domingo, 23 de marzo de 2014

EL HOMBRE DEL 127


Dio carpetazo a la dictadura, dinamitó la falange desde dentro, diseñó una España nueva, legalizó el Partido Comunista, hizo que rojos y nacionales se estrecharan la mano, sacó al país del rincón de la Historia (éste lo hizo de verdad, no como Aznarín), creó el centro político que en realidad no era nada, nos vendió la idea de un borbón simpático y demócrata (eso tuvo mucha gracia y mérito) y nos convenció de que un político con pinta de dependiente de El Corte Inglés puede ser un gobernante ejemplar y trabajador, limpio y decente, como decían nuestras abuelas. Por todo eso y por no meterse bajo el butacón de la Historia cuando Tejero quiso empezar otro western hispano a tiro limpio, por todo eso y por muchas cosas más que este pobre periodista no acierta a recordar ahora, va a pasar Suárez al panteón de los grandes hombres, al panteón de los patriarcas de nuestro pueblo. Uno era niño todavía cuando el 23F, pero creo que nunca podré olvidar aquella imagen en blanco y negro del presidente aguantando valientemente, dignamente, la lluvia inversa de balas picoletas y las virutas de escayola que caían del cielo, unas virutas que eran los escombros últimos del franquismo cayéndose a trozos. Suárez no se riló aquella noche de metralletas y militares vestidos de época (tampoco Gutiérrez Mellado ni el gran Carrillo) y eso no lo olvida el pueblo. Fue nuestro Thomas Jefferson patrio, un hombre noble, valiente, honrado. Tres adjetivos que hoy, en la España de los gurteles y los sobres, no podrían ponerse detrás de muchos apellidos políticos. Han pasado ya unas cuantas horas desde la muerte de Suárez y aún no he escuchado yo a nadie decir una mala palabra sobre él, un solo insulto descalificante, una maldición o un exabrupto. Estamos sin duda ante un caso único en la Historia de España, ante un político respetado y reconocido por todos, con sus luces y sus sombras, pero respetado, que es mucho en este país. ¿Se imaginan ustedes un silencio tan pulcro y reverencial ante la muerte de Felipe, de Aznar, de Zapatero o Rajoy? Imposible, ¿verdad? Pues ése es y será su gran triunfo personal, la gran dimensión histórica del personaje. Todo el felipismo, el aznarismo y el zapaterismo, más este invento del marianismo, que no es ni chicha ni limoná, no llegarán a la suela de los zapatos históricos de Suárez, Ulises de nuestra épica odisea hacia la democracia. Hoy no ha muerto un hombre cualquiera. Ha muerto un Moisés que supo llevar a la grey visigoda desde el desierto de la Transición plagado de fachas, golpistas y etarras hasta la tierra prometida de las urnas. Tuvimos suerte de contar con él. Fue el hombre perfecto para la misión, quizá el único hombre que había disponible en aquella España tardofranquista secuestrada por la represión, el miedo y la falta de cultura democrática. Fue un joven mister Lincoln forjado en los páramos falangistas de Ávila que con su sonrisa seductora que tanto gustaba a las señoras, con su porte seco de castellano dandi, su pitillote distinguido y su manido puedo prometer y prometo enseñó al ágrafo español las cuatro reglas de la democracia. Fue el único hombre, entre unos cuantos millones de hombres, que podía guiar al país desde el odio y el rencor hasta un paraíso de libertad. Con su elegancia, su talante y su talento, su templanza y vocación de servicio a la nación, acalló para siempre el ruido de sables cuarteleros. Suárez quedará para siempre por eso que tanto añoramos ahora: el espíritu de concordia. Y todo lo hizo desprendidamente, por gallardía y altruismo, sin sobres ni pelotazos, apretando a tope el acelerador de su viejo 127, que era el motor quemado de aquella España gripada en el tiempo. Hoy no solo ha muerto un ciudadano ejemplar, un presidente digno y un hombre bueno que vio, con tino, lo que era mejor para España. Ha muerto un político honrado de los que ya no quedan. Y con dos cojones. 

Imagen: elpais.com

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