lunes, 26 de diciembre de 2022

LOS PLANETAS

(Publicado en Diario16 el 20 de diciembre de 2022)

El ser humano se enfrenta a nuevos peligros que hasta ahora solo formaban parte de las novelas y el cine de ciencia ficción. Virus mutantes capaces de matar a decenas de millones de personas en poco tiempo, asteroides con potencial para chocar contra nuestro planeta y el vertiginoso avance del cambio climático son amenazas reales, contrastadas empíricamente, entre las que quizá la más inminente de todas sea la posibilidad de una catástrofe nuclear a gran escala. Desde que comenzó la guerra en Ucrania, que va ya para un año, Vladímir Putin se ha encargado de recordarnos que la vida en la Tierra depende del humor con el que se levante él ese día y de las ganas que tenga de apretar el botón atómico. La OTAN se encuentra en estado de máxima alerta y todos los informes de inteligencia advierten de que el sátrapa del Kremlin no dudará en lanzar sus misiles contra Occidente si se siente derrotado o totalmente acorralado.

Tras la pandemia, la civilización humana ha entrado en un escenario distópico en el que cualquier cosa puede ocurrir. Tras siglos de arrogancia en que nos creímos el centro del Universo, dueños y señores de este mundo, vamos tomando conciencia de nuestra fragilidad e insignificancia como especie, del delicado equilibrio de la vida y de que la Tierra es solo una roca esférica con fecha de caducidad que da vueltas alrededor del Sol, un astro de tamaño medio también condenado a la extinción de aquí a unos cuantos miles de millones de años. En una batalla brutal por la supervivencia cósmica, el covid nos ha puesto en nuestro lugar, el que le correspondía a un primate enloquecido que avanzó demasiado rápido en demasiado poco tiempo. Los virus han demostrado mucho más poder adaptativo al entorno y ya le disputan al homo sapiens, de tú a tú, el trono en la escala biológica. Mientras tanto, otros diminutos seres como las bacterias superresistentes a los antibióticos se han sumado ya a esa cruenta batalla entre especies que luchan por la hegemonía terrícola. Lo pequeño amenaza con comerse a lo grande algún día y nosotros tenemos todas las papeletas para servir de merienda al nuevo agente patógeno que a esta hora quizá se esté desarrollando en el estómago de algún animal o huésped, aguardando el momento de dar el salto zoonótico y asestar el golpe definitivo al ser humano.

Pero no solo la amenaza biológica puede acabar con nosotros en cualquier momento. Otros serios problemas asolan al planeta, entre ellos el hambre y la desigualdad entre regiones fruto de un modelo económico depravado e injusto, el capitalista, que ha venido a demostrar su incapacidad para contribuir a un desarrollo armónico y sostenible. Mientras unos pocos acumulan toda la riqueza, los recursos naturales se agotan y el hambre se ceba con casi mil millones de personas que ya no reciben una alimentación suficiente; el desierto avanza exponencialmente por efecto del calentamiento global; los polos y glaciares se derriten; las especies animales y vegetales se extinguen (más del sesenta por ciento de la biodiversidad habrá desaparecido a mediados de este siglo si no ponemos remedio); los mares suben de nivel, engullendo amplias zonas costeras; y la explosión demográfica amenaza con generar gigantescos flujos migratorios entre continentes como nunca antes se había visto, un fenómeno que provocará convulsiones sociales que ni siquiera la extrema derecha emergente, con sus estúpidos muros racistas, será capaz de frenar. 

No nos gustaría ser tachados de agoreros o catastrofistas, pero lamentablemente cerrar los ojos o meter la cabeza debajo del ala –como en aquella película en la que un científico al que nadie hacía caso (encarnado por Leonardo Di Caprio) advertía a la humanidad del apocalipsis final–, no servirá de nada. Seamos realistas: la Tierra ya no tiene remedio. Hemos acelerado un cambio climático imparable; hemos llenado la atmósfera, los ríos, los acuíferos y el mar de una asquerosa sopa contaminada imposible de depurar (ya no queda un solo pez libre de microplásticos); y dentro de poco será imposible comerse un tomate o una lechuga limpia de fertilizantes químicos o residuos tóxicos. Es cierto que de cuando en cuando aparecen noticias esperanzadoras, como el hallazgo de la fusión nuclear, una energía infinita, verde y renovable que algunos ya califican como el descubrimiento de este siglo al ofrecer la posibilidad de controlar un proceso que se genera de forma natural en las estrellas y que hasta hoy se creía imposible de reproducir artificialmente. Sin embargo, y pese a que la curiosidad humana sigue revelando los secretos más fascinantes del cosmos, hemos llegado al punto crítico de no retorno y debemos contemplar seriamente la hipótesis de que algún día tendremos que abandonar la Tierra, ese paraíso al que hemos enfermado tras siglos de ciega y codiciosa explotación. Numerosos físicos y cosmólogos proponen acelerar los diferentes programas espaciales actualmente en marcha y enfocarlos en la construcción de naves nodrizas capaces de albergar colonias enteras de humanos, viajeros dispuestos a no volver jamás a casa y a empeñar sus vidas en la búsqueda de nuevos mundos. Para quien aún no haya visto Interstellar, la magnífica película de Nolan, ahí está plasmado lo que nos espera a corto plazo y la hoja de ruta hacia las estrellas que deberemos emprender en las próximas décadas.

Colonizar otros planetas puede ser nuestra única posibilidad de salvación como especie. Así lo han creído científicos como Stephen Hawking o Richard Feynman. Hace solo un par de días se ha conocido el hallazgo de dos exoplanetas de masa similar a la Tierra y potencialmente habitables situadas a menos de 16 años luz de nuestro Sistema Solar, que no es precisamente el barrio de al lado en la inmensidad de la escala cósmica, pero al menos es el hogar potencial más cercano que hemos encontrado hasta el momento. La investigación, llevada a cabo por un equipo internacional de científicos liderado por el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), ha descubierto ambos mundos orbitando en torno a la estrella GJ1002, en la zona de habitabilidad de aquella enana roja, de modo que podría albergar vida. Llegar hasta allí con la tecnología de la que disponemos actualmente se antoja cosa de ciencia ficción, pero quizá debamos empezar ya a trabajar con objetivos más ambiciosos que enviar un rover a Marte o establecer una base permanente en la Luna. El magnate Elon Musk, sin ir más lejos, está preparando un plan para colonizar el planeta rojo y la NASA dispone de prototipos de naves espaciales impulsadas por grandes fuentes de energía capaces de llegar más allá del Sistema Solar. Quizá haya llegado el momento de pensar que lanzar una colonia de humanos al espacio, como aquellos navegantes que hace quinientos años se atrevían a surcar los océanos rumbo a lo desconocido, puede ser la última oportunidad que le queda al viejo mono desnudo. 

Viñeta: Sergio Periotti

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