jueves, 12 de diciembre de 2019

EL IBEX QUIERE A VOX

(Publicado en Diario16 el 28 de noviembre de 2019)

La patronal cree que es mejor que España vaya a unas terceras elecciones antes que asumir un Gobierno de izquierdas del PSOE con Unidas Podemos y Pablo Iglesias de vicepresidente. En realidad lo que desean los empresarios es una gran coalición PSOE-PP tan imposible como inviable, ya que eso sería el final de la socialdemocracia española. Lo malo es que en ese mismo pack socialista/popular que pretende la patronal también va Vox con su lenguaje cuartelero, su pasión guerracivilista y sus nefastas políticas antidemocráticas que pretenden devolvernos al 36. Nada de eso parece preocupar a las gentes del dinero. Hasta cierto punto es normal que el poder financiero no le haga ascos a la extrema derecha. Ya se preguntaba Bertolt Brecht en su tiempo de qué servía “decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina”. El gran capital y el totalitarismo suelen ir de la mano. Franco no hubiese llegado al poder sin March ni Hitler sin Thyssen.
En realidad, la crisis de 2008 no fue más que eso: el golpe de Estado económico de una oligarquía financiera; la reforma constitucional de tapadillo para imponer el modelo liberal totalitario y salvaje de Bruselas donde el más fuerte sobrevive y el más débil perece; darwinismo puro y duro. El fascismo económico que estamos viviendo y sufriendo en nuestras carnes desde entonces es el que ha echado de sus casas a los desahuciados de los bancos; el que ha generado desesperados suicidas que se arrojan por las ventanas cuando ya no soportan una vida sin futuro; el de la jornada laboral de sol a sol sin contrato y por un salario miserable. La tiranía de la “fasciocracia”, ese original invento de la ultraderecha de nuevo cuño que ha caído en la cuenta de que ya no es necesaria la guerra y el holocausto racial para instaurar un imperio de mil años puesto que el mundo se gobierna mejor desde dentro del sistema, usurpando las instituciones de las democracias liberales.
De ahí que Ortega Smith, tras ser reprobado por el Ayuntamiento de Madrid, diga que le importa “un bledo” el castigo del “consenso progre”. En el fondo lo dice porque sabe que la democracia no puede hacerle ningún daño con su batería de fútiles reprobaciones y sus palabras nobles y humanistas pasadas de moda; lo dice porque se siente amparado, protegido. Porque sabe que detrás de él están los tanques, que ya no es aquella vieja chatarra con la que Franco ganó la batalla del Ebro, sino un Ejército mucho más moderno, ágil y eficaz: una infantería fiel de hombres trajeados que le votan en las altas esferas y que pueden arruinar la economía española con un click de su ratón; una caballería de banqueros y empresarios que invierten en la propaganda del partido; y una flota de multinacionales capaz de hundir la Bolsa a cañonazos de rumores especulativos y opas hostiles en cuanto a Iglesias se le ocurra pedir la derogación de la reforma laboral y la autodeterminación de Cataluña. Todo el tinglado de la democracia le pertenece ya a Ortega Smith y a su jefe, el Caudillo Abascal, mientras al alcalde Martínez-Almeida solo le queda mirar desde abajo, desde su pequeñez moral y su cobardía política, a los nuevos dueños y señores del cortijo español.
El PP, instalado en el bloqueo permanente, ha decidido seguir el camino del suicida Albert Rivera, que antes de abstenerse para que Sánchez pudiera gobernar prefirió inmolarse atragantado con el veneno del no es no. Por lo visto Casado también quiere beber esa cicuta de la negatividad contra el sanchismo y, al igual que la patronal, prefiere unas terceras elecciones. Sus asesores no le han debido advertir todavía de que ir de nuevo a las urnas entraña un riesgo mortal: el que supone que Vox termine merendándose al Partido Popular, como ya ha hecho con Ciudadanos, y quede como principal partido de la derecha española. Aunque bien mirado, y escuchando las cosas que dice Aznar, quizá sea eso precisamente lo que va buscando la “derechita cobarde”: dejar las puertas de Génova abiertas de par en par y entregarse al macho y duro para que termine poseyéndola salvajemente y sin remedio.

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