viernes, 25 de febrero de 2022

FEIJÓO

(Publicado en Diario16 el 24 de febrero de 2022)

Tras la orgía de traiciones y puñaladas contra Pablo Casado –con su posterior resacón depre–, en el PP se abre una puerta al optimismo y la esperanza. La gran familia popular ha puesto toda la fe del mundo en Alberto Núñez Feijóo, el gran mirlo blanco que supuestamente viene para pacificar, regenerar y limpiar el sucio patio de Génova. Históricamente, cuando las cosas vienen mal dadas, las derechas españolas siempre buscan en un gallego salvapatrias con mano de hierro la solución a los males del país. El mito del Caudillo que llega de las frías tierras del norte para poner orden en el gallinero de Madrid está grabado a sangre y fuego, como un fetiche, en el reaccionario mundo conservador ibérico.

En el partido están convencidos de que el padre Feijóo es el hombre; todos creen a pies juntillas que con él en la cátedra la cosa se encauzará. De esta manera, en cuanto el elegido aterrice en Villa y Corte montado en su caballo blanco, con la capa del cruzado al aire y la espada en ristre, las nubes borrascosas de estos días trágicos desaparecerán para siempre, Pedro Sánchez caerá en desgracia otra vez y de nuevo volverá a resplandecer la luz en la España sumida en las tinieblas sanchistas. Y todos volverán a cantar alegres y felices, cara al sol, otra vez.

En las últimas horas, una extraña fiebre parece haberse apoderado de las filas populares. La decapitación política de Casado ha sido un sacrificio necesario, puro canibalismo tribal, una violenta catarsis, y a rey muerto rey puesto, como en las tragedias de Shakespeare. De la noche a la mañana, las bases se convierten a la nueva religión democristiana de Feijóo (mayormente los que tienen un carguete que salvar y no les llega la camisa al cuello). El trumpismo casadista ya es historia, el ayusismo falangizante se aparca hasta ver qué pasa. IDA parece haber dado un paso al lado tras la guerra fratricida y el negro horizonte judicial que se cierne sobre ella, pero se trata tan solo de un repliegue temporal antes de volver a postularse como candidata a la Moncloa, algo que MÁR le ha metido entre ceja y ceja. Ayuso sabe que le toca esperar, por eso jura y perjura que no presentará candidatura alternativa a Feijóo. En realidad estamos ante una tregua trampa de la lideresa, ya que a nadie se le escapa que en un futuro no muy lejano volverá a intentar el asalto al poder total del partido. Tan seguro como que al lado del oso hay un madroño.

Pero de momento se impone un nuevo estilo en el PP, el de un hombre al que todos quieren ver como un profesional de la política, un brillante gestor, un ganador nato que controla y sabe lo que tiene entre manos, no como el principiante Casado, que hacía y deshacía según le daba la venada. Ahora bien, ¿no estaremos ante un espejismo más de los muchos que últimamente sufre la militancia del Partido Popular? Quizá, aunque nadie quiera verlo, el problema endémico del PP no sea de caras ni de liderazgos, sino de ideas, de proyectos, de programas. Hace tiempo que el principal partido conservador español sufre una grave crisis de identidad. ¿Son de derechas, de centro, ultras, liberales a la europea, nostálgicos franquistas, demócratas sin ambages, rurales, urbanitas, socialdemócratas como sugirió en cierta ocasión el ocurrente Casado? ¿Qué son en el PP más allá de una sociedad anónima bien organizada que rinde pingües beneficios con negocios de todo tipo?

Por ahí, por los cimientos ideológicos, debe empezar Feijóo si quiere refundar un proyecto con garantías. Por tanto, lo primero definirse, desmarcarse de Vox (colocándole un cordón sanitario) y crear una marca propia, porque con el depuesto Casado el partido iba a bandazos, sin coherencia ni otro argumentario que el populismo, la demagogia barata y el antisanchismo como principio y final de todo. Reconquistando terreno perdido por el centro y por la derecha, rearmando ideológica y moralmente el partido, conciliando con otras fuerzas minoritarias a las que el anterior líder despreció por antiespañolistas (así acabó, más solo que la una y encerrado en un rincón con Vox) es como Feijóo pretende reflotar el zozobrante barco genovés. Si es cierto que estamos ante un liberal moderno antes que un conservador reaccionario deberá demostrarlo, ya que en sus años al frente de la Xunta no le ha temblado el pulso a la hora de meter la cruenta tijera al Estado de bienestar.

A estas alturas, lo único cierto es que el hombre que suena para hacerse con las riendas del PP se antoja una auténtica incógnita, nada que ver con el seguro caballo ganador que muchos quieren ver en él. Es verdad que en Galicia gana elecciones como churros, pero no es lo mismo navegar en las pacíficas aguas de las rías, a bordo de yates con amigos del contrabando, que conquistar las áridas tierras de la Meseta rebosantes de cepos, conspiraciones y traidores. De momento tiene entregada a la prensa de la caverna, que no es poco. Pero está por ver que su empanada gallega guste no solo en Madrid, sino en Valencia, en Andalucía, en Murcia o Aragón. España es diversa y lo que funciona en un lugar puede que no cuaje en otro.

Hay indicios que permiten hacer pensar que Feijóo marcará diferencias con Ayuso, de modo que el duelo entre ambos es inevitable más tarde o más temprano. No será hoy ni mañana, pero el combate entre centrismo y voxismo tendrá lugar. Y de fondo, la reunificación de las derechas, gran sueño aznarista. Al próximo líder del PP no le desagrada la reforma laboral de Sánchez, se muestra partidario de que el rey emérito ponga al día sus pufos fiscales, como un contribuyente más, y hasta entiende que la pederastia en la Iglesia debe investigarse a fondo. Nada que ver con el trumpismo descerebrado de la lideresa castiza. No obstante, eso que en principio parece positivo podría suponer un serio hándicap para él, ya que Madrid está infestado de ayusers, incondicionales de la musa tabernaria dispuestos a derrocar al caballero gallego para entronizarla a ella. A Feijóo, gobernar un partido en contra de la reina del pueblo, una Belén Esteban de la política, le va a resultar tan incómodo como peligroso. Y si no, que se lo pregunten a Casado. 

Viñeta: Pedro Parrilla      

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