presidente no tuviera un hueco en su apretada agenda política para decir al menos unas palabras de solidaridad y cariño con la mujer muerta en Reus. El jefe del Gobierno no tiene un hueco en su agenda como no tiene un hueco en su despistada conciencia. De nada sirve que Pablo Iglesias salga diciendo que le "hierve la sangre". De nada sirve la insumisión de Ada Colau en Barcelona ni las protestas de los activistas de las plataformas antidesahucios. Multarán a Gas Natural con un millón de euros por la muerte de la anciana y seguirán con sus mafias y tropelías. Hasta que muera otro ciudadano y luego otro y otro más. Hasta que nos maten a todos.

Viñetas: El Petardo

LA LUZ DE ROSA

 
(Publicado en Revista Gurb el 18 de noviembre de 2016)
La muerte de Rosa, la octogenaria Rosa que ha fallecido asfixiada al prender en un colchón la vela desesperada con la que se alumbraba, no ha sido un accidente, sino más bien un crimen de Estado. A Rosa no le han cortado la luz, le han cortado la vida. A Rosa la han ejecutado en un Auschwitz del extrarradio de Reus, una cámara de gas de cincuenta metros cuadrados lóbrega, húmeda y destartalada donde el Zyklon B ha sido sustituido por un cóctel de monóxido de carbono, llamaradas, inmoralidad, pobreza y abandono. Entre el gerente de Gas Natural que ordena el apagón de castigo y el electricista que ejecuta la orden, como un vulgar sicario calabrés que aparece con la linterna en medio de la noche para ajustarle la cuentas a una pobre anciana indefensa, hay toda una cadena ominosa de crímenes, injusticias, cegueras políticas, tropelías, ideologías totalitarias y crueldades que van más allá de lo burocrático. Los Estados son grandes máquinas que se mueven lentamente, decía Francis Bacon. E implacablemente, habría que añadir.
Lo que pasa en esta España gobernada por tontos y psicópatas es que hay cinco millones de pobres energéticos, lo cual ya es un genocidio aplazado en sí mismo. Cinco millones de almas agonizantes a las que el Estado les ha cerrado el interruptor del futuro, la luz de la vida. Cinco millones de muertos que están en la lista de espera del incendio fortuito y accidental y que han vuelto obligatoriamente a la manta y al brasero, a un tiempo de silencio lleno de ratas (como en el novelón de Luis Martín-Santos) a otra posguerra en blanco y negro (ya se sabe que la derecha española gusta mucho de convertir sus victorias en amargas posguerras). A eso estamos condenados millones de españoles: a una muerte rápida en la hoguera hereje del pobre, como en una Inquisición de marginados, o a una muerte lenta sin calefacción en un infierno frío, gélido, abisal. Elijan ustedes. Lo de Rosa no ha sido el azar, ni la mala suerte, ni un tropiezo inoportuno contra el aparador de la habitación. Lo de Rosa ha sido un proyecto de Gobierno perfectamente ejecutado, un progromo detalladamente diseñado y organizado, un macabro plan quinquenal para ir reduciendo estocaje humano, porque aquí lo que sobra es gente, mayormente gente pobre que no hace más que molestar, dar la turra en las manifestaciones y hacer un gasto en prestaciones sociales y subsidios que luego tienen que costear los pijos de la biuti, que son los que levantan España, faltaría plus.
