domingo, 11 de diciembre de 2022

NOSTALGIA SOCIALISTA


(Publicado en Diario16 el 28 de octubre de 2022)

Cuarenta años, cuarenta años ya de la primera victoria socialista, de las chaquetas de pana con coderas, del clan de la tortilla, de la efímera ilusión de un socialismo real, de aquel grito de guerra, “¡Felipe, Felipe!”, de la movida cultural y de tantas cosas. Cuarenta años no es nada, que diría el del tango aquel, y sin embargo, cómo han cambiado, cómo hemos cambiado.

Ferraz prepara un gran acto de homenaje, el sábado, para conmemorar la efeméride. Evidentemente, los socialistas, los de ayer ya jubilados y los de hoy en activo, tienen motivos suficientes para estar orgullosos de su contribución decisiva a la democracia. Sin duda, el PSOE culminó el traumático proceso de Transición de la dictadura a la libertad, fue la vacuna necesaria contra el virus golpista que acababa de asestar un duro golpe a la sociedad española con el 23F y acometió las reformas necesarias para la modernización del país. La entrada de España en la Comunidad Económica Europea, el impulso a la Seguridad Social y a las pensiones, la creación de una auténtica clase media, la descentralización autonómica, la reforma educativa, la limpia de golpistas en el estamento militar (OTAN mediante), y la revolución cultural y sexual de la mujer (véase el aborto), serán recordados, entre otros grandes logros, como hitos indiscutibles del ochentismo felipista. Felipe y Guerra, Guerra y Felipe (el PSOE no se entendería sin la figura carismática del caudillo sevillí, pero tampoco sin el segundo de a bordo, o sea el ideólogo que predijo que tras la victoria del 82 a España no la reconocería ni la madre que la parió) perfeccionaron un modelo, el del 78, que aunque monárquico por herencia y por imposición, empezó a funcionar, por fin tras siglos de absolutismo con breves paréntesis de progresismo, como una república de facto. La arrolladora mayoría absoluta del PSOE (202 diputados, no volveremos a verlo), nos metió de lleno en la modernidad, también en la posmodernidad con todos sus inconvenientes, y solo un ignorante o un fanático podría negarlo. Si la UCD o la Alianza Popular de Fraga se hubiesen alzado con el poder en aquella fecha convulsa, la España contemporánea se parecería más al serial nostálgico Cuéntame que al país desarrollado que es en la actualidad.

Lógicamente, la odisea socialista tuvo sus sombras y sus vergüenzas que deberían ser recordadas también durante los fastos de mañana: la corrupción a destajo, los Roldanes y Rubios, los GAL, la venta de España a los kuwaitíes y al capital extranjero, la infame traición al marxismo y al proletariado, las reconversiones suicidas, las tres huelgas generales, todo ese felipismo renovata que se dejó sobornar por el neoliberalismo Armani, bancario y mariocondista que se imponía en aquellos años de pelotazos, Expos y dinero negro. Fueron los tiempos de la transformación de la utopía en pragmatismo, los tiempos en que ni siquiera ellos sabían que caminaban hacia la socialdemocracia por puro instinto de supervivencia, tal como recuerda Carmen Romero. Qué importaba si el gato era blanco o negro, lo importante era que cazara ratones, ya lo dijo Deng Xiaoping. Felipe sabía que el comunismo había fracasado y que manteniéndose fiel al socialismo el partido sería la primera fuerza de la izquierda, la eterna oposición, pero nunca un partido de Gobierno. Esa fue la lección que sacó de las elecciones del 79. Si quería conquistar la Moncloa había que matar a papá Marx (ya lo había matado cinco años antes en Suresnes) y convertir el proyecto socialista en un partido atrapalotodo capaz de pescar en los caladeros de las mayoría, el voto del proleta y del burgués, del funcionario y del pequeño empresario, del trabajador y del intelectual, del pobre descamisado pero también de la clase media acomodada. Y con ese truco, con ese artificio y un eslogan efectista en el que creyeron diez millones de españoles aterrorizados por el terrorismo golpista (“Por el cambio”), fue como el encantador de serpientes tocó la gloria.

Ahora, mientras se preparan las mesas y los manteles para la fiesta de los cuarenta años del 82, una pregunta trascendental sobrevuela en el ambiente: ¿es mejor el PSOE de nuestros días que aquel PSOE lleno de melenudos idealistas que llegaban al poder por primera vez desde el final de la Segunda República? Ni mejor ni peor, solo diferente. En realidad, el partido de los 143 años de historia sigue siendo un producto dialéctico de aquel protofelipismo que sentó los pilares ideológicos del proyecto y que, por momentos, parece ir a peor de su contagio liberal, de su inmovilismo conservador y del complejo del hijo marcado por la sombra del padre fundador. El sanchismo contemporáneo no deja de ser un felipismo reciclado que sobrevive gracias a la savia nueva que le ha inyectado Unidas Podemos. Sin el auténtico espíritu republicano, bravo y rojo de los morados no sabemos dónde estaría hoy ese partido. Probablemente en el baúl de la historia, junto al extinto socialismo francés o el PASOK. Por mucho que les pese a los barones conservadores, a los García-Page, Fernández Vara y Lambán (que por cierto han declinado acudir a la fiesta remember por compromisos posteriormente adquiridos), si el PSOE sigue vivo es porque ha sabido emparentar con la izquierda real. El desprecio que los señores de las baronías sienten por Sánchez es mayor que su admiración por el patriarca Felipe y alguno ha aducido motivos tan peregrinos como que se le ha presentado una boda para no acudir al evento. Las rencillas internas en Ferraz siguen siendo la principal amenaza para el futuro del PSOE.

De momento, todo apunta a que lo del sábado va a ser un acto de exaltación de nostalgia a mayor gloria de González. Parece mentira que aquel joven racial e indómito del 82, el Isidoro de la clandestinidad, el abogado laboralista y luchador antifranquista, sea el mismo hombre que hace un cuarto de hora ha expresado su pesar por la situación del rey emérito, autoexiliado en Abu Dabi por sus negocios turbios. “No estoy dispuesto a olvidar la inmensa contribución que, para el paso de la dictadura a la democracia y en el proceso de consolidación, hizo Juan Carlos”, ha dicho el profeta de la socialdemocracia aguachirle que padecemos desde hace 40 años. Y luego dice que no es monárquico. Ja.

Viñeta: Pedro Parrilla

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