lunes, 23 de septiembre de 2013

EL REY

Reconozco que con el Rey Juan Carlos mantengo, desde hace años, una relación de amor-odio. Yo tenía apenas trece años cuando aquello del tejerazo. Entonces salió él por la televisión, en perfecto blanco y negro (en casa teníamos blanco y negro y así la película acojonaba más) todo serio y vestido de romano, con más chapas que una caja de San Miguel, diciendo aquello tan cinematográfico de "he cursado a los capitanes generales de las regiones militares la orden siguiente...". Desde aquella noche mítica llena de bigotudos golpistas, metrallazos, bandos y bandazos, mi frágil y asustadiza mente de niño de la Transición empezó a ver en aquel rey sin corona una especie de héroe de carne y hueso que podía salvarnos de los fachas, que eran el gran peligro, como decía un tío mío rojo-masón que aquella noche del 23-F no cagó duro. A muchos de mi generación nos metieron en la cabeza que sin el Rey estaba servida otra guerra civil, y solo de escuchar la batalla del Ebro de labios de mi abuelo se me ponían los pelos más tiesos que las tetas de Yola, que ahora vuelve de Miami sacando pecho. Así que como otros muchos españolitos de mi generación, más por miedo y por pragmatismo que por otra cosa, asumí el juancarlismo como lo menos malo que podía sucederle a este país de visigodos dispuestos a desenterrar el hacha de guerra a las primeras de cambio. Últimamente, gracias a Javier Cercas y otros revisionistas, estamos conociendo con datos positivos, con documentos históricos, con verdades que estaban ocultas, que nuestro Rey no solo ha sido un estadista lleno de luces, sino también de sombras. Y eso es bueno para la democracia. Ahora sabemos que aunque el Rey no ha sido Darth Vader tampoco ha sido Gary Cooper en Solo ante el peligro. El peligro eran los tanques y las botas y eso lo supimos arreglar con un Rey moderado que nos echaba el sermón en Nochebuena con su lengua de trapo, un Rey que era lo que tocaba en aquel momento de convulsión, por mucho que ahora se intente minusvalorar la Santa Transición. Hoy todo ha cambiado, el país ha cambiado, los libros de Historia han cambiado y el Rey ya no es aquel personaje joven, alto y decidido que supo zombificar a Felipe González y Carrillo hasta convertirlos en monárquicos. Socialistas y comunistas renunciaron a mucho al aceptar la ficción de una república monárquica mientras la derecha no renunció a nada, ni siquiera a su victoria empañada de sangre. Como siempre. Pero gracias a la astucia de aquellos dos tipos (más el pacificador Suárez) nos fue bien durante tres décadas. Luego nos dimos cuenta de que el verdadero Rey de España no era Juan Carlos, sino Felipe, y diez millones votamos rosa, OTAN de entrada sí, divorcio, peineta a la Iglesia, movida con litrona, Ramoncín aporreando guitarras, Tierno dándole al porrillo, cachondosocialismo bancario y venta del país al capitalismo salvaje para hacer mucha Expo, mucha Olimpiada, mucha autopista y mucho pelotazo. Básicamente eso ha sido España en los últimos treinta años de modernidad y de reinado borbón (con un paréntesis aznariano que fue una vuelta amarga al Tío Paco, por un momento). Los jóvenes de hoy ven al Rey como una especie de franquito chocho y demodé. Los jóvenes, siempre tan equivocados. Yo los devolvía por quince días al 36, para que supieran lo que es un dictador de verdad. Pero aceptamos pulpo y reconocemos que es cierto que el Rey se ha hecho viejo y ya va por el mundo de un quirófano a otro sin mucho sentido; reconocemos que el propio Rey ha contribuido a embarrar su ardua labor y su figura en sus últimos días de reinado con tanto movimiento de cadera, tanta Corina y tanta caza de elefantes. Pero, y sé que esto que voy a decir no es políticamente correcto, sucede que cuando veo a ese hombre envejecido trastabillándose con unas muletas, cuando veo a ese hombre que se resiste a una abdicación honrosa y valiente, veo un país achacoso, decrépito, senil, y no puedo dejar de sentir cierta nostalgia por un tiempo feliz que fue mi tiempo, mi época, una época divertida que ya no volverá. La España juancarlista que hemos vivido fue algo bueno mientras duró, eso lo sabemos. Lo que nos depara el destino produce vértigo. Vértigo y miedo.  
         

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