jueves, 18 de abril de 2013

HOMELAND

Nunca veo series. Las americanas suelen repetirse en temas y personajes y las españolas simplemente dan pena por poco realistas y poco creíbles. Sin embargo, tengo que confesar que una serie me ha atrapado últimamente. Por si usted no la ha visto, le cuento. Se trata de Homeland, la historia de Nicholas Brody (Damian Lewis) un marine estadounidense que ha permanecido secuestrado durante ocho años en lrak y que regresa a casa con el coco comido por los torturadores de Al Qaeda. Carrie Mathison (Claire Danes) es una agente de la CIA que ha llenado la casa de la familia Brody de microcámaras con el fin de espiarlo día y noche, ya que está convencida de que el soldado, llevado por un extraño síndrome de Estocolmo, prepara un gran atentado en suelo americano. Dicen que Obama está enganchado a la serie y no nos extraña. Viendo Homeland, el presidente de USA quizás se entere de cosas de las que no le informan sus fieles secretarios y asesores; quizás se dé cuenta de que la guerra sucia contra el terror es una guerra perdida de antemano; de que el sueño americano se ha convertido en una pesadilla real. Homeland destripa con la minuciosidad de un cirujano las ilegalidades y abusos cometidos por la CIA, el estado de alarma permanente de la sociedad americana, la paranoia colectiva que se ha apoderado de la gente que vive en yanquilandia. Sobrecoge ver la cara de morbo de la agente Mathison mientras contempla en un televisor conectado a una de sus cámaras ocultas cómo Brody convierte a su esposa en poco menos que una esclava sexual. Impresiona ver cómo ese marine trastornado por las torturas islamistas se levanta al alba, mientras su mujer y sus hijos duermen, para hincarse de rodillas y rezar el Corán, con un fervor enloquecido, en la oscuridad de su garaje. Estremece ver cómo los gerifaltes inhumanos de la CIA dejan abandonada a su suerte a una prostituta de lujo infiltrada en la célula terrorista, una chica manipulada con falsos ideales patrióticos que acaba siendo eliminada por los árabes. Y por debajo de todo ello, como un sustrato podrido, las cloacas malolientes del Estado, el drama personal de unos personajes que se odian a sí mismos, la soledad negra de una agente de la CIA en tratamiento psiquiátrico, la insatisfacción emocional de una esposa adúltera, el trauma de una generación de niños hambrientos de amor, la fabricación de un héroe tan falso como frágil, 
En Homeland está todo lo que está pasando en América y por ende en el mundo desde que comenzó el siglo XXI. El 11-S, la manipulación de la opinión pública, los recortes de las libertades en favor de una supuesta mayor seguridad, la guerra inútil de Irak, la muerte de civiles inocentes y soldados engañados, la espiral de barbarie, el terror global. En Homeland podemos encontrar una primera explicación, siquiera aproximada, a los últimos atentados de la maratón de Boston. La idea terrorífica de que un chiflado con una mochila bomba puede hacer el daño que quiera, donde quiera y cuando quiera. La idea de que por muchos agentes dobles, espías infiltrados, aparatitos digitales de última generación, armas ultrasofisticadas y millones de dólares que se destinen a la seguridad nacional será imposible acabar con zumbadillos dispuestos a matar y a dejarse matar como martirio de su dios. La idea, en fin, de que el mundo, tal como está concebido en la actualidad, camina hacia una senda cada vez más oscura, dramática, dolorosa. Irán, Irak, Afganistán, Corea, Palestina. Agujeros negros que pueden despertar un día como tormentas de odio para engullirnos a todos. La civilización humana dirigiéndose hacia el desastre y Cospedal soltando una parida tras otra. Un mundo extraño.   

Imagen: lafashionistv  

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