Lo primero fue liquidar el Estado de Bienestar, el siguiente paso matar de frío a los supervivientes, que ya estábamos respirando aire por encima de nuestras posibilidades. No está el poco oxígeno limpio que queda en Madrid para vayan gastándolo los pobres. Por eso este Gobierno principia a matarnos como a conejos desde las alturas silenciosas del poder. Cientos de niños se van a la cama sin cenar cada noche; miles de desempleados terminan en el "paro cardiaco" a causa de la depresión; millones de trabajadores se parten el espinazo de sol a sol por dos euros de mierda a la hora, incubando cánceres, carencias alimentarias, enfermedades profesionales, estrés, angustia y envejecimiento prematuro. El consumo de váliums y trankimazines se ha disparado durante la crisis porque no hay un dios que soporte tanto abuso y tanto porculismo laboral. Tenemos un Gobierno mataconejos que ha decidido que aquí sobramos unos cuantos, así que ya podemos ir buscándonos una vela suicida, como Rosa, o una caja de pino malo o un vuelo barato al exilio económico en Alemania. En España ya no hay sitio para los pobres. Estropean las estadísticas y luego Rajoy no puede ir con los deberes hechos a hacerle el consabido masaje del siervo a la Merkel. Dice Iglesias que le "hierve la sangre" por lo de Rosa y con razón. Y a quién no le hierve, señor Coleta Morada. El problema es que Podemos anda algo flojeras últimamente con tanto debate interno y tanta gresca en Vistalegre y no está a lo que debería estar: a la guerra sin cuartel contra el patrón, a las barricadas, a la huelga general y a la defensa de los parias de la famélica legión.
Fukuyama anunció el final de la historia pero la historia no ha terminado en realidad como decía el chino, sino que hemos entrado en la era de la posverdad, un mundo en el que la verdad ya no es importante ni relevante. La posverdad tiene a sus mesías: Trump en Estados Unidos, un negrero con látigo presto a jarrear espaldas mojadas, y a Marine Le Pen en Francia, que ya desempolva las esvásticas y estandartes de los viejos museos fascio de Vichy. Aquí, en España, también gobiernan chuloputas y fascistas, aunque no tengan el pelo rubio de yanqui de pedigrí y una voz tejana sacada de un anuncio de Fritos Barbacoa. Parecen más inofensivos y mansos, pero llevan la mala baba de serie. Son lobos con piel de cordero a los que se les llena la boca de democracia cuando no saben lo que es la democracia ni les interesa. A la espera del advenimiento de un Trump de Valladolid (Aznar era una ursulina al lado del magnate americano) el bacalao en España lo cortan cuatro diputadillos de provincias medio analfabetos que salen alegres y triunfantes de la política para colocarse fuerte en Gas Natural, en Iberdrola y en otros chiringuitos luminosos desde donde pueden pegarnos el tarifazo, el sablazo térmico, el tocomocho de la luz. Han sido ellos –los instaladores e instalados eléctricos, los especuladores a todo gas, los peperos con enchufe trifásico en la mafia petrolera y los socialistos con corriente continua en la puerta giratoria–, los que han empuñado las tenazas violentas, han forzado el cuadro de luces en medio de la noche, con absoluta premeditación, alevosía y nocturnidad, y han cortado el último hálito de la desgraciada Rosa, que estaba llegando al amén de su vida y no se metía con nadie. Y es que a uno ya no le dejan ni morirse en paz.

