sábado, 5 de octubre de 2013

LA VERGÜENZA DE LAMPEDUSA


No eran ángeles negros (como he leído en alguna columna cursi), ni héroes titánicos que no temían al mar, ni siquiera insensatos enloquecidos que despreciaban sus vidas. Eran hombres, mujeres y niños corrientes acorralados por el hambre, la enfermedad y la muerte. Eran los tercermundistas, la famélica legión africana, los negritos del África tropical, como los llamamos aquí, en el cruel y opulento Occidente. Y, sobre todo, no eran imprescindibles, como aquella película de John Ford. El naufragio de Lampedusa, en el que se han dejado la vida más de 300 almas, es lo que es: una vergüenza para el hombre, ya lo ha dicho muy bien el Papa macanudo y cañero. Si no se tuerce y no lo matan antes tenemos un santo padre que está (casi) a la altura de Dios. Los trescientos que se han dejado la vida en ese infierno de agua no han muerto porque sí, los hemos matado nosotros mismos, los europeos coloniales, los occidentales insensibles que le roban a África sus diamantes manchados de sangre, que explotan a los niños en los talleres dickensianos de Bangladés, que venden armas químicas a Siria para luego darle un hipócrita tirón de orejas al pelele dictador de turno que no pinta nada. No. Este crimen no es un crimen del siglo XXI, este crimen viene del diecinueve, cuando Europa desembarcó en África con sus máquinas furiosas, sus livingstones, sus falsos mapas trazados al azar, su ciencia y sus dólares. Desde entonces no hemos hecho otra cosa que engañarlos, exterminarlos, explotarlos, ponerles cadenas de hierro al cuello, como a Kunta Kinte, aquel personaje valiente y digno de Raíces. Ahora, dos siglos después, es África la que nos devuelve nuestro cariñoso imperialismo y nuestra secular infamia en forma de cadáveres que gritan desnudos, en forma de cadáveres con ojos saltones y vientres abultados que son arrojados a la orilla como un vómito negro. Seguimos cultivando el colonialismo extremo porque eso es lo que mantiene las Bolsas internacionales, los mercados, la pensión de la abuela y la política exterior de Rajoy (cuan grande es la estulticia de Rajoy, que por negar niega hasta la radiactividad de Fukushima). Seguimos viviendo del negrito esclavo, sí buana, y ya se ha encargado el ario Berlusconi de ponerle muros al mar para que los africanos terminen estrellándose con sus lanchas de juguete. Vergüenza de ser europeo, vergüenza de ser occidental, vergüenza de ser hombre. Estoy de acuerdo con usted, señor Papa, por una vez y sin que sirva de precedente. Eso es lo que deberíamos sentir todos. Pero, sin embargo, seguimos viviendo anestesiados por nuestra televisión que ya nos vende Nodo a todas horas, por nuestros políticos trincones, por nuestros anuncios de tampax y condones, por nuestra liga de fútbol tonto y dominguero y los cotilleos de la ingle rosa. La tragedia de Lampedusa ha dado para cuatro telediarios espectaculares que han quedado de cine. Todos nos hemos conmocionado mucho a la hora de comer con la historia funesta de esos pobres argonautas eritreos dispuestos a huir del país del terror a cualquier precio. Pero esta noche, a la hora de dormir, nuestra conciencia se irá a la cama tan tranquila y ya nadie se acordará de ellos. Cuan grande es la necedad del hombre blanco.

Imagen:BBC

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