sábado, 20 de mayo de 2023

MORENO BONILLA

(Publicado en Diario16 el 25 de abril de 2023)

Treinta y cinco grados a la sombra en pleno mes de abril (un récord histórico que ni los climatólogos más pesimistas llegaron a imaginar). La estación primaveral liquidada y reducida a feliz recuerdo del pasado. Y la sequía cuarteando cada palmo de la Península Ibérica. Son las consecuencias del cambio climático que ha llegado para quedarse. Si hoy el ser humano (en un ataque de sensatez) detuviera en seco su desquiciado modelo económico de sobreproducción y consumo y consiguiera revertir el proceso, el planeta tardaría cientos de años en regenerarse, y eso en el mejor de los casos, ya que algunos modelos meteorológicos predicen que nada volverá a ser como antes.

Estamos en medio de una crisis climática sin precedentes confirmada por la ciencia. Aquella verdad incómoda de la que nos hablaba el documental de Al Gore hace apenas quince años se ha convertido en empírica y dramática realidad. El calentamiento global avanza mucho más deprisa de lo que predijeron los expertos y hoy nos encontramos con pantanos vacíos, campos yermos, cortes y restricciones de suministro en todas partes (en algunos pueblos ya están bebiendo un líquido marrón viscoso del grifo que de agua tiene más bien poco) y muchachas que no pueden ponerse el traje de sevillanas porque se asfixian de calor.

Y, sin embargo, pese al panorama desolador, todavía hay partidos políticos con aspiraciones de Gobierno capaces de negar la evidencia. El PP, por ejemplo, y su muleta ultra Vox. Moreno Bonilla –al que nosotros bautizamos aquí, en esta misma columna, como el Bolsonaro andaluz pese a esa carita cándida y jubilosa de niño de primera comunión que nunca ha roto un plato–, sigue empecinado en sacar adelante una funesta proposición de ley sobre Doñana que prevé legalizar decenas de pozos y regadíos, muchos de ellos ilegales. Todas esas perforaciones hace tiempo deberían estar totalmente clausuradas porque van camino de dejar la laguna natural, hasta hace no tanto un edénico jardín rebosante de vida, como el desierto del Sáhara. Pero el bueno de Juanma debió pensar que a las puertas de unas elecciones municipales qué mejor manera de conquistar algunos ayuntamientos que contentando al lobby de fresoneros y regantes. Un puñado de votos a cambio de cargarse el humedal más hermoso e importante de Europa. Nunca un atentado ecológico salió tan caro.

Al igual que en sus mejores tiempos el líder brasileño Jair Bolsonaro entregó la Amazonia a los constructores, madereros y empresarios, Moreno Bonilla ha sacrificado las marismas de Doñana por unas cuantas cajas de fresas y alguna que otra pancarta desteñida con el lema “viva Juanma” colgada de los balcones de Huelva. Populismo demagógico; bolsonarismo en estado puro.

La estrategia del dirigente andaluz estaba clara desde el primer momento. Debió creer, erróneamente, que si Isabel Díaz Ayuso fue capaz de ganar Madrid entregándose descaradamente a los hosteleros y plantando cara a Pedro Sánchez en plena pandemia, ahora, en medio de otro desastre natural como es el cambio climático y la sequía, el guion tenía que funcionar igualmente. El problema es que enterrar un bello y primordial parque natural declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco bajo un lodazal de pesticidas, contaminación y escombros no es como abrir cuatro bares de Malasaña en medio del confinamiento y la Unión Europea ya le ha advertido al presidente de la Junta que su ley va en el “sentido contrario” a las directivas medioambientales.

Moreno Bonilla ha querido plantear un duelo electoral con Sánchez, cara a cara sobre los cadáveres de cigüeñas, abejarucos y alcatraces, pero le ha salido el tiro por la culata y se ha encontrado con un comisario, Virginijus Sinkevicius, que no se arredra ni se anda con chiquitas. El varapalo para el PP ha sido tremendo. Ayer lunes Bonilla enviaba a su consejero de Medio Ambiente, Ramón Fernández-Pacheco, deprisa y corriendo a Bruselas para intentar convencer al comisario de que la ley de regadíos se ajusta a derecho y no supone ningún certificado de defunción para Doñana, tal como sugieren científicos y ecologistas. “Ramón, ponte tu mejor traje, vete ya para Bélgica y haz lo que puedas. Estamos en tus manos”, debió decirle antes de partir. Todo fue inútil. Sinkevicius le recibió con los brazos en jarras, no estaba para bromas, y antes de que el consejero pudiera desplegar sobre la mesa los planos con lo que va a ser el mayor atentado ecológico de la historia de España (dejando a un lado el crimen del Mar Menor, otra chapuza del PP), el comisario europeo debió pensar que allá, en el sur español, se han vuelto todos locos, quizá por el calor.

“Si se aprueba como se ha propuesto, [la ley del PP] podría degradar el humedal protegido de Doñana, uno de los más grandes de Europa y de suma importancia para la coherencia de la Red Natura 2000”, informó Sinkevicius, crudamente, al emisario de San Telmo. Y con las mismas, y bajo advertencia de fuertes multas y sanciones si la Junta sigue adelante con la norma, el enviado Fernández-Pacheco se volvió para Sevilla, donde ya solo le queda ahogar penas con un par de manzanillas y rebujitos en la Feria de Abril. Esta mañana resultaba patético escuchar al consejero tratando de justificar lo injustificable, quejándose de que la ministra no quiere recibirle y de que su propuesta de regadíos es solo eso, una propuesta pendiente de los pertinentes trámites y enmiendas con los ecologistas, científicos y partes afectadas. ¿A quién quiere convencer saliéndonos ahora con esas? Para este PP influido por la nefasta ideología trumpista de Vox la ciencia se ha convertido en una grave amenaza, cosa de perroflautas y del poder woke en la sombra empeñado en acabar con el capitalismo. O sea, negacionismo a calzón quitado. Moreno Bonilla y su improvisado cartero han hecho el ridículo en Bruselas. Y ahora se enfrentan a una disyuntiva a cara o cruz: retirar la ley de regadíos de una vez por todas (no lo harán, llevan la arrogancia del señorito andaluz grabada en el ADN) o pisar el acelerador a tope, tirando para adelante con todas las consecuencias y haciendo frente a las multas. Como los malos conductores que se saltan los semáforos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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