Viñeta: El Koko Parrilla

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL RACISMO DE TRUMP


(Publicado en Diario 16 y en Revista Gurb el 8 de noviembre de 2016)

"Si yo viviera en Estados Unidos votaría a Trump", me dice un conocido con el que coincido cada mañana en el paseo matutino con los perros. Mi vecino no tiene el pelo rubio anglosajón, ni los ojos azules, ni siquiera es asquerosamente rico, lo que podría explicar sus afinidades ideológicas con el magnate del tupé de oro, piel de calabaza y carrillos mofletudos de hámster. El hombre del que les hablo es un tipo normal que trabaja por temporadas, unas veces por meses, otras por semanas o días, siempre que el patrón tiene a bien darle las migajas de un empleo precario, y no es descendiente de ninguna oligarquía o elite económica ni mucho menos. Es más bien un paria, un loser, un desclasado. Un tipo por momentos afable y educado, aparentemente inofensivo, que ama a sus perros y cuenta chistes ingeniosos con los que te partes de risa. Pero votaría a Trump. Le daría su sangre. Le ayudaría a levantar, con sus propias manos, ese muro de fobias para que los espaldas mojadas no puedan entrar en el sueño americano. Él sabe perfectamente que es moreno, peludo y bajito, como todo buen español, y que en Estados Unidos sería pisoteado y humillado por los "wasp" de tirantes y camisas almidonadas que mandan en Wall Street. Pero eso le da igual. El odio al sistema económico que lo desprecia, a la izquierda que le ha fallado tantas veces y a la democracia hueca y vacía que lo trata como a un invisible le empuja a caer en manos de un tipo que le promete el orgullo perdido, un trabajo que le está robando el inmigrante y un coche de doscientos caballos.
En realidad está todo inventado, es el viejo truco del racismo, una máquina de los huevos de oro con la que cualquier político sin escrúpulos puede llegar al poder sin despeinarse. Trump, al que nunca se le despeina el moño, y con el apoyo del Ku Klux Klan, promueve el racismo en las granjas incultas de Ohio como Hitler lo promovió en su día en las cervecerías de Baviera. No hay mucha diferencia. El racismo es una constante histórica, es tan viejo como los sumerios, aunque no fue hasta el siglo XX cuando se incorporó como teoría política, y desde entonces la lucha de razas enterró a la lucha de clases, que en realidad es la verdadera batalla, el gran duelo que se está librando a lo largo de la Historia. Los racistas como Trump son charlatanes de feria, vendedores de humo y crecepelos que embaucan a millones de ignorantes e incautos promoviendo la guerra irracional entre las pieles rojas, blancas, negras y amarillas cuando ellos mismos saben de buena tinta que pelaje solo hay uno: la fina epidermis del dólar. No hay mayor racismo que el que se practica entre ricos y pobres.
Con todo, la xenofobia de Trump es más estética que ética y por momentos puro postureo para agitar a la masa. Trump odia al árabe pero respeta a los jeques del petróleo, odia al judío pero se codea con los lobis sionistas de Rockefeller, odia a los negros pero se abraza al boxeador Tyson y odia a los latinos y asiáticos pero adora a Tila Tequila, la reina de los culebrones, porque es rica, bella y famosa y además está cañón, que es la cualidad que más admira en las mujeres. A menudo tendemos a pensar que el racismo es eso que pasa por ahí fuera, en otros países, cosa de vaqueros palurdos que viven en las montañas de Nevada, en los desiertos de Arizona y en los rodeos tejanos. Nada más lejos, nunca mejor dicho. El racismo convive con nosotros cada día, habita en las casas de nuestros vecinos y familiares, anida en las barras de los bares donde tomamos café cada mañana, viaja con nosotros en los autobuses que nos llevan al trabajo y en los estadios de fútbol, mayormente en los estadios de fútbol. Nos guste o no, hay una legión de españolitos que no solo no castiga al corrupto Luis El Cabrón, sino que lo idolatra y adora, y que votaría Trump precisamente por eso, porque es un macarra, un estafador, un evasor fiscal, un mentiroso compulsivo, un machista, un inmoral y un racista. Lo que sucede en el Estado de Florida no es muy diferente a lo que ocurre en cualquier pueblo de Almería y hay miles de ciudadanos en nuestro país, si no millones, esperando a que surja un Trump ibérico, un mesías del populismo, un hombre fuerte como el empresario estadounidense dispuesto a expulsar del país a los musulmanes, a los judíos, a los negros, a los gitanos, a los rumanos, a los peligrosos comunistas, a los sucios bolivarianos, a los homosexuales, a las feministas que amenazan el poder macho y a los de Beluchistán. Al fin y al cabo el perfil del votante que apuesta por el líder republicano es un hombre blanco, sin estudios universitarios y de clase media-baja, una materia prima que nos sobra en esta España inculta y pobre que soporta el mayor índice de fracaso escolar (véase la Andalucía ágrafa de Sultana Díaz, que es nuestro Ohio) y la mayor brecha social entre pobres y ricos de toda Europa. Busquemos pues en esa cantera, en el lumpen patrio, en el obreraje desahuciado, resabiado y sin futuro, el caldo de cultivo perfecto del racismo, no en las grandes estirpes familiares que se crían en el colegio de Nuestra Señora del Pilar, Harvard hispano.
Si hay un país violento que sabe de esto del racismo ese es España. Aquí expulsamos a judíos y moriscos, quemamos ateos en la hoguera e hicimos la santa cruzada del 36 contra el rojo comunista y masón. Aquí matamos a la parienta dos veces por semana por no ser una esposa sumisa y una buena madre de sus hijos. España, en su día, ya tuvo a su Donald Trump particular, que fue Jesús Gil, otro gordito con mucho dinero que soñaba con gobernarnos a golpe de insulto y talonario pero que afortunadamente se quedó en el Atleti de Marbella, en su cuadra de mamachichos y en su jamelgo Imperioso. Superamos felizmente aquella fase histórica del infantil populismo facha. Pero mucho ojo, que la historia se repite y siempre habrá un vecino dispuesto a creer al Trump de turno. Y a votarle.

