jueves, 27 de marzo de 2014

LA FAMÉLICA LEGIÓN


Madrid se ha convertido ya en un inmenso y rugiente manifestódromo al que llegan indignados de todos los rincones del país. Y eso, claro, no le parece bien a Ana Botella, que se está planteando "ordenar" las movilizaciones, prohibirlas en el centro de la capital, que es que luego lo dejan todo perdido y roto esos radicales melenudos de antifaz y molotov. Por doquier, y a diario, estallan protestas explosivas. Un día son los desahuciados y los taxistas, otro los preferentistas y estudiantes y al rato los bomberos tan dados ellos a quedarse en pelotas en medio de la plaza al grito de Mariano vete ya. ¿Qué esperaba la primera dama del concejo madrilota? ¿Esperaba acaso que el personal se quedara en casa muriéndose de hambre, como corderillos sumisos, sin alterar el buen orden de las cosas? ¿Es que doña Ana no ha leído en los libros de Historia que cuando el poder aplasta al pueblo el pueblo se alza en inevitable y justa revolución? El 22M, que acabó con cientos de heridos, entre policías y manifestantes, no será el último estallido de violencia de la ciudadanía, harta ya de tanta injusticia e iniquidad. Hasta ahora las movilizaciones se han saldado con algún que otro diente o testículo desgraciado y unas contusiones más o menos graves. Pero es seguro que habrá nuevas batallas campales en los próximos meses. Y lo que es aún peor: la espiral de violencia irá in crescendo porque, lamentablemente, el odio se alimenta del hambre. Las protestas ciudadanas son la consecuencia lógica e inevitable de una política determinada, de una manera de entender la democracia, de una gobernación intransigente y absolutista que antepone el dinero del gran capital a la vida de las personas, los totalitarios números de Bruselas al bienestar del ciudadano. A la señora alcaldesa de Madrid no le gustan los mendigos sueltos por ahí, que afean mucho la ciudad, y parece que ahora tampoco le gustan los parias de la famélica legión que salen a la calle a exigir pan y un futuro para sus hijos. A la señora alcaldesa lo que le gustaría en realidad es que los españoles hambrientos protestaran bien lejos de los barrios biuti de Madrid, que se fueran al lumpen de Vallecas, al extrarradio con los yonquis, que allí pueden gritar a gusto sus consignas sin molestar a nadie. A la señora alcaldesa le ocurre lo mismo que a su señor esposo y marido: que nunca debió haber salido de Oropesa, o lo que es lo mismo, nunca debió haberse metido en harinas políticas. Ordenar las manifestaciones, qué ingenuidad, qué sarcasmo. Me pregunto si Botella es peor como alcaldesa o como estudiante de inglés. Difícil responder a esa cuestión. ¿En qué cabeza cabe querer ordenar una protesta ciudadana? Una furia ordenada es un oxímoron, un contrasentido en sí mismo, un absurdo que solo cabe en una cabecita llena de pájaros y sueños de grandeza que juega a gran estadista cuando ni siquiera llega a la categoría de mala administradora de fincas. A nadie le agradan las escenas de violencia desatada, los encapuchados destrozando cajeros, los botes de humo, los contenedores ardiendo, los policías ensañándose a garrotazos con los radicales y los radicales clavando el casco de un antidisturbios en una pica, como si se tratara de la cabeza de Macbeth en aquella película de Polanski. Pero a todo eso nos ha llevado este gobierno que no entiende de concordia y diálogo, ahora que la muerte del gran Suárez ha servido para recuperar las viejas palabras de la tribu. El social y comprometido Suárez al lado del opusino y retro Rajoy es un peligroso comunista. Entérese, doña Ana: la democracia o sirve de verdad al pueblo o no es democracia, sino burocracia. Y tratar una manifestación de ciudadanos sufrientes como a un grupo de piojosos sin duchar; descargar el marrón de unas políticas injustas en los policías; considerar las justificadas reivindicaciones callejeras como un incordio para las señoras de bien que no tienen otra ocupación que pasear al perro en las mañanas tranquilas y soleadas del edénico barrio de Salamanca, es una grave irresponsabilidad que cualquier día costará una desgracia. Y si no al tiempo.

Imagen: larepublica.es

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