lunes, 24 de junio de 2013

EL ÚLTIMO BUNGA-BUNGA


Siete años de prisión por un bunga-bunga indiscreto con una menor, siete años de trullo por un bunga-bunga sórdido, clandestino, guarro. Ése es el epitafio político que deja el piccolo Mussolini, el Tony Soprano de la República italiana, el magnate de las mamachicho telecinqueñas: Il Cavaliere Silvio Berlusconi. Manejó televisiones mundiales como teatros de marionetas, quitó y puso gobiernos a su antojo, firmó conspiraciones internacionales, convirtió la milenaria y eterna Italia, con sus coliseos, sus bustos de emperadores, sus columnas trajanas y su todo, en su lúbrico villorrio toscano para orgías y desmanes. Desfalcó, trincotriló y estupró la democracia romana a placer; hizo trapacerías políticas por doquier sin que nadie, ni el pueblo, ni la Justicia, ni el Parlamento, ni Europa le pararan los pies a tiempo. Salió airoso de las causas más enrevesadas, complejas y graves. Y ahora, al final de su procelosa vida pública, a sus casi ochenta tacos, va y cae por el caso Ruby, la Rompecorazones, una distraída del amor, una simple chica de la calle. Está claro que los designios políticos de Dios son inextricables. Las pequeñas cosas, los amados detalles de Nabokov, son los que arruinan la vida y obra de un hombre. Berlusconi es como ese personaje de Lolita, ese Humbert Humbert que chifló de pasión la primera vez que vio flotar a la fresca ninfa en la piscina. Berlusconi ha jurado en el juicio que todo eran cenas elegantes, veladas que transcurrían en una atmósfera de "simpatía, jocosidad y diversión". Ahora lo llaman así. Jocosa diversión. Pero la Justicia italiana (esta vez sí, por fin, plas, plas) ha hecho honor a sus raíces augustas y ha sentenciado que esta vez no cuela, que aquello no eran fiestas inocentes ni simple teatro burlesque en las catacumbas del chalé imperial. Aquello era lo que era, un "sistema de prostitución para el placer de Silvio", un maratón de bunga-bungas donde Il Cavaliere invitaba a pizza con pelo, penne y calzone a sus amigos (habría que investigar qué clase de amigos y si había algún político español zumbando por allí, lo dejo caer para La Sexta). El villorrio de Berlusconi era un antro abierto hasta el amanecer, lolitas esnifadas, todos de Napiato hasta las trancas, lencería cara y sedosa, Adriano Celentano, volare, volare, mi ragazza in un pugno. Toda ese fornifollar con menores sucedía mientras la vieja Europa se resquebrajaba tristemente y se hundía entre mercados como tiburones, mientras la Bolsa se iba al carajo, mientras millones de europeos comían ya ruina y hambre. Todo ese simposio del sexo en plan Calígula sucedía mientras el viejo y babeante Cavaliere se mecía suavemente en las dunas tiernas de la niña Ruby. Cuando el pueblo pasa penalidades, el poderoso ahoga su inmundicia en rubio champán. Qué siglo de gobernantes corruptos, qué siglo de políticos locos, desnortados, descerebrados. La eterna Marilyn terminó con el sueño de los promiscuos Kennedy; Clinton cayó por una mancha corrida que no salía ni con Fairy ultra; y Berlusconi ha venido a caer por un bunga-bunga apresurado, un bunga-bunga ciego y loco al ritmo de mal karaoke, Ramazzotti y la hortera Pausini. A ver si de ésta los italianos, y de paso los españoles, vamos aprendiendo de una vez que se debe votar con la cabeza y no con la entrepierna. Ciao, Silvio. Ya tendrás tiempo de fantasear con el último bunga-bunga. Pero en el talego.

Imagen: lavanguardia


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