Viñeta: El Koko Parrilla

EL MALETÍN DE DON DONALD


(Publicado en Revista Gurb el 10 de noviembre de 2016)

Allí arriba, en el ático del rascacielos bautizado con su nombre, a más de doscientos metros de altura sobre el hormiguero humano de Manhattan, don Donald podía ver cómo el sol se levantaba suavemente sobre los edificios ciclópeos de la ciudad más fascinante del mundo. Estaba amaneciendo. La gente iba a trabajar a esa hora, millones de neoyorquinos que como cada día salían a la jungla de asfalto con el único objetivo de buscarse las habichuelas, o al menos un miserable perrito caliente que llevarse a la boca. Tras una noche loca de juerga salvaje que le había pasado factura, don Donald estaba tan mareado que le dolía hasta el tupé. Aquello sí que había sido un auténtico show americano: chicas a gogó (las misses eran de su propiedad, entraban en el menú), mucho alcohol, mucha pildorita azul para levantar los ánimos y los mejores amigos, los amigos más poderosos e influyentes de la costa este y del que vive a costa de este. Estaba claro que ya no era aquel chaval arrogante que posaba en las portadas del Playboy. En algún momento había dejado de ser un joven cachas y atlético, y ahora le suponía más esfuerzo trincar por el pussy a los bellezones que se le insinuaban, como gatitas en celo, por los pasillos de su gran Hotel de las Vegas construido con bonos basura.
Sentado en aquel sofá de piel de tigre de Bengala que él mismo había cazado con el Winchester del viejo Charlton, lejos del ruido de la política y las finanzas, don Donald saboreaba el último whisky de la noche mientras le daba por repasar, frente a la amplia cristalera del ático, sus últimos cuatro años como presidente de los Estados Unidos de América (God bless America, maldita sea). Se sentía a gusto en su ático olímpico, a salvo de la aburrida Casa Blanca siempre llena de problemas e infestada de espías rusos, más las broncas con Melania, que cada día estaba algo más caprichosa e intratable. Ella ya ni siquiera se contentaba con los pedruscos de Tiffany’s de un millón de dólares que le regalaba su chorbo el magnate, religiosamente, cada aniversario de boda. Su matrimonio olía a un divorcio caro que ni el de Brangelina.
De modo que allí, confortablemente apoltronado en el sofá-trono del hombre más poderoso de la Tierra, con los pies puestos sobre la mesa en plan Bush/Ansar y sosteniendo el vaso de whisky cuyos cubitos tintineaban como las campanillas de Santa Claus en Navidad, acariciaba con deseo el preciado maletín que tenía entre sus manos. Toda su vida, sus inicios como exitoso hombre de negocios, sus pinitos como actor de realitys televisivos (el cine no se le daba bien, tenía que reconocerlo) y su fulgurante carrera política que le había llevado a la Casa Blanca, se resumía en ese insignificante maletín que parecía tan poca cosa pero que otorgaba el poder supremo sobre todo el planeta, sobre todo el Universo. Con ese maletín que le hacía sentirse como un Dios, empezó a reflexionar sobre la fabulosa obra política de un man made himself  (que traducido de la lengua de Shakespeare quiere decir un hombre hecho a sí mismo a golpe de selfie). Recordó con nostalgia los viejos tiempos, la gloriosa noche electoral en la que dejó a la bruja Hillary, dama del establisment yanqui, más boquiabierta que la Lewinsky viendo aterrizar sobre ella un tomahawk del señor Clinton. Cómo gozaba el presidente don Donald recordando aquel día en que ordenó al Fiscal del Distrito que empapelara a la cornuda con la ayuda de Dios y de los bravos muchachos del FBI. Odiaba con todas sus fuerzas a aquella mujer, no tanto porque soltara mejores discursos que él, ni siquiera porque ella era aristócrata yanqui de pedigrí, universitaria de reconocido prestigio, cultivada y elegante (algo que él nunca podría ser) sino sobre todo, y por encima de todas las cosas, porque era una mujer. Y él no podía soportar que una simple mujer le comiera la tostada o la hamburguesa con kétchup o lo que fuera. Afortunadamente, ella ya no suponía un problema para nadie. Ahora Hillary cumplía veinte mil años en Sing Sing por unos cuantos correos electrónicos convenientemente filtrados a la Fox por los hackers de su buen amigo Putin. Cuánto le debía a Vladímir, aquel ruso duro y recio forjado con el acero de los cañones de Leningrado. Fue entrullar a la Clinton y ambos dos se pusieron a trabajar codo con Kremlin en el diseño de un nuevo desorden mundial. Lo primero fue levantar el prometido muro con México, una obra faraónica que le llevó más de dos años, para lo cual puso a trabajar gratis a los latinos idiotas que le habían prestado su voto, a los paletos blancos de Ohio y a los paletas de Texas sin contrato laboral. Cuando el muro estuvo construido y relucía majestuoso sobre Río Grande, todas las naciones siguieron el ejemplo de don Donald: Israel levantó un muro contra los palestinos, la Francia de Le Pen un muro pirenaico contra los españoles, los hispanos un muro contra los llanitos de Gibraltar (que se vino abajo enseguida, la Marca España siempre tan chapuza) Alemania levantó su propio muro contra los fontaneros polacos, y en ese plan. En un momento, todo el mundo se llenó de muros, había tantos muros que era imposible caminar por ningún sitio sin arrimarse una buena hostia contra alguna pared.
