jueves, 12 de diciembre de 2019

ALFONSO GUERRA


(Publicado en Diario16 el 8 de diciembre de 2019)

Tras las elecciones generales del 15 junio de 1977 −las primeras después de cuarenta años de dictadura−, el Rey Juan Carlos I asistió a la solemne sesión de apertura de las Cortes, donde dio el primer discurso de la Corona ante los representantes elegidos por el pueblo español. Los diputados se reunían por primera vez y estaban ansiosos por escuchar al monarca y sus propuestas políticas. Juan Carlos partió del reconocimiento de que en el Congreso de los Diputados residía la soberanía nacional, e hizo un llamamiento a la colaboración de todos en la empresa colectiva de “conseguir la convivencia democrática de los españoles”. Además, se refirió a la elaboración de una Constitución que diera respuesta a las aspiraciones de autonomía de las regiones de España y al cumplimiento de los derechos humanos pisoteados durante cuarenta años de franquismo.
En general, el discurso fue bien recibido por los diputados electos. Eran, sin embargo, los años en que el PSOE mantenía todavía serias reticencias, aunque solo fueran formales, ante la monarquía. Y esa resistencia a asumir el papel del rey en el nuevo sistema político llevó a que algunos de los dirigentes del partido, los todavía marxistas como Guerra, decidieran no aplaudir el discurso del monarca. Por el contrario, Felipe González, puesto en pie en su escaño y erigido ya en jefe de la oposición contra la UCD de Adolfo Suárez, sí lo hizo.
Parece mentira las vueltas que da la vida, pero hubo un tiempo en que Alfonso Guerra era el azote de la derecha, la lengua más afilada y sarcástica del arco parlamentario español. Todos le temían y aún se recuerdan sus chascarrillos sobre señoritos andaluces y sus revolucionarios e irónicos alegatos contra franquistas y borbónicos. Aún se escuchan aquellas gracietas de campaña electoral que las masas le reían a mandíbula batiente mientras lo calentaban con aquello de “Alfonso dales caña” y también aquellas filípicas contra Suárez, a quien en una ocasión llegó a llamar “tahúr del Mississipi con su chaleco y su reloj”. ¡Cuánta guerra nos dio Guerra!
El número dos del PSOE fue el Juan Carlos Monedero de la Transición, aunque nunca llegara a posar con el torso desnudo y la mano abierta en el pecho (más bien sobre la tetilla del corazón). Guerra fue el showman político de aquellos años convulsos, el animador y mamporrero oficial del cachondosocialismo felipista que terminó por enterrar la esperanza de cambio de millones de españoles.
Hoy, cuarenta y dos años después de la histórica sesión de 1977, “Arfonso”, como lo llamaba el jefe Isidoro, no solo es uno de los más fervientes defensores de la monarquía parlamentaria, sino que cierto sector de la derecha patria, e incluso de la ultraderecha, lo consideran todo un referente político. El turbulento camino del “trosko” Guerra desde los principios marxistas más irrenunciables hasta las posiciones más conservadoras y retrógradas que defiende en la actualidad demuestra no solo cuánto ha cambiado en lo personal el gran ideólogo del PSOE, el gran intelectual socialista de la izquierda de aquella época, sino el partido y España misma. Quienes en 1977 se mostraban ferozmente críticos con la monarquía (hasta el punto de no aplaudir los discursos del rey y mostrarse hoscos y ceñudos ante la figura regia) hoy son sus principales valedores. Y esto no solo vale para el PSOE. También para la derecha. No hace falta recordar que a pesar de que cinco de aquellos 16 diputados de la vieja Alianza Popular de Manuel Fraga votaron en contra de la Constitución –otros tres se abstuvieron− hoy el partido heredero, el PP, ha hecho de la Carta Magna un texto sagrado, una especie de Biblia inamovible que no debe ser tocada ni siquiera en una de sus comas.
Guerra ya no es el que era. En realidad ningún superviviente de la Transición lo es. Pero no deja de sorprender la enfervorecida pasión con la que el entonces díscolo socialista republicano defiende hoy los postulados del sucesor en el trono. El que fuera gran defensor de los derechos de los “pobres descamisaos” ha llegado a decir incluso que el 1 de octubre, tras el referéndum de autodeterminación en Cataluña, Felipe VI hizo prácticamente “el mismo discurso” que dio su padre a los españoles, por televisión, durante la noche del 23F. Es evidente que el “pararrayos contra la derecha” (así se definió el mismo Guerra durante un mitin en 1989) se ha quedado oxidado, y ya le parece que la “monarquía española −junto a la sueca, noruega o británica− es mucho más democrática que algunas repúblicas”.  Una sentencia que bien podría haber salido de los labios de Aznar o del mismísimo Santiago Abascal.
A sus 78 años, la lección que podemos aprender de Alfonso Guerra, representante de eso que hoy se ha dado en llamar la “vieja guardia” del PSOE, es que va a ser cierto que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, una hormona política que va perdiendo fuerza con los años. En su caso, la fiebre revolucionaria juvenil ha degenerado en odio acérrimo al sanchismo y en urticaria a cualquier tipo de cambio. Desde luego, no quiere ni oír hablar de reformar la Constitución y en ocasiones apuesta por un Gobierno de concentración con el PP para salvar España. El hombre que dijo aquello de “en el Gobierno, yo estoy de oyente”, quitándose méritos y seguramente con falsa modestia, es el mejor ejemplo de que la vejez nos hace a todos más miedosos y de que aquellos que una vez prometieron a los españoles el paraíso del cielo en la tierra hoy les aconsejan que se conformen con su “infiernillo” de estrecheces y apuros económicos, que no está tan mal. Lo peor de todo es que Guerra ha creado escuela y algunos jóvenes políticos de hoy, los que llegaban para transformar España radicalmente, han iniciado ya su misma evolución personal e ideológica. O sea, que se les ve venir a la legua.

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