viernes, 6 de diciembre de 2013

MANDELA


Cristo, Buda, Gandhi. Y ahora Madiba, Nelson, Mandela. Tres nombres para un solo hombre, tres misterios en uno solo, porque el padre de la nueva Sudáfrica fue un ser enigmático y sagrado, como la Santísima Trinidad. Madiba, el africano fuerte y noble tostado bajo el sol de la tribu; Nelson, el mártir torturado y sacrificado por el Imperio rubio del apartheid; Mandela, el dios eterno, muerto y resucitado para la causa del hombre en una infrahumana prisión de Robben Island. Cada mil años nace un santo
que da su vida por una causa justa, por el Bien platónico absoluto, por la humanidad. El Vaticano debería canonizar con urgencia a este ser único y divino y dejarse ya de beatos fabricados con falsos milagros y odios políticos. Mandela fue un Cristo negro que nació en un Belén con cabañas de adobe y paja, entre negras con pechos de trigo y cánticos tribales, entre antílopes de fuego y panteras nocturnas. Mandela fue el mesías de los esclavos negros, el hombre perseguido, encarcelado y torturado que se hizo un dios forjado a golpe de trabajos forzosos, canteras de sal y celdas de dolor y lágrimas. Veintisiete años entre rejas. Veintisiete. Cualquiera hubiera salido loco de aquella ratonera, loco y con el corazón lleno de odio y con ganas coléricas de matar, pero Mandela, el santo Mandela, salió con una sonrisa de niño inocente y una espada de amor que incendió el mundo. Soportó las más crueles torturas, fue aislado de la sociedad como una bestia rabiosa, recluido en un zulo infecto mientras el hombre blanco hundía sus manos crueles en los tristes diamantes y las damas pálidas se bañaban con sangre de negro. El apartheid fue el régimen político más infame que hayan visto ojos humanos desde que Hitler caminó sobre las montañas de esqueletos en Europa. África la trazó Rhodes con su cartabón ciego y racista pero Mandela la descosió después con su revolución amable llena de alegres tamtanes, pétalos y góspel, con su cabello plateado de gorila blanco, su sonrisa templada y su túnica púrpura de Zeus africano. Fue capaz de vencer la tiranía del hombre blanco con un simple partido de rugby. Tenía el cuerpo aún lleno de llagas y heridas cuando lo sacaron de la trena para abrazar a De Klerk, el mismo bóer de la Holanda manchada de crímenes que le había arrancado el corazón y el alma. Mandela lo abrazó como un hermano y juntos enterraron el apartheid para siempre. Hoy, por fin, hay democracia ateniense entre las tribus negras y los leones rugen con libertad. Ya no hay látigos capataces ávidos como serpientes. Los negros ya no son herramientas, ni yugos, ni palas, ni picos. Todo eso lo ha hecho un dios de ébano con el látigo simple de la paciencia. El tiempo es el mejor arma de la revolución. Veintisiete años tras las rejas, veintisiete años mirando al cielo lento tras los barrotes, veintisiete años soñando el sueño de Luther King, soñando que algún día el negro sería libre. Hoy te rezamos con gratitud, hermano Madiba. Cristo africano.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario