jueves, 9 de enero de 2020

LA ANTI-ESPAÑA


(Publicado en Diario16 el 6 de enero de 2020)

¿En qué momento pasó el PP del tono duro, bronco y copero al guerracivilismo más fanático e intolerante? ¿En qué punto ese partido abandonó el objetivo del liberalismo a la europea para darse al falangismo más añejo? No podemos saberlo. Probablemente siempre se movieron en ese territorio peligroso. Quizá nunca llegaron a asumir del todo que en España se acabaron los tiempos de las dictaduras allá por 1975, cuando empezó la prodigiosa aventura de la democracia. En cualquier caso, estos dos días de tenso debate de investidura sus señorías de la bancada popular han atravesado un peligroso Rubicón. Una frontera sin retorno. Podríamos decir que Pablo Casado, al abascalizarse, ha caído definitivamente en el lado oscuro de la fuerza, y valga el símil facilón aprovechando que estos días estamos de estreno con el culebrón galáctico. Pocas veces se ha visto a un líder del Partido Popular tan furibundo, tan fuera de sí, tan extremista, vocinglero y faltón. Sin duda, ha adelantado a Aznar por la derecha al declarar inaugurada, sin pudor, una nueva cruzada nacionalcatolicista.
Casado, a falta de una idea concreta de España y vampirizado ya por Vox, ha sacado del baúl de los recuerdos aquel constructo que tanto daño hizo a nuestro país en el pasado: la anti-España. Quien no piensa como Casado y Abascal ordenan es un mal español, un traidor, un botifler a la castellana. Todo librepensador que se atreva a cuestionar el sagrado dogma de la patria, tal como ellos la entienden, tal como ellos la sueñan en sus delirios de grandeza, es un enemigo a perseguir (antes los fusilaban, hoy los entrullan, pero todo se andará). En el fondo de lo que se trata es de imponer la uniformidad sobre el pluralismo; el totalitarismo frente a la libertad de pensamiento; la dictadura frente a la democracia.
Casado ha resucitado el fantasma del antiespañol, de la anti-España, un concepto nacionalista y excluyente que pretende limpiar a toda persona, idea o institución considerada peligrosa para el orden establecido por esa clase social, política y financiera privilegiada que ha mal gobernado el país desde los tiempos de Viriato. Así, el comunista es un antiespañol; el pobre proletario que lucha por mejorar su vida es un antiespañol; y el intelectual que habla demasiado (ese es el peor de todos) también es un antiespañol. Antiespañol es lo mismo que catalanista, vasco abertzale, musulmán, gitano, marica, feminazi, vegano, animalista, migrante, negro y mena. Aquí todo dios es antiespañol y lo que se impone es un micrófono en cada casa, un espía en cada esquina y mucha brigada Político Social por las calles para ir depurando el país de piojosos subversivos.
La anti-España la forma todo aquel que no crea en Dios y en la Virgen; el científico ateo que cuestiona a Adán y Eva con su teoría del Big Bang; el historiador que hurga con sus dedos en las fosas comunes para encontrar la verdad; el médico del abortorio que receta el condón para controlar la natalidad; y hasta el cura rojillo que no sigue la ortodoxia dura del concilio, luz de Trento, martillo de herejes.
Para que a uno no lo metan en el campo de concentración de la anti-España o lo coloquen frente al pelotón de fusilamiento ideológico hay que ser un buen español, un sometido al Imperio de los Reyes Católicos y al escudo del pollo, y eso lo deciden entre Casado y un señor con barba, bigote y pantalón paquetero llamado Abascal, o sea los comisarios políticos del Estado que reparten muy burocráticamente los carnés de buenos y malos españoles, de ocho a dos.
Uno puede haber nacido en Cuenca y ser más español que la paella; uno puede llamarse Pérez o Martínez y tener unos huevazos españoles como los del toro de Osborne; pero si no pasa el filtro, el examen y la terapia, si no está con los señores de la raza, con los descendientes directos de Hernán Cortés, ya puede ir buscándose otro país, véase México o Bélgica.
La derechona hispana guardiana de las esencias patrias siempre fue así: cuartelera, belicosa e histérica; intransigente y machirula; insaciablemente violenta y feudal; y ni cuarenta años de pacífica democracia, con Borbón y todo, van a hacerla cambiar de ADN y de personalidad. Mucho menos ahora que el PP se ha dejado poseer por Vox y por un chulazo gamberro, remangado y sudoroso, que vocifera, vilipendia, suelta bilis, humilla y desprecia al que no piensa como él. Y hasta se caga en el escaño de la democracia si hace falta. Que para eso es el amo del cortijo, coño.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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