viernes, 15 de diciembre de 2017

CATALUÑA, CATALUÑA Y NADA MÁS QUE CATALUÑA


(Publicado en Revista Gurb el 15 de diciembre de 2017)

Desde que estalló el conflicto catalán tras el referéndum del pasado 1 de octubre, en este país no se habla más que del procés, de las andanzas de Puigdemont en Bélgica y de cuál será el siguiente insulto de campaña electoral que tuiteará el aspirante de turno a la presidencia de la Generalitat. Todo es ruido y sainete, un enredo y un laberinto sin salida, mientras el ciudadano, atónito, contempla cómo sus problemas acuciantes del día a día, los abusos sociales que se ceban con él, siguen aparcados, olvidados, pospuestos de una forma descarada y sangrante. Al mismo tiempo que nuestros gobernantes entablan acaloradas discusiones bizantinas sobre si España es un Estado federal o descentralizado, si es simétrico asimétrico u oblicuo, y si Cataluña es o no una nación, 4,5 millones de pobres energéticos (más bien pobres pobres, dejémonos ya de eufemismos) soportan estoicamente el frío del crudo invierno porque no tienen recursos para enchufar una estufa. ¿Qué fue de aquel ambicioso plan propuesto el pasado verano por algunos partidos emergentes para liberar de la factura de la luz a todos aquellos que no tienen cómo pagarla? Metido en un cajón, papel mojado, otro párrafo absurdo en el diario parlamentario de sesiones que sirvió para rellenar unos cuantos periódicos y poco más.
Mientras la televisión nos abruma cada día con noticias sobre el monotema catalán y nos cuenta con todo lujo de detalles la última burrada del ultrapatriota Albiol, el último baile de campaña de Iceta el marchoso, el último zasca de Arrimadas a Colau, millones de pensionistas, enfermos y dependientes subsisten con una paga de miseria, miles de familias con todos sus miembros en el paro comen el mismo pote espartano para toda la semana, y las calles siguen llenándose de pobres con cartela (cada día los hay más, muchos más, por si no se habían fijado los lectores de este artículo editorial). En España ya todo es Cataluña, y mientras Junqueras envía a Rajoy su epístola evangélica del día desde su celda monástica de Estremera; mientras Puigdemont da su paseo matinal por los parques brumosos de Bruselas; mientras Pep Guardiola pasea su lazo amarillo de chico majo y comprometido con los Jordis por Stamford Brigde y la CUP convoca butifarradas, manifas y concursos de castellers, millones de desempleados, zombis de la crisis, miran con horror el calendario, sin saber qué van a comer mañana. ¿Qué fue de aquella renta básica de cuatrocientos y pico euros de miseria que algunos nos habían prometido hace ya una eternidad, qué fue de la ayuda a la dependencia, de la ampliación de las prestaciones por desempleo? Nadie habla ya de eso, es un debate del pasado, superado, amortizado. Aquí solo interesa lo que interesa: si el nombre de la Marta Rovira estaba en la Moleskine de la rebelión; si la comida que le daban a Turull en la prisión era “flatulenta” o las hamburguesas estaban en su punto; si Mas era el señor X de la conspiración y Puigdemont vuelve a casa por navidad, o sea al trullo. En esas cosas trascendentales y absolutamente prioritarias andamos enfrascados los españoles mientras la minucia, lo trivial, lo insignificante, la vida de la gente y su bienestar, queda en segundo plano, como siempre. Y así nos hemos olvidado ya de los cinco kilos que Bárcenas tiene escondidos en Suiza y que siguen sin aparecer por ningún lado; así ha pasado que González y Granados han salido de la trena y duermen plácidamente en sus áticos transatlánticos; así dejamos de hablar de los 80.000 millones del rescate bancario que pagamos los ciudadanos con nuestros bolsillos, a tocateja, y que se perderán para siempre sin que nadie rinda cuentas por ello. A estas alturas resulta más que evidente que la ficticia guerra catalana, la batalla de las odiosas banderitas, le ha venido de perlas a más de uno. En primer lugar beneficia a Rajoy, que ya no tendrá que pasar más por la Audiencia Nacional para explicar por qué Génova 13 se había convertido en la sede central del sindicato del crimen; en segundo término favorece a la derecha empresarial, que ahora podrá respirar tranquila, ya que una vez aplacada la única revolución peligrosa (la revolución de los indignados contra la tiranía del gran capital) el enemigo pasa a ser el peligrosísimo y fiero independentista catalán; y en última instancia apuntala al sistema financiero corrupto, que podrá volver a las andadas, o sea a estafarnos con las hipotecas y comisiones leoninas mientras el pueblo, atenazado por el miedo, vive pendiente de un hilo por si hay tiros en Cataluña. Hasta al PSOE le ha venido de lujo la contienda catalana para que no se hable demasiado de los 850 millones de euros que se han evaporado con los ERE de Andalucía. Ahí es nada.
La cuestión social ha sido convenientemente liquidada porque el procés ha venido a acabar de un plumazo con la dialéctica histórica entre izquierda y derecha, entre ricos y pobres, para imponer el eje de la nueva política: patriotas de la estelada contra patriotas de la rojigualda. Entre tontos anda el juego. Eso es lo que ha conseguido la izquierda independentista catalana: los cuatro años más de Rajoy que nos comeremos sin remedio, el patriotismo ramplón y paleto que se ha puesto de moda, triunfando sobre los valores reales del socialismo, y el retorno victorioso de los fachas, que parecían arrinconados para siempre pero que vuelven con más fuerza y más desacomplejados que nunca. Gracias por su revolución de chichinabo, señor Junqueras y amigos de la CUP. Es lo que tienen los nacionalismos eufóricos y pancistas de uno y otro signo, que inoculan en las gentes un virus hechizante y embriagador que los vuelve violentos, los saca de la realidad y los arrastra al campo de batalla mientras las elites siguen confortablemente instaladas en sus palacios inexpugnables. Ya lo dijo el gran Txiqui Benegas: "El nacionalismo es una de las ideologías más peligrosas que existen. Ser nacionalista y ser culto e inteligente es incompatible". Y en esas estamos.
La guerra inventada en Cataluña sigue su curso con su propaganda bélica, sus arengas patrióticas al alba y su parte militar indigesto del día mientras a nadie le interesa ya que España sea la campeona europea en desigualdad, en fracaso escolar y en fraude fiscal. A nadie, ni al Gobierno, ni a la oposición, ni a los tertulianos coñazo de Ferreras, ni siquiera a los diputados de Podemos, que parecen haberse olvidado de para qué los eligieron sus votantes. Poco importa que sigamos viviendo en el país con los salarios más bajos de Europa (solo a la altura de Chipre) en el Estado con las peores universidades de los países avanzados y en el lugar donde menos se lee y se invierte en investigación científica. Qué más da todo eso. Aquí, a lo que vamos es a lo que vamos: a la épica engañosa del himno con la mano en el pecho, a la soflama patriotera decimonónica y cursi y a ver quién la tiene más grande… la bandera.

Ilustración: Artsenal 

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