martes, 8 de septiembre de 2020

EL GRAN BLOQUEADOR

(Publicado en Diario16 el 3 de septiembre de 2020)

Pablo Casado ha ido a la Moncloa a hacerle un corte de mangas con pedorreta a Pedro Sánchez. En realidad el desprecio se lo ha hecho no al presidente del Gobierno sino a los españoles, que necesitan unos nuevos Presupuestos Generales del Estado como agua de mayo para empezar la ardua tarea de reconstrucción del país. España vive el drama nacional de la pandemia y otro no menos grave y trascendental, el de un líder de la oposición que sigue instalado en una política de guardería que le lleva a encerrarse en un rincón del recreo, como un niño con babero enfurruñado y agarrado a su cuadernillo aznarista, en el que no deja de escribir, renglón a renglón y más de cien veces, la misma oración: “Pablo Iglesias no, fuera, caca”.

Del político inmaduro y quejicón Casado ya no puede esperarse nada bueno, ni noble, ni altruista. El problema es que dentro de unos días el Gobierno de España tendrá que presentar sus cuentas en Bruselas, los temidos exámenes de septiembre, y todo hace prever que a la tutora doña Ursula von der Leyen y a los catedráticos jerarcas del Banco Central Europeo no les va a hacer ni pizca de gracia que nuestro país salga a la pizarra a defender unos Presupuestos sin consenso. Habría que ver las pálidas caras de los vejestorios supremacistas holandeses y belgas con monóculo y chaleco cuando reciban el dosier español emborronado por Casado. Habrá que escucharlos murmurar entre ellos y plantearse si esa extraña raza del sur mediterráneo siempre en guerra consigo misma merece que la Europa rica haga un esfuerzo (nada común en el mundo protestante) y done alegremente los 140.000 millones del Plan Marshall para la reconstrucción tras la pandemia. ¿Irresponsabilidad, torpeza, ceguera política del principal líder de la oposición? Más bien habría que diagnosticarlo como un caso claro de cainismo y sectarismo incurable.

El riesgo que corre el país de que se ralenticen las ayudas europeas es grande y habrá que apuntarlo en el debe de Casado, que ni siquiera se ha dignado a sentarse a negociar con Sánchez. Por lo visto, el único tema que le interesa es sacar a Iglesias del Gobierno. La sanidad y la epidemia le importan más bien poco; la transición ecológica de la economía mucho menos; y la reforma fiscal y las ayudas a las empresas y al desempleo casi mejor para otro día. Todo eso son cosas de rojos, un programa que ni siquiera contempla subvenciones al mundo taurino, a la Fundación Franco y a la televisión de los obispos. El presidente del PP no ha tenido en cuenta ni las llamadas desesperadas a la negociación y el consenso de los grandes empresarios del Íbex35 y ha llegado a insinuar que la renovación del Defensor del Pueblo, de los altos cargos del Poder Judicial y de TVE son asuntos menores que no interesan a los españoles, así que para qué gastar cinco minutos de su precioso tiempo.

Es evidente que Casado llegó a la reunión con Sánchez con el “no a todo” por delante y en lugar de asumir su papel de invitado fue él quien le dio un portazo al anfitrión. Una vez más, el estilo, los modales y las ínfulas del señorito con ademanes de marqués que piensa que el cortijo de la Moncloa le pertenece, aunque lo esté disfrutando un rato la familia del guardés. Así las cosas, se explica el enfado monumental del Gobierno. María Jesús Montero calificó la mañana de “decepcionante” y aseguró que “el señor Casado ha dado la espalda al diálogo”. Es cierto eso que dice la ministra de que cuando parecía que el líder popular pretendía dar un giro al centro político, tras despedir a Cayetana Álvarez de Toledo −su portavoz parlamentaria más ultra−, al final ha girado “sobre sí mismo”. “Mantiene la actitud obstruccionista que lleva manteniendo desde el inicio de la legislatura”, ha criticado con dureza.

Cada día que pasa parece más evidente que Casado sueña con una España azul, uniforme, monolítica, un país donde no cabe nadie que piense distinto a lo que ordena su férreo ideario ultraconservador. Casado quiere construir su media España sobre la otra media, la ilegítima, la condenada el exilio perpetuo del poder, la roja. Esa concepción basada en el guerracivilismo, la limpieza ideológica y el intento de deslegitimar a la izquierda hunde sus raíces en lo más profundo y oscuro del Antiguo Régimen y revela un comportamiento claramente antidemocrático. De ahí que, a día de hoy, más que necesitar un golpe de suerte que saque al PP del pozo en el que se encuentra y lo lleve a la Moncloa, Casado precisa más bien de un diván, un doctor Freud (o un Núñez Feijóo) experto en cuestiones políticas que le resuelva los tics autoritarios y le interprete esos sueños, esas pesadillas delirantes que sufre a menudo con Pablo Iglesias. Alguien que le diga que lo primero es lo primero, o sea el bien del país, y que salga de esa obsesión machacona antipodemita que le tiene sorbido el seso. Una buena terapia sería repasar las memorias de Churchill, en concreto aquel momento en el que el premier británico reconocía que si Hitler invadía el infierno él se aliaría con el Diablo. El demonio era Stalin y así fue como se ganó la guerra.

En definitiva, el asunto de este Casado encerrado en sí mismo y algo desnortado empieza a ser preocupante, ya que hablamos del candidato a gobernar España algún día. Un hombre que se acuesta cada noche obsesionado con un señor con coleta y tridente no está para gobernar ni para ver con claridad cuáles son los problemas reales y más acuciantes del país. Su frase más demoledora tras la frustrada y frustrante reunión en Moncloa de ayer es que a él no le presiona nadie, que jamás aceptará un trágala con los Presupuestos y que “la pelota está en el tejado” de Sánchez. Como si una pandemia terrible como la que está sufriendo el pueblo español fuese un partido de tenis. Lamentable.

Viñeta: Pedro Parrilla

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