martes, 11 de marzo de 2014

ATOCHA, AÑO DIEZ


Diez años ya, diez años de nuestro día de la infamia, de nuestro 11S, de nuestro Pearl Harbor. Y una década después, todos los ciudadanos de bien se hacen una pregunta, que no es precisamente si fue titadine o goma dos eco. La pregunta es: ¿cómo un Gobierno, nuestro propio Gobierno, pudo embarcarse en un delirio conspiranoico tal que le llevara a manipular a los muertos, a las familias y el dolor de todo un pueblo? Resulta espeluznante echar la vista atrás y repasar la hemeroteca, los vagones despanzurrados por las explosiones, las sábanas muertas, los furgones fúnebres entrando y saliendo de la triste Atocha. Pero no menos espeluznante resulta revisar la película abyecta y despreciable que protagonizaron aquellos otros monstruos decentes con traje y corbata, el impasible Aznar con su rencor paranoide, con su locura y sus desiertos remotos, el mezquino y lametraseros Acebes con sus coartadas obscenas, el poseído Losantos con su bilis endemoniada, el maquiavélico Pedrojota con sus embustes y enredos de periodismo basura, toda esa historia reciente, en fin, que aún no hemos conseguido asimilar ni comprender ni olvidar y que no fue sino la segunda parte de nuestra guerra civil, una guerra civil sin un millón de muertos pero con la misma cantidad de odio. En el 11M hubo dos clases de monstruos, los yihadistas encapuchados que se inmolaron por Alá y los yihadistas del comando Moncloa, fundamentalistas del bulo y la iniquidad, nocivos como los otros, que trataron de engañar a un país cuando el regato de sangre inocente resbalaba todavía por los andenes. Y no sé yo cuál de las dos tramas da más miedo, si la célula islamista o el terrorismo de Estado que pone en marcha la espantosa maquinaria de la manipulación y la mentira. Aquel día de madriles enmudecidos, de cielos de sangre y lágrimas de hierro, fracturó en dos a la sociedad española cuando debió habernos unido frente al terror y la barbarie de forma fraternal, sin fisuras, con una fe de granito. Los americanos cerraron filas cuando les llovieron los aviones como rayos apocalípticos pero nosotros, los españoles, pueblo indescifrable y extraño, nos pusimos a la gresca otra vez, como aquel cuadro de Goya, sobre los cadáveres de nuestros muertos. Y ese enfrentamiento civil, esa guerra familiar solapada, siempre estará en el desgraciado currículum del señor Aznar, porque el 11M fue su GAL. Aquel Gobierno y sus panfletos mediáticos, aquellos siniestros ministros y sus voceros disfrazados de periodistas se pusieron a trabajar codo con codo en el episodio más ruin de nuestra democracia. Ensuciaron la memoria de las víctimas, pisotearon el dolor de las familias, quedaron como locos perversos a la altura de los zumbadillos de Al Qaeda. Por tanta manipulación deberían haber pagado ya, penalmente, ante los tribunales de Justicia. Pero claro, estamos en España, país que entrulla a sus jueces y absuelve a sus delincuentes de guante blanco. Hoy asistimos a las exequias desde una rabia contenida y con la herida no cicatrizada del todo. Hoy releemos en los periódicos aquellas historias terribles que habíamos olvidado ya: la muchacha que perdió un ojo y trata de rehacer su vida, el joven mutilado que aún se orina cuando sale a la calle, la mujer del comisario de Vallecas que se suicidó ante el acoso constante de los conspiranoicos. Hoy, diez años después, no hay duda de que no fue ETA, de que las bombas las pusieron los moritos. Aunque bien mirado, aquel Gobierno también puso sus bombas. 

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