Poco después llegó el momento de las deportaciones. Para ello, don Donald contrató a Bruce Willis, amigo y trumpista de toda la vida, y le pidió, como buen patriota que era, que repitiera para él las gestas del policía John McClane en la Jungla de Cristal. El bueno de Bruce aceptó a la primera, se cuadró con esa sonrisa cínica de medio lado, besó las barras y estrellas, se enfundó la camiseta sudada y pestilente y con la ayuda de un puñado de marines y reservistas ordenó que todos los musulmanes del país se presentaran a primera hora de la mañana –sin rechistar ni chamullar esos versos coránicos que no los entiende ni dios–, en el estadio de los Yankees. De lo contrario, todos irían a la silla eléctrica. Y así fue como uno tras otro, mirando a la Meca, los árabes fueron llevados a Guantánamo (que se reabrió para la ocasión e incluso se hizo un musical para Broadway) o puestos de patitas en el Océano Pacífico forever and never. También Barack Obama fue expulsado del país, ya que al final la CIA fabricó un logrado montaje con papeles más falsos que el cartón piedra de Hollywood para demostrar que el presidente afro era en realidad un actor infiltrado por Al Qaeda con la cara repintada de betún.
Ya nadie podía detener a don Donald. Estaba enrachado, como en las grandes timbas de póker que montaba en su Casino. Después de aquello prohibió a los chinos vender sus baratijas de todo a cien en los puestecillos de la Quinta Avenida, abolió la OTAN y se pasó al Pacto de Varsovia, invadió Cuba por Bahía de Cochinos (para mayor recochineo) clausuró el Tea Party –que estaba lleno de republicanotes que le hacían la vida imposible–, e instauró el Café Para Todos. Finalmente cerró el grifo de ayudas humanitarias a la ONU y canceló los fondos contra el cambio climático, un cuento chino, según le había contado cierto presidente español que tenía un primo climatólogo que sabía la verdad sobre el calentamiento global. De aquel señor de barba canosa y con frenillo, con el que se reunió un par de veces en una ciudad lejana que se llamaba Madrid, o algo así, solo recordaba que le resultaba imposible entenderse con él porque no sabía ni media palabra de inglés. Además, era un soberano coñazo, ya que siempre estaba dándole la tabarra con el running, con el soccer y con una historia sobre unas bases militares norteamericanas que andaban desplegadas por unos pueblos españoles recónditos llamados, al parecer, Tribunal de la Rota, Cangas del Morrazo o algo por el estilo. También le habló de un señor de derechas con un bañador muy ridículo solo apto para elefantes que en los años sesenta se había dado un baño de radiactividad en blanco y negro junto a una bomba nuclear caída del cielo, pero que no le había pasado nada porque mala hierba nunca muere.
En una ocasión, ya al final de su mandato y tras otra noche loca de party, don Donald pensó en salir a la calle armado con el rifle del viejo Charlton y dispuesto a cazar americanos solo para comprobar una idea que le rondaba por la cabeza: que ni matando gente perdería puntos en sus índices de popularidad. Afortunadamente, un asesor del Ala Oeste de la Casa Blanca, con buen criterio cinematográfico y político, le disuadió de la idea.
No, no había sido un mal mandato, a fin de cuentas. El mundo ahora no era ni peor ni mejor que antes de llegar él a la Casa Blanca; en realidad el mundo era exactamente lo mismo que había sido siempre: una jaula de grillos que no había por dónde cogerla. Frustrado porque su obra no había servido para nada, resignado a pasar a la historia como un demócrata fracasado más, acorralado por un impeachment que el fiscal del distrito le había incoado por hortera y friki, abrió el maletín que le había dejado su tocayo Rumsfeld y, medio embriagado todavía por el garrafón malo de Las Vegas, apretó el botón rojo, ese que su amigo Vladímir le había dicho que ni se le ocurriera tocar por lo que más quisiera en el mundo. Y a los pocos segundos, como en un festival de Disneylandia, todo el cielo de Nueva York se iluminó fabulosamente, y empezó a arder y a brillar en un espectáculo grandioso de luz, sonido, deflagración y lucecitas de colores que ni en la fiesta grande del 4 de julio.

Viñeta: Igepzio