domingo, 5 de julio de 2020

LAS MASAS OBRERAS


(Publicado en Diario16 el 5 de julio de 2020)

Santiago Abascal quiere crear un sindicato vertical de extrema derecha, tal como ya hizo Franco durante la dictadura. Así lo ha dejado caer el político bilbaíno en un acto electoral ante los agricultores gallegos, donde ha anunciado que su organización “protegerá a los trabajadores” frente al comunismo. También ha dicho que su sindicato se situará “en contra de los intereses de los poderosos”, una retórica demagógica que recuerda bastante a aquellas siniestras canciones que se entonaban en las marchas fascistas de los años 30.
Abascal está pisando el acelerador en la campaña a las gallegas en su desesperado intento por captar a la masa obrera. Es perfectamente consciente de que, aunque su proyecto está hecho por y para las minorías elitistas, para la nobleza y el gran capital, necesita lanzar el falso mensaje de que la extrema derecha es la única que puede defender los intereses del proletariado y de las clases más desfavorecidas. El camino hacia el poder pasa necesariamente por cautivar al pueblo llano. En democracia ningún partido extremista puede escalar posiciones hablando solo para los poderes fácticos, para la aristocracia política y financiera y para los grupos de presión (véase el clero, el Ejército o las fuerzas policiales). Se necesita músculo humano de verdad, masa social, el ejército popular siempre dispuesto a escuchar los cánticos de sirena del salvapatrias del momento. Es el mismo truco que ya emplearon los totalitarismos fascistas en el siglo XX. Hitler y Mussolini no conquistaron el poder por la fuerza ni por asalto de los palacios y cancillerías. Lo hicieron desde abajo, a pie de urna en los colegios electorales, en las oscuras cervecerías de Baviera y en los yermos campos de la Italia paupérrima y oprimida, tal como lo cuenta Bertolucci en su prodigiosa Novecento, una película que es preciso ver una y otra ver para extraer conclusiones definitivas sobre el auge del fascismo. Fue allí, en las calles, en las plazas, en las plantaciones y fábricas, en el infierno de la clase trabajadora, en fin, donde triunfó el fascismo de forma inapelable.
En los últimos años los sindicatos españoles han perdido buena parte de su credibilidad y su fuerza. Han coqueteado con el neoliberalismo, no se mostraron fuertes y contundentes cuando Mariano Rajoy aprobó su infame reforma laboral, que hubiese merecido una huelga general permanente y sin condiciones hasta su derogación total. Y conviene no olvidar que no pocos líderes sindicales cayeron trágicamente en la dolce vita y en el fango de la corrupción. Hoy la mala prensa de la que gozan las organizaciones sindicales españolas −en parte por los propios errores de tantos años de felipismo y en parte por la leyenda negra y la falsa propaganda distribuida por las derechas que ha terminado de calar en la sufrida y resignada clase trabajadora− puede ser el caldo de cultivo perfecto para que arraigue ese proyecto de Abascal para formar un sindicato de extrema derecha. Nadie que se considere un auténtico demócrata puede tolerar la corrupción en los sindicatos, como tampoco puede admitirla en los partidos políticos, en la Administración de Justicia o en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, por ejemplo. Pero de ahí a generalizar y considerar a los sindicatos, a todos los sindicatos y todos los sindicalistas sin excepción, como una cueva de ladrones, sin excepción, hay un mundo. La criminalización de Comisiones Obreras y UGT es un maquiavélico e injusto ejercicio de denigración, una burda campaña de desprestigio que solo tiene un objetivo: acabar con las organizaciones sindicales de izquierdas e implantar, a la larga, un nuevo sindicato vertical sumiso con los intereses de la extrema derecha, el caciquismo y las élites económicas.
Hoy la historia se repite. Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Le Pen en Francia y Abascal en España, entre otros profetas del nuevo orden populista mundial, saben que el futuro del huevo de la serpiente depende de los parias de la famélica legión abandonados a su suerte por la democracia, estafados por los sindicatos de clase, condenados al gueto, al paro, a la enfermedad de la pandemia y a los pírricos 400 euros de la ayuda estatal, una limosna que ni exprimiéndose al máximo alcanza para mantener a una familia, aunque menos da una piedra. Tras décadas de división y luchas internas que la habían desangrado, la izquierda española ha entendido finalmente cuál es la gravedad de la situación y se ha rearmado bien. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se han abrazado por necesidad al palo mayor de la unidad, aunque quizá ya sea demasiado tarde. Se perdieron unos meses preciosos en aquellas trifulcas veraniegas entre PSOE y Unidas Podemos. El fruto de todo eso ya se sabe cuál fue: 52 furibundos ultraderechistas en el Congreso de los Diputados. La izquierda parece haber aprendido la lección pero cabe plantearse si la democracia española, incapaz durante décadas de resolver la situación de más de nueve millones de pobres pobrísimos, no estará ya herida de muerte mientras el fragor de las botas del sindicato vertical empieza a escucharse al final de la calle. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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