sábado, 5 de febrero de 2022

LA INTERNACIONAL FACHA

(Publicado en Diario16 el 4 de febrero de 2022)

Nadie se atreve a decirlo, pero cada día estamos un poco más cerca de la guerra en Europa. Estados Unidos envía tropas a Ucrania, los funcionarios de Kiev se preparan militarmente con lo que tienen y el lenguaje belicista que llega de Moscú no es precisamente tranquilizador. En ese contexto, el pasado fin de semana la extrema derecha mundial celebró su siniestra cumbre internacional en un hotel de la Plaza España de Madrid. Lo que salió de allí no lo sabemos –dieron a la prensa con las puertas en las narices para que nadie se enterara de lo que se cocía en ese submundo neorrancio–, pero a buen seguro que no será nada bueno.

Entre los prebostes autoritarios que acudieron a la cita en la capital de España estuvieron los dos primeros ministros de Hungría y Polonia (Viktor Orbán y Mateusz Morawiecki); la líder francesa Marine Le Pen; Marlene Svazek (Austria); Tom Van Grieken (Bélgica); Krasimir Karakachanov (Bulgaria); Martin Helme (Estonia); Valdemar Tomasevski (Lituania); Rob Roos (Países Bajos); y Aurelian Pavelescu (Rumanía). Y como anfitrión de todos ellos, sacando pecho en calidad de guardián de la gran raza ibérica, el Caudillo de Bilbao, o sea Santiago Abascal. Quién le iba a decir a este hombre, cuando hace dos días estaba al cargo de un apartado chiringuito de Esperanza Aguirre, que iba a codearse con gente tan importante. Claro que Isabel Díaz Ayuso empezó con la cuenta del perro Pecas y miren ustedes hasta dónde ha llegado la diva. Golpes de suerte, destinos caprichosos de la política.

Pero a lo que vamos. Se junta la crème de la crème neofascista global para hablar de sus cosas, para repartirse el mundo como una tarta de nata y para actualizar el Mein Kampf y adaptarlo a los nuevos tiempos que vivimos, y al final de la reunión secretísima resulta que los periodistas tienen que volverse a sus respectivas redacciones sin un mal titular que llevarse a la boca y sin saber si fulanito el austríaco está con Putin o menganito el lituano está con Biden. Queda claro, por tanto, que la Internacional populista es un auténtico acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, tal como dijo Churchill precisamente a propósito de Rusia. Aunque más que acertijo es un revoltijo. Un totum revolutum. Allí cada cual es hijo de su padre y de su madre, defienden lo suyo como buenos autárquicos nacionalistas que son, se miran de reojo con desconfianza y no parece que haya mucha sintonía ni unidad de destino en lo universal. La heterogeneidad y la competitividad entre razas y pueblos marca el movimiento ultraderechista.

En política interior todos siguen unos principios básicos elementales, como el odio al inmigrante, el euroescepticismo, el machirulismo irredento y la predisposición a dar la “batalla cultural” (a dar la brasa habría que decir más bien, que para eso han llegado a las democracias liberales, para montar follón, poner patas arribas parlamentos y ayuntamientos y acabar con el sistema de libertades, véase lo que ha pasado en el asalto al Lorcapitolio). Se supone que además comparten problemáticas comunes y que, si Abascal está a muerte con la España Vaciada, Pavelescu tiene su Rumanía Vaciada de la que también saca granero de votos, o sea la Transilvania profunda, donde solo queda el castillo del Conde Drácula y no se ve un solo rumano en cientos de kilómetros a la redonda. Los fríos Cárpatos deben ser como Castilla y León, solo que sin Pablo Casado dando la turra por los campos solariegos o molestando a las pobres ovejas de las macrogranjas, que tienen que estar hartas de él. Todo esto lo decimos por pura intuición, ya que como informamos al principio de esta columna se cerraron las puertas de la reunión, a cal y canto, y nada más se supo. Aquello debió ser como la reunión del Pacto Ribbentrop-Mólotov, entre Hitler y Stalin, nueve días antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. Máximo secreto, tensión, oscurantismo total. Solo podemos confirmar que Boris Johnson no estuvo, así que se descarta que hubiera sarao, fiesta salvaje u hombres en calzoncillos bebiendo whisky escocés a morro por los pasillos del hotel, como cuando cazaron a un colaborador de Orbán en una orgía gay en el centro de Bruselas. Estos nuevos neofascistas son tan jaraneros y cachondos como aquellos otros del siglo XX.

Sin embargo, aunque parece claro que en cuestiones domésticas hay sintonía entre todos los líderes ultras, en política exterior no se ponen de acuerdo y están profundamente divididos. De la cumbre de Madrid ha salido una difusa declaración conjunta de cara a la galería, con la que se comprometen a actuar solidariamente “ante la amenaza de agresiones externas” y contra “las acciones militares de Rusia que nos han conducido al borde de una guerra”, y poco más. Ahora bien, está más que acreditado que unos son proatlantistas y otros putinescos; unos están con Occidente y otros son nostálgicos de la Unión Soviética. Por ejemplo, el agresivo húngaro Viktor Orbán se mantiene en la órbita de Moscú (el tío tiene toda la cara de Breznev), mientras que al polaco Morawiecki le ha entrado el canguelo con las maniobras rusas en la frontera oriental. Y no es para menos, la historia nos dice que cada vez que Rusia mueve tanques, el barro llega hasta Varsovia. De hecho, el premier polaco ha instado a la OTAN a despertar de su “siesta geopolítica” ante las amenazas del régimen moscovita. En cuanto a Le Pen, siendo una nostálgica del régimen de Vichy, estará esperando a ver quién de los dos es más facha, si Biden o Putin, para ofrecerse como fiel colaboracionista. No se descarta que nietos de los republicanos españoles de La Nueve tengan que empuñar el mosquetón del abuelo para liberar París otra vez.

De modo que, ¿cómo van a actuar los socios ultraderechistas llegado el caso de que la cosa se ponga fea en Ucrania si unos pactan secretamente con unos aliados y otros con otros? El votante tiene derecho a conocer con quién se alinea el partido en el que deposita su confianza, más que nada por saber si va a tener que ir a guerrear a Wisconsin o al Frente Ruso. Pero en ese mundo ultrafriqui cada cual va a la suya, como buenos aislacionistas. Acabarán pegándose tiros entre ellos, en plan Gila. Y si no al tiempo.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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