sábado, 20 de mayo de 2023

EL PLACAJE

(Publicado en Diario16 el 4 de mayo de 2023)

El Partido Popular ha derivado hacia una suerte de gamberrismo político. ¿Qué quiere decir eso? Que cumple la ley cuando le viene en gana, que ya no reconoce autoridad alguna más que la santa voluntad de sus dirigentes, que se ha convertido descaradamente en un partido antisistema. Suena fuerte, pero es así.  

Hay ya abundantes ejemplos que avalan la tesis con la que comienza este artículo. Así, llevan años negándose a pactar con el Gobierno la renovación de los altos cargos del Poder Judicial, situándose al margen de la Constitución; se han rebelado contra el comisario europeo de Medio Ambiente, al que ya le han dicho que no piensan cumplir con las directivas de Bruselas sobre Doñana; han anunciado que no acatarán la nueva ley de vivienda por podemita; y el pasado Dos de Mayo, durante los actos de la fiesta local de Madrid, se permitieron hacerle un placaje de rugby a un ministro antes de echarlo a patadas del palco de autoridades simplemente porque les dio la gana, porque les cae mal y porque estamos en campaña electoral y esas animaladas gustan mucho a la parroquia madrileña ultra. Hay muchos más ejemplos, pero para qué seguir.

En el PP se han echado al monte, se han vuelto trabucaires sin complejos, se han abrazado al macarrismo trumpista, ácrata e insumiso. Han degradado las instituciones y la democracia hasta niveles como no se veía desde hace casi cien años, cuando aquella derechona del bienio radical-cedista –la CEDA, los agrarios, los tradicionalistas, los alfonsinos de Renovación Española, más los fascistas de Falange Española y del Partido Nacionalista Español– reventaron la Segunda República desde dentro boicoteando cualquier tipo de avance o reforma en su afán de reinstaurar la monarquía borbónica.

De una forma o de otra, la derecha española siempre retorna a la caverna, no consiguen hacer la necesaria evolución moderada a la europea y hoy constatamos con estupor un revival de este extraño fenómeno, una maldición milenaria para este país. La causa de la actual deriva extremista no es otra que Isabel Díaz Ayuso, que ha adoptado el manual voxista endureciendo las formas y el fondo. La lideresa castiza agita lo peor de la víscera, las tinieblas de la calle, para derrocar a Sánchez mediante tramposas maniobras y performances de todo tipo. Su celada del Dos de Mayo, un burdo montaje en el que el ministro Bolaños cayó de cabeza, como un político inocente y bisoño, todo hay que decirlo, consistió en algo tan simple como colocar a un par de lacayos a la entrada del local para que solo entraran los suyos. Esa imagen de Alejandra Blázquez, responsable de protocolo de la CAM, impidiéndole el paso al titular del departamento de Presidencia, quedará como un símbolo perfecto de los tiempos trumpistas que nos ha tocado vivir. Está claro que Blázquez era solo una mandada y que no hacía más que lo que le había ordenado su jefa. Hoy, la amada líder le dice que se lance al tobillo de Bolaños y muerda y mañana le encomienda cualquier otra misión imposible. Y ella a mandar. Por una nómina de 71.000 euros de vellón se hace cualquier cosa, hasta zarandear a todo un ministro de España como un pelele si es preciso. Y no lo cogió de la pechera, gritándole aquello de “¿eres tonto o qué?”, de puro milagro. ¿Dónde estaban los guardaespaldas de Moncloa responsables de garantizar el orden? ¿Por qué los servicios de seguridad no advirtieron a esa señora de que se le estaba subiendo el cargo a la cabeza y que se encontraba a un paso de meterse en un lío con la Justicia por darle un meneo y tratar como una mierda a una de las más altas autoridades del Estado? Se desconocen todas esas cuestiones. Ahí hay un buen tema de investigación, compañeros de la prensa: averiguar por qué no se llamó de inmediato a una pareja de la Guardia Civil para poner en su sitio a la Blázquez y advertirle de que no eran formas. En esa línea, apunta una idea interesante el escritor y periodista Antón Losada: “La jefa de protocolo de la comunidad de Madrid tenía que haber dormido en el cuartelillo”.

Ayuso tiene en Alejandra Blázquez a una fiel centuriona dispuesta a todo y hoy le ordena hacerle una llave de judo a Bolaños, sin piedad, y mañana le encarga otro trabajito o cometido suicida, como echarle la zancadilla a Irene Montero al salir del Ministerio, ponerle un cepo a Belarra en la Castellana o echarle un lazo de rodeo a Sánchez a la puerta de la Moncloa. Y ella sin rechistar. Así funciona el Reichskommissariat ayusista.

El PP madrileño ha caído en la cuenta de que, si quiere robarle voto a Vox y reconquistar España, hay que ir a un nuevo estadio o fase mucho más dura, falangista y expeditiva de la situación, pasando de la fuerza política democrática, que es un rollo, a la fuerza bruta y coercitiva en el sentido más estricto y apasionante del término. Al igual que José Antonio propuso la dialéctica de los “puños y las pistolas” como forma de alcanzar los objetivos, el equipo de asesores de Ayuso abandona ya la diplomacia, el protocolo y las buenas formas del Estado de derecho para adoptar el empujón, el codazo y el barrigazo como nuevo protocolo de trabajo. En realidad, es la estrategia del bloqueo al Gobierno de Casado y Feijóo, solo que llevada al extremo, es decir, bloqueando al adversario en plena calle literalmente.

El empellón y la zancadilla va a ser el gran legado del ayusismo y sus diligentes funcionarios de la Real Casa de Correos, lo cual no deja de suponer una degradación más de las instituciones democráticas. Acierta García-Paje cuando dice que lo que está pasando de la M30 para dentro, la neurosis ayuser, se está convirtiendo en un grave problema de convivencia en España.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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