viernes, 18 de febrero de 2022

EL ENDRIAGO

(Publicado en Diario16 el 16 de febrero de 2022)

Tras el vendaval en las elecciones de Castilla y León, un debate trascendental ocupa las portadas de los periódicos y las tertulias en la vida pública española: la necesidad o no de colocarle un cordón sanitario a la extrema derecha de Vox, tal como ocurre en otros países europeos. Tanto PSOE como PP, los dos puntales del bipartidismo, saben que el país tiene un serio problema con los ultras y las mentes pensantes de Ferraz y Génova se devanan los sesos estos días para dar con la mejor fórmula para tratar con un monstruo que ha venido a verles. El engendro sigue creciendo de forma imparable elección tras elección –los últimos comicios en CyL han sido una auténtica explosión de facherío al pasar Vox de uno a 13 procuradores– y han saltado todas las alarmas en los dos grandes cuarteles del Régimen del 78.

Pero veamos cómo ambos partidos, PP y PSOE, enfocan el problema del auge del nuevo populismo ultraderechista una vez que la serpiente ha salido del cascarón y amenaza con morder a diestro y siniestro con sus incipientes dientecillos. Obviamente, tener que sufrir a un competidor por la derecha es una amenaza constante para el PP solo comparable a la que Putin siente con Ucrania, ya que poco a poco el partido de Santiago Abascal le va comiendo terreno y masa electoral. Hasta ahora los populares han coqueteado sin pudor con el endriago por pura necesidad electoral. Tras la moción de censura contra Mariano Rajoy motivada por los múltiples casos de corrupción, el partido quedó en franca debilidad y ante el riesgo grave de perder el poder autonómico. Fueron los días en que el edificio de Génova se puso a la venta, tal fue el grado de quiebra técnica al que había llegado el partido. Así, agarrándose al salvavidas de Vox, fue como Pablo Casado consiguió evitar el naufragio, aunque ese flotador le vaya a salir muy caro porque con él va todo el programa ultra. Hoy, por mucho que parezca que el PP está dividido entre quienes desean pactar con Abascal en Castilla y León y los que ponen trabas y reticencias democráticas, conviene tener claro que ese juego se trata de un mero postureo, ya que todo estaba decidido antes de la cita con las urnas (también la liquidación de Ciudadanos) y el reparto de cargos entre populares y voxistas más que apalabrado.

Por tanto, asistimos a un puro juego de mercadotecnia o propaganda: mientras los casadistas advierten de que “existen límites y líneas rojas” a la hora de sentarse a negociar con los ultras porque deben prevalecer unos mínimos principios democráticos a los que nunca se debe renunciar, los duros ayusistas apuestan por firmar ya, cuanto antes, con Vox. En definitiva, es la estrategia del poli bueno y el poli malo, siempre teniendo en cuenta que, tal como decimos, todo está acordado y pactado, no solo en Castilla y León, sino también en Andalucía, donde Juanma Moreno Bonilla gobernará sin duda con el apoyo de los posfranquistas.

Casado es un amoral sin escrúpulos que juega a una ambigüedad calculada. Sabe que necesita a Vox como el aire que respira pero al mismo tiempo debe andarse con pies de plomo en un terreno sumamente delicado, ya que engordar demasiado a la bestia puede costarle un sorpasso y el consiguiente descalabro en las próximas elecciones generales. Eso sería tanto como la desaparición del PP y el advenimiento de Abascal como líder de la oposición. Y en ese falso equilibrio se mueve Casado, que un día es capaz de criticar el “populismo” de la extrema derecha y al siguiente está dispuesto a defender a muerte los pactos de Gobierno autonómico con Vox. Todo lo demás es puro teatro. Mientras parece que Mañueco marca distancias con el monstruo y dice que su partido no dará “un paso atrás en la defensa de la igualdad social, laboral, de oportunidades y entre hombres y mujeres”, Isabel Díaz Ayuso apuesta por firmar ya con los ultras: “Que no nos importe lo que opine la izquierda de nuestros pactos”. Ese es el baile de máscaras en el que se mueve el PP.

Pero si el Partido Popular tiembla con la bomba de relojería que tiene entre sus manos, tampoco en el PSOE duermen tranquilos. Pedro Sánchez sopesa cuál debe ser el discurso oficial sobre el cordón sanitario a la extrema derecha y también se maneja en términos de cálculos partidistas. Si bien es verdad que en público ofrece ayuda al PP para salir del atolladero en el que se ha metido por sus francachelas con los nostálgicos, por otra parte siente tentación de dejar que el PP se consuma en su propia hoguera (a fin de cuentas un Vox cada vez más fuerte es un PP cada vez más débil y esa circunstancia beneficia al PSOE, que también anda en horas bajas en las encuestas). Sin embargo, sería mal negocio que Sánchez entrara en ese peligroso juego maquiavélico, tal como le ha advertido hoy, desde la tribuna de las Cortes, Gabriel Rufián. “Creo que usted tiene dos tentaciones. La primera, que Vox se coma al PP. Lo entiendo y se lo ponen fácil. ¿Para qué? ¿De qué sirve? El lobo siempre morderá también a ustedes. Segunda tentación: dejar pasar la oportunidad de la mesa de negociación [con Cataluña]”.

Que crezca el gran trol de la política española, o sea Vox, nunca puede ser una buena noticia para el PSOE por mucho que ello suponga un desgaste para el PP. Los cantos de sirena del populismo demagógico van calando en las clases obreras, como ya se vio en las pasadas elecciones madrileñas, donde los ultras ganaron en algunos municipios del llamado “cinturón rojo” o feudos tradicionales del socialismo. Vox vive de la rabia contra el sistema y del desencanto en la calle contra unas políticas progresistas demasiado edulcoradas. Todo ello hace mella en el partido fundado por Pablo Iglesias Posse en 1879. Hoy mismo, durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, se ha visto con meridiana claridad que el discurso atrapalotodo de Abascal no solo debe preocupar a la derecha tradicional, sino también, y quizá mucho más, a la izquierda. “Tenemos la sensación de que su Gobierno ha perdido el contacto con la calle y no está en los mercados, barrios y bares. Si estuviera sabría que a la ciudadanía no le preocupa la ciudadanía ética digital, los pasos de cebra de colorines o las matemáticas con perspectivas de género. Lo que le preocupa a la población es el acceso a la vivienda, formar una familia, tener un trabajo estable y poder pagar la factura de la luz y el gas”, ha asegurado el líder voxista poniendo en práctica un discurso elemental que es de primero de manual de retórica fascista, ya que no solo ataca a los “socialcomunistas que empobrecen España”, sino a la esencia misma de la democracia liberal.

Vox no es una buena noticia para nadie. Lo mejor que se puede hacer con ellos es colocarles un cordón sanitario entre todas las fuerzas parlamentarias, y decimos sanitario y no democrático porque se trata de una medida puramente higiénica ante un proyecto que apesta a franquismo. Un Parlamento con cuatro gatos del PP y casi cien furibundos ultraderechistas corroyendo los cimientos del sistema sería una tragedia nacional, por mucho que ese lúbrico sueño seduzca al PSOE. Que tomen buena nota tanto Sánchez como Casado.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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