lunes, 15 de abril de 2013

EL ESCRACHE (SEGUNDA PARTE)

Imagínese el lector de este blog que en plena Revolución Francesa, cuando los desarrapados estaban trepando por la Bastilla, el primer ministro del Rey Luis saliera al balcón y dijera: "La violencia no está justificada, señores; hala, vuelvan ustedes a sus casas y sigan muriéndose de hambre". Pues eso es lo que nuestro Gobierno quiere que hagamos, que nos metamos en casa a ver el Sálvame de Luxe. Ya dijimos ayer que Rajoy, Cospedal y los otros borreguillos del gabinete se confunden al seguir insistiendo en que los escraches son kale borroka, algarada callejera inadmisible, nazismo, como ellos dicen. Pero es que el gran error de bulto está en que no quieren ver que esta movida es consecuencia de un proceso materialista histórico, y no nos pongamos demasiado marxistas que luego nos apuntan en la lista negra de prefusilados. El escrache, el descontento de la gente, las protestas cívicas que hasta ahora son pacíficas, no son más que la reacción lógica ante la acción de un Poder político oxidado, como diría aquella envidiosa presentadora de televisión. El escrache es el último recurso que le queda a un pueblo que grita de hambre pero no le escuchan, la última bala de una pistola que le han puesto en la sien para que siga jugando a la ruleta rusa de su futuro, la legítima defensa ante los vampiros merkelianos que vienen a chuparle las ilusiones de una vida justa, digna, mejor. Hasta a Montoro se le está poniendo ya una cara de Nosferatu que tira para atrás. El pueblo que pide pan y no se lo dan termina alimentándose de odio. 
No veo yo el nazismo y la violencia sangrienta de los escraches por ningún lado, sino más bien a un grupo de personas sin futuro, hundidas, hasta los huevos, ya lo avisó Leo Bassi. Se visten con disfraces variopintos, hacen sonar sus cacerolas indignadas y todo lo más sueltan un Rajoy cabrón trabaja de peón. No hay nada delictivo en ello, forma parte del derecho a la libertad de expresión legítima y constitucional. Si los políticos que nos gobiernan no quieren oír la verdad sobre las barbaridades que están haciendo, mejor que se vayan a sus casas y dejen su lugar al ciudadano, que ya está bien. 
Todas las encuestas hablan de un desmoronamiento del sistema. Organizaciones como las plataformas de afectados por las hipotecas, el 15M y Cáritas emergen y ganan terreno mientras que se hunden los partidos políticos, los sindicatos y la Monarquía. Ante esta tragedia solo caben dos opciones: o darle la voz al pueblo de una vez por todas o gobernar a golpe de antidisturbio, patadón al ciudadano y a otra cosa, o sea, como hace Pepe, ese central tuercebotas. Es fundamental reinventar la democracia, dejar que la voz fresca del ciudadano retumbe en las paredes rancias del Congreso. El nazismo al que se refiere Cospedal no está en la pobre gente aplastada por los recortes sino en los recortes mismos, en una política neoliberal antropófaga y ciega que trata a las personas como simples factores económicos. El nazismo es este régimen económico corrupto y totalitario que nos ha caído en desgracia. ¿Qué puede hacer un ciudadano al que despojan de su trabajo, de la sanidad, de la educación que tanta sangre sudor y lágrimas le ha costado conquistar? ¿Qué diferencia hay entre este capitalismo thatcheriano y el comunismo bolchevique? Ambos sistemas despojan al ser humano de su identidad, lo trituran y lo reducen a material tan desechable como esa carne de caballo clandestina que sirven en algunos restaurantes. Después del hundimiento del marxismo y el cristianismo asistimos al hundimiento de la tercera ideología que ha gobernado el mundo durante siglos: el capitalismo. Esto es una crisis económica, política y moral que exige cambios profundos y urgentes. El antiguo régimen se ha quedado viejo de vicios, de corrupción, de mentiras. Los aristócratas de la falsa democracia siguen brindando con champán versallesco mientras la gente se suicida porque le arrebatan la casa. Si no reaccionan irán a la guillotina, eso es seguro. Están tan ciegos, tan faltos de humanismo, que aún pondrán el cuello en la madera justa y se preguntarán: ¿pero qué hemos hecho mal? ¿por qué nos odian tanto?          

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