viernes, 11 de noviembre de 2016

EL RACISMO DE TRUMP


(Publicado en Diario 16 y en Revista Gurb el 8 de noviembre de 2016)

"Si yo viviera en Estados Unidos votaría a Trump", me dice un conocido con el que coincido cada mañana en el paseo matutino con los perros. Mi vecino no tiene el pelo rubio anglosajón, ni los ojos azules, ni siquiera es asquerosamente rico, lo que podría explicar sus afinidades ideológicas con el magnate del tupé de oro, piel de calabaza y carrillos mofletudos de hámster. El hombre del que les hablo es un tipo normal que trabaja por temporadas, unas veces por meses, otras por semanas o días, siempre que el patrón tiene a bien darle las migajas de un empleo precario, y no es descendiente de ninguna oligarquía o elite económica ni mucho menos. Es más bien un paria, un loser, un desclasado. Un tipo por momentos afable y educado, aparentemente inofensivo, que ama a sus perros y cuenta chistes ingeniosos con los que te partes de risa. Pero votaría a Trump. Le daría su sangre. Le ayudaría a levantar, con sus propias manos, ese muro de fobias para que los espaldas mojadas no puedan entrar en el sueño americano. Él sabe perfectamente que es moreno, peludo y bajito, como todo buen español, y que en Estados Unidos sería pisoteado y humillado por los "wasp" de tirantes y camisas almidonadas que mandan en Wall Street. Pero eso le da igual. El odio al sistema económico que lo desprecia, a la izquierda que le ha fallado tantas veces y a la democracia hueca y vacía que lo trata como a un invisible le empuja a caer en manos de un tipo que le promete el orgullo perdido, un trabajo que le está robando el inmigrante y un coche de doscientos caballos.
En realidad está todo inventado, es el viejo truco del racismo, una máquina de los huevos de oro con la que cualquier político sin escrúpulos puede llegar al poder sin despeinarse. Trump, al que nunca se le despeina el moño, y con el apoyo del Ku Klux Klan, promueve el racismo en las granjas incultas de Ohio como Hitler lo promovió en su día en las cervecerías de Baviera. No hay mucha diferencia. El racismo es una constante histórica, es tan viejo como los sumerios, aunque no fue hasta el siglo XX cuando se incorporó como teoría política, y desde entonces la lucha de razas enterró a la lucha de clases, que en realidad es la verdadera batalla, el gran duelo que se está librando a lo largo de la Historia. Los racistas como Trump son charlatanes de feria, vendedores de humo y crecepelos que embaucan a millones de ignorantes e incautos promoviendo la guerra irracional entre las pieles rojas, blancas, negras y amarillas cuando ellos mismos saben de buena tinta que pelaje solo hay uno: la fina epidermis del dólar. No hay mayor racismo que el que se practica entre ricos y pobres.
Con todo, la xenofobia de Trump es más estética que ética y por momentos puro postureo para agitar a la masa. Trump odia al árabe pero respeta a los jeques del petróleo, odia al judío pero se codea con los lobis sionistas de Rockefeller, odia a los negros pero se abraza al boxeador Tyson y odia a los latinos y asiáticos pero adora a Tila Tequila, la reina de los culebrones, porque es rica, bella y famosa y además está cañón, que es la cualidad que más admira en las mujeres. A menudo tendemos a pensar que el racismo es eso que pasa por ahí fuera, en otros países, cosa de vaqueros palurdos que viven en las montañas de Nevada, en los desiertos de Arizona y en los rodeos tejanos. Nada más lejos, nunca mejor dicho. El racismo convive con nosotros cada día, habita en las casas de nuestros vecinos y familiares, anida en las barras de los bares donde tomamos café cada mañana, viaja con nosotros en los autobuses que nos llevan al trabajo y en los estadios de fútbol, mayormente en los estadios de fútbol. Nos guste o no, hay una legión de españolitos que no solo no castiga al corrupto Luis El Cabrón, sino que lo idolatra y adora, y que votaría Trump precisamente por eso, porque es un macarra, un estafador, un evasor fiscal, un mentiroso compulsivo, un machista, un inmoral y un racista. Lo que sucede en el Estado de Florida no es muy diferente a lo que ocurre en cualquier pueblo de Almería y hay miles de ciudadanos en nuestro país, si no millones, esperando a que surja un Trump ibérico, un mesías del populismo, un hombre fuerte como el empresario estadounidense dispuesto a expulsar del país a los musulmanes, a los judíos, a los negros, a los gitanos, a los rumanos, a los peligrosos comunistas, a los sucios bolivarianos, a los homosexuales, a las feministas que amenazan el poder macho y a los de Beluchistán. Al fin y al cabo el perfil del votante que apuesta por el líder republicano es un hombre blanco, sin estudios universitarios y de clase media-baja, una materia prima que nos sobra en esta España inculta y pobre que soporta el mayor índice de fracaso escolar (véase la Andalucía ágrafa de Sultana Díaz, que es nuestro Ohio) y la mayor brecha social entre pobres y ricos de toda Europa. Busquemos pues en esa cantera, en el lumpen patrio, en el obreraje desahuciado, resabiado y sin futuro, el caldo de cultivo perfecto del racismo, no en las grandes estirpes familiares que se crían en el colegio de Nuestra Señora del Pilar, Harvard hispano.
Si hay un país violento que sabe de esto del racismo ese es España. Aquí expulsamos a judíos y moriscos, quemamos ateos en la hoguera e hicimos la santa cruzada del 36 contra el rojo comunista y masón. Aquí matamos a la parienta dos veces por semana por no ser una esposa sumisa y una buena madre de sus hijos. España, en su día, ya tuvo a su Donald Trump particular, que fue Jesús Gil, otro gordito con mucho dinero que soñaba con gobernarnos a golpe de insulto y talonario pero que afortunadamente se quedó en el Atleti de Marbella, en su cuadra de mamachichos y en su jamelgo Imperioso. Superamos felizmente aquella fase histórica del infantil populismo facha. Pero mucho ojo, que la historia se repite y siempre habrá un vecino dispuesto a creer al Trump de turno. Y a votarle.

Viñeta: El Koko Parrilla

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