viernes, 25 de febrero de 2022

LA IZQUIERDA NEORRANCIA

(Publicado en Diario16 el 25 de febrero de 2022)

La izquierda española empieza a dar síntomas de fractura tras estallar la guerra en Ucrania. A lo largo de la historia, siempre fue lo mismo: no importa dónde surja el conflicto bélico, la izquierda se dividirá según los intereses, creencias, matices y fobias de cada facción o familia, contribuyendo a la atomización y a la fragmentación. Es más, dentro de cada fuerza política encontraremos no solo corrientes sino posiciones personales diferentes. Todo ello ha provocado que a menudo el rojerío haya caído en un gallinero ideológico, un galimatías que termina por confundir al electorado, tal como demuestran los elevados índices de abstención en cada cita con las urnas y la propia decadencia de la izquierda, cada vez más superada por las derechas no solo en España sino en toda Europa.

El mundo de hoy ya no es el del siglo XX, pero cierto sector de la izquierda sigue anclado a los viejos tópicos de siempre. El hundimiento de la URSS supuso un shock traumático que dejó seriamente tocados a los partidos comunistas y socialistas de los países occidentales. Desde entonces, están los que siguen al pie de la letra la ortodoxia del manual caducado cuando cayó el Muro de Berlín, allá por 1989, y los que poco a poco han ido evolucionando, adaptándose al mundo globalizado con todas sus contradicciones y atreviéndose a pensar por sí mismos. El espinoso asunto de Cuba, sin ir más lejos, ha dividido a varias generaciones. Desde hace décadas está más que acreditado que el régimen castrista corrupto y represor es indefendible y que los cubanos llevan años soportando el hambre y la miseria. La revolución no fue como la pintaron y en la Isla están hartos de los Castro, pero aquí, al otro lado del charco, en la opulenta Europa con todas las comodidades y abundancias que ofrece una economía de mercado, es fácil seguir con el pin de la hoz y el martillo pegado en la solapa, el póster del Che colgado en la pared y los discos rayados de Silvio Rodríguez en la estantería. Puro postureo demagógico de un grupo, el de los ortodoxos o anticapis (la derechona con mala baba los llama “izquierda caviar”) que siguen fondeados en 1917. Es evidente que ese izquierdismo inmovilista se ha quedado en la mercadotecnia política, en el eslogan y en el cliché del Viva Cuba libre, un grito de guerra que hasta los propios cubanos, hastiados de tanta dictadura y tanta represión, han olvidado ya.

Con la guerra de Irak, la izquierda española supo cerrar filas, estar a la altura y construir un relato sólido y a salvo de incoherencias, lo cual tampoco tenía demasiado mérito. Hasta un ciego podía ver que Sadam Husein no poseía armas de destrucción masiva y que todo fue un engaño del Trío de las Azores, aquellos siniestros señores que nos metieron en una guerra ilegal, ilegítima e inmoral para que los Bush, Dick Cheney, los halcones del Pentágono y los amigotes de Halliburton se forraran con negocios diversos. El “No a la guerra” fue lo mejor que le pasó en muchos años a la izquierda española desnortada, ya que por una vez todas las corrientes, sensibilidades y familias (hasta el PSOE de Zapatero) fueron de la mano aparcando sus diferencias.

Pero llegamos a la guerra de Ucrania y, una vez más, vuelven a surgir las disensiones entre los trotskistas de la vieja guardia y los críticos librepensadores que, siendo de izquierdas como el que más, van más allá de la nomenklatura y el dogma, ven, analizan, reflexionan y sacan consecuencias. Los primeros, seguramente llevados por la nostalgia, ven a Putin como un héroe, un legítimo heredero de la Unión Soviética, un gobernante íntegro con derecho a recuperar por la vía de la fuerza las antiguas repúblicas hoy independientes. En realidad, esa es una idea bastante absurda si tenemos en cuenta que el líder ruso tiene de comunista lo que pueda tener de monja. Putin es lo que es, un gobernante autoritario nacionalpopulista, un burócrata de la KGB desencantado con el comunismo, un tipo que vio en el capitalismo rampante (al igual que Boris Yeltsin) una oportunidad de amasar fortuna. De ahí que últimamente por el Kremlin pululen grandes magnates del gas y del petróleo, capos de la mafia rusa, banqueros y lo peor de cada casa, todos ellos asustados por las sanciones de la comunidad internacional. Gente que se parte la caja cuando oye hablar del comunismo.

Sin embargo, esos ortodoxos, esos supervivientes de la vieja escuela anclados en el pasado, están convencidos de que Putin tiene derecho a invadir el país que le venga en gana y a cualquier hora de la noche solo porque corre el rumor de que la OTAN planea colocar misiles nucleares en Ucrania, algo que está por ver y que en cualquier caso no sería razón suficiente para saltarse a la torera la legalidad vigente, pisotear el Derecho Internacional, entrar en un país a sangre y fuego y bombardear a cientos de inocentes sin compasión. También Hitler tenía razón en la injusticia de las durísimas sanciones contra Alemania tras la Primera Guerra Mundial y no por ello vamos justificar ahora que invadiera media Europa. En cuanto a la “desnazificación” de Ucrania, el argumento que esgrime el líder ruso para meter los tanques hasta Kiev no deja de ser un sarcasmo si tenemos en cuenta que el presidente ucraniano Zelenski es judío. Aquí, si hay un nazi es el espía de Moscú, que va camino de genocida y se codea con los pajarracos de la nueva extrema derecha mundial como Donald Trump, Viktor Orbán y otros. Putin no es más que un delirante que ha terminado creyéndose el zar de todas las Rusias, en plan Nicolás II, y que se ha empeñado en devolver al mundo a los tiempos de los viejos imperios.

Afortunadamente los ingenuos ortodoxos, esos neorrancios de la izquierda que están convencidos de que China sigue siendo el último bastión del comunismo cuando de comunista ya solo tiene la bandera de un rojo desteñido y poco más, empiezan a ser una minoría. Por eso nos congratulamos de que gente como Yolanda Díaz, Alberto Garzón o Ione Belarra hayan condenado el “ataque imperialista” ordenado por Putin. Y también nos reconforta que intelectuales, artistas y gentes del séptimo arte como Javier Bardem se hayan posicionado desde el primer momento en contra de la barbarie putinesca. Nuestro actor oscarizado se plantó ayer ante la embajada rusa para protestar con firmeza contra la brutal agresión a Ucrania. “He venido a título personal a expresar mi condena a este ataque tan absurdo y cruel”. El siempre coherente Bardem ya se destacó en las manifestaciones contra la guerra de Irak y hoy vuelve a estar sin ambages por la paz, como debe ser. Porque no hay guerras buenas ni malas, ni guerras justas o injustas. Solo hay malditas guerras y los canallas que las organizan. Como dijo el gran Anguita.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

No hay comentarios:

Publicar un comentario