viernes, 5 de enero de 2018

FASCISMOS DE AYER Y DE HOY


La muerte a los 91 años de Carmen Franco, 'Carmencita', la hija única del dictador, ha servido para que a algún mandatario de TVE se le termine viendo el plumero del aguilucho más de lo debido. El programa 'Corazón', presentado por la encasillada Anne Igartiburu, abrió su edición de ayer con la noticia del fallecimiento de la hijísima, pero lejos de abordar al personaje desde todos los ángulos posibles, con sus luces y sus sombras (en este caso luces la del Pardo y poco más) la cosa se acabó convirtiendo en un lacónico relato sobre vida de santos y personajes ejemplares. Un Nodo en color, un publirreportaje nostálgico, un panegírico en clave ecos de sociedad. Solo faltó Matías Prats padre con las gafas oscuras diciendo aquello de que Carmencita nos dejará "un gratísimo recuerdo" a todos los españoles. La información de los periodistas de la cadena pública (si es que se les puede llamar así) no tenía un solo punto de crítica histórica hacia la ilustre finada, y quedó en un solemne homenaje envuelto en papel cuché donde se glosaron las virtudes de la heredera. Era "discreta", "serena", "abnegada". Una señora de los pies a la cabeza. Resulta obvio que la consigna de los controladores aéreos de Torre España era tratar la noticia de forma laudatoria, con mucho jabón y entre algodones, sin meterse demasiado en los jardines del Caudillo. Por supuesto, se omitió convenientemente cualquier referencia a las tropelías del dictador, a los fusilamientos, las represiones, las herencias, los pazos gallegos usurpados y demás insignficancias del régimen que no venían a cuento, que para eso ya está Ian Gibson. La historia que la investiguen los hispanistas ingleses, coño. Según los corazones rotos falangistas de TVE, tras la muerte de "la madre de Carmen Martínez-Bordiú toda la familia despide el año con la peor de las noticias", una frase lacrimógena que a buen seguro hizo llorar de pesadumbre y consternación a esos miles de españoles que aún tienen a un familiar represaliado durmiendo en la cuneta. La información, por llamarla de alguna manera, también recogía un fragmento del texto que Luis Alfonso de Borbón, nieto de la fallecida, escribió en Instagram: "Siempre serás mi súper abuela, mi segunda madre". Emocionante, conmovedor. De Carmencita, rostro tierno y angelical del régimen más atroz, dijeron que había sido "dócil y obediente", que "no fue a colegios" y que "vivió entre cuarteles y palacios" hasta su boda con el Marqués de Villaverde. A veces, demasiado halago acaba enterrando aún más al muerto. Es lo que pasa cuando se pone a un funcionario del Ministerio de Gobernación a escribir necrológicas. Que la caga el exégeta.

La campaña de odio que se ha desatado en Austria contra el primer niño nacido en 2018, de origen musulmán, confirma que el avance de la ideología racista en toda Europa no solo es real sino extremadamente preocupante. Nada más tenerse noticia del nacimiento, las redes sociales y algunos medios de comunicación que publicaron la instantánea de los padres posando con su hijo se incendiaron con mensajes xenófobos de difícil digestión como: "deportad a esa basura", "le deseo una muerte repentina" o “cuando tenga 18 será un terrorista”. No hace falta decir que en Austria gobierna actualmente una coalición formada por el partido conservador de Sebastian Kurz y la ultraderecha de Strache, aupada al poder con el voto de millones de austríacos extremistas que han optado por la vía dura para resolver sus problemas. Se trata de movimientos políticos que se envuelven en la modernidad de sus lánguidos y rubios líderes con aspecto de universitarios trajeados pero que en realidad esconden lo peor de la bazofia fascista del siglo XX. La bonancible señora Le Pen esconde la sombra de un hombre bajito con uniforme militar, bigotillo y brazo en alto dispuesto a todo. Europa está podrida de odio y fanatismo desde Varsovia hasta París, pasando por la dulce Viena de los alegres valses, saltos de esquí y niños cantores de año nuevo. Detrás de esas campañas de odio que surgen más o menos espontáneamente al calor electrónico de Internet está el rechazo al refugiado y el pánico al yihadista. Ahora la han tomado con un tierno bebé musulmán, tal como hicieron con aquel otro recién nacido al que los de las SS de Herodes ya quisieron matar hace dos mil años por moreno y judío. El racismo es tan viejo como el hombre. Va grabado a sangre y fuego en el ADN de la gente. Mientras no extirpemos ese gen, la barbarie seguirá gobernando el mundo. Nos resistimos a creer que hay individuos siniestros dispuestos a justificar la supremacía de razas, el infierno de la guerra, las cámaras de gas y los campos de exterminio. Pensamos que no llegarán a nada en su locura y les dejamos hacer, tal como los alemanes dejaron hacer a Hitler en su camino hacia el poder. Pero esos monstruos existen, están ahí, entre nosotros, avanzando y comiéndonos el terreno con sus ideologías nauseabundas. No son personajes de una película de terror, sino reales. Y son capaces de lanzar su aliento fétido y rabioso contra un bebé inofensivo que aún no ha abierto los ojos. Si la buena Europa, la Europa de la razón, las ideas civilizadas y los sentimientos humanistas no reacciona ya, si no despierta de inmediato, todo estará perdido para siempre. Y la pesadilla volverá a hacerse realidad.

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