jueves, 5 de septiembre de 2013

LA GUERRA PACÍFICA


A estas alturas parece un sarcasmo que USA nos quiera convencer de que es preciso elegir entre una guerra de buen rollito, bajo amparo de la ONU, o una guerra por las bravas, sin previo aviso, sin cuartel. Como si hubiera dos clases de guerras: las buenas y las malas. Esa gallofa de la guerra humanitaria resulta difícil de creer, la verdad. Bombardear sirios por su propio bien, masacrarlos porque es lo que más les conviene, es una mala excusa cínica e insostenible que ya no cuela. Y mucho menos después de las experiencias de Afganistán, Irak y Libia. Es tanto como decirle a los sirios que siempre será mejor morir a manos de un demócrata civilizado que entre las garras del tirano estirado de Al Asad. Mire usted, señor mercader del zoco de Damasco: mañana le meteremos un bombazo de padre y muy señor mío a la hora del cuscús, pero no se alarme, hombre, que será una bomba muy democrática y muy necesaria. Así que descartado el adjetivo hipócrita de la guerra humanitaria, parece que el mundo está abocado irremediablemente, como tantas otras veces, a una simple y cruda guerra, a una guerra monda y lironda, como todas las demás que se libraron a lo largo de los siglos, una mierda de guerra, o sea, con sus consecuencias impredecibles, sus muertos colaterales y su destrucción general. Obama ya ha pedido la pasta al Parlamento y hasta los animosos republicanos parece que le siguen como un solo hombre. Qué tíos estos republicanotes, son halcones que huelen el negocio de la sangre y del dólar a miles de kilómetros. Será una fijación infantil de tanto ver películas de Ronald Reagan. O será la carne del señor McDonald, que viene con exceso de hormonas. Quién sabe. A nuestros republicanos como el señor Tardá les da por regalar camisetas independentistas del todo a cien, lo cual es de agradecer, porque eso es que aún no les ha entrado la vena bélica. Sea como fuere, todo apunta a que el G-20 firmará la declaración de guerra y la sinfonía prístina de cañones empezará a sonar en breve sobre la pobre, hambrienta y castigada población siria. Aquí, en España, las guerras nos cogen históricamente en el bando equivocado, a contrapié. Cuando tenemos que entrar no entramos y cuando es mejor quedarse quietos nos tiramos a la piscina sangrienta de la guerra. El español no sabe hacer la guerra, por eso inventamos la guerrilla, que se trabaja menos y hace menos daño. El español grita mucho y saca mucho pecho a priori (lo estamos viendo con el peñazo del peñón) pero a la hora de empuñar el fusil, a la hora de ir a la guerra, ya irá el vecino, que hizo la mili en la legión y se da mucha maña montando el chopo. En España cuando suenan tambores de guerra mundial lo aprovechamos para hacer nuestra propia guerra local, tribal, fratricida: rojos contra nacionales, aliadófilos contra germanófilos, moros contra cristianos, Casillas contra Diego López. Rubalcaba ya ha dicho no a la guerra, pese a ir en contra de Obama, una posición coherente con lo que pasó el 11M; Rajoy va en su línea gallega: o no sabe o no contesta. Siempre será mejor que el presidente ahueque el ala en estos momentos tan delicados que lanzarse a un viaje erróneo a las Azores para salir en la foto amarillenta de la Historia. Uno no sabe qué será mejor para la pobre Siria: si taparse la nariz y dejar que el psicópata siga dándole al sarín o mirar para otro lado y asumir que la guerra es el estado natural del hombre. Ya lo dijo aquel alemán coñazo.

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