jueves, 24 de noviembre de 2016

EL DIOS MERCURIO


Veinticinco años sin Freddie. Un cuarto de siglo ya. Voz hercúlea y vigorosa que abarcaba todo el rango musical, desde el gruñido de un oso hasta el canto de un ángel. Hombre de cuero y terciopelo, pasó por todos los excesos, desde los leotardos de licra a la capa de reinona, desde las plataformas imposibles al traje elegante y dandi. Bohemio rapsoda, transformista maravilloso, maruja de pelo en pecho y sobacos floridos, vecindona con aspiradora y bigote macho que cantaba aquello de quiero ser libre. Con esa canción, que fue todo un himno, hizo más por la liberación de la mujer que cualquier feminista y sacó a más gente del armario que el día del orgullo gay. Fue un bravucón con camiseta de tirantes y la más loca de la fiesta. Fue un duro y un sensible, un heavy y un melódico. Galán engominado con dientes de conejo, bailarín de músculo templado. Mil generaciones soñaron con sus baladas de ópera rock. Logró lo que parecía imposible: hacerle sombra a la académica Caballé sobre un escenario. Orfeo injustamente devorado por el sida, espíritu libre, genio de nuestro tiempo, voz de neón del siglo XX que tanto añoramos. Nadie sabe dónde reposan sus cenizas. Dios salve a la reina, God save the Queen. Y que siga el espectáculo.

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