sábado, 5 de febrero de 2022

EL TORPE

 

(Publicado en Diario16 el 4 de febrero de 2022)

El mundo va de mal en peor por culpa de dos clases de personas: las malvadas y las incompetentes. Al malvado se le ve venir, una forma aviesa de mirar, un gesto mal encarado, una frase cruel y desalmada que hiela la sangre. Pero el otro grupo de responsables de los males de la humanidad, el del negado, el del tardo, el del torpe, zote o desmañado, es no menos peligroso porque la mayoría de ellos son hábiles a la hora de esconder su ineptitud tras un traje caro, una verborrea aparentemente brillante o un currículum con marco dorado comprado en un mercadillo o bazar de todo a cien.

Lo que ocurrió ayer en el Congreso de los Diputados fue la viva imagen de que ambos clanes nefastos anidan y proliferan en nuestra maltrecha democracia. La conjura de los necios, o sea. El Gobierno de coalición creía tener bien atados los apoyos necesarios para sacar adelante su polémica reforma laboral, pero a última hora emergieron las dos especies de esa fauna salvaje que van apestando la tierra, por decirlo en términos machadianos. PSOE y UPN tenían un pacto secreto que supuestamente garantizaba el “sí” a la reforma. Mediante esa alianza, los socialistas retiraban una reprobación al alcalde de Pamplona, Enrique Maya, por sus despreciables declaraciones contra los menas, mientras los navarros daban su apoyo decisivo a la reforma laboral. De esta manera, los dos diputados de UPN, Sayas y Adanero, votarían afirmativamente al decreto del Gobierno. Ambos declararon públicamente ante la prensa que no habría sorpresas, ya que se limitarían a hacer lo que les decía la cúpula de su partido, es decir, avalar la reforma laboral. Así las cosas, los números daban y ya no serían necesarios los votos de PNV, Esquerra o Bildu, partidos todos ellos reticentes a aprobar el nuevo marco laboral de Yolanda Díaz.

Sin embargo, desde primera hora de la mañana, había runrún en el hemiciclo, algo se estaba moviendo en la Cámara Baja y empezó a correr el rumor de que PP y Vox estaban maniobrando en la sombra para doblegar la voluntad de los dos diputados navarros, convencerlos de que rompieran la disciplina de partido y que votaran en contra del decreto más importante de esta legislatura. Hay quien habla de subrepticias reuniones de café poco antes de la trascendental votación. Las sospechas de tamayazo fueron aumentando a medida que transcurría el debate y el Gobierno empezó a temerse lo peor.

Efectivamente, llegado el momento de votar, los dos representantes de UPN se echaron atrás, rompieron el pacto de Pamplona por su cuenta y riesgo y decantaron la balanza hacia el “no” a la reforma laboral. Cuando Meritxell Batet anunciaba que el decreto quedaba rechazado, sus señorías de la bancada conservadora prorrumpieron en sonoros aplausos y algún que otro gesto de chulería contra el Gobierno y sus diputados. El golpe había triunfado y recordaba mucho al reciente escándalo en la Asamblea Regional de Murcia, donde el PP logró superar una moción de censura in extremis y conservar el poder recurriendo a parecidas conspiraciones y compra de voluntades. Hasta ahí el teatrillo de los malvados.

Pero faltaba el personaje del inepto, del bufón a la manera de Molière, para darle un giro total de guion al esperpento, y ese rol lo iba a interpretar Alberto Casero, un diputado popular que hasta ese momento desempeñaba un papel secundario en la política española, ya que no lo conocía nadie. El hombre había alegado una gastroenteritis para ausentarse del Pleno, así que decidió votar telemáticamente desde su casa de Trujillo (Cáceres). No era necesario poseer un máster por Harvard para cumplir con la función que se le había encomendado: apretar el botón del “no”. Pero se embolicó, se hizo un lío con el ordenador, no supo hacerlo. El muchacho se equivocó de forma lamentable, aunque ahora diga que fue víctima de un error informático, algo imposible teniendo en cuenta la cantidad de controles y filtros de que dispone el sistema cibernético parlamentario. Fue claramente un error humano, una metedura de pata hasta la ingle.

Al comprobar que la había cagado, que la había liado parda en el peor momento –cuando las derechas, las élites financieras, la patronal y los poderes fácticos ya brindaban con champán por la derrota del Gobierno–, Casero intuyó lo que se le venía encima, sintió cómo el riego sanguíneo no le llegaba a la cabeza y tras decir aquello de tierra trágame salió disparado hacia el Congreso para intentar enmendar su desaguisado. Fue como si la gastroenteritis se le curara de repente y sin bicarbonato. Y así, apretando a fondo el acelerador de su coche, quemando neumáticos y suelas de zapatos, echando humo al motor y jugándose una multa de la Guardia Civil, se plantó en Madrid en tiempo récord. Quizá por el camino, en la soledad de la autopista, pensó qué coartada poner para justificar sus necedades, ya que por lo visto esa misma tarde se había equivocado en otras votaciones telemáticas. Un desastre de hombre.

Obviamente, la democracia tiene sus reglamentos y por mucho que el errático diputado Casero aporreara las solemnes puertas de las Cortes, entre los leones Daoíz y Velarde, ya no podía acceder al hemiciclo. Batet sancionaba la aprobación de la reforma laboral y sus señorías del Gobierno lo celebraban por todo lo alto. El incompetente había puesto España patas arriba. Por suerte para todos, no ejerce como alto funcionario ruso o americano al cargo del botón nuclear, ya que de ser así no habría humanos sobre la faz de la Tierra.

Pero el esperpento tenía un último capítulo si cabe aún más surrealista. La rabia y la histeria por tan vergonzante derrota se habían desatado en el PP y también en Vox. En lugar de darle una colleja y un puntapié al torpe, echándolo del partido por la puerta de atrás por ceporro, la dirigencia casadista decidió iniciar una de sus habituales campañas de desprestigio en la que hablan de tongo, pucherazo, cacicada y hasta de golpe de Estado. De modo que al error del fallido Casero se une otro todavía más grueso: el de no saber aceptar el fallo y el fracaso del complot, el de poner en marcha la criminal máquina del fango. Pablo Casado ha atravesado muchas fronteras durante estos años, pero deslegitimar las instituciones, al más puro estilo golpista Trump, sería la última palada de tierra sobre su tumba política.

La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado, dijo Elbert Hubbard. Los sucesos de ayer demuestran que en nuestra clase política medran gentes sin oficio ni beneficio, vividores que pasan el rato en los pasillos del poder sin hacer nada y que no saben ni darle a un simple botón. Si no son capaces de poner la yema del dedo sobre una superficie lisa, ¿cómo van a aprenderse de memoria la Constitución? Con todo, lo que queda de este triste sainete es que no hay vuelta atrás, ya que el reglamento del Congreso es claro y taxativo en la imposibilidad de repetir el trámite. Si los tribunales anularan el proceso sería un auténtico escandalazo, ya que no constan precedentes de errores en una votación que hayan sido corregidos a posteriori en los despachos. Pero las derechas ya amenazan con montar un monstruoso lío político y con llevar el asunto al Constitucional. Tienen carnaza suficiente para otra andanada de crispación, demagogia y juego sucio. Y así es como se degrada, se deslegitima y se destruye una democracia.

Viñeta: Pedro Parrilla

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