miércoles, 17 de enero de 2024

LOS ULTRAS HOLANDESES

(Publicado en Diario16 el 23 de noviembre de 2023)

El fascismo nació en una taberna. Por algo será. Este extraño fenómeno, esta misteriosa relación entre dipsomanía y nazismo se sigue repitiendo en nuestros días por alguna razón. Ayer, producía miedo y estupor ver a los líderes trogloditas del neerlandés Partido de la Libertad (PVV) –todos hombres blancos, de ojos azules y bien trajeados– celebrando los buenos resultados electorales, con birras en la mano, no en la sede oficial de esta formación ultra, sino en un animado pub nocturno. La extrema derecha es una mala borrachera que se va de las manos.

Hitler sedujo a las masas en las cervecerías de Baviera. Hoy los nuevos integrantes del fascismo posmoderno atraen a la multitud desencantada de la misma manera: poniéndolos de alcohol hasta las cejas en antros de mala muerte. Y en cierta manera, tiene su lógica dialéctica. Hay que estar muy colocado para comprar el discurso del odio y el racismo sin sentir algo de vergüenza y asco hacia uno mismo. El supremacista español destila xenofobia hacia el africano. El holandés desprecia al español por moreno, PIG y pobre. Así funciona esta ideología nauseabunda: de norte a sur en función del nivel de riqueza del país.

El ultraderechista PVV ha sido la fuerza más votada en las elecciones celebradas en los opulentos Países Bajos. Otra tragedia en el corazón mismo de la vieja Europa. Por aclararnos, este es el movimiento político del tal Geert Wilders, ese tipo que compara el Corán con el Mein Kampf (mentira, el islam bien entendido es una religión de paz), que quiere prohibir la entrada al país de inmigrantes musulmanes y que pretende paralizar la construcción de mezquitas. Él se ve a sí mismo como un liberal razonable (extraño trastorno de la percepción el de esta gente que se ve reflejada en un espejo distorsionado), pero paradójicamente ha trabajado con tesón para formar grupo parlamentario con grupos de corte extremista de nueve países, entre ellos el de Le Pen en Francia, el Partido de la Libertad de Austria, la Liga Norte de Italia y el Vlaams Belang de Bélgica. Es decir, lo mejor de cada casa del facherío europeo.

Apercibido por la Justicia, que lo ha procesado por criminalizar a los inmigrantes, por incitar al odio y vilipendiar a las minorías étnicas y religiosas, ha logrado irse de rositas de todos los pleitos que le han abierto (una vez más, la historia de una democracia timorata y débil con el ultra vuelve a repetirse). El lobo holandés se esfuerza por vestirse con piel de cordero, desmarcándose de los viejos fascismos del siglo XX en cada declaración pública, pero en realidad no hay nada nuevo en su discurso que lo diferencie del que esgrimen los yanquis trumpistas, los brasileños bolsonaristas, los argentinos de la escuela de la motosierra del loco Milei, los italianos melonistas o los españoles abascalianos: ataque frontal a la democracia liberal, degradación de las instituciones, catolicismo y familia tradicional a ultranza, adulteración del concepto de libertad (que se confunde con malas artes con libertarismo ultraderechista) y mensaje conspiranoico para intoxicar a las masas (no dice que una élite de rojos pulula por ahí arriba bebiendo sangre de niños, pero casi). Sionista a calzón quitado, partidario de la detención administrativa (una aberración jurídica que va contra los más elementales principios de un Estado de derecho), también sufre el delirio del expansionismo anexionista tan arraigado en estos sujetos exaltados, ya que sueña con, algún día, integrar el territorio belga de Flandes en el mapa de los Países Bajos. No hace falta ser historiador para entender que esa invasión nos arrastraría sin remedio a una nueva guerra europea.

Más allá de las propuestas nacionalistas patrioteras (“Holanda primero”, dice el muy original de Wilders), el programa de este engendro es un elenco económico de ideología ultraliberal cuyo único objetivo es seguir manteniendo los privilegios de las clases dominantes y pudientes: bajada drástica de impuestos (mayormente a los ricos), menos Europa y menos Estado de bienestar.

“Somos el partido más votado de Países Bajos, y les aseguro que los electores han hablado”, proclama Wilders tras conocer sus buenos resultados en las urnas. Ahora la gran pregunta es qué piensa hacer la derecha convencional neerlandesa con esta gente. ¿Van a institucionalizarlos gobernando con ellos tal como hace el PP español con Vox? ¿Les colocarán el pertinente cordón sanitario como fuerza política contraria a la democracia y los derechos humanos? De momento, los liberales del Partido Popular por la Libertad y la Democracia del primer ministro en funciones, Mark Rutte, entran en una fase de debilidad. A su vez, los demócratas cristianos de Nuevo Contrato Social, que logran un buen resultado, califican el auge de la extrema derecha de “shock gigantesco”, pero de estos no te puedes fiar. Solo el líder del socialdemócrata GL-PvdA, Frans Timmermans, ha anunciado que jamás formará una coalición con los tipos de “un partido que excluye a los holandeses”. Y alegó que seguirá defendiendo la libertad real “hombro con hombro”. Una vez más, la socialdemocracia preservando lo poco que va quedando ya de Estado de derecho pleno y garantista.   

Las decisivas elecciones han generado inquietud entre las minorías inmigrantes, como demuestran las recientes declaraciones de Stephan Van Baarle, líder de Denk, un partido que propugna la integración racial. “La victoria del PVV provoca miedo entre muchas personas. Formaremos un escudo contra la retórica de extrema derecha y lucharemos por las minorías de este país desde el primer día”, sentencia. Los Países Bajos caen en un momento oscuro de su historia. El fascismo da un nuevo salto exponencial en el viejo continente. Otro varapalo para la democracia, para los derechos humanos y para la construcción de una Europa más justa, social y tolerante.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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