sábado, 3 de abril de 2021

LOS PIRATAS DE LAS BATAS BLANCAS

(Publicado en Diario16 el 26 de marzo de 2021)

La campaña de vacunación corre serio riesgo de descarrrilar por culpa de los piratas de las batas blancas. La Unión Europea ya no se fía de la farmacéutica anglosueca AstraZeneca, que escondía 29 millones de dosis de su vacuna contra el coronavirus en un sórdido almacén cerca de Roma, donde la Policía italiana irrumpió dando una patada en la puerta. Desde que los científicos anunciaron el hallazgo del nuevo tratamiento, esta empresa que no es ninguna hermandad farmacéutica sino un sindicato para la especulación se ha dedicado a jugar con el dolor y la muerte de millones de seres humanos en todo el planeta. Han engañado, han ocultado información, han desviado grandes cargamentos con el preciado medicamento a países ricos que pagan más y mejor. En definitiva, han practicado el pillaje y el bandolerismo sanitario a manos llenas.

El pasado año, la multinacional firmó un contrato para la distribución de 300 millones de dosis entre los veintisiete países de la UE, pero el acuerdo, a día de hoy, aún está en el aire porque los trileros de AstraZeneca juegan a la trampa permamente. La redada ocurrida en Roma pone en evidencia la crisis de un sistema, el capitalismo radical, que no solo es incapaz de dotar de cobertura sanitaria a los europeos, sino que trafica impunemente con la enfermedad y con nuestras vidas. Algunos países como Noruega valoran romper relaciones con la empresa mientras la Agencia Europea del Medicamento da luz verde a la estafa, cuando lo que habría que hacer es llevar ante la Justicia a todos estos traidores del juramento hipocrático que se refugian en oscuros almacenes portuarios para que los carabineros no encuentren su botín de la vergüenza.

A estas alturas ya sabemos que la dosis de AstraZeneca conlleva un gravísimo efecto secundario: la codicia. Y por ahí no deberíamos pasar. Es preferible esperar a la honrada vacuna española, la del CSIC, que seguir en trato comercial con los piratas de las farmacéuticas. Nos están estafando, están jugando con nuestra salud, nos están matando lentamente. Están haciendo buena aquella sentencia genial de Jardiel Poncela, que creía que la medicina era el arte de acompañar al sepulcro con palabras griegas. La vacuna debería ser para el que se la trabaja con sus impuestos sanitarios, o sea la gente, el pueblo, pero nos han convertido en simples ratones o cobayas en manos de los contables y los hombres con monóculo. Arriba enfermos de la Tierra, en pie neumónica legión.

Vamos camino de un nuevo desorden mundial apocalíptico y pospandémico tras la destrucción de los nobles valores humanistas y el atontamiento de la razón a fuerza de nano-robots, aparatitos electrónicos y redes sociales que siembran la Tierra de odio, ignorancia y estulticia. Poco a poco se va haciendo realidad el universo negro y distópico que predijo Philip K. Dick en sus clarividentes novelas de ciencia ficción: corporaciones privadas que sustituyen al decadente Estado de Bienestar; ciudades monstruosas, hacinadas, sucias y abandonadas donde se impone la ley del más fuerte bajo la faraónica pantalla de neón; ratoneras humanas convertidas en guetos; lujosas urbanizaciones para ricos y chabolismo vertical para pobres; salud para sanos y peste para enfermos. AstraZeneca es como aquella siniestra Tyrell Corporation de Blade Runner, una inmensa fábrica de la genética donde se trafica impunemente con tejidos humanos, corazones, cerebros, ojos, y donde todo se vende al mejor postor.

El inquietante futuro se está viendo venir. Aquí no se trata de salvar a la población con una política sanitaria digna, justa e igualitaria que llegue a todos por igual, sino de cerrar negocios con la vida y con la muerte, como hacen los bucaneros de la jeringuilla de AstraZeneca. La globalización ha terminado por destruir el Estado de Bienestar sustituyéndolo por el Estado de Lo Privado, donde cualquier cosa es posible, desde que una farmacéutica ponga de rodillas a media Europa hasta que hagan encallar un barco gigantesco en el Canal de Suez para bloquear la economía planetaria y disparar el precio del petróleo. Hemos pasado de la economía de la producción a la economía de la estafa, un paso más en el estadio evolutivo del mono desnudo. La política se ha convertido en un circo; los ideales son cosa del pasado; y la democracia es puro espectáculo en el que proliferan charlatanes de feria como Toni Cantó, que con su carromato atestado de chaquetas, disfraces y cachivaches para el teatro chinesco del transguismo va haciendo su propia tournée por toda España.

Las mentes enloquecidas y depravadas del nuevo desorden mundial no descansan nunca, siempre maquinan algún chanchullo nuevo para ganar más dinero, ya sea un chantaje médico con algo tan sagrado como una vacuna, el supuesto accidente de un carguero que va a arruinar nuestros raquíticos bolsillos o la caja B de un partido político. La contabilidad en negro del PP es otro relato delirante y distópico que no hay por dónde cogerlo. Todo el país está viendo en directo y en prime time que allí se pillaba, que se repartían sobres marrones como chocolatinas, pero la verdad, una vez más, se retuerce y se nubla hasta ser anulada. “A mí el señor Bárcenas no me ha dado dinero nunca”, dijo ayer Rodrigo Rato, antaño amo del mundo, hoy ilustre expresidiario. Y su palabra es la ley.

Nos hemos acostumbrado a la atrocidad humana hasta volvernos insensibles y ya ni siquiera nos rebelamos contra ella, nos dice José Antonio Marina, una de nuestras mentes privilegiadas que estos días publica libro. Su Biografía de la inhumanidad es un repaso por las grandes barbaries y crueldades a lo largo de la historia y cómo las hemos ido aceptando como una especie de destino fatal e implacable. En esa lista negra de grandes iniquidades habrá que incluir, sin duda, las trapacerías de los butroneros con probeta de AstraZeneca, un nombre que a partir de ahora nos acompañará siempre –como la mascarilla, la distancia social y el confinamiento–, y que no podremos olvidar jamás.

Viñeta: Pedro Parrilla

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