domingo, 28 de abril de 2013

DALÍ

Acaba de inaugurar el Reina Sofía una muestra excelente sobre Salvador Dalí. La exposición no podía llegar en mejor momento, precisamente ahora que todo el país vive sumido en un increíble revival surrealista. Me explico. Cuando Cospedal dice que los votantes del PP prefieren dejar de comer antes que dejar de pagar la hipoteca, eso es surrealismo. Cuando Arias Cañete trata de convencernos de que cada día se ducha con agua fría para ahorrar energía, estamos otra vez ante el surrealismo, además de una vuelta a la España de posguerra. Y cuando la delegada del Gobierno en Cataluña asegura que es importante que haya ricos y pijos porque consumen mucho y así saldremos de la crisis que nos ahoga eso es, sin duda, surrealismo en estado puro. Queda claro que la influencia de Dalí en nuestros políticos ha sido enorme, aunque ni ellos mismos se den cuenta, y hoy por hoy todo es surrealismo, pesadilla, desvarío onírico. Los historiadores del arte dicen que en la posmodernidad el surrealismo ha muerto, pero eso no es cierto, porque está más vivo que nunca. Se cuenta que Dalí acudió a una entrevista televisiva con un rinoceronte a cuestas para sentarse encima de él. El Rey Juan Carlos no caza rinocerontes, pero sí elefantes, y por un elefante ha arruinado su reino, mi reino por un elefante. De una forma o de otra, la debacle actual de la Casa Real tiene mucho que ver con el surrealismo, ya que lo que no pudieron hacer los tanques conjurados y fieros del 23F (o sea, derribar la monarquía parlamentaria) lo ha hecho un simple jugador de balonmano con pinta de no haber roto un plato, y si eso no es surrealismo crudo que venga Dios y lo vea. 
Dalí se definía como un "anarco-monárquico", lo cual no deja de ser una parida del genial pintor catalán. No hay más que echar un vistazo a su biografía trufada de frikismo para concluir que se pasó la vida chungándose del mundo. Vivió en Francia a cuerpo de rey y cuando llegó la guerra huyó como una rata para ponerse a salvo, dicen quienes le conocieron. Antes que pintor, Dalí fue un fino humorista procaz y provocador que se quedaba con todos con sus bigotes retorcidos y afilados, lo mismo que Martínez Pujalte, que ahora se ha operado el mostacho para limarse un poco su arista facha (aunque ya no cuela).
Opino con Orwell que Dalí era tan buen artista como irritante ser humano. Los genios son aberraciones de la naturaleza, seres monstruosos incomprendidos, engendros únicos de una época concreta. Dalí fue el subconsciente del siglo XX y su chorreo de imaginación desbordante es el semen que fertiliza el todavía más convulso siglo XXI. Freud, Einstein y Dalí (mente, universo, arte) son la santísima trinidad que llegó para socavar los cimientos del pensamiento humano, unos cimientos que se habían mantenido firmes durante dos mil años. Después de ellos nada es lo mismo y solo queda el absurdo, el vacío, la nada. Nuestra existencia no es más que el producto del inconsciente reprimido; el mundo es tan mágico que un gato puede estar vivo y muerto a la vez; y el arte se convierte también en una broma pesada. Después de Dalí todo es surrealismo y nada más que surrealismo, la vida es sueño inconexo, un mundo de insectos gigantes que nos devoran cada día y de relojes que se derriten como el queso fundido, dejándonos sin ideologías, sin valores, sin el propio tiempo. Surrealismo es dar dinero a los bancos para que nos echen de nuestras casas, votar a políticos corruptos para que nos roben la cartera, sacrificar a seis millones de parados para salvar unas cuantas cifras macroeconómicas que solo entienden los economistas (ay, los economistas, otro día hablaremos de ellos). Dalí fue franquista y trotskista, ateo y católico, ácrata y monárquico, revolucionario y amante del dinero, loco y cuerdo a la vez. Surrealista y provocador, en fin, como cualquiera de los políticos que nos gobiernan.        

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